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fabricantes de miserias plinio apuleyo carlos montaner y alvaro

 

 





Descripcion:
Vamos al grano: de qu trata este libro? Trata de las ideas y de las actitudes que mantienen en la miseria a grandes muchedumbres latinoamericanas y a algunos bolsones de espaoles y de otros europeos de la zona mediterrnea. Trata de los gobiernos que con sus prcticas antieconmicas ahogan las posibilidades de generar riquezas. Trata de las rdenes religiosas que, encomendndose a Dios, pero con resultados diablicos, difunden nocivos disparates desde los plpitos y los planteles educativos. Trata de los sindicatos que, enfrascados en una permanente batalla campal contra las empresas, acaban por yugular la creacin de empleo, impiden la formacin de capital, o lo ahuyentan hacia otras latitudes. Trata de los intelectuales que desprecian y maldicen los hbitos de consumo en los que suelen vivir, prescribiendo con ello una receta que hunde an ms a los analfabetos y desposedos. Trata de las universidades en las que estos

errores se incuban y difunden con una pasmosa indiferencia ante la realidad. Trata de los polticos que practican el clientelismo y la corrupcin. Trata de los militares que, convertidos en sector econmico autnomo, consumen parasitariamente una buena parte del presupuesto, y han gobernado o an amenazan con gobernar nuestras naciones como si fueran cuarteles. Trata de los empresarios que no buscan su prosperidad en la imaginacin, el trabajo intenso y en los riesgos del mercado, sino en los enchufes, la coima y el privilegio tarifado. Trata de los polticos que creen, errneamente, que los salarios bajos son una ventaja comparativa, sin entender que de la pobreza se sale aumentando la produccin y la productividad, no pagando sueldos de hambre. Trata tambin de quienes enfrascados en el discurso de una pretendida solidaridad con los humildes, ponen en prctica medidas antieconmicas que provocan males mayores que los que pretenden corregir. Trata, en fin, de los que llamamos fabricantes de miseria: esos grupos que, unas veces de buena fe, y otras por puro inters, mantienen a millones de personas viviendo, a veces, peor que las bestias. Ojal que este libro contribuya a sacar del error a los equivocados y a desenmascarar a quienes actan movidos por la demagogia, la mala fe o la ms devastadora ambicin personal. De los casi cuatrocientos millones de iberoamericanos, aproximadamente la mitad vive muy pobremente. Ese es el gran fracaso y la gran vergenza

de nuestro universo cultural y tnico. Formamos parte de Occidente. Nuestras lenguas fundamentales (el espaol y el portugus), nuestras creencias religiosas, nuestro derecho, nuestras instituciones, nuestra cosmovisin, en suma, tienen una raz que nos identifica como un enorme segmento de Occidente, pero, lamentablemente, constituimos el ms miserable y atrasado de todos. Quiz esto explica que Samuel Huntington en su polmico libro El choque de civilizaciones1 no incluya a Iberoamrica como parte de Occidente. El ensayista norteamericano no sabe cmo encajar nuestra pieza en el rompecabezas. Es capaz, correctamente, de incluir a Espaa y a Portugal entre las matrices del mundo occidental, pero no al universo desovado por ellas al otro lado del Atlntico. Estados Unidos y Canad s, hijos de Inglaterra y, en gran medida, de Francia, son parte esencial de Occidente, pero no Iberoamrica. Por qu? Bsicamente, porque la miseria iberoamericana muestra una serie de pavorosos sntomas que ya no estn presentes en ningn rincn de Occidente: ese todava altsimo porcentaje de analfabetismo en pases como Bolivia o Guatemala; ese cuadro de poblaciones sin agua potable o electricidad; esos campesinos que todava cultivan la tierra con sus manos y malviven como en el siglo XIX, no encajan en el perfil de los Huntington, Samuel, El choque de civilizaciones, Paids, Barcelona, 1997.

pueblos cultural e histricamente vinculados al Occidente de la Europa cristiana. Los ranchitos de Caracas, las favelas brasileras, los pueblos jvenes peruanos, los gamines colombianos, las villas miserias argentinas, los barrios de chabolas espaoles, la indigencia de cascote y chapa de algunos barrios habaneros como los que llevan los derrotados nombres de El Fanguito y El Palo Cagao, de la que muchas jvenes slo pueden evadirse por medio de la prostitucin, se parecen ms a rincones de Lagos, del Cairo o de Manila que a los paisajes urbanos del mundo occidental del que procedemos. Entre las naciones ricas, por supuesto, tambin hay pobres, pero la pobreza de los pases desarrollados no admite comparaciones con la nuestra. La lnea de pobreza en Estados Unidos se calcula en algo ms de quince mil dlares anuales por familia. Y pobres, segn la Unin Europea, son aquellos que perciben menos de la mitad del promedio comunitario: unos quince mil ecus. Tcnicamente, se considera indigentes a los habitantes incapaces de acceder a la canasta alimenticia que permita evitar la desnutricin. El informe del Banco Mundial de 1990 define como pobres en la zona latinoamericana a quienes se esfuerzan por subsistir con menos de 370 dlares anuales. Dichos lmites son relativos. En Mxico, la pobreza moderada se sita por debajo de 940 dlares per cpita, pero esta suma sera obviamente redentora para los indigentes de Hait y de Amrica Central.

La mayor parte de los pobres latinoamericanos son nios; y los nios son en su mayora pobres. Tales nios estn abocados a la mendicidad y al robo. Segn la Comisin Econmica para la Amrica Latina (CEPAL), el nmero de pobres se ha duplicado en Amrica Latina desde la dcada de los setenta. Se calcula que hoy sobrepasa los doscientos millones de personas, lo que equivale al 45 por ciento de la poblacin. La pobreza, o sus secuelas, es la primera causa de mortalidad infantil. Causa un milln y medio de muertes al ao. La pobreza, que es sobre todo visible en los cinturones de miseria que rodean las ciudades, cuyos habitantes padecen de ndices elevados de desempleo o de subempleo y estn expuestos a enfermedades infecciosas y parasitarias, ha producido brotes de violencia social y poltica en pases como Brasil, Hait, Per y Venezuela e inclusive en Cuba y Nicaragua. Hay una relacin estrecha entre pobreza, educacin y baja productividad, sobre todo teniendo en cuenta que la productividad hoy en da est estrechamente relacionada con la creatividad, la difusin y el uso de niveles de conocimiento. Las investigaciones del Nobel de Economa Gary Becker lo demuestran. Otros factores que afectan a las economas latinoamericanas, y que se relacionan con la pobreza, son la estrechez de los mercados locales, la criminalidad y la violencia. En casi todos los pases latinoamericanos se registran preocupantes aumentos de la criminalidad urbana. Slo en Colombia se contabilizan veintisis mil asesinatos

por ao. La economa informal es vista simultneamente como problema y solucin. Nace de la pobreza y es una defensa ante la situacin de los campos, la virtual imposibilidad de adquirir un estatus legal, crear empresas o construir viviendas. Las actividades informales son su nico medio real de subsistencia. Se estima que el dinamismo y la creatividad de estos sectores libre expresin de mercados espontneos podran impulsar considerablemente el crecimiento econmico. Pero, desde luego, tiene sus inconvenientes, pues no media para ellos ningn sistema jurdico, carecen de toda proteccin social, no asumen ninguna base impositiva al margen del esfuerzo productor del pas, con frecuencia roban agua, electricidad y materias primas a los canales de suministro, y contribuyen al grave deterioro del medio ambiente en las zonas urbanas. Naturalmente, en Amrica Latina no se observa una miseria uniforme que defina el perfil de nuestra civilizacin, y de ella no se puede deducir que estemos ante una sociedad refractaria al progreso. Una buena parte de la sociedad iberoamericana, por el contrario, exhibe formas de vida perfectamente intercambiables con las de Estados Unidos, Canad y la Unin Europea. Buenos Aires, exceptuados sus barrios marginales, es una maravillosa ciudad comparable a cualquiera de Europa. Nadie que conozca a Uruguay puede hablar de indigencia o de pobreza abyecta. En Brasil se ha dicho

muchas veces conviven dos pases: uno es Blgica y el otro Senegal. Es decir: hay decenas de millones de personas que se alimentan, comunican, informan o trasladan como los habitantes del Primer Mundo. Pero junto a ellas hay otras tantas decenas de millones de seres humanos que viven en una miseria perfectamente calificable como tercermundista. Y es tan desesperante este contraste que, de un tiempo a esta parte, comienza a observarse una especie de fatiga en la lucha contra la pobreza, y surgen voces fatalistas que nos hablan de segmentos de poblacin naturalmente excluibles. Esto es: grupos humanos que supuestamente nunca podrn abandonar la desdichada forma en la que viven, pues en la sociedad moderna no hay la menor esperanza para ellos o para sus descendientes. Sencillamente opinan estos agoreros perdieron la posibilidad de integrarse en los mecanismos productivos de la sociedad contempornea, y es muy probable que jams puedan educarse, tener acceso a un puesto de trabajo estable y, en algunos casos extremos, ni siquiera a un techo permanente. Gente que nacer en la calle y en ella morir tras una vida de violencia, privaciones y enfermedades. Es esto cierto? Por supuesto que no. Ese cruel pesimismo es un disparate. Si algo hemos aprendido en las ltimas dcadas del siglo XX es que los pueblos pueden abandonar la miseria a un ritmo tal que es posible nacer junto a un charco inmundo, comido de parsitos, pero alcanzar la madurez dentro del

razonable confort de los niveles sociales medios. Lo demostraron los taiwaneses, los coreanos, los espaoles, los portugueses, y hoy, pese a los altibajos de la economa, lo estn demostrando los malayos, los tailandeses y entre nosotros, con ms xito que ningn otro pueblo, los chilenos. Claro que hay esperanzas para los pobres de Amrica Latina. El crecimiento econmico en la regin, en las primeras ocho dcadas del siglo, fue uno de los ms altos del planeta: un promedio del 3,8 por ciento. Muy superior al de Asia y desde luego al de frica. Algo que se explica por el incremento de la demanda de productos bsicos por parte de los pases desarrollados, por la vigorosa industrializacin de la regin, y por la financiacin extranjera. Crecimiento desigual, sin embargo, pues se estima que la concentracin de ingresos se increment en pases como Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Mxico. De todas maneras, este crecimiento se reflej en los ndices de empleo, en el suministro de agua, en la mejor atencin mdica y en la salud. Subieron notablemente la esperanza de vida infantil y la ingestin de caloras, mientras disminuy la mortalidad. Aumentaron tambin las tasas de ingreso escolar y alfabetizacin. Globalmente, la esperanza de vida ha escalado en las ltimas cuatro dcadas, de 40 a 67 aos, pero es muy probable que esa disminucin de la mortandad se deba ms a la difusin de antibiticos y vacunas que a cualquier otra causa. Igualmente, se ha reducido el

crecimiento demogrfico. En cierto sentido, dos pases con estadsticas fiables son ejemplares en Amrica Latina: Chile y Costa Rica. En ambos la mortalidad infantil ha descendido del 70 o 75 por ciento a menos del 13 por ciento. Ms del 90 por ciento de la poblacin puede acceder a los servicios mdicos primarios. Tambin estos dos pases, junto a Cuba, Uruguay y Argentina, son los que registran un menor nivel de analfabetismo en todo el continente y una de las tasas ms elevadas de esperanza de vida. En la llamada dcada perdida de los ochenta, la pobreza aument como consecuencia de la difcil coyuntura econmica entonces vivida por la mayora de los pases latinoamericanos. No obstante, el aumento de la pobreza fue muy desigual segn los pases. Fue bajo, por ejemplo, en Uruguay y Costa Rica, y muy alto en Mxico, donde la proporcin de pobres se increment de una tercera parte del censo en 1970 a la mitad a mediados de los ochenta. Tambin registraron cifras muy desfavorables pases como Bolivia, Honduras y Guatemala. Otra caracterstica de la evolucin de la pobreza en el rea: de fenmeno eminentemente rural pas a ser un fenmeno urbano. El nmero de menesterosos es mayor en las ciudades, debido esencialmente a la emigracin de pobres hacia los centros urbanos. Esta concentracin se ha incrementado en Colombia por el fenmeno de la violencia. La mayor pobreza urbana se registr en ciudades del Brasil y del Per. En este ltimo pas, sin

embargo, la pobreza de la selva o de las regiones rurales es an mucho mayor que la que se concentra en Lima. Pero hay esperanzas. En la dcada de los cincuenta, por lo menos seis pases de Amrica Latina tenan un ingreso per cpita ms alto que el de Espaa (Argentina, Chile, Uruguay, Cuba, Venezuela y Puerto Rico), dato evidenciado por el signo de las migraciones (los espaoles pobres viajaban a estos pases en busca de oportunidades), ms hoy Espaa casi duplica la renta por persona de Argentina, el pas de ms alto nivel de vida en toda Amrica Latina. Es decir, en nuestros das se sabe con bastante precisin cmo aliviar y erradicar velozmente la pobreza, hasta conseguir modos de vida confortables. Es una frmula al alcance de todas las sociedades, que nada tiene de secreta, y que consiste en una suma relativamente sencilla de polticas pblicas, un enrgico esfuerzo en materia educativa, legislacin adecuada, y un sosegado clima poltico, econmico y social que propenda a la creacin de riquezas, estimule el ahorro y genere montos crecientes de inversin. Y si, aparentemente, la batalla contra la pobreza no es tan cuesta arriba, por qu los latinoamericanos no hemos podido ganarla? Mxico, por ejemplo, que goza de estabilidad desde 1928, y durante setenta aos ha sido gobernado por un partido revolucionario que dice defender los intereses de los oprimidos, mantiene en la pobreza a cuarenta y cinco de sus noventa millones de habitantes: por qu? La respuesta acaso no sea muy compleja: porque prevalecen las ideas y actitudes

Comencemos por los polticos. Son nuestros fabricantes de miseria por antonomasia. Es contra quienes primero se alza el dedo acusador de la sociedad, quiz por ser los ms visibles de todos nuestros ciudadanos. Ser poltico, en nuestros das, es ser el payaso de las bofetadas. El prestigio es mnimo. El descrdito es enorme. Las burlas son constantes. La falta de credibilidad resulta casi total. Hemos llegado al extremo de que los polticos tienen que asegurar que son otra cosa si desean aspirar a un cargo pblico. Tienen que disfrazarse. Jurar que son outsiders. Esa fue la tctica de Noem Sann y en cierta medida de Andrs Pastrana durante las elecciones que tuvieron lugar en Colombia en el verano boreal de 1998. Fue, en el pasado, la estrategia de Fujimori y hoy es la tctica de Irene Sez y del teniente coronel Chvez, la bella y la

bestia de la contienda electoral venezolana. Es, en suma, lo que intenta cada aspirante a presidente, senador, diputado o alcalde: proponer su candidatura asegurando que cualquier parecido con los polticos convencionales es pura coincidencia. Por qu esta etapa de intenso desprestigio? Sin duda, porque casi todas las sociedades, segn las encuestas, piensan que los polticos les han fallado. No suelen verlos como hombres de Estado que cumplen una funcin o como los guardianes del bien comn, sino los ven como unos tipos deshonestos y mentirosos, dispuestos a hacer cualquier cosa por enquistarse en algn pesebre gubernamental con el nimo de desangrarlo. Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error, suelen decir los polticos mexicanos, tal vez los mayores expertos del planeta en apropiarse del dinero ajeno. Y vivir dentro del presupuesto es lo que intentan millares de nuestros pretendidos servidores pblicos. Las historias son tantas que no vale la pena consignarlas. Se dice que los Salinas se apoderaron de centenares de millones de dlares. Alan Garca lleg al Palacio de Pizarro con una mano delante y otra detrs. Cuando se exili en Pars se las ense a la prensa y las tena llenas de diamantes. Es decir, ya era un hombre muy rico. El ecuatoriano Bucaram y el guatemalteco Serrano no sorprendieron tanto por las deshonestidades en que incurrieron como por la rapidez con que lo hicieron. Visto y no visto. Robaron a la velocidad de la luz. La revista Forbes atribuye a Fidel Castro una

inmensa fortuna de decenas de millones de dlares, mientras los cubanos se mueren de hambre. Por qu roba bancos? le preguntaron alguna vez a un famoso asaltante norteamericano. Porque es ah donde guardan el dinero, contest con lgica cartesiana y cierta incredulidad ante la tonta duda del periodista. Algo as pueden contestar algunos polticos latinoamericanos manifiestamente sinvergenzas: Por qu quiere llegar a la presidencia? Porque es ah donde est el dinero. Claro que hay decenas de excepciones. Ni Aylwin, ni Luis Alberto Lacalle, ni Osvaldo Hurtado, ni Belande Terry, ni Lleras Camargo o Rmulo Betancourt por slo citar media docena de gobernantes salieron de la presidencia con un dlar ms de los que tenan cuando la recibieron. Pero, lamentablemente, las figuras honradas pesan poco a la hora del recuento. La imagen generalizada, la que la sociedad mayoritariamente sustenta, es la del poltico corrompido que promete villas y castillas, pero acaba alzndose con el santo y la limosna. Sin embargo, tal vez la corrupcin que ms cuesta no es sta muy visible de la coima y el sobreprecio, sino otra ms sutil y escondida que consiste en utilizar al Estado como un botn para comprar conciencias. Es el poltico que cede ante peticiones abusivas de ciertos sectores del electorado para ganarse sus favores a costa de arruinar el pas. Esa es la otra corrupcin, la silenciosa, casi indetectable, porque quien la autoriza no

se mancha las manos. No se queda con lo que no le pertenece. Sencillamente, lo entrega a otro. Esto es, dilapida los bienes comunes en beneficio de un grupo poderoso y en perjuicio de quienes no tienen fuerzas para defender sus intereses y derechos. Y todava hay otra clase de nefasto poltico que, si cabe, es an peor, pues cnicamente combina la virtud personal con las flaquezas ajenas. Es el poltico al que no le interesa el dinero o el lujo, se coloca ms all del bien y del mal, pero tolera y hasta estimula la corrupcin de sus subordinados. Para esta fauna la corrupcin es un instrumento de gobierno, un apaciguador de enemigos y una forma de recompensar a aliados circunstanciales. Un buen ejemplo? Joaqun Balaguer: caso clsico de corruptor incorruptible, adems del patriarcal Francisco Franco de los espaoles. El asunto es peliagudo, porque en Iberoamrica especialmente en Amrica Latina estamos ante un fenmeno de descrdito generalizado de los polticos, como consecuencia, entre otras razones, de las desvergenzas que hacen los gobernantes para complacer a un electorado que, simultneamente, los premia y los condena por las mismas razones. Los eligen para que otorguen prebendas y los desprecian cuando las distribuyen. De ah que en pocas de bonanza nuestras sociedades no sean muy crticas con la deshonestidad de los polticos. Si reparte, hasta lo reeligen sin miramientos. El desfachatado lema de un popularsimo poltico cubano de principios de siglo,

Jos Miguel Gmez, refleja esta cnica actitud: Tiburn as le decan se baa, pero salpica. Y el pueblo lo amaba intensamente. La tragedia radica en que, desde el momento mismo de la fundacin de Amrica Latina, el Estado fue una fuente de rpido aprovisionamiento para polticos y gentes influyentes. La sociedad la clase dirigente viva del Estado y no al revs, que es lo conveniente. Y esta perversa relacin de fuerzas acab convirtindose en un rasgo permanente de nuestra manera de vincularnos. Los polticos y funcionarios arribaban al poder para saquearlo. Era lo natural. Y cuando lleg la hora de las repblicas, y luego de la democracia, nuestras sociedades no demandaban honestidad y buen manejo de la cosa pblica, sino tajadas, privilegios, porciones del botn. La nocin del bien comn se haba desvanecido o nunca haba existido del todo. As ha sido hasta nuestros das. Con frecuencia, los lderes de los partidos y sus familiares cercanos entran a saco en el tesoro comn. Luego les siguen los dirigentes nacionales o regionales, quienes aspiran a cargos pblicos bien remunerados en los que sea posible llevar a cabo uno que otro negociete que les asegure una existencia muelle para el resto de sus vidas. Los simples militantes se conforman con menos. Quieren un seguro puesto de trabajo para ellos o para sus parientes, porque la nocin del nepotismo no existe. Para los militantes lo ms natural del mundo, lo que esperan de

su partido cuando llega al poder, es algn trato de favor, una canonja, en suma, un salario. Nepotismo ha dicho con amargura Ricardo Arias Caldern, un honrado poltico panameo es cuando uno coloca a su sobrina; cuando uno coloca a la sobrina de otro, a eso lo llaman solidaridad. Esto es propio de pases pobres. En Espaa, hasta hace relativamente poco tiempo, no era distinto. A Romero Robledo, un cacique de principios de siglo, solan recibirlo en los mtines con una consigna coreada: Romero, colcanos a todos. Es conveniente entender este fenmeno para no cargar las tintas injustamente. Los polticos latinoamericanos no son ms ni menos corruptos que las sociedades en las que actan. Aqu no hay vctimas y victimarios, sino un triste sistema de complicidades en el que los mritos personales suelen tener menos calado que los enchufes y las palancas. Slo que ese clientelismo envilece el aparato de gobierno hasta hacerlo prcticamente inservible. Por qu sucede algo as en Iberoamrica? La respuesta es muy simple: porque la debilidad de nuestra sociedad civil es extrema. Vivir fuera del presupuesto, ms que vivir en el error, es vivir en peligro de morirse de hambre, pues no hay suficientes empresas, y las que hay, en lneas generales, no han creado riquezas como para ofrecerles a las personas un destino mejor o ms seguro que el que pueden obtener del Estado. Adasele a este dato un rasgo fatal de los pueblos subdesarrollados: la falta de especializacin de la

poblacin. Donde todos saben hacer lo mismo, el trabajo vale muy poco, la competencia por un empleo es feroz, desaparecen las oportunidades, y slo queda una tabla de salvacin: el sector pblico, ese delta de aluvin en el que van acumulndose legiones de gentes sin oficio ni beneficio hasta constituir un fragmento laboral al que no se le pueden exigir responsabilidades. Ms que burocracias estatales son viveros de partidarios: un ejrcito indmito e inepto que trabaja poco, pero al que se le paga menos, porque las arcas del Estado siempre estn exanges. No es nada fcil romper este crculo vicioso. Supongamos que un poltico honrado y moderno, sabedor de estas dolorosas verdades, decide hablar claro y en lugar de prometer colocaciones, promete establecer una administracin basada en el mrito, el concurso y la utilizacin cuidadosa de los bienes pblicos, lograra el apoyo de la ciudadana? Votaran los latinoamericanos, especialmente en los pases ms pobres, por polticos que ignoren las necesidades materiales de sus correligionarios de partido? Probablemente tendran grandes dificultades en salir electos porque inmediatamente entraran en conflicto dos sistemas de valores contradictorios que suelen anidar en nuestras sociedades. Tericamente creemos en la equidad, la meritocracia y el imperio de las reglas justas, pero simultneamente cultivamos la lealtad al amigo en desgracia y el otorgamiento de privilegios y el trato de favor como forma de mostrar nuestra

solidaridad y nuestro poder. De donde se deduce una incmoda leccin: es probable que nuestros polticos se hayan ganado a pulso la mala imagen que les endilgamos. Pero es seguro que cada pueblo tiene los polticos que se merece. Que nos merecemos, que nos hemos buscado. Hay alguna forma de adecentar los gobiernos y de devolverle a la clase poltica la dignidad que ha perdido y que tanto necesita? S, pero esto slo ocurrir cuando la sociedad civil sea lo suficientemente poderosa como para ofrecerles a las personas un mejor destino que el que brinde el sector pblico. En los pases del Primer Mundo y se es uno de sus sntomas ms elocuentes es mucho ms rentable ser ejecutivo de una empresa solvente que diputado o funcionario. Quin, por ejemplo, pudiendo ser presidente o jefe de operaciones o director de marketing de General Motors o de Nestl aceptara convertirse en un pobre y atribulado senador? Muy poca gente, por supuesto.

Los partidos polticos No obstante la clara voluntad actual de alejarse de los partidos, los polticos saben que, finalmente, no pueden operar en el vaco. Tienen que crear o formar parte de alguna estructura. Es inevitable. No hay democracia sin contraste de pareceres, sin opiniones divergentes, sin pluralismo. En una democracia es

bsico que todos los individuos que lo deseen puedan participar. Pero para participar de una manera coherente, sin que se produzca una catica Torre de Babel, hay que contar con cauces que organicen esas opiniones de manera que puedan convertirse en efectivos cursos de accin. Esos cauces son (o debieran ser) los partidos polticos. Constituyen algo as como la armazn sobre la que descansa el proceso democrtico y es urgente restaurarles el prestigio perdido porque en ello puede que nos vaya la convivencia civilizada. Cuando y donde no hay diversos partidos polticos se producen formas autoritarias de gobierno. Mandan ciertos grupos privilegiados, como suceda en la URSS, o mandan los hombres fuertes, los autcratas, convencidos de que slo ellos son capaces de encarnar y representar la voluntad del pueblo. Napolen lo tena perfectamente claro: Gobernar a travs de un partido es colocarse tarde o temprano bajo su dependencia. Jams caer en ese error. La segunda premisa tiene un fuerte vnculo con la anterior. Sin democracia es difcil crear sociedades en las que est presente el desarrollo intensivo. Es decir, en las que de manera creciente, aunque pudieran surgir altibajos, la inmensa mayora de la poblacin vea mejoras sucesivas en su forma de vida y en la cantidad de bienes y servicios a su disposicin. No en balde y es bueno reiterarlo machaconamente las veinte sociedades ms prsperas del planeta son democracias. Son prsperas porque son dem ocracias y

admitmoslo tambin son democracias porque son prsperas. Es ms fcil ser demcrata con el estmago lleno. Estas democracias se legitiman porque saben superar las crisis econmicas, porque brindan con eficiencia ciertos servicios mnimos y porque, aun cuando existen enormes desigualdades, la franja ms pobre de la poblacin es objeto de un trato solidario por parte de los ms afortunados. Nadie nace demcrata o autoritario. Es la experiencia lo que inclina a las personas en una u otra direccin. Cuando esto sucede, cuando la ciudadana observa que el sistema democrtico opera en su provecho, y cuando comprueba que los partidos, realmente, recogen las diversas voluntades de la sociedad, hay satisfaccin y respaldo tanto para el modelo democrtico como para los partidos. Pero cuando no resulta claro que la democracia y los partidos son instrumentos parala mejora de los individuos, entonces se produce el rechazo global al sistema o una letal indiferencia. Esto se vio en Alemania, Italia y Espaa en los aos veinte, treinta, y lamentablemente es el pan nuestro de cada da en Amrica Latina. No es que los latinoamericanos sean, por naturaleza, autoritarios o estn genticamente predispuestos a rechazar el sistema plural de partidos. Es que no ven una mnima coherencia entre el bello discurso oficial y los resultados tangibles que se obtienen. El fascismo y el comunismo las dos caras de la misma moneda se nutren de los fallos prolongados

del sistema democrtico. Cmo sorprenderse de que los venezolanos aplaudieran al teniente coronel Chvez tras su intentona golpista de 1992 si tres dcadas de democracia adeca y copeyana, empapadas en una enorme corrupcin, no haban conseguido erradicar la miseria de grandes masas de la poblacin y ni siquiera organizar un servicio de correo que sirviera para algo? La empresa Datos de Caracas dio a conocer en octubre de 1995 una encuesta sobre el Pulso Nacional que reflejaba el rechazo de los venezolanos al sistema. Slo un 3 por ciento pensaba que Venezuela gozaba de un sistema eficaz y moderno de organizar la convivencia. El 71 por ciento, en cambio, lo calificaba de obsoleto y caduco. La inmensa mayora vea el futuro con un enorme pesimismo. Por qu extraarnos de la reaccin peruana de apoyo al autogolpe dado por Fujimori en Per en ese mismo ao, cuando todava estaban vivos en la memoria colectiva los desmanes del gobierno de Alan Garca y la fatal desorientacin de todas las fuerzas polticas del pas? Los peruanos no eran fujimoristas. Estaban hastiados de partidos polticos corruptos e inoperantes. Naturalmente, esos espasmos autoritarios de nuestros pueblos, inducidos por los fallos de nuestro sistema poltico y por la incapacidad de nuestros partidos para organizar eficientemente la vida pblica, tiene un altsimo costo, pero ste es de casi imposible ponderacin. Con grandes dificultades podemos calcular lo que nos cuestan la guerrilla, el militarismo o

la corrupcin, pero resulta casi imposible hacer lo mismo con el mal manejo de nuestros partidos polticos, ms es posible asegurar que aqu radica uno de los problemas clave de nuestra sociedad. En todo caso, es factible hacer un inventario, aunque resulte somero, de los principales defectos que aquejan a nuestros partidos, y de ah podremos extraer las conclusiones pertinentes. Comencemos por un fenmeno que aunque no acaece solamente en Iberoamrica, es aqu donde tal vez ha alcanzado su mayor arraigo: el caudillismo.

El caudillismo El origen de la palabra es latino el diminutivo de caput, cabeza, pero entre nosotros eso quiere decir alguien que ejerce un liderazgo especial por sus condiciones personales. Generalmente el caudillo surge cuando la sociedad deja de tener confianza en las instituciones. Es ese poltico concreto, con una cara y una voz, que aparece cuando falla el sistema. Es alguien al que le atribuimos un liderazgo que lo pone por encima de nuestras instituciones y leyes porque la esencia del caudillismo es precisamente sa: no son iguales ante las normas. Pueden saltarse los reglamentos a la torera porque sa es la demostracin de su singularidad. Por otra parte, los caudillos pesan mucho ms que sus propios partidos. Pesan tanto, que a veces los aplastan. Y ni siquiera tienen que ser

dictadores feroces, como el paraguayo Rodrguez de Francia o el mexicano Santa Anna. Amrica Latina conoce varios tipos de caudillos, y algunos de ellos tuvieron una vida poltica razonablemente democrtica. Un caso notable de caudillismo democrtico fue el del argentino Hiplito Yrigoyen, la figura dominante en la Unin Cvica Radical durante el primer tercio del siglo XX. Electo en 1916 en unas elecciones impecables en las que por primera vez se estableci el voto universal y secreto aunque slo para varones adultos como era la costumbre en esa fecha mantuvo un frreo control de su partido, donde se le tena como una especie de hombre providencial. En 1928, tras la presidencia de Marcelo T. Alvear, se hizo reelegir. Tena 75 aos y estaba decrpito. Gozaba, justamente, de la fama de hombre honrado, pero no as su gabinete. George Pendle, que ha estudiado a fondo este perodo, lo describe as: El presidente, que no haba sido nunca una persona de claro juicio, se encontraba ahora senil; su rapaces subordinados, sin que l lo supiese, saqueaban todos los departam entos de la administracin, y l mismo fue incapaz de cumplir con la rutina corriente de su despacho (...) Los documentos permanecan sin firmar, los salarios no se pagaban y se olvidaba la cita que tena con sus ministros.1 Pendle, George, Argentina, Royal Institute of International Affairs, Londres, 1955.

La consecuencia de este desastre no se hizo esperar. En 1930, tras la debacle financiera de 1929, el general Jos F. Uriburu dio un golpe militar y puso fin al largo perodo de la restauracin de la democracia, comenzada tras la derrota de Rosas en 1853, era gloriosa que contara con estadistas como Mitre, Sarmiento, Avellaneda o Carlos Pellegrini. Perodo de casi ocho dcadas en el que Argentina se haba convertido en una de las seis naciones ms ricas del planeta, mientras realizaba la proeza de absorber millones de industriosos inmigrantes europeos, predominantemente de origen italiano. Es cierto que la dcada de los treinta fue en todo el mundo la poca de la expansin del fascismo y de la preponderancia de los militares, pero es razonable pensar que si el radicalismo no hubiera estado como estaba en el puo de Yrigoyen, un presidente ms joven y vigoroso, con la cabeza fresca, tal vez hubiera podido salvar la democracia en Argentina, ahorrndole la triste historia que luego sobrevino. Ese medio siglo de atropellos, sobresaltos y empobrecimiento paulatino que permite asegurar que Argentina es casi el nico pas del mundo que ha pasado por un proceso de subdesarrollo progresivo. Sin abandonar la cabeza de Amrica Latina todo hay que decirlo dej de ser uno de los pases punteros del mundo para sumergirse en una innecesaria mediocridad. En todo caso, en 1933, cuando Yrigoyen muri, es probable que muchos argentinos ya comprendieran el peligro en que incurre

una sociedad en el momento en que desaparece la ley. El entierro de Yrigoyen fue un espectculo de masas como no vera Argentina hasta el surgimiento de Pern. En 1946, en efecto, apareci en Argentina otra modalidad de caudillo: en ese ao el coronel Juan Domingo Pern alcanz la presidencia con un amplio respaldo popular, del que goz toda su vida. En las elecciones de 1951 obtuvo el 63 por ciento de los sufragios, y en 1973, tras un largo perodo de exilio, recibi nada menos que el 61 por ciento de los votos. Y a diferencia de Yrigoyen, que fue un caudillo dentro de su partido, pero respet las libertades, Pern siempre fue un dictador electo democrticamente. Es decir, una figura autoritaria a la que los argentinos, con cierta dosis de irresponsabilidad, le entregaron el Estado a sabiendas de que no respetara la Constitucin vigente ni tendra en cuenta los derechos de las minoras. Incluso, es probable que para eso mismo le dieran sus votos, para que gobernara a su antojo, pues sa es la funcin de los caudillos: tomar personalmente y de manera inconsulta las decisiones que afectan al conjunto de la sociedad; sustituir la voluntad popular por la de una persona a la que se le atribuyen todas las virtudes y talentos, y en cuyo beneficio la mayora o una sustancial cantidad de ciudadanos abdica de sus facultades de pensar por cuenta propia. Por qu los caudillos y especficamente Pern son fabricantes de miseria? En primer trmino, porque al no tener frenos constitucionales,

inevitablemente confunden los bienes pblicos con los propios y disponen de ellos con absoluta impunidad. Todava es frecuente escuchar en Argentina, generalmente en un tono de cierta nostalgia, las ancdotas de cuando Pern regalaba casas o motocicletas, olvidando que la procedencia de esos bienes era siempre la misma: los impuestos trabajosamente pagados por el pueblo. Todos los caudillos latinoamericanos, en mayor o menor medida, han actuado de forma similar, dilapidando insensiblemente los recursos del Estado al carecer de cualquier clase de control. As operaban Torrijos y su discpulo Noriega, propiciando el enriquecimiento de sus amigos o partidarios y la ruina de sus adversarios. As actuaban Somoza y Trujillo, aunque estos ltimos estaban ms cerca del dictador intimidante que de los caudillos propiamente dichos. Sin embargo, acaso el ms caro el que ms le ha costado a su pueblo de todos los caudillos latinoamericanos ha sido Fidel Castro, siempre con sus faranicos proyectos en el bolsillo de la chaqueta verde oliva, sin importarle el costo o la factibilidad real de sus fantasas. Nada menos que cien mil millones de dlares le entreg la URSS en forma de subsidios a lo largo de treinta aos una suma ocho veces mayor que el Plan Marshall con que Estados Unidos reconstruy Europa tras la Segunda Guerra Mundial, y con ese dinero Mosc y Castro slo lograron que Cuba se convirtiera en uno de los pases ms pobres del continente.

Otros males Si algo hay de vinculacin tribal y atvica en el culto por los caudillos en Iberoamrica, otro rasgo antiguo y antidemocrtico de nuestros lazos polticos hay que rastrearlo en la militancia gentica. Esto es, en el partidarismo que se trasmite y recibe como una forma ciega e inevitable de relacin hereditaria. Cuntas personas hay en Colombia, Honduras o Nicaragua que se califican de liberales o conservadores porque sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos as se denominaban? Cuntos blancos y colorados hay en Uruguay que son lo que son por razones de estirpe familiar? Cuntos paraguayos son colorados como consecuencia de la tradicin y no de una conviccin ntima y profunda? Los partidos polticos son, en realidad, un fenmeno relativamente moderno, surgido en el siglo XIX tras el desmoronamiento de las monarquas absolutistas. Y no constituira un mal augurio que algunos de los partidos dem ocrticos m s viejos del m undo sean latinoamericanos, a no ser por la dosis de irracionalidad con que muchas de las personas militan en ellos. Esta afiliacin hereditaria, a la que no concurre la ponderacin de las ideas sino la tradicin familiar, contribuye a la ingobernabilidad de nuestros Estados y a la falta de esa mnima coherencia que debe existir entre los partidos y los programas de gobierno. No menos daina es la falta de democracia interna

que exhiben nuestras agrupaciones polticas. Es lo que los puertorriqueos llaman, en son de broma, la democracia digital. Es decir, la seleccin de las personas en virtud del mgico dedo ndice de los caudillos y no por la voluntad soberana de los afiliados. Lo que no deja de ser un contrasentido, porque si los partidos, una vez instalados en el gobierno, pretenden administrar la democracia, ms les valiera comenzar por practicar en casa las reglas del juego recurriendo, por ejemplo, a elecciones primarias para seleccionar a los candidatos, en lugar de delegar esa tarea en el lder supremo del partido. A Borges le gustaba decir que la democracia era un abuso de la estadstica. Broma aparte a la que tan aficionado eratal vez el autor de El Aleph no entenda el sentido ltimo de la ceremonia electoral: legitimar racional e inapelablemente la autoridad de ciertas personas para poder mandar. Nadie en sus cabales piensa que la democracia garantiza la seleccin de los mejores. Ese es un buen objetivo, pero no el ms importante. Lo vital es dotar de autoridad a los elegidos por un procedimiento basado en la razn objetiva, algo que slo puede derivarse de la aritmtica: nunca se podr asegurar que A es ms inteligente y honrado o estpido que B, pero no hay la menor duda de que diez es ms que ocho. Esa es la nica certeza que nos es dable alcanzar. Cmo afecta la falta de democracia interna al bolsillo de la poblacin? Por qu incluimos esta

prctica nefasta como un elemento fabricante de miseria? Muy sencillo: es probable que un poltico que debe su cargo al escrutinio democrtico y no a la designacin arbitraria del lder del partido, pueda responder mejor al bien comn. En Estados Unidos, por ejemplo, donde los polticos tienen una vinculacin directa con quienes los eligen, no estn obligados a la obediencia partidista, y mucho menos a la sujecin a la autoridad de los dirigentes mximos de su bancada. Votan o deben votar de acuerdo con su conciencia, y tratando siempre de interpretar la voluntad de la mayora de sus electores, pues de eso se trata la democracia representativa. Naturalmente, este proceso de consultas peridicas suele ser caro, y ah radica uno de los aspectos ms dbiles y discutibles de la democracia: cmo financiar a los partidos y a los candidatos para que puedan participar en la contienda poltica? Y no se trata de un vago asunto tcnico, sino de un tema fundamental en la utilizacin de los escasos recursos de la sociedad. Elegir a un presidente en El Salvador el ms pequeo de los pases de Amrica Latina y uno de los menos pobladoscuesta veinte millones de dlares. Diez por lo menos a cada uno de los dos grandes partidos del pas. Esto quiere decir, si tenemos en cuenta la poblacin y el PIB, que a los salvadoreos les cuesta seleccionar a un presidente muchsimo ms que a los estadounidenses, y es probable que no exista una forma humana de rebajar sustancialmente el monto de

esa factura, pues los costos de los medios de comunicacin son cada vez ms altos. El problema, pues, no consiste en reducir la propaganda y la informacin que se les brinda a los ciudadanos para que tomen sus decisiones, sino en determinar de dnde van a salir los fondos de campaa para que la sociedad no resulte perjudicada. En esencia, hay tres formas de financiar las actividades electorales de los partidos. O se pagan con fondos pblicos, o se recurre a donaciones privadas, o se utiliza una combinacin de ambas frmulas. Quienes defienden el financiamiento pblico suelen alegar que es la manera de evitar que los polticos contraigan obligaciones onerosas con grupos poderosos que luego exigirn contrapartidas y favores especiales frecuentemente impropios o ilegales. Quienes defienden el financiamiento privado opinan que dar dinero es una forma de participacin democrtica y que no deben prohibirse estas ddivas a las personas que desean contribuir con una particular causa poltica. Por ltimo, los que propugnan la frmula mixta aceptan las dos hiptesis, pero exigen total transparencia y limitan la segunda a cantidades pequeas que no comprometen la integridad de quienes la reciben. Probablemente, la primera sea la menos imperfecta de las frmulas de financiamiento de los partidos, y la que, al menos tericamente, mejor protege a la sociedad y a los polticos de la presin de los poderosos y de los grupos de inters. No hay duda de que para los pases

esto resulta costoso, pero tal vez ese gasto sea mucho menor que el que se deriva de luego devolver favores en forma de industrias subsidiadas, absurdas tarifas arancelarias o compras amaadas en las que la sociedad abona un altsimo sobreprecio para compensar el aporte del empresario que pag la campaa de poltico triunfador. Y por qu no la frmula mixta? Porque la experiencia demuestra que cuando se establecen los lmites a las contribuciones individuales, el modo de violar esa regla es relativamente simple: el gran donante, generalmente de acuerdo con el poltico necesitado de dinero, busca una serie de personas que aparentan ser ellos quienes aportan los recursos. Al fraude, pues, se le aade el envilecimiento masivo del proceso democrtico. En todo caso, hay sntomas claros de que en Iberoamrica, como en el resto del mundo, el peso de la televisin y de los medios de comunicacin entre los que ya hay que incluir Internet va cambiando la fisonoma de los partidos. Si a mediados de siglo Duverger advirti la dicotoma entre partidos de cuadros y partidos de masas, diera la impresin de que poco a poco la balanza se inclina hacia las agrupaciones o partidos de cuadros. Tradicionalmente, los partidos ha reducido a siete sus objetivos principales: influir sobre la opinin pblica; profundizar la formacin poltica de sus militantes y de la sociedad; fomentar la participacin de los ciudadanos en la vida poltica; capacitar ciudadanos

para asumir responsabilidades pblicas; seleccionar candidatos a participar en elecciones; influir sobre los gobiernos y parlamentos en la direccin elegida por el partido; y aumentar una relacin fluida entre pueblo y gobierno en beneficio del bien comn. Y lo cierto es que para llevar a cabo adecuadamente esas tareas acaso no sea necesario contar con organizaciones de masas ni con legiones de militantes aguerridos, sino tal vez baste con la existencia de cuadros capaces, tener claras las ideas, saber comunicarlas con eficacia, adoptar una conducta coherente con los valores que se defienden y asumir la lgica humilde del servidor pblico. Por ese camino, probablemente los polticos tal vez un da dejarn de ser payasos y de recibir bofetadas.

A fines de la dcada de los noventa, se estira sobre el panorama poltico de los pases de lengua espaola una sombra militar creciente. Esos viejos fabricantes de miseria poltica, econmica y moral en Amrica Latina vuelven a la carga, a veces disfrazados, otras a cara

descubierta. Despus de haberse retirado a sus cuarteles en los aos ochenta, forzados por la ola democratizadora, han vuelto a poner las botas sobre la mesa, si bien no es posible comparar todava la presencia militar en la vida poltica, el autoritarismo civil apoyado en los ejrcitos y la anemia de las instituciones democrticas con la ltima era de dictaduras latinoamericanas. Varios casos conforman, en esta dcada, un cuadro continental. En Chile, el ex dictador Augusto Pinochet, cuyo rgimen supuso la desaparicin de 3.197 personas y la violacin sistemtica de los derechos humanos y las libertades cvicas, ha asumido el puesto de senador vitalicio, de acuerdo con la constitucin que l mismo dict. Da una idea del peso en este caso disuasorio que tienen los militares chilenos, el hecho de que la Democracia Cristiana haya protegido a Pinochet en el Congreso contra los esfuerzos de un sector, que inclua a algunos miembros de la propia coalicin de gobierno, por desaforarlo de manera legal. Y los dos partidos herederos de Pinochet, agrupados en el Pacto Unin por Chile, obtuvieron el 36 por ciento de los votos en las elecciones parlamentarias de 1997. En Venezuela, vimos a Hugo Chvez, el ex teniente coronel que en 1992 intent derrocar a Carlos Andrs Prez, colocarse en 1998 a la cabeza de los sondeos en la campaa electoral para la presidencia de la repblica. En el Paraguay, el ex general Lino Csar Oviedo, que en 1996 intent un golpe de Estado contra el presidente Juan Carlos

Wasmosy, tambin logr en 1998, antes de ser impedido legalmente de seguir adelante con su candidatura, ponerse adelante en los sondeos presidenciales, como candidato del siempre poderoso Partido Colorado, a pesar de estar entre barrotes con una condena de diez aos. En Bolivia, los ciudadanos eligieron presidente al ex general Hugo Bnzer, dictador de su pas entre 1971 y 1978. En Colombia, el ex ministro de Defensa y ex jefe del ejrcito Harold Bedoya, que renunci en 1997 por discrepancias con la poltica gubernamental frente a la narcoguerrilla, arrastr inicialmente simpatas en el proceso electoral, en el que tambin particip. En Ecuador, Paco Moncayo, jefe del ejrcito hasta febrero de 1998, pas a la poltica despus de dejar cl cargo, al mando de una lista parlamentaria. Ninguno de estos casos alcanza la gravedad de la situacin peruana, donde el golpe de Estado fue consumado el 5 de abril de 1992 e institucionalizado a partir de entonces, con los viejos elementos de siempre: violencia de Estado y represin, corrupcin, eliminacin de instituciones democrticas, copamiento de las instancias de poder. En Guatemala, Serrano Elas intent en mayo de 1993 el fujimorazo y termin exiliado en Panam, gracias al sobresalto democrtico de sus compatriotas. No todos estos casos son comparables, porque algunos tienen que ver con una afrenta directa a los valores de la democracia y otros con el legtimo derecho poltico de ciudadanos que pasaron antes por la institucin militar sin violar la ley o la constitucin.

Pero es evidente, si sumamos a estos hechos las nfulas autoritarias de muchos mandatarios democrticos, que en todos lados se cambia constituciones para conseguir la reeleccin, los gobiernos exprimen las instituciones como trapos mojados y la democracia est perdiendo vigor, y en ciertos lugares pudrindose, a pesar de los cambios econmicos suscitados en los aos noventa. El Per ha vuelto a la normalidad, deca el poeta Martn Adn tras el golpe de Estado del general Odra en 1948. Las cosas an no vuelven, exactamente, a la normalidad en Amrica Latina, pero ya asoman en la trastienda los viejos scubos de siempre. En verdad, el autoritarismo y el militarismo han rondado por el continente desde la primera parte de esta era democrtica inaugurada en los ochenta. Rebelin de Frank Vargas en una base area del Ecuador, en 1986, posterior secuestro del presidente Febres Cordero, asonadas de los carapintadas en la Argentina de 1987 y 1988, rumores de golpe en el Brasil de 1988: la dcada democrtica ya estaba preada de amenazas. Era explicable: los ochenta venan a remolque de una dcada atroz. Entre 1972 y 1982 tuvimos diecisiete golpes de Estado en Amrica Latina, ms de ciento veinte mil desaparecidos por la represin, cientos de miles de muertos por el fuego cruzado de militares y guerrillas terroristas, y xodos que hacen palidecer las migraciones bblicas, con uno de cada cinco uruguayos desterrados o cerca de un milln de chilenos en desbandada.

Pocos factores han sido tan perturbadores de la vida poltica, tan decisivos en nuestra incapacidad para afincar instituciones que rigieran la vida de las gentes de una manera estable y decente, como los militares. Ellos no han sido ajenos a las dolencias de la sociedad civil No conozco un general que resista un caonazo de cincuenta mil pesos, dicen que dijo Alvaro Obregn en el Mxico revolucionario, pero su caso representa un agravante con respecto a los civiles corruptos y antidemocrticos. Sin la accin de los militares, nuestras repblicas habran visto fortalecerse sus instituciones civiles y buena parte de nuestras democracias no se hubieran venido abajo cuando lo hicieron. Quiz nuestras revoluciones exitosas tampoco lo habran sido si nuestros ejrcitos se hubieran implicado menos en la vida poltica. Un elemento clave del subdesarrollo latinoamericano y del espaol hasta fines de los aos setenta han sido, pues, los militares, que en lugar de funcionar como institucin han querido hacerlo como gobierno, y a veces como Estado, aun cuando el dspota no luca charretera. La guerra ha sido, por supuesto, uno de los aportes polticos de nuestros militares, con la colaboracin resuelta de muchos civiles, al subdesarrollo. A pesar de las voces lcidas que bramaron contra las conflagraciones intiles y contraproducentes, como la del Alberdi de El crimen de la guerra, nuestro siglo XIX parece, visto desde aqu, una sucesin de conflictos blicos. Ni la guerra de la Triple Alianza, ni la guerra del

Pacfico, para citar slo a las dos ms importantes, se hubieran producido si no hubiera habido militares y civiles expansionistas e idelogos para quienes la grandeza de un pas tena que ver con el tamao de su territorio o los recursos naturales y no con los factores que realmente deciden la riqueza o pobreza de una nacin. Cuando, en otro episodio blico del XIX, Chile y su idelogo Diego Portales, hombre de muchos otros mritos, decidieron destruir la Confederacin PerBoliviana (con la ayuda de militares peruanos como Gamarra), incurrieron en el error de creer que el peso especfico de un pas es una funcin importante de la geopoltica, es decir de factores externos, y no esencialmente de sus mritos intrnsecos y de sus energas empresariales, como la de un Toms Brassey, que iba sembrando el mundo de ferrocarriles mientras nosotros nos entrematbamos. Es una leccin que nos ha dado, con renovada actualidad, la superpoderosa ex Unin Sovitica, que result tener los pies de barro y hoy se debate en unas arenas movedizas donde parece imposible construir nada slido. En este siglo, en el que, a diferencia del XIX, no haba el pretexto de la definicin de los territorios independientes pues stos ya estaban bien definidos, tambin nos hemos enfrascado en estpidas guerras, desde la del Chaco hasta la que enfrent brevemente, en la regin del Cenepa, en 1995, a peruanos y ecuatorianos, pasando por otros conflictos y escaramuzas que de tanto en tanto han librado

ecuatorianos y peruanos, colombianos y venezolanos, argentinos y chilenos. La guerra es la realizacin del self-government judicial de los Estados en su sentido ms primitivo y brbaro; es decir en el sentido de ausencia absoluta de autoridad comn2, dijo Alberdi, al sealar que su pas, la Argentina, haba perdido en cincuenta aos la mitad de su territorio virreinal. Casi un siglo y medio despus de pronunciada esta frase, no tenemos ningn mecanismo que reproduzca a nivel continental el Estado de Derecho de modo que nuestros militares vidos de guerra y nuestros eternos golpistas no prosperen. No todas las guerras son injustas: hay guerras inevitables, cuando uno se defiende de la agresin externa, por norma proveniente de dictadores. Pero, en todo caso, nuestros militares han sido el factor determinante en la crueldad, el costo y las nefastas consecuencias polticas derivadas de dos siglos con demasiadas guerras. La caricatura poltica ha querido hacer de Bolivia el paradigma de la inestabilidad. Hablan por ah de doscientos golpes de Estado desde la independencia. En verdad, han sido menos, pero han sido demasiados, y, lo que es peor, Bolivia est muy bien muy mal acompaada. En las ltimas dos centurias, los cinco Alberdi, Juan Bautista, El crimen de la guerra, AZ Editora. Buenos Aires, 1994. Alberdi fue declarado traidor a la patria por el gobieno de su pas por su oposicin a la guerra de la Triple Alianza.

pases ms inestables han sido El Salvador, Panam, Mxico, Colombia y Bolivia, a pesar de que Colombia y Mxico han registrado la mayor estabilidad del continente en los ltimos cincuenta aos. Curiosamente, entre los seis pases ms estables de estos dos ltimos siglos estn Hait, Guatemala y Paraguay, estadstica muy elocuente sobre la historia de la democracia en Amrica Latina desde el nacimiento de las repblicas. Ecuador, Repblica Dominicana, Uruguay, Per y Argentina tienen en promedio perodos de estabilidad de entre dos aos y dos meses, y dos aos y seis meses. Desde 1825, el 61 por ciento de los gobiernos de Bolivia han sido castrenses y la mitad de sus gobiernos no han durado ms de un ao3. En suma, la inestabilidad es un problema continental, y el militarismo una enfermedad de todos los pases, con las excepciones, recientes en la historia, de Costa Rica y, hace muy poco, Panam, que han eliminado sus ejrcitos.

Fauna con charreteras Por desgracia, nuestra fauna poltica militar no es pura leyenda. Hemos tenido caudillos militares que parecen fugados del magn de Asturias, Carpentier o Mesa, Carlos, Presidentes de Bolivia: entre urnas y fusiles, Gisbert y ca., La Paz, 1990.

Garca Mrquez, pero que han sido demasiado verdaderos. Antonio Lpez de Santa Anna, el dictador mexicano, enterr su propia pierna, perdida en la guerra, con funerales de Estado. El general Garca Moreno del Ecuador azotaba a sus ministros en la plaza pblica y su cadver fue velado sobre la silla presidencial. El doctor Francia prohibi las cerraduras y los pestillos en las casas del Paraguay para demostrar que en su paraso poltico nadie robaba. Maximiliano Hernndez Martnez es recordado como autor de la masacre de veinte mil campesinos salvadoreos y porque se enfrent a la epidemia de escarlatina empapelando el tendido elctrico con papel rojo. Y Mariano Melgarejo, el brbaro boliviano, hizo desfilar a sus soldados hacia el interior del Palacio presidencial en honor de un dignatario extranjero, con tanta persuasin en la voz de mando que los soldados, al no recibir instrucciones para detenerse, siguieron marchando ms all del balcn y cayeron al vaco. Nuestros dspotas han sabido desbordar con la imaginacin los lmites de la realidad slo para ejercer la prepotencia y la brutalidad, y han incrustado en la vida verdaderas locuras que hubieran sido menos malignas en los libros de aventuras maravillosas. En nuestro siglo, cada pas tiene tambin su dspota emblemtico, y en algunos casos ms de uno. Rafael Lenidas Trujillo marc buena parte del siglo dominicano desde que en 1930 asalt el poder sobre el lomo de la Guardia Nacional. En Nicaragua se trat de

la dinasta Somoza, inaugurada por el liberal (ay!) Anastasio Somoza, tambin salido de las entraas de la Guardia Nacional. En Brasil, el simbolismo desptico lo encarna Getulio Vargas, por ms que no fue muy sangriento y lleg al poder en hombros de una revolucin que denunciaba un fraude electoral. Su autoritarismo tambin encabezaba una Alianza Liberal se combin con la obra pblica, el desarrollismo, el Estado Novo el de siempre pero ms grande y voraz. Aunque no se trat de un militar, lo militar fue un factor decisivo, tanto para auparlo al poder y sostenerlo all catorce aos como para acabar con l despus. El militar paraguayo Alfredo Stroessner dur cuatro dcadas en el poder, y an hoy es visible la herencia de su rgimen vertical. En Argentina, que ha tenido ms dictaduras, como la que desapareci a nueve mil personas, Juan Domingo Pern, otro hijo de la institucin castrense, ha quedado registrado como el tirano estelar, no slo por su dictadura sino porque volvi a su rico pas un laboratorio de crear miseria. Como buena parte de los regmenes no democrticos, tuvo el efecto pernicioso de convertir la fuerza en el mecanismo de relevo, y en 1955, tras sufrir un golpe de Estado, logr refugiarse en una embarcacin militar paraguaya en el puerto de Buenos Aires (como se sabe, 18 aos despus volvi en loor de multitud y fue elegido en las urnas). Velasco Ibarra, en Ecuador, super los recursos demaggicos de todos los compatriotas suyos que pasaron por el poder antes y despus, que no han

sido demasiados porque l mismo fue elegido cinco veces (en algunas de las cuales debe escribirse elegido, con unas elocuentes comillas), la ltima en 1968, cuando tena 75 aos. Sus gobiernos tambin fueron autoritarios y estuvieron apoyados en los tanques. En el Per, Juan Velasco Alvarado, el militar socialista, puso a su pas muy cerca de la rbita sovitica sin atreverse a cruzar al otro lado y se las arregl para introducir nuevas formas de subdesarrollo institucional y econmico bajo un rgimen represivo aunque ms bien incruento. Fidel Castro, que ha igualado en aos de imperio a Francisco Franco, el dictador espaol caracterstico, es el tirano cubano por excelencia. Rojas Pinilla es quien acude a la lengua ms rpido en el caso de Colombia, no porque fuera ms violento que otros ni porque detentara el poder ms tiempo, sino porque, a pesar de estar en el gobierno muy pocos aos fue la gota que colm el vaso de la paciencia de sus compatriotas y provoc el pacto de Sietges entre liberales y conservadores para garantizar la alternancia civil y pacfica en el gobierno. A pesar de tener muchos aspectos criticables desde el punto de vista estrictamente democrtico, ese arreglo devolvi a Colombia al civilismo. Prez Jimnez, el campen de los corruptos, fue el dictador emblemtico venezolano, lo que no desmerece los pergaminos de Juan Vicente Gmez, el benemrito, que gobern ms tiempo que l. Porque marcaron una poca, encarnaron una ideologa o una prctica distintiva y nociva, o vinieron

inmediatamente despus o inmediatamente antes de hechos y perodos significativos, estos dspotas militares o cvico militares nos hablan de un siglo XX no menos rico en acrobacias antidemocrticas que nuestro real maravilloso siglo XIX caudillista, aunque s ms diligente en la elaboracin de distintas formas de miseria. Uno tiene, comprensiblemente, la tentacin de la hiprbole cuando habla de nuestra vida poltica. No todo ha sido inestabilidad o estabilidad vertical, y quiz de algo sirva recordar que hubo perodos anormales en relacin con la historia poltica comn. La constitucin chilena de 1833 dur hasta 1925 (con una breve interrupcin en 1891) y sirvi de base para una legalidad civilista que permiti crear cierta prosperidad y, a pesar de muchos vicios autoritarios, reducir drsticamente el despotismo. Fue hechura de Diego Portales y suspelucones, una casta de oligarcas conservadores con visin de futuro que reaccionaron contra el caos de la postindependencia aliados con un sector militar. En el poder, purgaron al ejrcito de militares con vocacin de interferencia en la poltica y dotaron a su pas de un marco estable dentro del cual hubo gobiernos no slo conservadores sino tambin liberales. Aunque ese marco permiti un ejercicio a veces autoritario del poder, en general interfiri poco con la vida de las gentes e hizo posible tambin la alternancia. El desarrollo econmico no tard en llegar para ciertas zonas, especialmente el norte, gracias a la

inversin extranjera. El fascista Carlos Ibez, quien lleg al poder tras el golpe de 1924 slo un ao despus del golpe de otro fascista, el espaol Primo de Rivera, interrumpi el proceso. Aun as, Chile fue capaz, otra vez, de poner un poco de orden institucional, y hasta el golpe de 1973 logr la estabilidad, si bien con gobiernos ms bien mediocres, que desembocaron en el delirio socialista de Salvador Allende. Este panorama chileno ha llevado a Rgis Debray, en la frase feliz de su vida, a decir: Las democracias liberales europeas, Francia por ejemplo, con sus regmenes cambiantes y sus bandazos polticos, parecen repblicas bananeras en comparacin con Chile.4 Bastante mayor prosperidad logr la Argentina, cuya constitucin de 1853, inspirada en el liberalismo de Juan Bautista Alberdi, rigi hasta el primer cuarto de siglo, cuando volvi a hacer su aparicin el subdesarrollo poltico. Y tambin Brasil tuvo un siglo XIX muy estable, con notable ausencia de intervencin militar en la poltica, en buena parte gracias al particular proceso de independencia en ese pas, donde la permanencia del hijo del rey portugus como monarca una vez rota la amarra colonial facilit una transicin sin ruido de sables. Una vez que, dcadas ms tarde, los republicanos cambiaron el signo Debray, Rgis, The Chilean revolution: Conversations with Salvador Allende, Vintage Books, Nueva York, 1971.

constitucional del pas, los cuarteles se desataron. El relevo de la estabilidad en la regin del Plata lo tom Uruguay a principios de siglo. A partir de 1903,ese pas vio a los gobiernos civiles sucederse de un modo civilizado y pacfico, proceso que sobrevivi a los sobresaltos de la vecina. Argentina y que no fue interrumpido basta 1973. En la segunda mitad del siglo, la estabilidad poltica la han encarnado Costa Rica que ya tuvo democracia en la primera mitad con una muy breve interrupcin y que desde su revolucin de 1948, surgida de unas elecciones cuestionadas, aboli formalmente el ejrcito, Venezuela, que supo pactar un sistema civil despus de Prez Jimnez, y Colombia, donde en 1957 liberales y conservadores tambin pactaron (la estabilidad mexicana, donde el PRI evit los golpes con un Estado corporativista que convirti a todas las instituciones, incluida la militar, en parte del Estado-Partido, es un caso distinto por tratarse de un rgimen no democrtico). Estos pactos civiles entraaron otros males la prctica de la componenda, la ausencia de grandes lneas maestras, el gradualismo paralizante, pero eliminaron la interferencia militar en la poltica. Gracias a ello, Colombia pudo durante los aos setenta y ochenta dotarse de una economa bastante solvente mientras el resto del continente se empobreca.

Nuestras guerras de independencia iniciaron una tradicin militarista en la vida poltica de nuestras repblicas. A la vieja clase dirigente colonial la aristocracia virreinalsucedi una nueva aristocracia: la de los generales. Nuestros militares haban pertenecido, en muchos casos, a los ejrcitos reales antes de volverse contra Espaa, y en otros se haban forjado desde las primeras rebeliones. Hombres como el peruano Gamarra, el boliviano Santa Cruz, los mexicanos Santa Anna, Bustamante y Herrera, figuras de la vida poltica de la primera hora independiente, haban sido en su momento generales de los ejrcitos reales enfrentados a los patriotas. El propio Agustn Iturbide, el mexicano que conquista la independencia incruenta de su pas al firmar el Plan de Iguala con Vicente Guerrero, haba sido antes un militar dedicado a acogotar a los insurgentes. En el Per, los generales del virrey, entre los que haba ciudadanos de muchas nacionalidades, se pasaron al bando independentista; luego formaron, bajo Riva Agero, el primer presidente, un gobierno netamente militar. Una vez liberados sus pases de Espaa, nuestros militares se dedicaron a disputarse el poder a punta de pronunciamientos (palabra y costumbre hispnica de la que nunca nos independizamos), bajo la apariencia de una lucha entre liberales y conservadores, y entre

partidarios del federalismo y partidarios del centralismo (y en el Per, por ejemplo, entre defensores y adversarios de la unin con Bolivia). Esos mismos militares mexicanos antes mencionados son los que se hicieron cargo del poder en Mxico hasta las reformas liberales de los aos cincuenta del siglo pasado. El cambio de soberana y, una vez ocurrida la independencia, a veces tambin de ideologa, no signific un cambio de protagonismos polticos ni de mentalidad militarista. En Bolivia, Santa Cruz tambin hace el trnsito de la lucha militar contra Espaa al ejercicio militarista del poder. En Ecuador, el general venezolano Juan Jos Flores se queda en el mando de la nacin gracias a la fuerza militar que ha participado en la guerra patriota. Ni siquiera los mejores nombres de la gesta independentista fueron inmunes a la tentacin militarista en los asuntos posteriores del gobierno. San Martn se declar en 1921, al proclamar la independencia peruana, Protector del Per y Bolvar se declar un poco despus dictador vitalicio de ese mismo pas, hasta que en 1927 fue obligado a abandonar semejante cargo. El militarismo, que ms tarde ser acrrimamente nacionalista, es en esa poca, por fuerza, multinacional, tal es la composicin de los distintos ejrcitos que han logrado la independencia: los generales y mariscales de nacionalidad peruana son una minora en el primer ejrcito peruano (y los extranjeros intuyen que la manera de ganar apoyo de la poblacin local es promover a militares peruanos en su propio

pas). Los valores militares impregnan de tal modo la vida poltica que slo los lderes que representan esos valores despuntan en sus pases, aunque los combinen con otros valores. En Argentina, Alvear alcanza la gloria porque es militar y hace poltica porque ha triunfado en el terreno militar. Lo mismo pasa con Artigas en Uruguay.5 El sello militarista de las repblicas permanece y los posteriores lderes tambin tendrn que tener el respaldo de la fuerza, justificada o no. En Argentina, un Rosas, un Mitre, un Sarmiento, con todas las diferencias que los separan, que son muchas, renen esa combinacin de valores militares y polticos que contina signando la cosa pblica latinoamericana ya pasada la oleada de la liberacin. Lo mismo ocurre con otros caudillos, como Nicols de Pierola en el Per: nacen y se hacen en la fuerza (en su historia hay una guerra con Chile de por medio) y cuando gobiernan, aunque, como es su caso, hacen muchas cosas admirables, alimentan al sistema con ese caudillismo personalista y ejercicio vertical del poder que son los elementos constitutivos de la cultura poltica. El caso de Brasil fue distinto, y acaso ms frustrante. Los brasileos idearon una frmula inteligente, En el Ro de la Plata el fenmeno es ms acusado a causa del ataque corsario ingls de 1806 y 1807 que convirti a la aristocracia colonial en aristocracia militar y fue a la vez base del futuro caudillismo.

evitando a ese pas las convulsiones de sus vecinos: negociaron con Portugal una independencia que mantuvo amarras simblicas con la metrpoli aunque en la prctica funcion con libertad. El hombre que personific ese nexo, clave de la transicin ejemplar, fue el nuevo rey, luego emperador. La monarqua ahorr al Brasil ese violento, inestable y desarticulado siglo XIX in s titu c io n a l y p o ltic o d e la s re p blica s latinoamericanas. Brasil vio de lejos cmo en Bolivia, entre 1825 y 1884, todos los presidentes, con las excepciones de Calvo, Linares y Fras, fueron militares, y cmo en el Per no hubo un gobierno civil hasta la llegada de Manuel Pardo en 1872. Pero en 1889, los militares brasileos, espoleados por una oligarqua cafetalera que pugnaba por torcer el brazo del Estado en favor de sus intereses, decidieron ponerse al da con sus vecinos y dieron un golpe de Estado. La repblica, pues, en lugar de suponer una modernizacin de un sistema antiguo, viaj atrs en el tiempo de la civilizacin poltica: sus primeros dos presidentes, Deodoro da Fonseca y Floriano Peixoto, fueron tambin mariscales. Ante la ausencia del monarca, elemento aglutinante del sistema anterior, los militares se convierten en la nica institucin capaz de articular al archipilago de intereses regionales que empiezan a tirar del centro en direcciones opuestas. Las presiones regionales tambin estn presentes en otros pases: en Venezuela y Argentina, el regionalismo es uno de los factores entremezclados con el

militarismo, y los caudillos del mundo rural empuan las bayonetas con excitacin. Cubrindose de invocaciones gloriosas, por ejemplo a Napolen III, cuyo imperio en Francia haba devuelto a ese pas al despotismo apoyado sobre un respaldo rural decisivo, nuestros militares regionalistas de carrera o inventados se desempearon con no menos brutalidad que los del centro. Los caudillos militares del siglo XIX esa herencia, al decir de Octavio Paz, del caudillo hispano-rabe no poseyeron la obsesin de la legitimidad que s tendran los posteriores. No tuvieron que dar demasiadas explicaciones para justificar que dos terceras partes del presupuesto latinoamericano fuera para asuntos militares. Un Jos Gaspar Rodrguez de Francia gobern Paraguay durante 35 aos, hasta 1840, sin preocuparse por darle una casustica a su rgimen, plcidamente asentado sobre las oligarquas rurales. En sus intermitentes gobiernos de los aos veinte, treinta y cuarenta del siglo XIX, el histrinico Santa Anna de los mexicanos no sinti la necesidad de darse a s mismo una ideologa constitucional para legitimar a su rgimen castrense. Tambin en la Argentina de Juan Manuel de Rosas, el enemigo de los unitarios que mand con un celo centralista pocas veces igualado, la vida poltica estaba confinada en un pequeo mundo criollo mientras el resto del pas se ocupaba de otras cosas, dejando a los militares que hicieran y deshicieran a su antojo. Estos slo se tienen que entender con la oligarqua

terrateniente para gobernar sin molestias el tiempo que quieran. Ms tarde, los gobernantes militares empiezan a incorporar a grupos de civiles ms amplios, pues el crecimiento de la industria y el comercio obligan a expandir el radio de intereses que intervienen en el trfico poltico, y la relativa modernizacin de la vida social exige buscar mayores bases constitucionales para seguir ejerciendo el viejo despotismo. Por otro lado, en alguna parte los liberales toman el poder y, aunque no son ajenos al autoritarismo propio de la prctica poltica comn, el despotismo empieza a ser una mala palabra que necesita justificarse frente a algo y a partir de una cierta visin redentora de la funcin gubernamental. Las reformas de los reformistas obligan a hacer constituciones (Ramn Castilla, en el Per, promulga tres y tambin un estatuto). Los menos reformistas, o los detractores de las reformas, slo pueden reemplazar por algo en lugar de volver a esa nada desptica de aos previos aquello que los liberales han dejado a su paso por la cspide. Posteriores generaciones de dictadores tendrn, as, signos positivos como la obra pblica, la legislacin laboral, la reforma agraria: maneras de sustentar sus regmenes sobre una justificacin social. El caudillo militar de la obra pblica versin tarda y latinoamrica del faran egipcio encarna en un Prez Jimnez, un Trujillo, un Odra. El caudillo socializante despunta en un Vargas, un Pern, un Arbenz, un

Torrijos, un Velasco y versin extrema un Castro. El militar anticomunista que quiere salvar a la patria del anticristo rojo palpita en un Videla, un Pinochet. Si el siglo XX ha significado una mayor variedad de tipos militares, de regmenes de fuerza, la tradicin militarista del siglo XIX nunca fue desarraigada de nuestros pases. Nuestras dictaduras militares no han sido las nicas del planeta, desde luego. En 1985, a apenas quince aos del siglo XXI, 56 de los 107 pases en vas de desarrollo (para usar el eufemismo burocrtico internacional) estaban bajo el gobierno de los militares, y en la dcada de los noventa Samuel Huntington calcula cerca de cuarenta golpes de Estado contra gobiernos civiles en el mundo.6 Hasta los aos sesenta, slo Argentina, Brasil, Uruguay, Chile y Costa Rica haban logrado, en el siglo XX, al menos una transferencia de poder ordenada y constitucional. Un caso como el de El Salvador, que sufri en 1931 un golpe de Estado para no regresar a la democracia hasta 1979, no ha sido excepcional sino comn. En un pas como el Per, la democracia ha sido un suspiro, como los tres aos de Bustamante y Rivero o los doce aos transcurridos entre 1980 y 1992, con el teln de fondo de una centuria por la que desfilan los Billinghurst, los Huntington, Samuel, Reforming CivilMilitary Relations, Civil Military Relations and Democracy, editado por Larry Diamond y Marc F. Plattner, John Hopkins University Press, Baltimore, 1996.

Legua, los Snchez Cerro, los Benavides, los Prado, los Odra, los Velasco, los Morales Bermdez, los Fujimori, es decir diversas formas de despotismo militar o cvicomilitar. Hemos producido no pocas dictaduras militares encabezadas por civiles Ospina Prez en Colombia, los varios tteres de Torrijos y Noriega en Panam, el propio Fujimori, y hasta hemos introducido en el lxico poltico, una nueva palabra: bordaberrizacin, por Jos Mara Bordaberry, el presidente uruguayo de los aos setenta, para designar la situacin en la que los militares son el poder detrs del trono y el presidente civil un mero fantoche. Aunque los perodos castrenses de mayor represin en Amrica Latina han alternado con otros menos salvajes la peor dcada fue la de los aos setenta, tambin signada por insurrecciones revolucionarias, la dictadura ha sido una constante, con breves interrupciones, a lo largo del siglo que termina. Cada pas ha tenido su propia modalidad dictatorial la revolucin mexicana, por ejemplo, no poda reproducirse en la Argentina, pas ms urbano, pero nos interesa subrayar el carcter militarista de nuestros sistemas polticos, visible incluso bajo presidentes y ejecutivos civiles.

los militares latinoamericanos a lo largo del XIX, con la proliferacin de logias, facciones y conspiraciones intestinas, postergaron su profesionalizacin. Incluso en pases, como Brasil y Chile, donde no hubo a lo largo de la mayor parte del siglo pasado las turbulencias polticomilitares de otras partes, el control que las lites tenan del ejrcito, y que haca de l casi un instrumento de una casta social privilegiada, tambin posterg su profesionalizacin. En realidad, no hubo ejrcitos profesionales propiamente hasta fines de la centuria pasada y comienzos de sta. Todava en los aos noventa del siglo XIX los irregulares derrotan a los militares regulares en Colombia, Venezuela y Per, y en aos anteriores no era raro en otras partes que los irregulares se impusieran. La guerra que el Brasil le gan con muchas dificultades al Paraguay entre 1865 y 1870 fue, en cierta forma, el ltimo gran episodio militar del ejrcito pre-profesional. Brasil, y en parte el Per, estuvieron a la vanguardia d e la p r o f e s i o n a liz a c i n d e lo s e j r c ito s latinoamericanos una vez que este movimiento se puso en marcha. Chile, Colombia y Venezuela, donde las luchas entre facciones y las interferencias de las lites civiles siguieron complicando las cosas, la profesionalizacin tard algo ms. En la Argentina, aunque la profesionalizacin se inici antes de Pern, el peronismo, que llev su infinita vocacin conspirativa al interior del ejrcito, interrumpi la transicin profesional hasta las aos sesenta de este siglo.

Una de las consecuencias posteriores de esta profesionalizacin fue la emergencia de un nuevo tipo de dictadura castrense: la institucional. A ese gnero pertenecen, con todas sus diferencias, las dictaduras de Brasil, la Argentina y el Per en los aos sesenta y setenta. Es una de las razones por las que al referirse a esas dictaduras, especialmente las de Argentina y Brasil, uno no suele mencionar los nombres de los dictadores fueron varios sino el trmino genrico, institucional: dictadura militar argentina, dictadura militar brasilea. Es lo contrario de lo que ocurre con las dictaduras caudillistas. Los modelos extranjeros desempearon un papel de importancia en la profesionalizacin. En particular el modelo prusiano, con su rgida verticalidad jerrquica y su capacidad de organizacin, atrajo mucho la atencin. Algunos pases, como Chile, lograron copiar el ejemplo prusiano con bastante xito, aunque otros fueron incapaces de resistir un sistema que pasaba por el respeto del orden interno y la ausencia, o disminucin drstica, de la corrupcin. Una de las consecuencias de la profesionalizacin, y de la consiguiente mejora de la organizacin, fue el aumento de la capacidad represiva y de las labores de inteligencia. La profesionalizacin ayud a superar algunos de los viejos vicios, como la proliferacin de facciones y de alianzas con grupos civiles, pero dio una mayor consistencia a la institucin, que sigui interviniendo en poltica y en algunos casos copando

sectores enteros de la economa. Los militares se convirtieron en un Estado dentro del Estado. Melanclico, Golbery do Couta e Silva, el militar brasileo que en 1964 asalt el gobierno con un golpe de Estado, dijo, ya retirado del poder: He creado un monstruo. Se refera al Servicio Nacional de Inteligencia que l mismo haba montado y que para 1980 contaba ya con sesenta mil oficiales retirados en distintos lugares del gobierno federal, de los cuales la mitad vegetaban en empresas pblicas. Un poco antes, tambin Prez Jimnez, en Venezuela, haba hecho de su sistema de inteligencia, la Seguridad Nacional, un brazo armado de la represin, y en Argentina la Tripe A civil haba establecido con miembros del ejrcito un amable grupo de espas y policas polticos al servicio de Pern. Fidel Castro, estirando la ley de probabilidades, convirti al G2 cubano en una rplica caribea de la eficiente Checa leninista. Fuera del cubano, que como todo sistema totalitario es de una eficacia represiva absoluta, el servicio de inteligencia ms tristemente clebre es el de la era Pinochet, la DINA, creada en 1974. Tuvo la particularidad de centralizar todas las labores de inteligencia, que antes estaban repartidas entre las distintas armas. La DINA agrupaba a unas seiscientas personas, de las cuales el 20 por ciento eran civiles, y responda personalmente a Pinochet, el jefe prusiano. Ese mismo modelo inspir con menos eficiencia y bastante ms corrupcin al Servicio de Inteligencia Nacional en el Per de Fujimori,

reorganizado por Vladimiro Montesinos para concentrar las labores de inteligencia de todas las armas y de la polica. Algunos de los mecanismos y buena parte de las personas utilizadas por Montesinos han sido herencia directa de la dictadura castrense de fines de los sesenta y de la dcada de los setenta, que potenci los servicios de inteligencia establecidos para combatir a las guerrillas marxistas durante el primer gobierno democrtico de Belaunde. La institucionalizacin del ejrcito profesional no acab con las facciones y las logias. En los sesenta, por ejemplo, ellas siguieron causando estragos, bajo distinta forma. En Ecuador, en 1961, se enfrentaron abiertamente el ejrcito y la aviacin, y lo mismo ocurri al ao siguiente en Guatemala. En 1962, el ejrcito y la aviacin venezolanos la emprendieron contra la marina, mientras que un ao despus les toc el solemne turno al ejrcito y la marina argentinas. Tambin ha habido escaramuzas en el interior de un mismo ejrcito, como las que protagonizaron los ingenieros y los infantes del ejrcito ecuatoriano en 1961, y las armas de caballera e infantera en la Argentina, en 1962. No siempre se trat de armas enteras: tambin de facciones o logias. Los azules y los colorados formaron sus bandos en el interior de las fuerzas armadas argentinas en los aos sesenta, y, en tiempos de Pern, la Triple A de Lpez Rega incrust una psicologa de logia en aquellos sectores militares con los que trab alianza. Ms recientemente, el ascenso

al poder de Vladimiro Montesinos en el Per, en los aos noventa, tuvo que ver, en parte, con un movimiento de logias al interior del ejrcito, especficamente centrado en la promocin del propio Montesinos en el arma de artillera. La logia es una constante de la vida poltico-militar latinoamericana, desde la independencia, en cuya gesta estuvo muy presente, hasta la poca contempornea, pasando por casos como el de la Liga militar, formada en el seno del ejrcito chileno a comienzos de este siglo para fomentar el progreso de los militares. El crecimiento institucional ha venido aparejado de una cada vez mayor participacin en la economa. Los militares se han vuelto hombres de negocios. All estn, entre otros, casos como el de los militares guatemaltecos de la dcada de los setenta, que se apoderaron de la llamada Franja Transversal Norte para convertirla en su propiedad; el de la piata sandinista, que llev a los muchachos de verde olivo a dar un zarpazo nada infantil a miles de propiedades ajenas que conservaron una vez que fueron arrojados del poder; el de los militares peruanos implicados orgnicamente en el narcotrfico a travs de una vasta red de empresas durante la etapa de Montesinos; el de los militares hondureos que acuden a las subastas de empresas pblicas con la misin de adquirirlas para su institucin y que a travs del Instituto de Previsin Militar han acumulado bancos, cementeras, compaas de seguros e innumerables otros negocios, y que a

comienzos de los noventa, una dcada despus de haber recuperado la democracia, todava operaban la compaa telefnica, los puestos de aduana y la mayor parte de los puertos y los aeropuertos; o el de Chile, donde el ejrcito reserva para s el 25 por ciento de la renta del cobre.7 Los militares, no contentos con nacionalizar empresas estratgicas o preservar en manos del Estado las ya nacionalizadas, han militarizado ciertas reas de la economa, o, si se prefiere, convertido al Ejrcito en un empresario. Quin compite contra un caonazo?

Los militares y el guila del Norte Nuestros militares del siglo XX tienen bastante que ver con las malas relaciones entre Amrica Latina y Estados Unidos. El hecho de que, aplicando la poltica del mal menor, muchos gobiernos estadounidenses toleraran, en el mejor de los casos, y respaldaran militarmente en no pocas ocasiones, a regmenes castrenses latinoamericanos, contribuy a alimentar una fobia contra el pas ms poderoso de la Tierra que no necesitaba de muchos pretextos para expresarse. De igual modo a pesar de vaivenes en las relaciones entre Madrid y Washington en aquellos tiempos, la decisin Cerdas, Rodolfo, El desencanto democrtico, REI, San Jos, 1993.

de Estados Unidos de tolerar, a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, a la dictadura espaola de Franco, de acuerdo con su esquema geopoltico contra la Unin Sovitica, ayud a dar argumentos a quienes en la Pennsula, herederos de las viejas pasiones de 1898, desconfiaban de los norteamericanos. Todava se habla en Espaa de la visita de Eisenhower al generalsimo. Estados Unidos lleg a otorgar la Legin del Mrito a dictadores como el venezolano Prez Jimnez y el peruano Manuel Odra, en los aos cincuenta, quiz la poca ms infamante de la poltica exterior estadounidense al sur del Ro Grande, cuando el presidente Eisenhower, apoyado en la filosofa de su secretario de Estado, John Foster Dulles, para quien los dictadores anticomunistas latinoamericanos eran aceptables por ser nuestros hijos de perra (frase adjudicada a Roosevelt con respecto a Anastasio Somoza), dio el abrazo de Washington a cuanto dspota pobl nuestras tierras. En realidad, el apoyo a las dictaduras se haba dado antes tambin las Guardias Nacionales de las que salieron un Somoza y un Trujillo fueron en buena parte hechura norteamericana y se seguira dando despus, con intervenciones como la de Kissinger en el golpe de Pinochet, en Chile. El propio Kennedy, con su aureola de defensor de los derechos humanos, debi resignarse a tolerar varios golpes en su poca: el de los militares argentinos contra Frondizi, el de los peruanos en 1962 para impedir la victoria de

Haya de la Torre, o el de los ecuatorianos, que el presidente lleg a elogiar. A veces, debi dar marcha atrs cuando su reaccin inicial contra alguna interrupcin constitucional lo dej aislado en un continente que ha practicado por lo general la poltica exterior de Poncio Pilatos: es lo que ocurri con el golpe de la Repblica Dominicana contra Juan Bosch, presidente, por cierto, apoyado por la CIA cuando era candidato. Hay que reconocerle que, en cambio, fuera muy firme contra los golpistas hondureos y suspendiera la asistencia econmica. No hay que olvidar que, en los aos de la guerrilla, la ayuda militar de miles de millones de dlares a los ejrcitos centroamericanos a su vez entrenados por la Counterinsurgency School of the Americas no estuvo sujeta, la mayor parte del tiempo, a la conducta de esos militares. Washington a veces cre monstruos como Frankenstein: el caso de Manuel Antonio Noriega, nada menos que ex agente de la CIA, es tan absurdo que parece un invento del antiimperialismo. Y tampoco puede dejar de mencionarse que los norteamericanos se vieron en situaciones en las que, por retirar el apoyo a una dictadura, facilitaron la instalacin de otra Cuba, Nicaragua. Culparlos de las dictaduras de Castro y los sandinistas sera maniqueo, pero es probable que si las dictaduras de Batista y de Somoza no se hubieran sostenido hasta el momento en que lo hicieron, las revoluciones que acabaron con ellos no hubieran triunfado (es bueno recordar que el primer embargo

contra Cuba no fue contra Castro sino contra Batista cuando Washington prohibi la venta de armas a La Habana en plena insurreccin barbuda). En todo caso, este muy somero recuento de ejemplos de poltica norteamericana que favoreci el militarismo antidemocrtico no exculpa a los dictadores. La responsabilidad esencial es la de los propios latinoamericanos. Ningn ejemplo ms insigne del comportamiento de Amrica Latina ante las dictaduras que la Organizacin de Estados Americanos, que desde su creacin, a mediados de siglo, hasta hoy, ha protegido, por accin u omisin, a los tiranos o golpistas de turno, llmense Somoza, Trujillo, Batista, Castro, Ortega o, en tiempos ms recientes, Fujimori, cuyo golpe de 1992 fue legitimado por el secretario general Baena Soares. A veces, esta actitud se explica porque los tiranos eran quienes conformaban la organizacin, otras, porque los demcratas estaban paralizados por el miedo; y en no pocas ocasiones, porque reflejaba la opinin de Washington. Los mismos antiimperialistas que culpan a Estados Unidos por nuestras dictaduras militares suelen defender a las que cuentan con la hostilidad de ese pas. As, es frecuente que hagan una distincin entre dictaduras de derecha y dictaduras de izquierda (a estas ltimas nunca las llaman dictaduras, claro), olvidando la raz comn del problema que plantean todos los regmenes autoritarios en Amrica Latina. En la clasificacin de derecha destacan sobre todo, en las

dcadas recientes, las de Argentina (1966-1983, con la interrupcin del regreso de Pern en la primera mitad de los setenta), Brasil (1964-1985), Uruguay (19731985), Paraguay (1954-1989), Guatemala (1954-1985), y Chile (1973-1989). Se las ha comparado, a algunas de ellas, en especial las de corte institucional en lugar de caudillista, con el modelo griego de 1967-1974. No son las nicas dictaduras militares de derecha ha habido muchas ms, pero s las ms emblemticas de ese sector ideolgico. En el otro lado del espectro, el de la izquierda, las dictaduras militares han abundado tambin. En realidad, toda dictadura es militar, si se tiene en cuenta que la fuerza de las armas es su sustento. La izquierda ha logrado que dictadura militar parezca sinnimo de derecha, cuando las dictaduras de signo contrario no se diferencian de las dictaduras militares en el aspecto esencial: el uso de la fuerza. Hemos tenido regmenes populistas basados en ella, tanto de corte nacionalista, a lo Nasser, como de corte socialista, vagamente semejantes al movimiento militar portugus de 1974-1976. Nuestros despotismos populistas o socialistas de tipo castrense incluyen a militares como el panameo Torrijos y el peruano Velasco,8 pero tambin a Fidel Castro y Daniel El Centro de Altos Estudios Militares, lugar de formacin ideolgica de los militares peruanos, sufri un viraje a la izquierda como parte de ese mismo proceso ideolgico que produjo a Velasco en los aos

Ortega, pues, aunque el cubano y el nicaragense no eran militares propiamente en la etapa revolucionaria, se convirtieron en los hechos exactamente en eso una vez que tomaron el poder; el apelativo de comandante que todo revolucionario suele asumir expresa bien esta realidad. Pern, a pesar de presidir un gobierno de tinte fascista, fue por mucho tiempo un icono de la izquierda, y en ciertos crculos lo sigue siendo, en buena cuenta por su antiimperialismo, es decir su antinorteamericanismo. Ese antinorteamericanismo llev a la izquierda a apoyar al propio Manuel Antonio Noriega en su enfrentamiento contra Washington (recuerdan el machete en la tribuna?) poco antes de la invasin de Estados Unidos, en diciembre de 1989, y a hacer la vista gorda contra la victoria de la coalicin de Guillermo Endara con el 70 por ciento de los votos que cara de pia desconoci. Lzaro Crdenas, en Mxico, fue otra variante del populista de izquierda apoyado en la fuerza para gobernar con escasa o nula legitimidad democrtica. Ha habido, adems, intentos fallidos o efmeros, como el episodio de la toma del gobierno militar salvadoreo por una faccin semicomunista a fines de los aos setenta, gran pretexto para la emergencia del mayor DAubuisson como smbolo de los escuadrones de la muerte. Las revoluciones victoriosas siempre han destruido sesenta y que l potenci en el ejrcito.

al ejrcito para reemplazarlo por otro ejrcito, con la excepcin de Costa Rica. La revolucin mexicana de 1910 acab con el ejrcito de Porfirio Daz, pero los revolucionarios, en sus luchas fratricidas, se apoyaron sobre sus propias fuerzas militares, a las que incorporaron en mayor o menor grado a miembros del ejrcito derrotado. La revolucin de Paz Estenssoro, en la Bolivia de 1952, no acab con el ejrcito, aunque s lo redujo sustancialmente: ms bien, lo instrumentaliz para convertirlo, mediante promociones y favores, en un brazo armado del proyecto revolucionario. Sin embargo, el MNR no logr, como el PRI mexicano, crear un sistema corporativista en el que el clientelismo y la rotacin de las protecciones polticas garantizaran un sistema permanente dentro del cual el ejrcito fuera una pieza ms del mecanismo del partido. Adems de la presin norteamericana, conspir contra la absorcin total del ejrcito por parte del MNR el hecho de que Paz Estenssoro necesitara de los militares para controlar a las radicalizadas milicias sindicales y rurales; en cualquier caso, el ejrcito sufri un aumento de su politizacin, y el resultado fue el golpe de Ren Barrientos contra Paz en 1964. El ejrcito de Costa Rica, en cambio, s fue disuelto como consecuencia de la revolucin de 1948. Ese pas ha gozado desde entonces de una estabilidad poltica sustentada en la alternancia democrtica, inclusive durante los aos del gran incendio ideolgico y poltico centroamericano, en la dcada de los ochenta. Pero, en suma, la dictadura

militar no es, como ha querido la izquierda, un mal de derecha sino un mal a secas, del que la izquierda ha formado parte constitutiva, con el agravante de que ha desarrollado todo un discurso confusionista para hacer pasar por democracia lo que era otra variante del viejo problema militar latinoamericano. Del mismo modo que, en la Espaa de principios de siglo, la militarizacin del sector totalitario del bando de la repblica no era la anttesis de los nacionales, es decir de los militares de Franco, Mola y Sanjurjo, sino su reflejo en el lado opuesto del espectro. Al medio, los demcratas como Azaa, quedaron aplastados entre dos militarismos, y los liberales perdieron todo espacio. Una de las consecuencias del militarismo es el elevado gasto en asuntos relacionados con la defensa. Los pases bajo regmenes militares o militarizados dedican muchas horas-hombre a alimentar la maquinaria de la que son vctimas. Es una de las perversiones de toda dictadura. Otra perversin es la que hace que las guerrillas y terrorismos contribuyan a potenciar los ejrcitos que combaten, supuestamente para acabar con el militarismo. La etapa de mayor expansin del gasto militar es siempre la dictatorial, y en Amrica Latina basta, para comprobarlo, con echar un vistazo a ciertas pocas de gobierno antidemocrtico. Entre 1968 y 1980, el gasto militar subi en el Per, cada ao, un promedio de 11 por ciento. Entre 1972 y 1979, la cifra de aumento anual del gasto militar en el Ecuador fue 13 por ciento. Argentina super por un

punto ese ritmo de aumento entre 1976 y 1983. Chile vio crecer su gasto 10 por ciento cada ao entre 1973 y 1988, mientras que el Paraguay sostuvo un aumento anual de 6 porciento entre 1954 y 1988. El gasto militar representaba en Guatemala poco menos del 17 por ciento del presupuesto nacional a mediados de los ochenta, en plena confrontacin con la guerrilla. En esa misma dcada, Estados Unidos destin a la guerra contra los comunistas centroamericanos cerca de cinco mil millones de dlares, canalizados directamente a los ejrcitos de la regin, que no lograron derrotar en el campo de batalla al enemigo aunque s desnaturalizaron la democracia que sufra, adems, la inclemente violencia de los insurgentes.9 En la segunda mitad de la dcada de los aos noventa, es decir en la actualidad, el gasto militar promedio de Amrica Latina bordea el 2 por ciento del producto bruto y est menos de medio punto porcentual por debajo de la cifra europea (2,2 por ciento), es decir de los pases que forman uno de los bastiones de la Alianza Atlntica.

han tenido un papel de primer orden en el militarismo. No hay dictadura que no se ale con intereses econmicos. La concatenacin de intereses econmicos y polticos civiles y militares es lo que hace posible, junto con la fuerza bruta, sostener a un gobierno espurio. Incluso los gobiernos militares que han llevado a cabo polticas econmicas liberales han beneficiado a grupos de civiles, a los que han incorporado a su estructura, en unos casos, y a los que han beneficiado fuera del poder en otros. En el rgimen de Pinochet, por ejemplo, los civiles empezaron representando slo un 13 por ciento del total de ministros en el gabinete, pero en 1987 ya constituan el 70 por ciento del Ejecutivo. En Chile la derecha alcanzaba tradicionalmente entre el 20 y el 30 por ciento del voto, a diferencia de lo que ocurra en Argentina o Uruguay. Ello, sin duda, dio a Pinochet una base de sustentacin que las dictaduras militares argentina y uruguaya no tuvieron. Aun as, estas ltimas tambin gozaron, como todas las dems, de la colaboracin el servilismo de sectores civiles, a los que beneficiaron dentro y fuera de la estructura misma de poder. La premisa de que toda dictadura se ala con intereses econmicos, y civiles en general, vale para las de cualquier signo. El rgimen del general socialista Velasco Alvarado, en el Per, goz del apoyo de un sector de la oligarqua peruana: la familia Prado, smbolo, por aquel entonces, de esa oligarqua, mantuvo unas relaciones de cama y mesa con el dictador, que

expropi haciendas y arruin industrias con leyes demaggicas, adems de que apel a un cierto corporativismo estilo Lzaro Crdenas o Juan Domingo Pern al tratar de organizar a la poblacin. La dictadura de Castro cuenta hoy, aunque en pequea escala, con la entusiasta participacin de inversionistas extranjeros que aprovechan el desastre econmico de la isla, y la sbita hospitalidad del desfalleciente caribeo, para hacer negocios en ese sistema del apartheid donde slo los turistas acceden a los buenos hoteles o restaurantes. El fenmeno del mercantilismo, es decir de los grupos de poder econmico protegidos por el Estado, es indesligable de las dictaduras militares. Aunque esta conexin existi siempre, fue sobre todo en el siglo XX cuando ella se manifest con ms fuerza. Entre 1870 y 1920, o incluso 1930, los pases con las economas ms dinmicas y las lites ms europeizadas eran tambin los ms democrticos, con la excepcin de Mxico. En los aos veinte empieza la nueva racha de golpes militares; los pases de democracia ms slida, donde las lites econmicas son pujantes, sucumben al despotismo nuevamente. En ese fenmeno el mercantilismo tuvo mucho que ver. Las economas eran el coto vedado de un pequeo grupo oligrquico, por lo general vinculado a la tierra, que cerraba el acceso a nuevos intereses, especialmente los urbanos, que pugnaban por un espacio en el mercado, mientras que la clase media se vea limitada en su posibilidad de crecimiento. Este conflicto, derivado en buena parte del

cuello de botella de la economa oligrquica, fue un pretexto para la intervencin de los militares en lugares como Chile, en 1924, y Brasil, en 1930. En Chile la intervencin no dur demasiado, y ms tarde Arturo Alessandri devolvi a los civiles al gobierno bajo la constitucin legtima sin restaurar demasiado el poder oligrquico, aunque su protocepalismo populista no estimul, precisamente, esa economa abierta y libre que el nuevo siglo peda a gritos en un contexto de caducidad del viejo orden terrateniente. En Brasil, Vargas y sus militares introdujeron el Estado Novo, al que ya hemos mencionado, y en Argentina, aunque hubo un golpe en 1930, el fenmeno continental no apareci realmente hasta 1943, con la rebelin militar que permiti la llegada del populista Pern. En el Per ocurrieron las cosas al revs: en lugar de que el surgimiento de la reaccin urbana, proletaria, y en cierta forma de clase media, contra el viejo sistema llevara al poder a las expresiones polticas de este fenmeno, los militares se endurecieron para impedirlo. Es lo que mantuvo a Haya de la Torre, y por supuesto, al socialismo de Maritegui, lejos del Palacio de Pizarro. Pero en todo caso, este conflicto econmico relacionado con las oligarquas mercantilistas potenci el militarismo, ya fuera como reaccin contra el viejo sistema, o para protegerlo de las nuevas amenazas. Los militares que llegaron al poder en nombre de las mayoras, y en contra de las oligarquas, entronizaron a nuevas a veces a las mismas oligarquas y

dispararon el tamao del Estado. Los que reaccionaron en contra terminaron haciendo lo mismo, contagiados por la moda estatista y temerosos de la nueva amenaza social. El ejrcito, pues, abri las puertas al nacionalismo urbano en los aos veinte y treinta. En Brasil y Argentina los ejrcitos vincularon por primera vez la ideologa nacionalista a la sustitucin de importaciones, y as surgi con fuerza el nacionalismo econmico, una variante del poltico, al que los militares han prestado en este continente su funesta contribucin. Irrumpiendo contra el elitismo para democratizar y nacionalizar las economas, los militares, aprovechando la cada de los precios de los productos de exportacin y el consiguiente debilitamiento de las oligarquas, adems de las presiones de la nueva industria y en algunos casos del petrleo, practicaron nuevas formas de barbarie poltica y barbarie econmica. Reemplazaron al Estado patriarcal de la colonia y el siglo XIX por el corporativismo nacionalista y burocrtico. Hizo su ingreso al escenario el concepto de la empresa estratgica. Al nacionalismo cultural y poltico, los militares y no pocos civiles aadieron el econmico. La nueva ola de dictaduras militares, la de los aos sesenta y setenta, ya llega, con las excepciones de Pinochet (despus de la entrada de Sergio de Castro y los Chicago boys al gobierno) y, en menor medida, de Ongana (a travs de Martnez de Hoz), bajo el imperio de esas ideas. Los militares brasileos, por ejemplo,

fueron determinantes, en los aos sesenta, para la entronizacin de las prcticas derivadas de la teora de la dependencia que buscaba profundizar las polticas del desarrollismo latinoamericano de los aos cuarenta y cincuenta por considerar que su fracaso en Brasil, Argentina y Uruguay no era intrnseco sino debido a factores externos. La deuda externa se dispar junto con el gasto pblico, a la vez su consecuencia y su causa. Todo esto golpe a los sectores ms desfavorecidos, lo que en muchos pases con races precolombinas todava slidas incluye, por supuesto, a los indios.10 En Espaa, el nacionalismo econmico, y su primo hermano, el corporativismo, campearon durante las primeras dcadas de la dictadura franquista, hasta que en los aos sesenta el rgimen empez un lento proceso de modernizacin econmica. Este proceso, impulsado en aos siguientes sobretodo por el Opus Dei, que entr a formar parte de la estructura de poder, permiti un El ejrcito del siglo xix, en el que la poblacin indgena, por lo menos en las primeras seis dcadas de la centuria, no representaba ms del diez por ciento de los miembros, fue en algunos pases el ltigo de los indios porque organiz campaas militares contra ellos por ejemplo contra los araucanos, o contra los indgenas argentinos para facilitar la colonizacin del pas por los descendientes de europeos; el ejrcito del siglo xx lo sigui siendo no slo por la represin sino por fabricar grandes cantidades de miseria econmica.

despegue espaol del que la democracia se vio beneficiada despus. El corporativismo no disminuy en la medida en que disminuy el nacionalismo econmico, lo que, adems de impedir una modernizacin ms acelerada, leg a la democracia una pesada herencia de la que todava no se desprende del todo. Dicha herencia vaya irona fue especialmente apreciada por el socialismo espaol, que, a pesar de su aggiornamento ideolgico, tiene la natural tendencia de sus pares al clientelismo, el subsidio y el corporativismo. En cualquier caso, los militares, de izquierda o de derecha, gobernaron aliados con grupos de civiles, y con intereses econmicos, a los que protegieron y favorecieron a cambio de una cierta legitimidad civil y econmica. Esa retroalimentacin entre intereses econmicos y militarismo tiene tambin una expresin en el crecimiento de la actividad econmica de las propias castas militares al que nos hemos referido antes. Existe el mito, en buena cuenta entronizado por el ejemplo chileno, de que los militares producen buenos resultados econmicos. A partir, sobre todo, de los aos sesenta y setenta, cuando nuestras dictaduras tendieron a ser un poco menos caudillistas y ms institucionales, los regmenes castrenses buscaron la ayuda de tecncratas y otros civiles ms capacitados que ellos mismos para ocuparse de la economa, mientras los asuntos de la seguridad y el orden quedaban bajo su

responsabilidad directa. La estadstica muestra a las claras que los militares no slo no han sido mejores administradores que los demcratas sino incluso peores. Entre 1954 y 1985, el crecimiento del gasto pblico real de los gobiernos dictatoriales en Amrica Latina fue de 13 por ciento al ao, mientras que el de las democracias fue de 5 por ciento al ao. El dficit fiscal promedio de las dictaduras en ese mismo perodo fue 3,4 por ciento y el de las democracias 1,8 por ciento. El crecimiento econmico promedio de la dictadura uruguaya, entre 1973 y 1985, fue 1,5 por ciento, el de la colombiana, entre 1956 y 1957, 2,2 por ciento, el de la peruana, entre 1968 y 1980, 3,8 por ciento, el de la argentina, entre 1966 y 1973, 3,4 por ciento y el de la chilena, entre 1974 y 1986, 2,4 por ciento. Todas estas cifras son muy pobres si se tiene en cuenta el crecimiento de la poblacin y ciertamente no justifican, desde el punto de vista macroeconmico, el tipo de rgimen que las acompa. Entre 1954 y 1984, los programas de estabilizacin que ms fracasaron en Amrica Latina fueron los realizados por gobiernos militares.11 En el caso chileno, el crecimiento entre 1973 y 1986 fue menor que el registrado entre 1950 y 1972, que ascendi a 3,9 por ciento al ao. El despegue de la Las cifras figuran en los informes del Fondo Monetario Internacional IMF, Monthly Financial Statistics 19541987 e IMF International Finance Statistics 1954-1985.

dictadura chilena fue slo en los ltimos aos, no slo por razones relacionadas con la maduracin de las reformas sino tambin por las limitaciones del sistema y los errores cometidos. No hay que olvidar que ese pas representaba en 1970 el cuarto ingreso per capita de Amrica Latina, mientras que en 1986 el ingreso haba cado al sptimo lugar (y no todo se deba al desastre 1970-1973). Los resultados econmicos de la democracia reinstaurada en 1989 han sido muy superiores a los de la era Pinochet, algo que, por ejemplo en el rea del desempleo, coloca a Chile en un lugar prominente incluso frente a pases desarrollados. Los otros gobiernos militares con fama de liberales son el argentino y el uruguayo. Fueron liberales slo sobre el papel. En la prctica, produjeron dficit fiscal, no redujeron los aranceles de manera significativa y slo lo hicieron al final, y Uruguay privatiz una sola empresa, mientras que Argentina, que privatiz algo ms, vio crecer la presencia del Estado en otras reas de la economa; ninguno de los dos emprendi una desregulacin importante de la vida econmica. Con excepcin de la chilena, gracias a que Pinochet dej en manos de los Chicago boys el tema econmico, que no entenda, y slo a partir de una ltima etapa, nuestras dictaduras no han representado una mejora sustancial de la economa, incluso si en casos aislados han hecho las cosas menos mal que sus antecesores o se han beneficiado de altos precios en los mercados de exportacin.

El episodio golpista del 23 de febrero de 1981 en Espaa record a los espaoles que de una dictadura de cuarenta aos no se sale fcilmente y que instituciones curtidas en un clima poltico bestialmente autoritario, como era el caso del ejrcito y la polica bajo el franquismo, tardan mucho tiempo en adaptarse a la democracia y el Estado de Derecho. Los protagonistas, como el teniente coronel Antonio Tejero, que tom el Congreso, junto con el capitn de infantera Ricardo Senz de Ynestrillas, con uniforme, correajes, tricornio y pistolas, enmedio de las rfagas de los subfusiles Star y los Cetmes, o Jaime Milans del Bosch, capitn general de Valencia, que sac los tanques a la calle casi al mismo tiempo, eran slo caricaturas de un problema ms de fondo. La conspiracin tocaba puntos neurlgicos del ejrcito incluyendo al general Alfonso Armada, segundo jefe del Estado Mayor y, de no ser por el hecho de que la divisin acorazada Brunete, que deba tomar Madrid, rehus sumarse a los golpistas, pudo haber tenido xito. La dictadura politiza a los militares, los convierte en una institucin al servicio de determinada causa, o partido, o caudillo, modificando as la naturaleza esencial de su funcin, que debe ser polticamente neutra, abarca al conjunto de la sociedad y no est exenta de las obediencias que impone la legalidad a los

civiles. Los militares espaoles se curtieron en una filosofa conservadora autoritaria a lo largo de los ltimos dos siglos, con la excepcin de los militares liberales del primer tercio del XIX y, luego, los llamados jvenes oficiales rabes. La repblica politiz tambin la funcin militar, ya sea porque aadi a las instituciones de la seguridad nuevos militares al servicio de una ideologa, o porque provoc una reaccin de los conservadores, o porque fue dbil frente a la proliferacin de milicias, que no son otra cosa que civiles convertidos en militares, enteramente partidarizados. Pero el franquismo, que triunf en la guerra y goz de la estabilidad necesaria, acab de convertir al ejrcito, la polica y el servicio de inteligencia (CESID, creado en 1977), en los brazos armados de una cierta visin de Espaa, situada en las antpodas de la modernidad europea. Una vez llegada la democracia, los militares se debieron adaptar a una situacin que les era ajena tan ajena como que la mayora de ellos, incluyendo a los golpistas de 1981, haban sido formados en las academias militares fundadas por el dictador. Los primeros aos democrticos, con su carga de huelgas, atentados de ETA contra militares, aislados ramalazos golpistas como la operacin Galaxia y pasiones desatadas por el Estado de las autonomas, exacerbaron un nimo que no estaba todava hecho para la democracia ni le guardaba, en todos los casos, la lealtad indispensable. Otros espaoles s lo estaban empezando por el Rey

Juan Carlos, y contando a muchos militares, por supuesto, y por ello el golpe fracas. Pero la tarea de desideologizacin y despolitizacin del ejrcito y la polica, que hizo grandes avances desde el susto de 1981, ni siquiera en aos recientes ha terminado del todo, como lo demuestran ciertos sectores del aparato de la seguridad, especialmente el CESID, dedicado a tareas que poco tienen que ver con la verdadera seguridad nacional y mucho con el espionaje y el chantaje polticos. El CESID bajo el gobierno del PSOE era, en cierta forma, el CESID de Franco, es decir, heredero de una cierta visin de la poltica y el papel de las instituciones oficiales, y por ello fue fcil que ciertos sectores entraran, arrastrados, o por lo menos acompaados, por civiles, a formar parte del entramado poltico de la corrupcin, una nueva forma de golpismo porque contribua a devaluar la democracia y la legalidad. Y, por supuesto, all est la barbarie de ETA, que, como en todas partes donde el terrorismo se enfrenta a la democracia, ha provocado en estos aos un escandaloso abuso del Derecho por parte del enemigo dedicado a combatirla. El desfase entre la modernidad de Espaa, por un lado, y sus servicios de inteligencia y sus quistes antidemocrticos, por el otro; como los escuadrones de la muerte formados en los aos ochenta bajo el apelativo GAL, demuestra que la tarea de purgar a las fuerzas de seguridad espaolas de los males seculares de una centuria con ms dictadura que democracia es lenta. Que Espaa haya tomado ahora la

valiente aunque tarda decisin de eliminar el servicio militar obligatorio y profesionalizar al ejrcito demuestra que, a pesar de estos casos aislados, el conjunto avanza en la buena direccin, algo que la integracin creciente con Europa afianzar.

Es hora de que nuestros pases encaren la relacin entre civiles y militares como la encaran los pases ms civilizados de la Tierra para que deje de ser, como ha ocurrido a lo largo de dos siglos, una de las fuentes de nuestro subdesarrollo tanto poltico como econmico. Decir esto no es desconocer que en la historia republicana de nuestros pases hay militares heroicos que han dado su vida por defender a su patria, tanto contra enemigos externos como contra enemigos internos, ni que, al mismo tiempo que escuadrones de la muerte y generales incapaces de resistir caonazos crematsticos, ha habido militares honrados. Pero, hechas las sumas y las restas, los militares han sido principalsimos factores de miseria en Amrica Latina por dedicarse, precisamente, a aquellas tareas para las que no fueron mandatados por las sociedades que les confirieron el monopolio de la fuerza con la condicin de usarla para proteger, en lugar de destruir, la legalidad y el Derecho. Porque esta ltima desnaturalizacin de la funcin militar ha hecho de nuestros ejrcitos enemigos de la libertad, los mejores ejrcitos latinoamericanos han sido, como el

costarricense desde hace medio siglo, los que no han existido. No tendra que ser necesario disolver los ejrcitos para que stos gocen del respeto de los ciudadanos: la existencia de ejrcitos leales a la democracia en los pases donde el Estado de Derecho es parte de la normalidad cotidiana hace de la funcin militar algo tan respetado que hasta confiere estatus social el pertenecer a alguna de sus armas. Es la razn por la que en el Reino Unido, por ejemplo, los varones de la Familia Real por lo general han escogido hacer carreras militares. En todo caso, Amrica Latina deber tener claro, ahora que se plantea frenticamente el desafo de la modernidad, que uno de los obstculos que frenan el despegue real es decir integral, no slo econmico sino tambin poltico de nuestras naciones es la distorsin de la funcin castrense. Y que, si prefiere no disolver unos ejrcitos que van quedando muy desfasados de las necesidades de la vida actual (con excepciones de pases que enfrentan subversiones, en los que la disolucin sera ahora mismo suicida), deber sacudirles doscientos aos de polvo en el uniforme.

El 27 de diciembre de 1980, en la incierta luz del amanecer, los primeros limeos que acudan a su trabajo en el centro de la ciudad fueron estremecidos por un espectculo inslito: de los postes del alumbrado pblico, a diez cuadras a la redonda, colgaban docenas de cadveres de perros degollados, con su pelambre embadurnada de negro y con letreros que decan Den Xiao Ping, hijo de perra. A la vista de estos carteles, los transentes ms informados debieron suponer que se trataba slo de una espeluznante protesta, a cargo de algunos energmenos, por la llegada al Per del canciller de la Repblica Popular China. Pero nadie lleg a imaginar entonces que aquella masacre de perros anunciaba el desarrollo de una accin terrorista que, a lo largo de la dcada de los ochenta y buena parte de los noventa, iba a ocasionar en el Per la muerte de veinticinco mil personas, si no ms, y un costo calculado oficialmente en cerca de veinte mil millones de dlares (exactamente $19.440.984.000 millones). Detrs de esta accin terrorista, las alucinaciones ideolgicas de un oscuro profesor de provincia. Por muchos aos, antes de su captura el 12 de septiembre de 1992, Abimael Guzmn dej flotar en torno suyo una atmsfera casi sobrenatural de enigmas y pavor. Hijo

natural de un importador mayorista, nacido en Tambo y educado en el Colegio La Salle de Arequipa, Guzmn se hara notar como un frreo estudiante de filosofa en la Universidad Nacional de San Agustn de dicha ciudad, admirador de Kant (su tesis de grado se llam Sobre la teora kantiana del espacio) y a la vez devoto de Pablo Neruda y de Csar Vallejo. Casado con una joven comunista llamada Augusta la Torre, se hara militante del Partido Comunista del Per y se establecera en Ayacucho, una tranquila y casi olvidada ciudad de la sierra peruana, llena de soberbios iglesias coloniales, en cuya Universidad, la recientemente reabierta Universidad de Huamanga, obtuvo una ctedra de filosofa al lado de un hirviente grupo de catedrticos marxistas. Como profesor, Guzmn inspiraba en sus alumnos una reverente fascinacin. Como militante, result ser un intransigente defensor de la ortodoxia marxista y un admirador de la dura lnea de Stalin. Jams le produjeron alarma las purgas, genocidios y gulags: en efecto, qu importaban uno, cien, mil o un milln de vidas cuando se trataba de abrirle paso al futuro y hacer girar la rueda de la historia? bueno de esta concepcin apocalptica, los grises sucesores de Stalin fueron para l slo una banda despreciable de revisionistas. Considerndolos tibios y cmplices del capitalismo decidi apartarse para siempre de la lnea de Mosc para ingresar en la versin maosta del Partido Comunista del Per Mao Tse Tung se convirti en su gua supremo, la figura sacramental

de su culto revolucionario. Guzmn viaj a la China, donde ardan ya las primeras hogueras de la revolucin cultural. Cuando muri el presidente Mao, sus sucesores volvieron a ser vistos por Guzmn como otra banda de traidores revisionistas que haban dado sepultura definitiva a la revolucin cultural y encarcelado a la camarada Ciang Ching, viuda de Mao, y a sus amigos. A partir de aquel momento, el mico centinela de la pureza y de la ortodoxia revolucionaria absoluta fue para l el camarada Pol Pot. Lo que el mundo llam genocidio en Camboya, para Guzmn fue una necesaria empresa depuradora digna de ser tomada como ejemplo. Ese fundamentalismo suyo, sin embargo, no fue aceptado por la totalidad del partido, cuya unidad se quebr en dos lneas: una blanda, que adopt el nombre de Patria Roja y una lnea dura, que se llam Bandera Roja. A la cabeza de esta ltima quedaron Guzmn y el llamado grupo de Ayacucho. Bandera Roja se convertira en Sendero Luminoso. Los perros que este grupo de maostas fanticos hicieron colgar poco despus en los postes de luz no slo expresaban su condena al revisionismo de Den Xiao Ping: eran tambin el macabro anuncio de que dejaban definitivamente la lucha legal para iniciar la accin armada en el Per.

La enajenacin ideolgica El desvaro ideolgico que lanz a Guzmn y a sus amigos y seguidores en esta aventura era slo una variante, ms alucinada y absolutista, del que hizo surgir guerrillas en buena parte del mapa continental en la dcada de los sesenta; guerrillas que ensangrentaron hasta hace poco a Guatemala y El Salvador y que an hoy, pese a todo su anacronismo, amenazan muy seriamente a un pas como Colombia. Tal desvaro es naturalmente de estirpe marxista y tiene como fundamento la idea de que la ciruga revolucionaria es el nico remedio eficaz para rescatar al pueblo de su pobreza ancestral. Al gradualismo en el proceso de la lucha de clases y al desarrollo de unas supuestas condiciones objetivas que haran posible un proceso revolucionario concepcin ortodoxa de los partidos comunistas el Che Guevara opuso en los aos sesenta la opcin redentora y supuestamente ms expeditiva y eficaz de las armas. Para estos apstoles de la lucha armada, todava inmunes al fracaso del comunismo y del llamado materialismo histrico, la violencia, segn la frase marxista tantas veces repetida por el Che, sera la gran partera de la historia. Con ella se liberara a los pueblos de una doble explotacin: la del imperialismo y de las clases opresoras. Mirada en la luz crepuscular de este fin de siglo, cuando el comunismo slo aparece como un accidente ms en la historia teida en sangre de las utopas

totalitarias, la realidad de la llamada opcin revolucionaria no puede ser ms desastrosa. Quienes pretendan liberar a los pobres con ayuda de bombas y fusiles, destruyendo los fundamentos de un rgimen democrtico, slo han trado a sus pases ruina y sangre. Tal vez han sido ellos ya lo veremos los mayores fabricantes de miseria. Pero, all donde todava prosiguen su sangrienta empresa, esta evidencia no los desarma porque tienen de su lado el amparo de una ideologa que, a espaldas de la realidad, suministra a su accin toda suerte de justificaciones. Pues como bien lo ha sealado en El conocimiento intil Jean Franois Revel,12 la ideologa les suministra tres peligrosas dispensas. La primera de ellas es una dispensa intelectual pues sustituye el anlisis objetivo de los hechos y el conocimiento de realidades complejas, con todas sus variables, por esquemas tericos ms o menos simplistas que retienen slo los elementos tiles a sus pretendidos postulados o demostraciones desechando u omitiendo aquellos susceptibles de contradecirlos o refutarlos. En particular la ideologa marxista disfrazada, por cierto, de mtodo de anlisis cientfico aplicado a la historia suministra fciles cartillas de interpretacin poltica y econmica y afirma dogmas como el de la lucha de clases, el de la dictadura del Revel, Jean Fangois, El conocimiento intil, Planeta, Barcelona, 1989.

proletariado o el del partido nico, base de una nueva y asupuesta forma de democracia, sin confrontarlos con la realidad, confrontacin que resultara demoledora para esas frgiles construcciones tericas. La segunda dispensa es moral. Ella, dice Revel, liquida toda nocin de bien o de mal para los actores ideolgicos; o ms bien, el servicio de la ideologa ocupa el lugar de la moral. As, lo que para cualquier ciudadano sera un crimen, un delito execrable, para el dirigente de una organizacin guerrillera es slo una accin puntual de una justificada guerra revolucionaria. Objetivo militar es todo cuanto se oponga a ella. As, por ejemplo, el asesinato a sangre fra de setenta pobres campesinos, el 3 de abril de 1983, en los poblados de Santiago de Lucanamarca y de Huancasancas, en el departamento de Ayacucho (Per), realizado por Sendero Luminoso, fue justificado por Abimael Guzmn diciendo: lo principal es que all dimos un golpe contundente y los sofrenamos (a los indgenas) y no hay construccin sin destruccin. Los miles de secuestros realizados en Colombia por el ELN y por las FARC son presentados como retenciones con una liberacin bajo fianza y los asaltos a las entidades bancarias como expropiaciones anticipadas. Las setecientas voladuras del oleoducto petrolero Cao Limn-Coveas, que produjeron prdidas millonarias y una verdadera catstrofe ecolgica en la zona nororiental de Colombia y aun en Venezuela por la contaminacin de las cuencas hidrogrficas, eran

explicadas por el cura Manuel Prez, jefe del ELN hoy desaparecido, como una medida patritica a fin de evitar que las multinacionales se llevaran nuestro petrleo. Cada bala disparada sobre un enemigo de la revolucin y ese enemigo puede ser simplemente quien por respeto al ordenamiento jurdico de un pas no apoya la subversin est encaminada, como deca el propio Che Guevara, a asegurar un futuro radiante a los nios por nacer. En suma, en esta hoguera de creencias que constituye una ideologa, los escrpulos morales desaparecen o se confunden con el objetivo sealado por ella. Por esa va, hasta el genocidio puede resultar santificador. El dogma ideolgico, como el dogma religioso, se alimenta de una fe ciega y reverente. En una entrevista para El Diario, Guzmn deca: La ideologa del proletariado, el Marxismo-LeninismoMaosmo, y en especial el Maosmo, es la nica ideologa todopoderosa porque es verdadera. Y si se le hubiese preguntado por qu era verdadera, habra dicho seguramente: porque es todopoderosa. Como se ve, en estos fanticos la indigencia intelectual pisa abiertamente ciertas formas de cretinismo. La tercera dispensa es prctica. No es necesario verificar si los presupuestos ideolgicos llegan a cumplirse. Los fracasos no cuentan. Siempre hay una excusa, una explicacin para los terminantes desmentidos que la propia realidad inflige a los sueos del revolucionario. Para ste, por ejemplo, la Cuba de Castro ser un paradigma, el nico pas donde se ha

eliminado la explotacin capitalista y la pobreza. De nada le servirn las evidencias estadsticas. Sera, en efecto, fcil demostrarle que los salarios all oscilan entre cien y cuatrocientos cincuenta pesos cubanos al mes (es decir, de cinco a veinte dlares), lo cual coloca a la poblacin de ese pas entre las ms pobres del continente, al borde mismo de la desnutricin, y expone a miles de cubanas a la prostitucin para sobrevivir. Intil: la ideologa es testaruda. En nombre de ella, a la pobreza se la combate prodigando la muerte como remedio quirrgico y poniendo como meta el pas donde los nicos que escapan a la penuria general son los turistas provistos de dlares. Sin esa flagrante enajenacin, no se explican en el continente latinoamericano las guerras de liberacin emprendidas en varios pases, hace algo ms de treinta aos, bajo la inspiracin de la revolucin cubana o, lo que es an ms extravagante, del Vietnam o de los kmeres rojos de Camboya. Hubo en muchos de sus iniciadores, desde luego, el poder hipntico producido por la llegada de los barbudos a La Habana y toda la mitologa que, con ayuda de la prensa internacional y sobre todo de la izquierda europea, se teji en torno a ellos. La revolucin cubana y la revolucin sandinista fracasaron en su propsito de crear una sociedad ms justa. Quiz acabaron con los ricos pero no con los pobres; al contrario, los aumentaron considerablemente. No obstante, muchos siguieron sus pasos en otros pases con una iluminada y sin duda

honesta conviccin. Algn da se escribir la historia de ese sueo revolucionario que la violencia oscureci hasta convertirlo en una pesadilla. Quienes murieron antes de verle su verdadera cara tuvieron la suerte de quedar para los suyos en el mausoleo de los romnticos y de los mrtires. La lista es larga en cada pas y en ella sobresalen algunos nombres emblemticos que reciben todava, de parte de intelectuales y artistas, el homenaje de discursos, canciones y poemas. Bienes sabido ya que la izquierda continental y tal vez la del mundo entero es una mezcla de emociones fuertes y de ideas simples. Por ello es propensa a fabricar mitos.

Hroes y tumbas Quiz el ms difundido de todos ellos es el creado en torno a la figura del Che Guevara, objeto de una curiosa idolatra sin fundamento en la realidad. Segn esa imagen enteramente subliminal, el Che Guevara es visto en el imaginario colectivo como una especie de Cristo revolucionario que dio su vida por una causa redentora de los pobres. Ese mito fue levantado sobre dos artificios. El primero se detiene en las intenciones generosas de su lucha sin ver los medios que puso a su servicio y las supersticiones ideolgicas que la sustentaron. El otro artificio es de carcter iconogrfico y se relaciona con la imaginera cristiana puesta al servicio, en esta ocasin, de la cruzada revolucionaria.

Tal es el efecto subliminal de la famosa fotografa de Korda, reproducida en millares de carteles a lo largo y ancho del mundo, y sobre todo esa imagen final, fotogrfica tambin, que nos lo muestra tendido en una mesa, en Vallegrande, muerto y con una extraa placidez en el rostro, misteriosamente parecido al Cristo yacente de Mantegna. La aureola que rodea su nombre, sin embargo, empieza a ser pulverizada framente por sus bigrafos ms objetivos. Pierre Kalfon, Jorge Castaeda o Jon Anderson, nos revelan, es cierto, a un hombre inteligente y valeroso, pero tambin duro y por momentos inhumano en su afn de poner desaforadamente su voluntad al servicio de utopas sangrientas inspiradas en el catecismo marxista leninista. Fervoroso admirador de Stalin (hasta el punto de firmar algunas cartas suyas con el seudnimo de Stalin II), el Che Guevara consideraba como instrumentos esenciales de lucha a la violencia y al odio; el odio intransigente al enemigo, que impulsa ms all de los lmites naturales al ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fra mquina de matar. Tales eran sus palabras. Impregnado de un inflexible dogmatismo, empeado en crear a cualquier precio un hombre nuevo capaz de renunciar a todo en busca de un maana mejor ese mito del maana, siempre inalcanzable por cierto, que hace de la historia un sustituto de Dios, todo dentro de l estaba dispuesto para convertirlo en el amo de una cruzada totalitaria.

Qu habra sido de l si hubiese triunfado su empresa de crear en Amrica uno, dos, muchos Vietnams? La manera como confiri a su propia voluntad un poder tirnico, que le impona esfuerzos y sacrificios sobrehumanos, lo impulsaba a exigir lo mismo de quienes comandaba. Y cuando esto ocurre, cuando un furioso empeo individual hecho slo de voluntarismo ciego se quiere convertir en empeo colectivo, lo sobrehumano se vuelve simplemente inhumano y desptico. De esta madera estn hechos todos los Robespierre de la historia. La leyenda del Che y la de otros hombres que dieron su vida por este ensueo revolucionario, propagada por la izquierda en todo el mundo, acaba por ocultarnos, en primer trmino, las manipulaciones y fros clculos polticos que hubo detrs de la accin guerrillera en los aos sesenta y, luego, las realidades atroces que sta desencaden y sigue produciendo en los pases donde subsiste. Ahora es de dominio pblico que Castro, en aquella poca, alent la creacin de movimientos guerrilleros a lo largo y ancho del continente simplemente como una estrategia defensiva, cuando se sinti amenazado por Estados Unidos. Era una manera de distraer la atencin del Departamento de Estado trasladando a un escenario continental los factores de conflicto en vez de dejarlos concentrados en el mbito, para los norteamericanos vecino y provocador, de Cuba. Para ello, entren cientos o miles de jvenes latinoamericanos en la isla y los envi a las montaas de

sus respectivos pases, cuando no secund su naciente accin subversiva con el suministro de armas y a veces, con el envo de destacados oficiales suyos a los frentes de combate como ocurri en Venezuela con el futuro general Arnaldo Ochoa. Esta aventura tuvo un catecismo muy oportuno, auspiciado por el propio Castro: fue el libro de Rgis Debray Revolucin en la revolucin?, que introdujo modificaciones cosmticas a la ortodoxia marxista acerca de las condiciones objetivas necesarias para desencadenar un proceso revolucionario. Segn dicha obra, que aspiraba a sacar las conclusiones tericas de la experiencia revolucionaria cubana, bastaba un foco armado, compuesto por hombres intrpidos, para abrirle a la revolucin, de manera inmediata, un camino. Con este catecismo en su mochila, muchos jvenes idealistas se fueron al monte. Cuntos murieron? Nunca se sabr. Delirio, en unos casos, interesada manipulacin desde La Habana en otros, el mito revolucionario devor vidas valiosas a todo lo largo del continente. Hubo figuras como el cura Camilo Torres o Manuel Vsquez Castao en Colombia, como Fabricio Ojeda en Venezuela, Jorge Ricardo Masetti en la Argentina, Javier Heraud, Guillermo Lobatn o Luis de la Puente en el Per, Alejandro de Len o Luis Augusto Turcios Lima en Guatemala que, buscando repetir en sus respectivos pases la empresa exitosa de Castro en Cuba, murieron en la dcada de los sesenta, algunos de ellos en la primera fase de la lucha armada.

Otros, como el poeta Roque Dalton en El Salvador o Jaime Arenas, Julio Csar Cortes o Ricardo Parada en Colombia fueron ajusticiados por sus propios compaeros de armas acusados de supuestos desvos revolucionarios. Mejor suerte corrieron quienes en algn momento de su actividad subversiva fueron detenidos, encarcelados o juzgados, y posteriormente amnistiados como fue el caso del trotskista Hugo Blanco, en el Per, de Teodoro Petkoff en Venezuela y Antonio Navarro Wolf en Colombia. Jefes de movimientos polticos legales de izquierda, llegaran al Congreso; dos de ellos, Petkoff y Navarro, seran, adems de candidatos a la presidencia, ministros en sus respectivos pases de gobiernos, por cierto, bastante lejanos a sus concepciones marxistas de juventud. De los nombres atrs citados, vale la pena retener el del cura Camilo Torres. No slo por haber quedado iluminado, como el del Che Guevara, por una aureola de leyenda sino especialmente porque, en virtud de ese halo santificador, se convirti en ejemplo y referencia de los eclesisticos todava enajenados en el continente, y tal vez en otras latitudes, por la llamada Teologa de la Liberacin. La realidad no oscurece, en realidad, la aventura de este sacerdote y socilogo colombiano, muy carismtico entre los universitarios de su pas en aquellos febriles aos sesenta, pero s permite examinarla con mayor objetividad. Condiscpulo y amigo de Garca Mrquez en la Universidad Nacional, antes de ingresar en el seminario, Camilo Torres tuvo

desde su adolescencia una generosa vocacin apostlica. Seducido por el precepto cristiano del amor al prjimo, quera hacer el bien y, sobre todo, compartir la suerte de los pobres y ayudarlos. Sus estudios en la Universidad de Lovaina, en Blgica, no hicieron sino conferirle a esta vocacin una dimensin acadmica. El joven sacerdote fue, desde entonces, un estudioso de los problemas sociales de su pas. Alternando sus ctedras con experiencias directas en los barrios pobres de Bogot, debi resultarle a la postre irrisoria, desalentadora, toda la accin caritativa que cumpli en aquellos suburbios y tal vez insoportable el contraste de tanta miseria con la vida de la alta clase social bogotana, en cuya vecindad, por familia y apellidos, haba crecido. La efervescencia revolucionaria que herva en las aulas de la Universidad Nacional, el ejemplo cubano y sobre todo la idea de que el amor cristiano para ser efectivo o eficaz, como l deca requera un orden social distinto, lo llevaron, sorpresivamente para sus propios amigos, a crear un movimiento poltico, el Frente Unido, y luego a la lucha armada que el llamado Ejrcito Nacional de Liberacin haba emprendido en el montaoso departamento de Santander, al nororiente del pas. Su aventura guerrillera termin muy pronto. Hombre montaraz, entrenado en Cuba sin que por ello perdiera los bigotes y la arrogancia de un caudillo rural de otros tiempos, Fabio Vsquez Castao, fundador del ELN, lo vio llegar a las montaas con sumo recelo. No quera que nadie le hiciera sombra. Aspiraba a ser el Castro

colombiano. As que le record al recin llegado su condicin de simple soldado, sometido a sus rdenes, y lo lanz al primer combate, de una manera suicida, sin arma alguna y exigindole que recogiera la primera que encontrara entre los soldados cados. Y as, estpidamente, muri Camilo Torres. Quiz este prematuro y trgico desenlace fue, despus de todo, una suerte suya, pues no tuvo tiempo de ver la pesadilla que sigui despus: todos los lderes universitarios amigos suyos, que, siguiendo su ejemplo, se enrolaron en la guerrilla, fusilados o asesinados por orden de Vsquez Castao, tras sumarios consejos de guerra. Vsquez no quera universitarios incmodos a su lado que hicieran patente la rusticidad de su formacin. Los suprimi. Y sobre todas estas tumbas que l mismo hizo cavar, alz en su favor el mito del cura guerrillero y dej que ste se propagara a los cuatro vientos (hoy el ELN se llama, en realidad, Unin Camilista Ejrcito de Liberacin Nacional). Con el mismo poder sugestivo que siglos atrs tuvo el del buen salvaje, dicho mito cruz el Atlntico y lleg a Espaa para encender la imaginacin de tres curas aragoneses. Jos Manuel Prez Martnez, Domingo Lan y Juan Antonio Jimnez tenan en comn el sueo apostlico de compartir la vida y desventuras de los pobres siguiendo el ejemplo de los curas obreros de Francia y la accin, en Pars, del abate Pierre y de los traperos de Emas. Con la idea de ser uno ms de los que en el mundo no tienen casa, ni cama, ni mesa,

como deca Lan, abandonaron sus pueblos en aquellas tierras de viedos y cultivos de remolacha y se fueron primero a Pars, luego a Arras y ms tarde a las minas de carbn del norte de Francia y de Blgica. Finalmente, detrs del mismo empeo de llegar a los parajes extremos de la pobreza, recalaron en la Repblica Dominicana, vivieron en la provincia de San Juan de la Majuana, muy cerca de la frontera con Hait, habitada por una poblacin negra y analfabeta. Expulsados por las propias autoridades eclesisticas del pas, llegaron a Cartagena de Indias, en Colombia, se instalaron en los barrios miserables que se extienden en torno a la Cinaga de la Virgen, dispuestos, como en la Repblica Dominicana, a compartir la vida de los pobres. La miseria que vean en torno suyo, las censuras al capitalismo hechas en la encclica Populorum Progressio y las justificaciones dadas a la opcin revolucionaria por el Concilio Vaticano Segundo y sobre todo por la II Conferencia General Episcopal de Medelln los llevaran muy poco tiempo despus a enrolarse, como aos atrs lo haba hecho Camilo Torres, en el Ejrcito de Liberacin Nacional (ELN). En esta aventura guerrillera, la suerte de los tres curas sera muy diversa. Lan morira en un enfrentamiento con el ejrcito y Jos Antonio Jimnez a consecuencia de las penurias sufridas en sus largas marchas por la selva. Prez sobrevivira milagrosamente a un combate donde los suyos fueron diezmados y ms tarde a un consejo de guerra ordenado por Vsquez Castao por motivos

disciplinarios: condenado a muerte, la pena le fue finalmente conmutada por una expulsin temporal de la guerrilla. Reincorporado a filas, acab sustituyendo al propio Vsquez, fundador del ELN, como comandante supremo de esta organizacin guerrillera. La enajenacin ideolgica, propia de la llamada opcin revolucionaria, no tardara en convertir al apstol, amigo de los pobres, en la temible cabeza de una sangrienta organizacin terrorista. Su idea del amor eficaz, expuesta muchas veces por l para justificar su doble condicin de sacerdote y guerrillero, lo llevara a ver a la violencia revolucionaria como una terapia redentora y a considerar como legtimo todo lo que contribuyera al triunfo del movimiento armado: asaltos, asesinatos, bombas, secuestros. Antes de morir en Cuba, a comienzos de 1998, a consecuencia de una hepatitis, Prez le infligi a Colombia, durante sus largos aos como supremo comandante del ELN, un abrumador bao de sangre. A l se debieron las tristemente clebres minas quiebrapatas. Fabricadas en los campamentos guerrilleros, segn modelos importados del Vietnam, y colocadas en fincas y plantaciones, han dejado en las aldeas colombianas renuentes a la guerrilla docenas de campesinos y campesinas sin piernas. Como consecuencia de esta supuesta guerra de liberacin, los pobres de las extensas zonas rurales del pas se volvieron ms pobres, pues para salvar sus vidas ms de un milln de ellos han tenido que huir de los campos y engrosar los cinturones de miseria de las ciudades

colombianas. Obligados a pagar elevados impuestos a la guerrilla la famosa vacuna y frecuentemente amenazados de secuestro, muchos propietarios agrcolas debieron abandonar fincas y haciendas, lo cual ha representado una considerable baja en la produccin agrcola y ganadera del pas y, por lo consiguiente, ms desocupacin y penuria en el campo. Vctimas del delirio terrorista, que seala como objetivo militar a quien se considere un obstculo para el avance de la subversin armada, han muerto en Colombia no slo militares y policas, sino tambin periodistas, dirigentes polticos, alcaldes, jueces, parlamentarios y concejales municipales por el solo hecho de no plegarse a los dictmenes de la guerrilla o por oponerse a ella. Incluso jerarcas eclesisticos: en octubre de 1989, un obispo, monseor Jess Emilio Jaramillo Monsalve, fue asesinado por el frente Domingo Lan del ELN, en el departamento de Arauca. Y tres aos y medio ms tarde, en mayo de 1993, un sacerdote espaol, Manuel Cirujano, muy popular entre los campesinos de San Jacinto, una aldea de la costa colombiana donde se haba establecido treinta aos atrs, fue secuestrado, castrado y muerto a golpes por el frente guerrillero Francisco Garnica como represalia por sus sermones, en los cuales condenaba a la Teologa de la Liberacin considerando que la violencia no era evanglica ni cristiana. No obstante estas atrocidades, la guerrilla en Colombia ha contado con el apoyo de numerosos sacerdotes y de algunos altos jerarcas de la Iglesia

El Pol Pot de los Andes Abimael Guzmn no tuvo necesidad de los malabarismos ideolgicos de Prez y otros clrigos empeados en conciliar sus principios religiosos con los de la lucha armada, aunque su objetivo fuera el mismo la supuesta redencin de los pobres y pusieran en la mira idnticos enemigos: el imperialismo y la llamada por todos ellos burguesa neocolonial. El fundador de Sendero Luminoso, que en la guerra adoptara el nombre de Presidente Gonzalo, tiene el triste mrito de haber sido siempre consecuente con las ecuaciones tericas que predicaba en sus ctedras universitarias: un marxismo leninismo maosmo supuestamente enriquecido o adobado con algunos aportes suyos. En efecto, desde su primera proclama de guerra, en 1980, titulada somos los iniciadores, Guzmn se defini sin modestia como la cuarta espada de la revolucin despus de Marx, Lenin y Mao. El vrtice se acerca escribi entonces en un arranque de apocalptico lirismo el vrtice est comenzando, crecern las llamas invencibles de la revolucin convirtindose en plomo y acero, y del fragor de las batallas con su fuego inextinguible saldr la luz, de la negrura a la

luminosidad y habr un mundo nuevo... Sueos de sangre de hiena tiene la reaccin, agitados sueos estremecen sus noches sombras; su corazn maquina siniestras hecatombes, se artillan hasta los dientes, pero no podrn prevalecer, su destino est pesado y medido. Ha llegado la hora de ajustarle las cuentas. Mezclando profecas de la cultura incaica con las leyes del materialismo histrico, Guzmn decidi dividir la historia del Per en tres etapas: una oscura, de cmo prevalecieron las sombras; otra esperanzadora, de cmo surgi la luz y se forj el acero y una tercera abiertamente triunfalista, de cmo se derrumbaron los muros y se despleg la aurora. Todo el lenguaje y el ceremonial de Sendero Luminoso, impuesto por Guzmn, provena de una extraa amalgama de ritos andinos ancestrales y de letanas maostas. As, por ejemplo, los guerrilleros de Sendero Luminoso tenan en su agenda cotidiana ms de veinte saludos a su jefe, uno de los cuales lo exaltaba como el ms grande marxista-leninista-maosta pensamiento Gonzalo hoy viviente, gran estratega, poltico, militar, filsofo, maestro de comunistas. Esta explosin de megalomana, de admoniciones bblicas y de fanatismo producira hilaridad, si no hubiese venido acompaada de reales horrores. La supuesta etapa histrica iniciada por Sendero Luminoso y expresada metafricamente en el derrumbe de muros y el despliegue de la aurora, se inici en la dcada de los ochenta y de los noventa con ms de veintitrs mil

acciones que, adems de asaltos, atentados y masacres de campesinos, incluyeron voladuras con dinamita de instalaciones elctricas, telefnicas o de televisin, lneas frreas, represas, puentes y tanques de agua y bombas incendiarias en juzgados, empresas estatales, locales de partidos polticos, bancos, fbricas, almacenes, embajadas e iglesias, El periodista ingls Simon Strong, en su libro Sendero Luminoso13 nos recuerda: En las calles, sobre todo del distrito de clase alta de Miraflores, estallaron cartuchos de dinamita, tambin hubo bombas en las oficinas de los peridicos y ocupaciones de las estaciones de radio. El Hipdromo de Arequipa fue blanco de un ataque con dinamita, al igual que la sinagoga de Lima, el Congreso y la torre de control del aeropuerto de Ayacucho. Las haciendas sufrieron incursiones y su ganado y cosechas fueron repartidos entre los campesinos ms pobres. Los terratenientes ms ricos fueron asesinados, tambin los lderes campesinos a los que se consideraba del lado de ellos o del gobierno, y las autoridades polticas y estatales. Patrullas policiales fueron emboscadas y las comisaras asaltadas... Aunque la violencia se dio mayormente en Ayacucho, Lima, Junn y Apurmac, slo dos de los veinticuatro departamentos del pas permanecieron indemnes. Los costos de semejante empresa sediciosa fueron Strong, Simon, Sendero Editores, Buenos Aires, 1993.

muy grandes para el Per. En la sola dcada de los ochenta, se calcula oficialmente que veintin mil peruanos perdieron la vida como consecuencia de la guerra adelantada por Sendero Luminoso y por el Movimiento Revolucionario Tpac Amaru (MRTA). Pero es posible que hoy, para fines de la dcada de los noventa, esa violencia se haya cobrado cerca de treinta mil vidas. Como dijimos al comienzo de este captulo, el costo econmico, segn la Comisin (parlamentaria) de Violencia y Alternativas de Pacificacin, presidida por el senador Enrique Bernales, se aproxima a los veinte mil millones de dlares hasta 1991, suma equivalente, o ligeramente superior, al 80 por ciento de la deuda externa peruana y al 75 por ciento de su producto bruto interno anual. Sin embargo, hoy se menciona como ms aproximada la cifra de veinticinco mil millones de dlares. Los mayores desastres de la accin terrorista los sufri la ya insuficiente infraestructura elctrica y vial del pas. Segn la mencionada Comisin del Senado, el total de torres elctricas derribadas entre 1980 y 1991 fue de 1.414. A este rubro catastrfico, habra que agregar otros: la fuga de capitales, los gastos en seguridad privada, el abandono de los campos y el intenso crecimiento de una miserable poblacin marginal en Lima y los llamados pueblos jvenes, el xodo de tcnicos y profesionales calificados a Estados Unidos y otros pases y, en general, la emigracin al extranjero de peruanos de muy diversa condicin social. Los apagones y las alteraciones en el suministro de agua

provocaron en la dcada de los ochenta una considerable baja en la productividad industrial y un incremento del desempleo. Sendero Luminoso decidi sabotear tambin la produccin agrcola y pecuaria con una barbarie que pareca inspirada en los delirios de un Pol Pot. As, por ejemplo, importantes centros de investigacin como el Centro Internacional de la Papa y el Banco Nacional de Semen fueron dinamitados. Igual suerte corri, en noviembre de 1989, una importante empresa cooperativa agroindustrial, la Sais Cahuide, cuyas instalaciones y camiones de transporte fueron pulverizadas y cientos de ovejas, vacas y alpacas degolladas e incineradas con fantica ferocidad. Dentro de este propsito de aniquilamiento de todo el aparato productivo del pas (no hay construccin sin destruccin, explicaba Guzmn a sus seguidores), el terrorismo tuvo tambin, como blanco, la floreciente industria turstica: hubo trenes dinamitados, turistas muertos salvajemente y bombas colocadas en los restaurantes de lujo de Lima y otras ciudades. En suma, Sendero fue el protagonista de una verdadera catstrofe nacional, que salpic de sangre al pas, aterroriz y empobreci an ms a su poblacin campesina y puso de rodillas a la economa peruana. No fue, desde luego, el nico agente de violencia, porque tambin en parte de estos desastres llev acciones otro grupo guerrillero, el MRTA. Sealado por los senderistas como revisionista (impugnacin hecha por ellos a quienes obedecan la lnea de Mosc o de La

Habana), este movimiento naci de una confusa amalgama de izquierdistas del Apra, indigenistas, militares nacionalistas que aoraban la dictadura del general Velasco Alvarado, devotos del Che Guevara y de la revolucin sandinista y otros cuantos especmenes de la fauna revolucionaria latinoamericana. Poco importan las divergencias ideolgicas o de estrategia que dirigentes suyos, como Vctor Polay, expusieron en relacin a Sendero. El hecho es que tambin el MRTA contribuy al caos econmico y poltico del pas, utilizando no slo la guerrilla sino el terrorismo urbano como arma de lucha y rivalizando con los maostas en robos y atentados a empresas norteamericanas y bancos. La captura de Abimael Guzmn, el 12 de septiembre de 1992, y la muerte, en abril de 1997, de los guerrilleros del MRTA que se haban tomado la embajada del Japn en Lima y retenido un considerable nmero de rehenes, debilitaron evidentemente a los movimientos sediciosos en el Per y permiten considerar que su aventura ha entrado en una etapa agnica. No por ello dejan de aparecer asociados en el Per a otros presuntos liberadores de pobres que han sido y siguen siendo fabricantes de miseria. Extraamente, este pas ha sido campo privilegiado para alternativas igualmente ruinosas, unas abiertamente populistas como la de Alan Garca, otras, como la de Fujimori, ligadas al militarismo represivo y a la corrupcin y todas ellas de espaldas a un modelo fundado en la libertad poltica y

El caso colombiano Para Colombia, el costo representado por la guerrilla es an mayor que el del Per. En primer lugar, porque es una guerrilla antigua la ms antigua hoy del continente. Abarca dos generaciones y, lejos de estar declinando, tiene en jaque a un Estado dbil, por largo tiempo corrodo por la corrupcin y el clientelismo poltico, y a unas Fuerzas Armadas con escasa capacidad de respuesta. No es tampoco una guerrilla popular. Segn las encuestas, slo un 3 por ciento de la opinin el eterno nicho electoral de una extrema izquierda encerrada como ninguna en los polvorientos esquemas de un marxismo primario le da su beneplcito, en tanto que el 97 por ciento la teme y la rechaza. Colombia vive lo que ha dado llamarse una guerra irregular. No es una guerra civil; ella no divide a la nacin: solamente la horroriza. Y no obstante su impopularidad, dicha guerra, conducida por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y por el Ejrcito de Liberacin Nacional (ELN), al lado de otras organizaciones de menos importancia, crece y se extiende como un cncer a lo largo y ancho del territorio colombiano dejando suspendida una grave amenaza sobre el futuro inmediato del pas, sobre su orden

jurdico y sus instituciones democrticas. Cmo explicarlo? Por qu en Colombia lo que en otros pases fue un intenso pero efmero sarampin revolucionario de los aos sesenta ech races tan profundas? Tres razones lo explican. La primera es de carcter histrico. A diferencia de lo ocurrido en otros pases latinoamericanos, las guerrillas colombianas no fueron exclusivamente una empresa revolucionaria inspirada en la experiencia cubana. Tuvieron, en realidad, un origen ms profundo y antiguo: la situacin de violencia vivida por el pas en la dcada de 1947 a 1957. Dicha violencia, que sacudi con su barbarie el mundo rural del pas provocando cerca de trescientos mil muertos y el xodo de millares de campesinos a las ciudades, fue como una prolongacin, en plena mitad del siglo XX, de las sangrientas guerras que a lo largo del siglo anterior enfrentaron a conservadores y liberales. Dueos del gobierno en 1946, a merced de una divisin del partido liberal, los primeros quisieron evitar el regreso al poder de los segundos mediante la represin y la violencia, una violencia que lleg a su punto ms dramtico con el asesinato del caudillo liberal Jorge Elicer Gaitn, el 9 de abril de 1948, ocasionando una de las ms tremendas revueltas populares que se hayan conocido en el continente: el famoso bogotazo. La desigual guerra civil que sigui a esta revuelta empuj a muchos liberales a los llanos y a las montaas. Surgieron as en Colombia las primeras guerrillas, como rplica a una

feroz represin realizada por los gobiernos conservadores y por la dictadura militar de Rojas Pinilla, mucho antes de que se tuviera noticia de los barbudos de Fidel Castro en la Sierra Maestra. Convertidas ms tarde en autodefensas, catequizadas por el partido comunista, fueron la semilla de las FARC. El ELN, en cambio, aparecido a mediados de los aos sesenta, fue en su origen un movimiento guerrillero organizado por estudiantes entrenados en La Habana. Pero una y otra organizacin contaron con el apoyo de una base campesina forjada de tiempo atrs en la lucha armada y para la cual ejrcito y polica eran ya sus enemigos naturales. Y ste es un rasgo muy particular y distintivo de la guerrilla colombiana: sus races en una infortunada tradicin nacional. La segunda razn que explica el alcance logrado en cuatro dcadas por la subversin colombiana es el hecho de haberse trazado una exitosa estrategia, que es a la vez militar, poltica y econmica. La primera busca el control efectivo y gradual del territorio mediante la tctica, inspirada en el ejemplo del Vietcong, de fragmentar las fuerzas militares dispersndolas y colocndolas en una posicin defensiva, mientras la guerrilla conserva toda su movilidad y la iniciativa y la sorpresa en sus ataques e incursiones. De hecho el crecimiento militar de la guerrilla ha venido cumplindose conforme a las metas que sus dirigentes se propusieron desde el comienzo mismo de la lucha armada. As, los quince frentes con mil doscientos

hombres que tenan las FARC en 1978, veinte aos despus llegan a sesenta y el nmero de sus integrantes se calcula entre doce y quince mil. De su lado el ELN, que slo dispona en aquel entonces de cuatro frentes con 230 hombres en armas, hoy tiene treinta y dos frentes con cerca de cinco mil hombres. La estrategia poltica, muy hbil, busca debilitar al Estado arrebatndole poderes y herramientas en la lucha antisubversiva, para lo cual mueve sus alfiles en el Congreso e infiltra la Justicia y rganos neurlgicos como la Procuradura, la Fiscala y la Defensora del Pueblo. Tambin toma posiciones claves en el establecimiento sindical y aun en las organizaciones de Derechos Humanos. Al mismo tiempo, la subversin en Colombia ha logrado la toma sistemtica y progresiva de las administraciones municipales mediante el terror, al punto que ms de quinientos municipios (la mitad de los que existen en el pas) se encuentran bajo su poder de intimidacin. Los comandantes guerrilleros colocan gente suya en los cargos pblicos, obtienen contratos, retienen porcentajes de sueldos e imponen condiciones a quien quiera hacer en estas zonas campaa poltica. La tercera estrategia, tambin triunfante, se propone dotar al movimiento insurreccional de un considerable poder econmico con base en los ingresos obtenidos del narcotrfico, los secuestros, los asaltos y el impuesto forzado a agricultores y ganaderos. Estas acciones combinadas han tenido un efecto desastroso sobre la economa colombiana y, por ello mismo,

constituyen un factor primordial de empobrecimiento. Narcotrfico y guerrilla se necesitan y se retroalimentan. Se trata de un verdadero matrimonio de conveniencia. La permanencia y auge del primero requiere la capacidad armada de la segunda, que protege cultivos de coca y los laboratorios donde la pasta de coca se procesa y los aeropuertos clandestinos donde aterrizan y despegan las avionetas utilizadas para el transporte de estupefacientes. A su turno, la continuidad y desarrollo del proceso guerrillero no existira sin los ingresos provenientes del narcotrfico. Gracias a esta colaboracin estrecha, los cultivos de coca han pasado en slo siete aos de cuarenta mil hectreas a ochenta mil y los cultivos de amapola de cero a diez mil, pese a las fumigaciones. Las FARC son dueas hoy, segn el Ministerio de Defensa Nacional, de 13.765 hectreas de coca (fuera de las doce mil que protegen) y de 1.271 pistas de aterrizaje. La guerrilla colombiana, una de las ms temibles, anacrnicas y despiadadas del mundo, ha puesto al servicio de sus objetivos ideolgicos una verdadera y bien organizada empresa capitalista. Sus ingresos han sido oficialmente calculados en algo ms de dos millones de dlares diarios (la DEA norteamericana habla de mil millones de dlares anuales), la mitad de los cuales proviene del narcotrfico y la otra mitad de los secuestros y las extorsiones a hacendados y ganaderos. No es sorprendente, pues, que contando con recursos tan gigantescos est mejor equipada que el ejrcito: dispone

de modernos equipos de telecomunicaciones, de una flotilla de aviones y de un sofisticado armamento que incluye misiles y lanzacohetes. La tercera razn que explica su amenazador avance corre por cuenta del propio Estado colombiano, que ha sido dbil y corrupto y sin voluntad ni estrategia para enfrentarla. Desde 1982, cada nuevo presidente slo tiene en su men de gobierno un plan de paz que la guerrilla, consciente de su poder y de lo que dicho poder basado en la guerra le reporta, no tarda en desdear. Mal preparadas, mal equipadas, las fuerzas armadas colombianas slo disponen de ciento veinte mil hombres, efectivos insuficientes para un pas en guerra y con un accidentado y vasto territorio de 1.147.000 kilmetros cuadrados. Buena parte de estos efectivos cumplen funciones policiales de proteccin de la infraestructura petrolera, vial y de comunicaciones, de suerte que slo estn disponibles para el combate un nmero no superior a treinta mil hombres, la mayor parte de ellos reclutas sin mayor experiencia y conocimiento del terreno. Por otra parte, los militares en Colombia han sido despojados de las herramientas legales que tenan en otro tiempo y que todava tienen las Fuerzas Armadas de pases vecinos para enfrentar la insurreccin o el terrorismo: la justicia penal militar no puede investigar, interrogar o juzgar rebeldes, el fuero militar ha sido desmantelado y la justicia civil, intimidada o infiltrada, se muestra inepta para cumplir estas tareas. Sobre la legislacin colombiana pesa un

fantasma histrico comn a todo el continente: el temor al despotismo o autoritarismo militar, tan presente en el pasado latinoamericano. Hasta el punto de que, hasta 1998, se mantuvo vigente en el cdigo penal un estrambtico artculo segn el cual los delitos cometidos por los sediciosos en combate no son punibles. En Colombia, el romanticismo legalista, muy arraigado en la tradicin del pas, deja a la nacin desamparada frente al triple flagelo del narcotrfico, la guerrilla y los llamados grupos paramilitares. El costo de la guerra en este pas es enorme: se calcula en cinco mil millones de dlares por ao; es decir, una quinta parte de la deuda externa colombiana. Y su efecto se hace sentir sobre todo en los estratos ms bajos de la poblacin. Los ingresos anuales de las FARC y del ELN equivalen al 0,58 por ciento del Producto Bruto Interno. El ingreso per capita de la guerrilla es 62 veces ms alto que el ingreso de un colombiano que vive dentro de la ley. Los ingresos obtenidos slo por las FARC con el narcotrfico, el secuestro y la extorsin, calculados en 685 millones de dlares anuales, son mayores que las utilidades reportadas por el grupo empresarial Bavaria, el mayor del pas (670 millones). Los mayores costos que ocasiona la guerrilla provienen de los atentados contra los oleoductos y las torres de transmisin de energa. Entre 1986 y 1997 la Empresa Colombiana de Petrleos, Ecopetrol, de propiedad estatal, fue objeto de 699 atentados. Cada uno de estos ataques representa tres graves perjuicios a

la economa colombiana. El primero es el costo ecolgico por la contaminacin de las aguas, por culpa de la cual disminuyen o desaparecen los recursos naturales que aprovechan los moradores de vastas zonas campesinas para la pesca o riego de tierras. El segundo es el costo econmico que representa el crudo derramado. El tercero es el costo de las reparaciones y el del crudo, que mientras stas se efectan, se deja de producir. Igualmente ruinosos son los daos infligidos al sector agrcola por culpa de las extorsiones y sobre todo de los secuestros. Slo estos dos delitos le han reportado a la guerrilla, desde 1991, mil setecientos millones de dlares. En ese lapso, 2.668 personas comerciantes, ganaderos y agricultores, vinculadas a este sector, fueron secuestradas. Debido a esta situacin, la produccin agrcola ha registrado un dramtico descenso y la desocupacin ocasionada por tal crisis ha empujado a millares de campesinos, que antes vivan de los cultivos de algodn, caf y otros productos, a emigrar hacia las zonas selvticas, en el sur del pas, para trabajar en los cultivos ilcitos de coca y amapola auspiciados por la guerrilla y el narcotrfico. Otra parte importante de los costos de la violencia en Colombia tiene relacin directa con los gastos militares. En promedio, Amrica Latina utiliz en 1995 el 1,7 por ciento de su Producto Bruto en defensa, mientras que Colombia destin a este rubro el 2,6 por ciento en el mismo ao. Expertos internacionales, al

analizar la situacin colombiana, hablan con razn del exceso del gasto militar, al tiempo que fundndose en la dramtica situacin del pas y, por desgracia, tambin con fundamento, los mandos militares lo consideran insuficiente. Como sea, el hecho evidente es que la prdida del monopolio de la Fuerza por parte del Estado, el milln de desplazados por la guerra interna, el debilitamiento en los mecanismos de la justicia (el 98 por ciento de los delitos quedan en la impunidad) y las dificultades para consolidar en algunas regiones del pas las polticas macroeconmicas, afectaron gravemente la capacidad productiva y la competitividad del pas en los mercados internacionales. Los efectos sociales de tal situacin, cuyo vrtice explosivo es la guerrilla, son inocultables: desempleo, pobreza, inseguridad. Y las primeras vctimas de la guerrilla han sido precisamente los pobres que pretenda redimir.

La guerra en Centroamrica Igual cosa puede decirse de Guatemala y de El Salvador. En el primero de estos dos pases centroamericanos, la guerra dur cerca de 36 aos. Concluy el 29 de diciembre de 1996 con la firma de un Acuerdo Global de la Paz, firmado por el gobierno del presidente Alvaro Arz Irigoyen y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG). Fue la culminacin de un largo proceso, iniciado bajo el

gobierno del presidente Vinicio Cerezo, que tuvo como punto de partida los Acuerdos de Esquipulas suscritos por los Presidentes Centroamericanos el 25 de mayo de 1986 con miras a lograr la pacificacin del istmo. Pero las negociaciones propiamente dichas se iniciaron en Oslo, en 1990, con un acuerdo entre la URNG y la Comisin Nacional de Reconciliacin encabezada por el obispo Rodolfo Quezada Toruo. Todava es difcil evaluar en Guatemala el costo de la insurgencia armada y an ms conflictivo situar las responsabilidades de todo lo ocurrido en las tres dcadas y media del conflicto. Una Comisin, que trabaja bajo los auspicios de las Naciones Unidas, adelanta un copioso y terrible inventario de los atropellos a los derechos humanos cometidos por ambas partes. De su lado, el Arzobispado de la Ciudad de Guatemala ha publicado recientemente dos de los cuatro volmenes con los innumerables relatos de las atrocidades perpetradas en el pas durante los 36 aos del conflicto. Investigadores y acadmicos adelantan investigaciones sobre las vctimas de los campos minados por la guerrilla, los daos a la infraestructura, a la economa y al tejido social del pas, especialmente aquellos que afectaron al Estado de Derecho, la familia, la moral y las instituciones. La Asociacin Nacional del Caf ha recopilado en cinco volmenes, no publicados an, todos los ataques de la guerrilla a las fincas cafetaleras. Los clculos sobre prdidas en vidas humanas oscilan entre cuarenta y cinco mil muertos

(cifra prudente, citada dentro del pas) y los ciento cuarenta mil de que suelen hablar entidades internacionales. El ejrcito por su parte, reconoce cinco mil bajas y nueve mil incapacitados. Como sea, el balance de la subversin armada es catastrfico sobre todo si se tiene en cuenta que ms de veinticinco mil campesinos perdieron la vida y que en las zonas urbanas fue incontable el nmero de empresarios, profesores, universitarios y dirigentes sindicales asesinados. Los daos a la infraestructura fsica del pas (voladuras de puentes, destruccin de cosechas, atentados a los oleoductos, quema de vehculos privados y de transporte pblico, incendios y daos a las instalaciones elctricas) han sido calculados en veinte mil millones de dlares sin contar las prdidas representadas por la fuga de capitales al exterior y las inversiones que dejaron de hacerse en el pas por razones de seguridad. Alguna vez sern reconocidos objetivamente los detonantes de esta cruenta accin subversiva y de las consecuencias que ella tuvo en Guatemala: golpes militares, quiebra de todo un orden jurdico y aparicin de un vasto rosario de grupos paramilitares o contrainsurgentes que contribuyeron, con los mismos mtodos de la guerrilla (asesinatos, secuestros, torturas), a salpicar de sangre campos y ciudades. Dictaduras y guerrillas: en la aparicin de unas y otras jugaron agentes internacionales de signo contrario. Concretamente Estados Unidos y Cuba.

No cabe duda, por ejemplo, que la intervencin de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos en el derrocamiento del gobierno izquierdista del coronel Jacobo Arbenz Guzmn, en junio de 1954, tuvo una perniciosa influencia en la aparicin de movimientos guerrilleros no slo en Guatemala sino en el resto de Amrica Latina. Equivocada o no, surgi en aquella poca, entre muchos latinoamericanos, la idea de que el gobierno norteamericano, cuyo amenazador exponente en las conferencias internacionales era el seor John Foster Dulles, amparaba las dictaduras militares del continente a tiempo que era abiertamente hostil a gobiernos empeados en sustanciales reformas econmicas y sociales. La idea, confirmada pocos aos despus por la propia revolucin cubana, de que los verdaderos cambios slo podran efectuarse y defenderse con las armas, ante la fragilidad de las estructuras legales, prosper en buena parte de la juventud de entonces. Sin duda esta semilla debi quedar tambin en los cuarteles de Guatemala. Lo cierto es que el 13 de noviembre de 1961 se produjo all un levantamiento militar contra el dictador Ydgoras Fuentes encabezado por el coronel Rafael Sessan Pereira. Algunos analistas guatemaltecos aseguran que se trat de una sedicin tpicamente nacionalista, sin sustentacin ideolgica, motivada por el entrenamiento militar de exiliados cubanos en suelo guatemalteco, impuesto por el gobierno norteamericano como paso previo a la llamada

invasin de Baha Cochinos. Otros consideran que realmente aquellos oficiales tenan simpatas por el marxismo y queran seguir en su pas los pasos de Castro. De cualquier modo, develada la insurreccin militar, los principales dirigentes de esa rebelin, entre ellos los tenientes Marco Antonio Yon Sosa y Luis Turcios Lima, seran cabezas primero del MR13 y luego del grupo guerrillero Fuerzas Armadas Rebeldes, FAR. Fidel Castro sera, en realidad, el principal promotor de esta empresa subversiva, as como la que tuvo lugar en El Salvador por parte del movimiento guerrillero Farabundo Mart. Bajo sus directos auspicios y los del Che Guevara, las FAR guatemaltecas nacieron en La Habana en septiembre de 1962. All se convino que los militares insurrectos crearan varios frentes de guerrilla y que los dirigentes del partido comunista (el Partido Guatemalteco del Trabajo) se ocuparan del trabajo poltico. Desde entonces, Cuba fue el eje de esta larga y sangrienta guerra, no slo en el plano militar sino tambin ideolgico. As, cuando Yon Sosa decidi declararse trotskista, Turcios Lima lo apart de las FAR en nombre de la ortodoxia imperante en La Habana y Mosc. Y en 1980, fue Fidel Castro quien intervino para imponer, como condicin a su apoyo logstico, la unin de las tres organizaciones subversivas que operaban en Guatemala: la Organizacin Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA), el Ejrcito Guatemalteco de los Pobres (EGP) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

Por esas distorsiones daltnicas que le son propias, la izquierda, no slo de Amrica Latina sino tambin de Europa, suele vestir de insurgencia legtima, producto de la explotacin y de la pobreza, lo que ha sido en todas partes una subversin framente organizada con apoyo externo. Al mismo tiempo, en los pases que son vctimas de esta accin guerrillera, hace recaer exclusivamente la responsabilidad de la violencia en las Fuerzas Armadas o en los grupos llamados paramilitares que inevitablemente aparecen como una respuesta, igualmente brbara, a la guerrilla marxista. Hacindole eco a esta manipulacin, las ONGs que se ocupan de los derechos humanos suelen tomar como causa lo que es una consecuencia derivada de la empresa subversiva. Naturalmente que en este proceso satnico la propia amenaza que representa la guerrilla y el terrorismo conduce, como ocurri en Guatemala en los aos sesenta y setenta a la instauracin de gobiernos represivos apoyados en el ejrcito y a la utilizacin de escuadrones de la muerte o grupos de contrainsurgencia, dejando a la poblacin campesina emparedada entre dos tipos de violencia. No hay nada tan terrible para un pas como esta polarizacin. El terrorismo de izquierda casi fatalmente conduce a un terrorismo de derecha: sin que ello represente justificacin alguna para las sangrientas dictaduras que padeci la Argentina y a sus mtodos horrendos, es claro que sin la accin de Los Montoneros no se explica

un Videla. La dictadura y la represin ciega nunca han sido una respuesta efectiva al hecho guerrillero; ms bien, le hacen el juego. Pero tampoco puede enfrentarlo exitosamente una democracia dbil como la de Colombia. Quiz el nico ejemplo de lucha antisubversiva recuperable es el de Venezuela en la dcada de los sesenta. La movilizacin firme de toda la nacin, representada por los partidos, gremios, medios de comunicacin, autoridades civiles, eclesisticas y militares, permiti a Rmulo Betancourt derrotar a una vasta insurreccin armada apoyada abiertamente por Cuba. Es cierto tambin que a la pacificacin del pas contribuy el lcido examen autocrtico de los propios guerrilleros, que contaban entre sus dirigentes hombres tan bien dotados y tan poco ortodoxos, desde el punto de vista marxista, como Teodoro Petkoff o Pompeyo Mrquez, fundadores del Movimiento al Socialismo (MAS). Petkoff, por cierto, es autor de un libro de mucha agudeza crtica titulado Proceso a la Izquierda, que los partidarios de esa llamada por l mismo izquierda litrgica prefieren ignorar con un incmodo desdn. Se explica: all hay una severa denuncia de esa cartilla marxista, indigestada de dogmas primarios, que han hecho en el continente latinoamericano, y fuera de l, la gloria de un Galeano. No es extrao, dada la revisin de estas posiciones ortodoxas, que Petkoff, como ministro del presidente Rafael Caldera, haya sido el inspirador del viraje que salv a Venezuela de una catstrofe

econmica en la dcada de los noventa. El camino que propone este antiguo guerrillero es el mismo de un Tony Blair o de los laboristas neozelandeses: el nico que podra rescatara la izquierda latinoamericana de los viejos y desastrosos modelos que ha recorrido circularmente desde hace dcadas. Estatismo, populismo y, en el confn de sus desvaros, la llamada opcin revolucionaria por la va armada, slo han servido para dejarnos en el subdesarrollo tercermundista y en la pobreza ms abrumadora.

Las guerrillas del sur La fiebre revolucionaria que sacudi al continente en los aos sesenta alcanz dos pases que, por madurez intelectual y por sus afinidades culturales con Europa, parecan en principio vacunados contra las aventuras guerrilleras: Argentina y Uruguay. La tradicin cvica y democrtica de este ltimo pas pareca una slida defensa contra los virus propagados desde Cuba. La Argentina, en cambio, ofreca un paisaje poltico muy revuelto tras la cada de Pern, en septiembre de 1955. El hecho es que la dictadura populista ejercida a nombre del justicialismo, la imagen santificada de Evita y toda la desaforada demagogia que puso de su lado al mundo sindical, haban producido una polarizacin muy profunda en la sociedad argentina: la clase popular segua fiel a Pern en tanto que las capas medias y altas

eran abiertamente antiperonistas. Este conflicto social y cultural especie de guerra civil no declarada estaba en su punto de ebullicin cuando se produjo el triunfo de la revolucin cubana, cuyo segundo gran protagonista era precisamente el argentino Che Guevara. Probablemente el ejemplo de los guerrilleros de Sierra Maestra inspir la primera aventura insurreccional de los peronistas: los llamados Uturuncos que, con la bandera del retorno de Pern, organizaron un minsculo grupo armado en las montaas de Tucumn. Aunque para el ao 1960 haban desaparecido, sectores importantes de la juventud y de los trabajadores argentinos fueron deslumbrados por las figuras de Castro, el Che y Camilo Cienfuegos y aun la del lder africano Patricio Lumumba. Bajo el gobierno de Illia, aparecieron los primeros focos guerrilleros. Jorge Ricardo Masetti, el fundador de la agencia cubana Prensa Latina, fue, bajo el nombre de Comandante Segundo (se supona que el Comandante Primero sera el propio Che Guevara) el organizador de un grupo armado, rpidamente liquidado por el ejrcito en el norte del pas. Este trgico desenlace no desanim a los movimientos insurgentes de izquierda, de origen marxista, que en la misma dcada promovieron toda suerte de organizaciones armadas: el Ejrcito Revolucionario del Pueblo (ERP), liderado en las montaas tucumanas por Mario Santucho; las FAL (Fuerzas Armadas de Liberacin), de origen maosta; el movimiento catlico Tierra Nueva,

inspirado en el ejemplo del cura colombiano Camilo Torres y en las conclusiones del Concilio Vaticano II. Los jvenes peronistas, de su lado, promovieron las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), Los Descamisados y, finalmente, el ms importante de todos los grupos armados, Los Montoneros, que, como formas de lucha, combin el atentado individual, el secuestro, los asaltos a cargo de sus milicias urbanas. Todos estos brotes insurreccionales, inspirados en el ejemplo cubano y, en algunos casos, apoyados por el gobierno de Castro (que auspici el entrenamiento militar de numerosos jvenes) tendran, en la Argentina, graves consecuencias polticas, econmicas y sociales. Entre estas aventuras y las dictaduras militares que ensangrentaron al pas y fueron responsables de torturas, desapariciones y otras salvajes operaciones represivas, existe una evidente relacin de causa a efecto. Ninguno de esos horrores cometidos por la cpula militar es justificable. Pero nunca debe olvidarse que la violencia genera violencia, aunque venga acompaada de los ms altruistas propsitos. Por otra parte, la accin insurgente y en particular los secuestros, que fueron su forma predilecta de financiacin, produjeron el xodo de muchos empresarios y ejecutivos de empresas extranjeras. Todo esto represent graves lesiones al aparato productivo del pas y a su propia estructura institucional y jurdica, y fue, por lo consiguiente, una causa ms del empobrecimiento de la poblacin.

Los tupamaros Con domicilio conocido, ocupando cargos pblicos, participando activamente en poltica o dedicados a sus negocios partitulares, los supervivientes de la cpula dirigente del Movimiento de Liberacin Tupamaros se encuentran integrados en la vida del pas, muchos de ellos militando como un segmento menor en el Frente Amplio que lleg a situarse a veinte mil votos de lograr el gobierno de Uruguay. Sin embargo, no faltan observadores que suponen que la adhesin de los tupas al Frente Amplio debilita a esta coalicin, pues los hacen responsables de las acciones que llevaron al pas al borde del caos, el golpe militar y a la ruptura de la ejemplar legalidad que la nacin haba conocido a lo largo de casi todo el siglo XX. El movimiento de los tupamaros fue uno de los pioneros entre los creados bajo el resplandor de las primeras horas de la revolucin cubana. Sus fundadores, hijos de familias de clase media liderados por Ral Sendic, soadores y utpicos, convulsionaron al continente con su audacia, la captura de la ciudad de Pando, la fuga de sus presos de la prisin Punta Carretas, y los sangrientos actos terroristas en los que incurrieron con el objetivo de crear en ese pequeo pas uno de los de mayor tradicin democrtica en Latinoamrica una dictadura de corte cubanosovitico. Su final relativamente civilizado, pese a los abusos del rgimen militar, constituye una

El caso de Espaa Si en Colombia o Centroamrica el dao econmico de la guerrilla y de los terroristas se puede cuantificar en cientos de millones de dlares, en Espaa no es muy diferente, aunque ese costo terrible se concentra en las tres provincias vascas lava, Guipzcoa y Vizcaya y, en menor medida, en la vecina Navarra, territorio tambin reivindicado por los nacionalistas de Euskadi junto a la zona vasca de los Pirineos franceses. ETA, naturalmente, es el protagonista principal de este desaguisado. Las siglas provienen de Euskadi ta Askatasuna, frase que pudiera traducirse al castellano como Vasconia y Libertad, una organizacin terrorista surgida con el propsito de liberar a Euskadi del control de los espaoles, aunque inicialmente se trataba de un grupo de origen catlico, creado en 1951, llamado Ekin, palabra que en esa lengua vasca quiere decir actuar. Esto no es sorprendente, porque el nacionalismo vasco tiene un fuerte componente catlico desde los das en que Sabino Arana, el fundador del Partido Nacionalista Vasco, a fines del siglo pasado formulara las bases en las que se asentaba la agrupacin que haba creado. Se era vasco por razones raciales, culturales, lingsticas y morales. Y entre estas ltimas estaba el

acendrado y estricto catolicismo que Arana le atribua a sus coterrneos frente a las debilidades e inmoralidades propias de la degenerada raza espaola. Sin embargo, a lo largo de la dcada de los sesenta, el catolicismo originario de ETA fue perdiendo fuerza dentro del grupo dirigente pese al apoyo de gran parte del clero vascomientras la organizacin se fue radicalizando paulatinamente en el sentido del marxismo-leninismo. En 1968, al calor del mayo francs, y ya en contacto con otros grupos terroristas del mundo el Ejrcito Rojo, Baader Meinhoff, Brigadas Rojas ETA firma documentos junto al IRA de Irlanda, el Frente de Liberacin Bretn de Francia, el Fatah palestino y el PDK kurdo. En esa fecha ya no es un movimiento nacionalista que reivindica el derecho de una nacin a contar con un Estado propio y democrtico aspiracin legtima para cualquier etnia, sino es una banda convencida de la conveniencia de establecer en Euskadi un Estado calcado del modelo sovitico, una especie de Albania pirenaica. Algo que se trasluce con brutal franqueza en los archivos del KGB moscovita y la STASSI alemana, abiertos tras el derrumbe del campo socialista de 1989. La peor labor destructiva de la ETA se puede resumir en casi un millar de asesinatos, aunque alguno de ellos, como el del almirante Carrero Blanco, presunto heredero de Franco, ocurrido el 20 de diciembre de 1973, acaso despej el camino de la transicin

democrtica. En todo caso, el 90 por ciento de los crmenes de ETA no han sido cometidos durante la lucha contra el franquismo, sino en la etapa democrtica, tras una amnista y la mano abierta de los demcratas para que se integraran en el ruedo de la controversia poltica parlamentaria, y entre estos crmenes se incluyen bombas en supermercados, cafeteras, en la va pblica y en sitios donde las vctimas tenan que ser nios, mujeres y simples e inocentes transentes que fatalmente acertaban a pasar por el lugar de la explosin. Esta estrategia de terror, en cuya fatdica cuenta hay que incluir a algunos polticos socialistas y conservadores asesinados con tiros en la nuca y por medio de explosivos el propio Jos Mara Aznar se salv milagrosamente de un atentado dinamitero, ha sido acompaada de por lo menos tres frmulas ilcitas de recaudacin de fondos: los asaltos a bancos, los secuestros, y el llamado impuesto revolucionario. Los secuestros han producido sumas enormes de dinero a unos terroristas cuyo presupuesto anual de operaciones se ha calculado en por lo menos quince millones de dlares. El secuestro de Emiliano Revilla se sald con once millones de dlares. El de Julio Iglesias Zamora, padre del famoso cantante, cost casi cuatro; Jos Lipperheide, Miguel I. Echevarra y J. Guibert, milln y medio cada uno; Luis Suer, casi tres; Pedro Abreu, uno; por slo citar los ms sonados. Pero tal vez ms suculentos son los ingresos

fiscales. Es decir, la cantidad extorsionada a los empresarios para no matarlos o destrozarles sus talleres y oficinas. Impuestos revolucionarios cuya evasin a veces se paga con la vida o con disparos en las rodillas, prctica, por cierto, muy habitual entre la mafia. Este permanente chantaje sobre la clase empresarial, inevitablemente se revierte en los trabajadores, que ven cmo los empresarios, discretamente, trasladan sus actividades a otras zonas de Espaa, o a otros pases ms seguros, empobreciendo progresivamente a los ms necesitados. El investigador Alvaro Baeza lo resume en un prrafo exacto: Aos despus el impuesto se convertir en una lacra, y la situacin se ir minando progresivamente. Los empresarios abandonan muchas de sus empresas, o simplemente dejan de invertir en Euskadi para zafarse de este acoso. El trabajo se convierte en un lujo, y los izquierdistas vern algo que desde el punto de vista terico de estos aos les pareca imposible: los trabajadores apoyarn, secundarn y arroparn a sus patronos en contra de la organizacin liberadora etarra.14 Esta contradiccin, sin embargo, no es la nica: no deja de ser una irona de gran calibre que la ETA, enemiga de lo que ellos llaman Espaa, de cierta manera beneficia a los espaoles en perjuicio de los Baeza, Alvaro L., ETA naci en un seminario, ABC Press, Madrid, 1997.

vascos cada vez que una empresa de esa regin se traslada a otro punto de la Pennsula. Fenmeno sin duda parecido al de los terroristas latinoamericanos, feroces enemigos del imperialismo yanqui, que cada vez que secuestran a un rico industrial o ganadero, o cada vez que con sus actos brutales estremecen las sociedades en las que viven, lo primero que provocan es una fuga de capitales hacia Miami y un grado mayor de pobreza entre su propia gente. Se percatan estos guerrilleros y terroristas de que ellos son unos (desgraciadamente) eficaces fabricantes de miseria? Probablemente no. La accin revolucionaria es como una especie de opio que adormece las entendederas y anestesia las sensaciones humanas ms elementales. Se equivocan quienes creen que los terroristas sienten remordimientos ante el nio despanzurrado por una bomba o ante los obreros hambrientos porque su centro de trabajo ha tenido que cerrar. Esos son dos meros accidentes de la lucha, ancdotas sin importancia. Lo importante, lo trascendente no es el hombre pequeito, municipal y espeso, sino el Hombre Histrico, as con grandes maysculas llenas de intenciones patriticas. No lo dijo, en otro contexto, un poeta romntico espaol del XIX? Que haya un cadver ms qu importa al mundo? Como si son diez millones. Lo que importa es la revolucin.

Es que la guerrilla nunca ha sido solucin de nada en ninguna parte. En cambio, su capacidad destructiva en todos los campos: econmico, moral, ecolgico, jurdico; sus enormes costos en vidas, en dinero, en recursos, la ubican en un puesto de primera lnea entre nuestros fabricantes de miseria, por encima del propio Estado burocrtico y dirigista que hemos padecido, de las oligarquas sindicales, de los empresarios mercantilistas, de los anquilosados partidos y de la pauperizacin acadmica, aunque s muy cerca de los eclesisticos que le dan su apoyo en nombre de la Teologa de la Liberacin. Es un mal nefasto que desencadena con frecuencia remedios o respuestas igualmente deplorables. Guatemala, El Salvador, Per y sobre todo la infortunada Colombia son el mejor ejemplo de los horrores y desastres que el cncer revolucionario puede ocasionar en el organismo de una nacin. Aun si llega una paz negociada, como ocurri en Centroamrica, luego de un largo proceso, las secuelas que deja en el tejido social son gravsimas. Desmovilizados, muchos colaboradores de la guerrilla se convirtieron en delincuentes comunes y la inseguridad en un pas como El Salvador, ya concluido el conflicto armado, bate todos los rcords. Adoptando al servicio de una ideologa ya anacrnica los mtodos de la delincuencia (asaltos, secuestros, robos), la guerrilla corrompe a sus propios militantes. Cuando el objetivo poltico desaparece, las armas se convierten para muchos en un instrumento de trabajo y de

sobrevivencia econmica: no hay nada ms peligroso. El dilema de Sarmiento civilizacin o barbarie volvi a cobrar vigencia en Amrica Latina con los postulados violentos de la guerrilla y su abierto desconocimiento del orden democrtico y legal. El mito revolucionario no conduce a ningn futuro mejor. Al contrario, no ha sido sino un regreso a ese brbaro pasado nuestro, marcado por el desprecio a la ley, donde las armas y la sangre vertida tenan la ltima palabra, as provocaran ruina y pobreza.

Djole uno de la muchedumbre: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. l le respondi: Pero hombre, quin me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? SAN LUCAS 12:13-14

Entre todos los fabricantes de miseria, probablemente de los ms perniciosos y los mejor intencionados, sean algunos miembros de la estructura religiosa catlica. Y la razn de esta daina potencialidad radica en la capacidad que tienen como maestros de jvenes y como orientadores de la opinin pblica; todo ello, adems, legitimado por los propsitos que los animan: suelen ser hombres y mujeres bondadosos que buscan el bien comn. Estn llenos de buenos deseos. Gozan de un admirable espritu de servicio. Aman a los seres humanos y quieren su bienestar. Pero, simultneamente, sostienen ideas equivocadas y las enarbolan con la pasin de quienes se creen poseedores de la verdad final. Son capaces de identificar correctamente los problemas, pero proponen modos contraproducentes de afrontarlos. No es una cuestin de maldad, sino de

ignorancia. En Amrica Latina esto es especialmente grave porque la Iglesia Catlica posee una indudable autoridad moral reflejada en acciones como evitar la guerra entre Argentina y Chile o en la estabilizacin de Argentina tras la guerra de las Malvinas. Cuando hablan los curas, los obispos, o las conferencias episcopales, y cuanto dicen sobre cualquier cosa, suele ser tomado muy en serio, pues siempre se les presume buena fe, que suelen poseer, y peso intelectual, tal vez menos abundante. No obstante, hay que aclarar que el catolicismo latinoamericano no tiene una sola voz en materia de anlisis social o econmico. Una cosa es lo que opinan los jesuitas populistas o cuasimarxistas en Centroamrica, especialmente en El Salvador y Nicaragua, y otra muy distinta lo que sostienen el Opus Dei elitista, defensor del mercado y de la libre empresa o, los anticomunistas Legionarios de Cristo. No es lo mismo lo que aseguran las teresianas que las Hijas de la Caridad. Incluso, a veces dentro de las mismas rdenes suelen existir discrepancias de fondo. Entre los jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA) predomina un discurso bastante ms radical que en la Javeriana de Colombia o que en la Universidad Catlica Andrs Bello que dirige en Venezuela el padre Ugalde. En la Argentina de la dictadura militar de los setenta la jerarqua eclesistica apoy la represin, mientras en Chile se opuso a ella. Tambin es conveniente aclarar que cuando los sacerdotes, obispos,

y hasta el Santo Padre, hablan de problemas sociales y econmicos, no lo hacen con carcter dogmtico. Slo son opiniones que en modo alguno obligan a los catlicos. Es posible, por ejemplo, ser un catlico ejemplar y pensar que la Doctrina Social de la Iglesia est llena de errores e incoherencias, y hasta que se trata de un perfecto disparate terico. La infalibilidad que se le supone al Papa no se refiere a estas cuestiones mundanas. En este terreno el inquilino del Vaticano es tan falible como cualquier hijo de vecino. De ah las diferencias de opinin entre los propios jerarcas catlicos. Precisamente, lo que desde sus orgenes caracteriza a la posicin social de la Iglesia es la confusin, la ambigedad y a menudo la contradiccin. En una investigacin indita de Francisco Prez de Antn, titulada El socialismo de rostro cristiano y a la que mucho debe este captulo, se hace un minucioso recorrido por los textos de las ms destacadas figuras de la Iglesia hasta llegar a una inesquivable conclusin: los catlicos pueden tener cualquier opinin sobre el modelo econmico que mejor conviene a la sociedad, o sobre las actitudes que deben adoptar los cristianos ante los fenmenos econmicos. De esta suerte, mientras se suele citar la conocida metfora primero pasar un camello por el ojo de una aguja que un rico por la puerta de los cielos, se olvida que San Mateo (25:1430), en la Parbola de los talentos, recoge las censuras de Jess a quien no invierte convenientemente su dinero lo que de algn

modo significa el aprecio por la prosperidad individual. Precedente que no obsta para que, posteriormente, San Gregorio de Nisa sea capaz de censurar a quienes ejercen la caridad porque, supuestamente, esos excedentes con los que pretenden aliviar la miseria de los menesterosos provienen, precisamente, del despojo de stos: Quiz t des limosnas, pero de dnde las sacas, sino de tus crueles rapias, del sufrimiento, de las lgrimas y los suspiros? Qu bien puedes hacer consolando a un pobre cuanto t creas cientos? (Sermn contra los usureros). Ataque por cierto que contradice al mismsimo San Pablo, quien en su Segunda Epstola a los Corintios 8:13-14, defiende el ejercicio de la caridad admitiendo, naturalmente, que para que unos den y otros reciban es indispensable la existencia de diferencias econmicas: Porque no se trata de que para otros haya desahogo y para vosotros estrechez, sino de que ahora, con equidad, vuestra abundancia alivie su penuria... Por su parte, Juan Crisstomo, Patriarca de Constantinopla, en su Homila sobre Eutropio, asegura que sus diatribas no van dirigidas contra los ricos, sino contra los que usan mal de sus riquezas,... pues tan amigos mos son los ricos como los pobres. Ambos tienen un mismo origen y un mismo destino.Equivalencia que ni siquiera sostiene siempre, pues en la Homila sobre la Primera Epstola a los Corintios, 34 afirma que las riquezas no proceden de Dios sino del pecado.

Es lgico que los dirigentes de una institucin sometida desde hace casi dos mil aos a los naturales cambios de perspectiva, no digan siempre las mismas cosas, pero sucede que el mecanismo por el que la Iglesia arriba a conclusiones no est basado en la observacin de la realidad, sino en la palabra de las autoridades. Como se trata de una religin organizada en torno a creencias reveladas, la verdad y la mentira no son lo que se puede extraer de la experiencia, sino lo que afirman los textos escritos por personas investidas de poderes religiosos. Ese es, exactamente, el razonamiento escolstico, que explica por qu Giordano Bruno acab en la hoguera, o por qu Galileo tuvo que retractarse: las investigaciones de ambos contradecan las aseveraciones de Aristteles convertidas por la Iglesia Catlica en artculo de fe, y sustentaban la falsa racionalidad con que sta pretenda probar sus dogmas. Lamentablemente, esa tendencia al dogmatismo que se observa en la Iglesia Catlica y que llega hasta nuestros das comenz (y no ha cesado) exactamente con el Edicto de Tesalnica (380 d.C.) promulgado por el Emperador Teodosio (de origen hispano), en el momento mismo en que convierte al catolicismo en la religin oficial del Imperio. Dice as este canto a la intolerancia: Queremos que todos los pueblos regidos por nuestra clemencia y templanza profesen la religin que el divino apstol San Pedro ense a los romanos, como lo declarara la religin que l mismo introdujo y

es la que profesa el Pontfice Dmaso y Pedro de Alejandra, obispo de apostlica santidad. Mandamos que los que siguen esta ley tomen el nombre de cristianos, catlicos. Los dems son unos dementes y unos malvados, y mandamos que soporten la infamia de su hereja, que sus concilibulos no reciban el nombre de iglesias, y que sean alcanzados por la venganza divina, primero, y luego tambin por nuestra accin vindicativa, que hemos emprendido por determinacin del cielo. Sin embargo, la romanizacin del catolicismo lo que algunos llaman el catolicismo constantiniano, por haber sido Constantino el primer emperador que se acerc a esta religin, entre otras consecuencias tuvo la de haber conciliado a los padres de la Iglesia con la propiedad privada consagrada por el Derecho Romano, y con la posesin de bienes materiales abundantes, circunstancias que en modo alguno repugnaban a la mentalidad de esta civilizacin. San Agustn de Hipona testigo l mismo de la decadencia poltica de Roma en sus Sermones 107 y 113 lo dice con absoluta claridad: Si tienes riquezas, no lo censuro, son de herencia, tu padre hombre rico te las dej, tienen origen honesto, son el fruto acumulado de un honrado trabajo, nada tengo que reprocharte (...) Amar lo tuyo y no pretender lo de otro; trabajo tuyo es, en justicia lo que posees; te lo mandaron en herencia, te lo dio un agradecido; navegaste, afrontaste peligros, no has engaado a nadie, no juraste con mentira,

adquiriste lo que a Dios plugo, y esto guardas vidamente con sosegada conciencia, porque ni lo allegaste de mala manera ni buscas lo ajeno. El mismo santo, principal pilar intelectual de la Iglesia hasta la aparicin de Santo Toms de Aquino, lo asegura con precisin de jurista en el epgrafe 26 de su Epstola 153: bien no ajeno es aquel que se posee con derecho; con derecho se posee lo que se posee justamente; y justamente se posee lo que se posee bien. Para San Agustn, como para Jess, la posesin de riquezas no era un obstculo en el camino de la bondad, siempre que esa riqueza se utilizara correctamente: No seis amantes del dinero, pero si lo tenis, usad de l convenientemente (Sermn 56). Y de la misma forma que la riqueza no haca malas a las personas, la pobreza tampoco les confera una mejor categora: En la posesin no est necesariamente la virtud; un pobre concupiscente es peor que un rico. Esta opinin contrasta con la afirmacin de los obispos catlicos reunidos en Puebla, Mxico (1966), cuando aseguraron que los pobres son los predilectos de Dios, contrasentido que el citado Prez de Antn deshace con una lgica aplastante: si los pobres son los predilectos de Dios, en el momento en el que se consiga rescatarlos de la pobreza dejarn de ser hijos de Dios; marginacin teolgica que parece, por lo pronto, tremendamente injusta. Legitimado el derecho a la propiedad privada, a la posesin de bienes e, incluso, a cierta ostentacin de la

riqueza, fue fcil para la Iglesia Catlica recibir enormes donaciones de bienes muebles e inmuebles por parte del poder poltico, as como el diezmo de la renta que perciba de los creyentes y no creyentes sujetos a su ley (un impuesto que, en trminos reales equivale al 30 por ciento de las utilidades). Estos ingresos convirtieron a Roma en el primer poder econmico del mundo, y se mantuvieron hasta los siglos XVIII y XIX, cuando el creciente proceso de secularizacin surgido a partir del Renacimiento y acelerado tras la Revolucin Francesa, provoc la separacin de la Iglesia y el Estado. Esta ruptura, en su momento, condujo a la confiscacin o desamortizacin de los bienes eclesisticos, generalmente mediante una limitada compensacin econmica. En Espaa, la desamortizacin de Mendizbal llev al abandono de los monasterios por parte de la Iglesia y a la prdida o expolio de un enorme tesoro artstico.

La Doctrina Social de la Iglesia La prdida del poder econmico fue pareja a su prdida del poder poltico, como se refleja en la desaparicin de los Estados Pontificios (1870), aunque la Iglesia defendi hasta el ltimo momento sus viejos privilegios. De 1864 es el slabo de Po IX en que reivindica el antiguo rgimen antidemocrtico, y es por aquellos aos cuando se abre paso la afirmacin de que

el liberalismo es pecado. En 1870 el Concilio Vaticano I, asediado por fuerzas que percibe como hostiles, en un mundo en el que el anticlericalismo haba ganado numerosos adeptos, intenta mantener la autoridad moral de Roma y declara la infalibilidad del Papa, al menos cuando habla de cuestiones religiosas. Afortunadamente para la Iglesia, en 1878 es elegido Gioacchino Pessi al trono de San Pedro, quien elige el nombre de Len XIII, y se da a la tarea de tratar de devolver a la institucin el peso que el catolicismo haba perdido en su lucha contra las ideas liberales. Fijado ese objetivo, el nuevo Papa advierte que sus enemigos no son ya los liberales decididos a implantar una sociedad laica y democrtica, sino los socialistas y comunistas que niegan el carcter de derecho natural que Roma confiere a la tenencia de bienes. En el epgrafe 10 de la carta encclica Quod apostolici muneris, Len XIII afirma: Porque mientras los socialistas presentan el derecho de propiedad como invencin que repugna la igualdad natural de los hombres y, procurando la comunidad de bienes, piensan que no debe sufrirse con paciencia la pobreza y que pueden violarse impunemente las posesiones y derechos de los ricos; la Iglesia, con ms acierto y utilidad, reconoce la desigualdad entre los hombres naturalmente desemejados en fuerza de cuerpo y espritu aun en la posesin de bienes, y manda que cada uno tenga, intacto e inviolado, el derecho de propiedad y dominio que viene de la misma

naturaleza. No es extrao, pues, que Len XIII, hombre bien versado en los clsicos catlicos, especialmente en su compatriota Toms de Aquino, en 1891 publicara Rerum Novarum, una encclica que sera la piedra fundacional de lo que luego se llam Doctrina Social de la Iglesia (DSI). En este texto, que defiende la caridad y las actitudes piadosas que debe exhibir todo buen cristiano, hay adems, una manifiesta voluntad de dejar muy en claro que la Iglesia Catlica no es clasista no es una institucin creada para servir solamente a los desposedos, y, al mismo tiempo, sostiene y aprueba la existencia de la propiedad privada. En su epgrafe 2, desmintiendo a las entonces pujantes ideas marxistas, dice este Papa: creen los socialistas que en el traslado de los bienes particulares a la comunidad se podra curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, adems, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legtimos poseedores, altera la misin de la repblica y agita fundamentalmente a las naciones. Algunos prrafos ms adelante, en el epgrafe 6 de la misma encclica, Len XIII hace a Dios partidario del mercado y de la competencia entre las personas, al tiempo que ratifica su aprecio por la existencia de la propiedad privada: El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del gnero humano no puede oponerse en modo alguno a la

propiedad privada. Pues se dice que Dios dio la tierra en comn al gnero humano, no porque quisiera que su posesin fuera indivisa para todos, sino porque no asign a nadie la parte que habra de poseer, dejando la determinacin de las propiedades privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos. Tras la muerte de Len XIII en 1903, nada diferente se proclam en Roma en materia de doctrina social. Benedicto XV y Po X, los papas sucesivos, no promulgaron una letra que contradijera lo proclamado por Len XIII en Rerum Novarum. En 1922 fue elegido Po XI, quien en 1931, en medio del cido debate que divida a los fascistas, comunistas y demcratas, aprovech los cuarenta aos de la Rerum Novarum para dictar una nueva encclica, la Quadragesimo Anno, en laque se ratifica el carcter normativo de lo expresado por Len XIII. El epgrafe 39 lo afirma rotundamente: La Rerum Novarum es la Carta Magna del Orden Social. Y para que nadie se llame a engao con respecto a la posible relacin de los cristianos con el socialismo o el comunismo, su epgrafe 120 asegura que: socialismo religioso, socialismo cristiano, implican trminos contradictorios; nadie puede ser a la vez buen catlico y verdadero socialista. En 1937, poco antes de desatarse la Segunda Guerra Mundial, en otros dos documentos que lo honran, Po XI condena al nazismo (Mit brennender Sorge) y al comunismo (Divini Redemptoris).

Su sucesor, el cardenal Eugenio Pacelli, elegido Papa en 1939 con el nombre de Po XII, tampoco se apart en lo ms mnimo de esta lnea de pensamiento. Ms an: al cumplirse medio siglo de la Rerum Novarum, en 1941, mediante un difundidsimo mensaje radial que lleg al mundo entero por medio de la onda corta, el nuevo Pontfice reiter la posicin oficial de la Iglesia con relacin a la propiedad privada y a las ideas comunistas. A fines de la dcada de los cincuenta, las percepciones polticas y los juicios econmicos de Occidente comienzan a dar un giro significativo, del que la Iglesia Catlica no queda excluida. Las ideas marxistas y los gobiernos comunistas empiezan a valorarse de otro modo, pues la URSS muestra un impresionante crecimiento econmico desde el fin de la guerra (1945), as como un envidiable desarrollo tecnolgico que se pone de manifiesto con el lanzamiento en 1957 del primer satlite colocado por el hombre en el espacio. Ser anticomunista en aquellos aos poda ser un estigma, y hasta merecer el calificativo de perro, como en 1953 proclamara despectivamente Jean-Paul Sartre. Por otra parte, las ideas keynesianas parecen enterrar definitivamente las concepciones de la economa clsica y se abre paso el criterio de que el Estado tiene un importante papel que desempear en el desarrollo econmico de las naciones. John Maynard Keynes, economista britnico sin veleidades marxistas

en su juventud haba sido asesor de los rusos blancos que combatan la instauracin de los bolcheviques en Rusia, public en 1936 un influyente libro titulado Teora general de la ocupacin, el inters y el dinero, en el que propona la utilizacin del presupuesto pblico para estimular la demanda, generar empleo, garantizar el crecimiento sostenido de la economa y evitar las crisis cclicas que estremecan a la sociedad como la ocurrida en 1929. En realidad se trataba de una propuesta tcnica, basada en la manipulacin de los equilibrios macroeconmicos y no en una postura ideolgica. Pero lo que el economista ingls prescriba como frmula de salvacin del capitalismo ensayada con cierto xito por Franklin D. Roosevelt en Estados Unidos, aun sin proponrselo, coincida tangencialmente con la visin que fascistas y comunistas le atribuan al Estado. Esto es: un rol central como creador de riqueza y asignador de recursos, y no como un conjunto de instituciones neutras al servicio de los individuos. Slo que Keynes no pudo prever que, al margen de las presiones inflacionistas, su propuesta, pasada en Amrica Latina por la CEPAL, dara lugar a ineficientes y corruptas burocracias creadas por Estados empresarios que se convirtieron en la mayor fuente de despilfarro que haba conocido el continente. En cualquier caso, la Iglesia Catlica acus el impacto de esta reformulacin del papel del Estado. En 1958 el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli se convierte

en el papa Juan XXIII y lleva al Vaticano una imagen de bonachona generosidad, un tanto diferente a la culta pero ms bien fra que haba proyectado su antecesor Po XII. Poco despus de asumir la direccin espiritual de la Iglesia Catlica, Juan XXIII proclama la encclica Mater et Magistra, en cuyos apartados 117 y 118, muy keynesianamente, admite que la poca registra una progresiva ampliacin de la propiedad del Estado y la causa es que el bien comn exige hoy de la autoridad pblica el cumplimiento de una serie de funciones. Quin las llevara a cabo? La burocracia estatal, segn Juan XXIII, investida de virtudes casi angelicales: confiadas a ciudadanos que destaquen por su competencia tcnica y su probada honradez (...) cumplirn con fidelidad una funcin social encaminada al bien comn. De alguna manera, esta nueva visin de la Iglesia desmenta el principio de subsidiaridad proclamado varias dcadas antes, es decir, la conviccin de que el Estado slo deba sustituir a la sociedad civil en los asuntos econmicos cuando sta no pudiera o quisiera acometer alguna actividad fundamental para el conjunto de los ciudadanos. Ello no quiere decir, por supuesto, que Juan XXIII rectificara la tradicin romano-tomista de la Iglesia con relacin al derecho natural que asista a las personas de poseer bienes con carcter individual, posicin que fija firmemente en el epgrafe 109 de la citada encclica: Los nuevos aspectos de la economa moderna han creado dudas sobre si, en la actualidad, ha dejado de ser

vlido, o ha perdido, al menos, importancia, un principio de orden econmico y social enseado y propugnado firmemente por nuestros predecesores: esto es, el principio que establece que los hombres tienen un derecho natural a la propiedad privada de bienes, incluidos los de produccin. Estas dudas carecen de absoluto fundamento, porque el derecho de propiedad privada, aun en lo tocante a bienes de produccin, tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza, la cual nos ensea la prioridad del hombre sobre la sociedad civil. Y, todava dentro de la mejor tradicin liberal, el mismo texto seala a continuacin el grave peligro que sobreviene para el mantenimiento de las libertades cuando se suprime el derecho de propiedad, tal y como suceda en las naciones organizadas de acuerdo con el modelo comunista: La historia y la experiencia demuestran que en regmenes polticos que no reconocen a los particulares la propiedad, incluida la de los bienes de produccin, se viola o suprime totalmente el ejercicio de la libertad humana en las cosas ms fundamentales, lo cual demuestra con evidencia que el ejercicio de la libertad humana tiene su garanta y al mismo tiempo su estmulo en el derecho de propiedad. Sin embargo, Juan XXIII no pasara a la posteridad por Mater et Magistra o por Pacem in terris una encclica relacionada con los peligros de la guerra fra, y ni siquiera por su notable papel durante la llamada Crisis de los Misiles (1962) que puso al mundo al borde

de la destruccin, sino por haber convocado en 1959, a los pocos meses de su eleccin, al Concilio Vaticano II, evento que se llevara a cabo entre 1962 y 1965, y que culminara su sucesor Giovanni Battista Montini, arzobispo de Miln, conocido como Pablo VI a partir de su eleccin en 1963.

El Concilio Vaticano II Entre los antiguos romanos se llamaba concilio a las asambleas de los patricios, pero dentro de la tradicin catlica desde los orgenes cristianos se empez a calificar de esta forma a las reuniones de obispos. No obstante, los concilios ecumnicos de toda la cristiandad tuvieron su origen en Nicea, en el 325 d. C., cuando el emperador Constantino convoc a los jerarcas catlicos a uno de sus palacios imperiales para ponerlos de acuerdo en las creencias fundamentales de la religin luego expresadas en el Credo que todava se reza, y para expulsar al hereje Arrio del seno de la Iglesia por sus opiniones teolgicas sobre la real naturaleza de Jess. Ese primer concilio marcara el objetivo de este tipo de evento durante quince siglos del 325 al 1870, y dentro de ese espritu de ajustar las posiciones oficiales de la Iglesia frente a innumerables problemas, se llevaran a cabo una veintena de estas magnas reuniones. Sin embargo, al declararse en 1870, como

resultado del Concilio Vaticano I, que el Papa era infalible, que no se poda equivocar cuando crea interpretar la voluntad de Dios, sbitamente la utilidad de estos Concilios qued devaluada: si el Papa no erraba nunca, la Iglesia no deba debatir sino, simplemente, obedecer. De ah la extraordinaria importancia del Concilio Vaticano II: no era un concilio ms. Era la oportunidad de revisar la postura de la Iglesia ante una infinidad de problemas, pero ahora los desacuerdos no eran tanto teolgicos como sociales. Al fin y al cabo, desde la celebracin del ltimo Concilio (1870) haban sucedido dos guerras mundiales, la instauracin del comunismo en la URSS, Europa Oriental, China, Mongolia, Corea y Vietnam del Norte, y hasta en Cuba, donde la revolucin que haba triunfado en 1959 haba confundido a numerosos jvenes radicales del Tercer Mundo, especialmente en Amrica Latina. Incluso el propio Juan XXIII, poco antes de morir, en un gesto en el que reconoca la necesidad de llegar a una suerte de entendimiento con un poder tan formidable como el que exhiban los comunistas, haba recibido en audiencia privada al director de Pravda, Sergui Adzhubei, yerno de Nikita S. Jruschov, entonces mximo dirigente sovitico. Es interesante constatar algunas diferencias demogrficas entre los Concilios Vaticanos I y II. El que convoc Po IX en el siglo XIX tuvo una participacin de 793 prelados, de los que apenas una veintena provenan

de Amrica Latina. Los italianos, en cambio, con 285 representantes, alcanzaban ms de un tercio de los presentes. En Vaticano II la asistencia media total fue en torno a los dos mil quinientos religiosos, de los que ms de cuatrocientos procedan de Amrica Latina. Italia segua siendo la nacin con una mayor presencia (385), pero su peso relativo haba disminuido. Por primera vez la presencia del Tercer Mundo comenzaba a ser muy notable en las decisiones de la Iglesia: Congo con 44 obispos, Tanganika con 23, India con 72, Filipinas con cuarenta. Los representantes de Albania, Bulgaria, Repblica Popular China, Corea del Norte y Vietnam del Norte no pudieron asistir. Pese a esta democratizacin del Concilio Vaticano II, en realidad el Papa mantuvo el privilegio de elegir a los expertos que asesoraran a los obispos (casi todos los asistentes lo eran) y a otros dignatarios de la Iglesia, grupo que sobrepas los cuatro centenares de personas, abrumadoramente procedentes de los pases desarrollados del Primer Mundo. Italia tanto con Roncalli como con Montini aportaba ms de un tercio de estos notables asesores. Los laicos, invitados como oyentes o auditores, fueron muy pocos, y las mujeres a las que se les ved el acceso en las dos primeras sesiones generales slo tuvieron una mnima presencia de 23 personas, diez de las cuales eran religiosas y trece laicas. Indudablemente, la vieja tradicin sexista de la Iglesia prevaleca, aunque algo debilitada por los tiempos modernos.

Vaticano II, como hemos sealado, dur tres aos (19621965), algo ms que Vaticano I (18691870), cuyo trabajo se vio interrumpido por la Guerra FrancoPrusiana, perodo no demasiado largo si sabemos que el Concilio de Trento tard nada menos que dieciocho aos, tras una convocatoria de ocho. Y el fruto de estos tres aos de trabajo intenso, de reuniones interminables y de debates en los que participaban centenares de expositores, algunos conducidos en latn, gener diecisis documentos conciliares. Naturalmente, la discusin ms espinosa fue la referida a Gaudium et Spes, pues en este texto se abandona la tradicin tomista de considerar la propiedad privada como un derecho natural, y hasta se ignora la peticin de 332 obispos que haban propuesto una contundente condena al comunismo. En cierta forma, queda abierto el camino para lo que luego se llamara Teologa de la Liberacin.

forma justa, segn la regla de la justicia inseparable de la caridad. Todos los dems derechos, sean los que sean, comprendidos en ellos los de propiedad y comercio libre, a ello estn subordinados; no deben estorbar, antes al contrario facilitar su realizacin, y es un deber social grave y urgente hacerlos regresar a su finalidad primera. De manera dulce, sin decirlo, pero difanamente, en Populorum Progressio la Iglesia rompa con Rerum Novarum y se acoga a lo que Carlos Rangel luego llamara la mentalidad tercermundista. Cmo haba surgido esta transformacin? Probablemente, como consecuencia de la frustracin ante el fracaso de las teoras econmicas que explicaban el origen del subdesarrollo. A lo largo de la dcada de los cuarenta y cincuenta, la hiptesis desarrollista cepalina planificacin, proteccin arancelaria, Estados empresarios, sustitucin de importaciones, industrializacin forzada haba naufragado, y lo que en 1960 propona Walt Rostow en su libro Las etapas del crecimiento econmico15 no pareca compadecerse con los hechos. La verdad es que alcanzar un cierto PIB por habitante el umbral mtico o una determinada tasa de formacin de capital interno, no franqueaba automticamente las puertas de la prosperidad. El problema pareca estar en otro lado. Es entonces cuando comienza a abrirse paso la Rostow, Walt, The stages of economic growth, 3.a ed. Cambridge University Press, 1990.

llamada teora de la dependencia originalmente proclamada por los cepalinos, luego formulada por Fernando Henrique Cardoso en un libro que llevara ese nombre, mediante la cual los polticos y acadmicos del vecindario marxista atribuyen la pobreza del perifrico Tercer Mundo a una especie de diseo a que le condenan los centros de poder del capitalismo central, pues lo inducen a producir aquello que conviene y cuanto conviene a las naciones del Primer Mundo. Dentro de este contexto intelectual Pablo VI proclama en 1967 la encclica Populorum Progressio, tras recibir la ayuda decisiva del dominico Louis-Joseph Lebret, un cientfico social que en el libro Dinmica concreta del desarrollo16 haba demostrado su rechazo a la economa de mercado y su orientacin marcadamente radical. Esta encclica muy bien puede considerarse como uno de los documentos clave para percibir los errores de juicio que convierten a la Iglesia en un fabricante de miseria. Y como veremos ms adelante la Populorum Progressio (P.P.) construy el equivocado paradigma sobre el que se constituy, primero, la llamada Teologa de la Liberacin, y luego y hasta hoy, la base de los razonamientos econmicos sobre los que obispos y rdenes religiosas suelen edificar sus Lebret, Louis-Joseph, Dinmica concreta del desarrollo, Herder, Barcelona, 1966.

propuestas en Amrica Latina. Es tal el galimatas ideolgico y la confusin provocados por estos textos, que en el otro extremo del abanico poltico los militares argentinos ms reaccionarios solan invocar las mismas encclicas que defendan los partidarios de la Teologa de la Liberacin. La primera objecin que hay que hacerle a este texto tiene que ver con su raigal irracionalidad terica. Todo el juicio crtico est montado sobre la base de una comparacin. Hay pases ricos en los que el lujo puede llegar a ser ofensivo, y hay pases pobres en que las personas estn desprovistas de los bienes ms elementales. Hay personas ricas que gozan de toda clase de comodidades y, en la misma regin, hay personas miserables que, literalmente, mueren de hambre y de enfermedades perfectamente curables. Es decir: lo que la Iglesia est haciendo es una comparacin cuantitativa y cualitativa de la riqueza. Est comparando viviendas, alimentacin, vestido, atencin mdica, educacin, medios de transporte, disponibilidad de ocio, etctera. Al Papa y con l a la Iglesia le duele, le lastima, que unos tengan ms que otros, postura, por dems congruente con la ms vieja tradicin cristiana. Ntese que lo que provoca la indignacin de la Iglesia son las diferencias materiales. En ningn momento el Papa, a travs de su encclica, censura las posibles diferencias espirituales o morales entre ricos y

pobres, probablemente porque no existen, o porque no son observables y por tanto resulta imposible cuantificarlas. Pero esta omisin no le impide asegurar que: El desarrollo no se reduce al simple crecimiento econmico (...) para ser autntica debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre (P.P. 14). Para la Iglesia, integral es lo opuesto a lo econmico, a lo mensurable. Es algo impreciso que engloba todas las dimensiones de la persona, mostrando cierto asctico desprecio por la satisfaccin de los aspectos materiales. El tener ms, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin ltimo. Todo crecimiento es ambivalente (P.P. 19). En qu quedamos? La Iglesia sabe que hay personas que tienen muy poco porque las compara con otras que tienen mucho. Es obvio que el desarrollo es siempre una categora comparativa. Si todos los humanos vivieran miserablemente, la pobreza o la riqueza habran desaparecido. Sabemos que Paraguay es pobre porque lo comparamos con Dinamarca. Y sabemos exactamente igual que lo sabe la Iglesia que es ms pobre porque consume menos. La ambigedad en el lenguaje puede ser una forma de enmascarar la ignorancia o en el peor de los casos un sntoma de poca seriedad intelectual. Cuando la Iglesia o las instituciones que la componen reclaman el desarrollo integral de la persona y la relacin que esto tiene con la posesin de

bienes materiales qu es, exactamente, lo que estn proponiendo? Quines son los modelos humanos que se comportan con arreglo a lo que la Iglesia supone moralmente aceptable y qu bienes poseen? Es la clase media canadiense o la sueca? A quines quiere la Iglesia que se parezcan los pobres del mundo? Supongamos que la justa medida es la que se refleja en el modo de vida de la mayor parte de los obispos y cardenales, pues si ellos son los que dictan las normas, y ellos, junto al Papa, interpretan la voluntad de Dios, ellos deben constituir el canon. Cmo suelen vivir los obispos y cardenales hoy, tras el Concilio Vaticano II? No nos referimos al de Trento, en el que el cardenal Gonzaga llevaba ciento sesenta sirvientes y ayudantes, o al de Constanza, en el que el arzobispo de Maguncia se present con quinientos. Pues hoy los obispos y cardenales suelen tener viviendas confortables, agradablemente climatizadas, coche, medios de comunicacin modernos (TV, telfono, fax, Internet), comida suficiente y balanceada, y ayuda domstica. Grosso modo, estos dignatarios de la Iglesia viven como vive la clase media alta en cualquier nacin del Primer Mundo, como viven los ejecutivos de las grandes corporaciones. No tienen yates (en una poca los tuvieron), ni coches muy lujosos, pero tampoco la clase media alta puede disfrutar de estos lujos costosos. Qu parte de los bienes que los obispos y cardenales utilizan son realmente necesarios? Y si es

cierto que las diferencias en los modos de vida y en el uso de ciertos bienes ofenden a Dios es eso lo que sucede cuando se compara el estndar de vida de la jerarqua eclesistica con la de los pobres que malviven en los peores tugurios de los cinturones urbanos o en los inmundos caseros rurales? Otra duda surge, simultneamente, que merece una precisa respuesta de la Iglesia. En la P.P., y en decenas de documentos de la Iglesia desde su fundacin hasta hoy, se insiste en la relacin perversa de quienes tienen y quienes no tienen, achacndoles a los primeros las desdichas de los ltimos. Cuando un obispo o un cardenal de esos que, en un elegante latn, redactaron el Gaudium et Spes, o cuando el Papa, tras proclamar la Populorum Progressio, contrastaron sus modos de vida con los de quienes Franz Fannon llamaba los condenados de la tierra, se preguntaron cuntos de los bienes que ellos consumen y cunto del costo de la vida confortable que ellos disfrutan es el producto del despojo de quienes nada tienen? Porque si la lgica econmica de estas personas afortunadamente para sus conciencias, notablemente disparatada las incluye a ellas mismas en sus conclusiones, si no estn exentas de sus propios juicios universales, hay gentes en este mundo injusto que pagan por lo que ellos gozan. Sigamos con las contradicciones. Segn se infiere de la Populorum Progressio, el objetivo de la Iglesia es rescatar a los pobres de su miseria y elevarlos a un estndar de vida digno, comparable ya lo hemos

dicho al que se observa en los pases explotadores. Pero cmo alcanzaron las sociedades del Primer Mundo el nivel de vida que poseen? Lo hicieron, a juicio de la Encclica, de una manera reprobable, que recuerda a la etapa de la acumulacin primitiva sealada por los marxistas en sus textos. La Populorum Progressio es terminante: Pero, por desgracia, sobre estas nuevas condiciones de la sociedad se construy un sistema que consideraba el lucro como el motivo esencial del progreso econmico, la competencia como la ley suprema de la economa, la propiedad privada de los medios de produccin como un derecho absoluto, sin lmites ni obligaciones sociales correspondientes. Este liberalismo econmico conduca a la dictadura, justamente denunciada por Po XI como generadora del imperialismo internacional del dinero. Pero si es verdad que un cierto capitalismo fue la causa de muchos sufrimientos, de injusticias y de luchas fratricidas, cuyos efectos duran todava, sera injusto que se atribuyera a la industrializacin misma los males que son debidos al nefasto sistema que le acompaaba (P.P. 26). Es interesante que, en las tres o cuatro primeras lneas del prrafo citado, Pablo VI consigna las tres fobias que, por razones morales, una y otra vez fustiga el catolicismo: la bsqueda del lucro, la competencia y la propiedad privada. Es como si el Santo Padre o sus asesores en materia econmica no entendieran la naturaleza humana y mucho menos los mecanismos ntimos que rigen la creacin de riquezas, algo difcil de

comprender en una sabia institucin que cuenta con dos mil aos de existencia, casi todos en compaa, precisamente, de las clases dirigentes y adineradas. Sin el afn de lucro, sin la voluntad de sobresalir, las personas no consiguen prosperar. Conoca Pablo VI lo que suceda en las dictaduras comunistas, en las que se haba demonizado el afn de lucro? No saba de esas muchedumbres impasibles, apticamente marginadas de la actividad econmica por la falta de motivaciones? Sera cierto, como en 1905 escribi Max Weber, que las comunidades protestantes son ms ricas que las catlicas porque cultivan una tica de trabajo que no penaliza el afn de lucro, siempre que se mantenga dentro de los lmites que marca la ley? Y si el afn de lucro forma parte de la tica de trabajo que impulsa la creacin de riquezas, lo que se traduce en unas formas ms ricas de vida, cmo aspirar lgicamente a los niveles de confort y prosperidad que caracteriza a las sociedades ricas si se renuncia al resorte sicolgico que mejor los propicia? En cuanto a la competencia, sucede exactamente lo mismo. De acuerdo con la P.P., no hay duda de que Su Santidad tiene serias dificultades en entender el papel que desempea la competencia en la mejora de la sociedad. Sin ella, sencillamente, no hay progreso ni desarrollo. La competencia es el modo que tiene la sociedad de purgar sus errores y de crear formas de vida cada vez mejores y, all donde funciona el mercado, ms baratas. Es cierto que la competencia coloca sobre la

persona una dursima tensin o estrs, como se dice en nuestros das, pero de ella depende la posibilidad de mejorar el mundo en que vivimos. Hace ochenta aos que esto lo explic con toda claridad un economista austraco llamado Joseph Schumpeter. La competencia dura, demandante, a veces agnica, es lo que hace que las personas y las empresas se esfuercen por hacer las cosas mejor y a mejores precios. Que en el camino hay personas y empresas que fracasan? Por supuesto. Si no hubiera fracasos, si diera igual producir poco o mucho, bien o mal, por qu las personas o las empresas se iban a esforzar? Los mejores ejemplos para ilustrar lo que Schumpeter que era liberal ma non troppo llamaba la destruccin creadora del mercado y el efecto de la competencia hay que buscarlos en aquellos pases en donde ese mecanismo dej de funcionar. Haba dos Alemanias. En una, la Occidental, los productores vivan atenazados por la necesidad de competir. Se competa entre empresas que fabricaban los mismos productos Mercedes, BMW, VW, entre personas que aspiraban a los mismos puestos de trabajo, entre polticos que deseaban ocupar los mismos cargos. En la otra Alemania no se competa. La moral marxista tampoco crea en la deshumanizante tensin que eso generaba entre las personas. Resultado? La Alemania comunista era infinitamente ms pobre, desesperanzada y ruin que la capitalista, y quienes vivan protegidos por un muro de los efectos de la competencia, corran toda

clase de riesgos para trasladarse al otro lado. Hasta el da que consiguieron derribar la infausta pared. Algo similar puede alegarse de la propiedad privada. Sin propiedad privada y as lo sostuvo la Iglesia durante quince siglos es muy difcil mantener la libertad de las personas. Es un derecho natural, porque es algo que las gentes conquistan con su trabajo. Cuando se pierde esa relacin entre el esfuerzo personal y la obtencin de bienes privados, los seres humanos quedan a merced de quien detenta los derechos de propiedad, sea el Estado u otra entidad colectiva. A partir de ese momento las posibilidades de decidir sobre la propia vida se reducen notablemente, porque el control de nuestros actos queda en las manos de otras personas. Pero hay ms. Al margen de este debate abstracto aunque de muy concretas consecuencias est archidemostrada la vinculacin que existe entre la prosperidad y el respeto por la propiedad privada. Douglas North y Ronald Coase han obtenido el Premio Nobel por exponer esa relacin sin la menor duda. Violar esos derechos, redistribuir tierras o riquezas revolucionariamente para lograr un mayor grado de equidad, suele ser una receta infalible para provocar el fracaso. Amrica Latina ha comprobado este fenmeno innumerables veces. Lo ha visto con Pern, con Castro, con Velasco Alvarado, incluso con la tan alabada revolucin agraria mexicana, que al cabo de ms de setenta aos mantiene a la mitad de la poblacin

mayoritariamente la de carcter rural por debajo de los niveles de pobreza. No estamos diciendo que la P.P. se coloque al lado de la subversin aunque al comunismo slo lo condena implcitamente, porque sera ignorar el siguiente prrafo: Sin embargo, como es sabido, la insurreccin revolucionaria salvo en el caso de tirana evidente y prolongada, que atentase gravemente contra los derechos fundamentales de la persona y daase peligrosamente el bien comn del pas engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y produce nuevas ruinas. No se puede combatir un mal al precio de un mal mayor. (P.P. 31) Lo que afirmamos es que, cuando una y otra vez la Iglesia subordina el derecho de propiedad a que ste cumpla esa vaporosa funcin social que se le exige para que sea moralmente justificable, frmula imprecisa que alienta cualquier arbitrariedad, lo que se consigue no es una sociedad ms equitativa, sino una sociedad ms pobre, en la que los capitales nacionales el ahorro se destruyen, y los capitales internacionales no acuden por falta de garantas. Lo que afirmamos es que en el lenguaje de la Iglesia Catlica especialmente a partir de la Populorum Progressio hay una permanente censura moral contra el capitalismo que le hace un flaco servicio a los menesterosos del Tercer Mundo, que padecen, precisamente, la desgracia de no poseer suficientes capitales y un nmero adecuado de empresas vigorosas.

Es acaso tan difcil de entender uno de los mecanismos que explican la dinmica del desarrollo econmico? Si no hay ahorro e inversin no es posible eliminar la miseria. Es el ahorro suficiente o excesivo del que ha superado el umbral de lo imprescindible lo que hace posible un aumento de los ingresos de los menos favorecidos. Al mismo tiempo, es la inversin en bienes de capital lo que suele aumentar la productividad, reducir los costos y generar un crecimiento intensivo de la economa, fenmeno que acaba por multiplicar los puestos de trabajo y el monto de los salarios. Demonizado el capitalismo, colocado bajo sospecha el mercado, qu frmula propone la P.P. para sacar a los pobres de su dolorosa miseria? Propone algo tan irreal, tan fuera de este mundo, que no pasa de ser una posicin meramente retrica: sugiere que los pases (y las personas) poderosos transfieran una parte importante de sus riquezas a los necesitados. Es decir, para la P.P. el modo de abordar la miseria es la caridad internacional: Ante la creciente indigencia de los pases subdesarrollados, se debe considerar como normal el que un pas desarrollado consagre una parte de su produccin a satisfacer las necesidades de aqullos; igualmente normal que formen educadores, ingenieros, tcnicos, sabios que pongan su ciencia y su competencia al servicio de ellos (P.P. 48). Para las personas, la proposicin no es menos ilusa: A cada cual toca examinar su conciencia, que tiene una

nueva voz para nuestra poca. Est dispuesto a sostener con su dinero las obras y las empresas organizadas en favor de los ms pobres? A pagar ms impuestos para que los poderes pblicos intensifiquen sus esfuerzos para el desarrollo? A comprar ms caros los productos importados a fin de remunerar ms justamente al productor? (P.P. 47). Por supuesto que los pases prsperos en alguna medida generalmente pequea ayudan a los ms necesitados. Naciones Unidas ha tratado de generalizar que se done el 0,7 por ciento del PIB para estos fines, pero muy pocos son los Estados que alcanzan esa cifra, una de las partidas del presupuesto que ms rechazan los electores, especialmente en los pases catlicos (los escandinavos, mayoritariamente luteranos, son los ms generosos). Y es muy natural que as sea. Quien conozca la historia y el efecto real de esas ayudas no puede menos que sentirse escptico ante el planteamiento del Papa: ninguna sociedad ha prosperado con la caridad externa. Cuando J. F. Kennedy dedic treinta mil millones a la Alianza para el Progreso, se crea que esto constituira una gran sacudida. Y no pas nada. A lo largo de treinta aos Cuba recibi unos cien mil millones de dlares en subsidios soviticos y, pese a esa gigantesca limosna, el pas estaba en peores condiciones que cuando se asoci a la URSS. El problema radica en que el alivio y la solucin de la pobreza en Amrica Latina habra que abordarlos con los mtodos que la Iglesia censura: contribuyendo a

crear una cultura empresarial tensa, competitiva, ambiciosa, innovadora; estimulando en las personas el deseo de sobresalir, y reconocindoles todos los mritos cuando han logrado triunfar y hacer fortuna. Porque no es con la humilde actitud contemplativa o con el desprecio olmpico por los bienes materiales con lo que se crea riqueza, sino con el deseo de triunfar, de poseer, de disfrutar. La pobreza no se puede extirpar con el espritu asctico, sino con el ldico, con el que no rehye las cosas gratas y el confort que la vida puede brindar a este no necesariamente valle de lgrimas.

Cristianismo y marxismo iberoamericanos A partir del pontificado de Juan XXIII, en todo el mundo poltico iberoamericano comenz a percibirse un acercamiento entre ciertos sectores cristianos y las posiciones marxistas. En esa relacin contranatura, los marxistas, sin renunciar al materialismo dialctico y a su connatural atesmo, redujeron al mnimo el habitual anticlericalismo de la secta, y a cambio estos cristianos hicieron suyos muchos de los diagnsticos comunistas, as como el recetario teraputico que los acompaaba, simbiosis que acab pagando la sociedad como consecuencia de las disparatadas polticas pblicas defendidas por unos y otros. En Espaa o ms bien fuera de ella el socialdemcrata Partido Socialista Obrero Espaol

(PSOE), en su X Congreso realizado en el exilio, en agosto de 1967, cita profusamente los documentos de Vaticano II y declara que no es verdad que exista esa escisin maniquea entre un mundo ateo y materialista y un mundo religioso y espiritualista. Y no era sorprendente que se proclamara tal cosa, porque ya haba comenzado un proceso de radicalizacin de los democristianos tradicionales, que terminaron creando en 1959 la Izquierda Demcrata Cristiana, bajo la inspiracin del catedrtico de Derecho Manuel Gimnez Fernndez. Algunos de estos democristianos progresistas, como es el caso de Julio Rodrguez Arramberri, avanzaran tanto en sus posiciones que terminaron por convertirse en idelogos de la trotskista Liga Comunista Revolucionaria; otros, en cambio, como D. Gregorio Peces-Barba, Flix Pons, Juan Manuel Eguiagaray o Pedro Altares, se quedaran dentro de las coordenadas de un dulce socialismo vegetariano, afortunadamente defensor del Estado de Derecho y de la democracia representativa. Los comunistas espaoles de lnea sovitica tambin advirtieron que el cambio que se operaba en la Iglesia poda ser un buen instrumento estratgico para ganar espacio poltico. En 1963 inauguran la publicacin terica Realidad con un elogio a la Encclica Pacem in Terris de Juan XXIII, por todo lo que tiene de defensora de la tesis moscovita de la coexistencia pacfica. Tampoco ignoran que los sindicalistas catlicos han alcanzado una gran penetracin en el aparato obrero

ante el desprestigio creciente del sindicalismo vertical franquista. Jorge Semprn, comunista importante en la dcada de los sesenta y luego uno de sus ms lcidos y efectivos crticoslo dej en claro en 1967 en el nmero 11 de Cuadernos de Ruedo Ibrico: nuestro esfuerzo ha de ser apoyar a este sector ms avanzado del movimiento catlico sin confusionismos ideolgicos ni oportunismos. Esa poltica de brazos abiertos pronto le dio frutos al Partido Comunista y en 1974 en l ingresaba Alfonso Comn, un intelectual cristiano notablemente influyente entre los creyentes y entre los marxistas, quien en 1970 formaba parte de Bandera Roja y mucho antes haba estado entrelos gestores del Frente de Liberacin conocido como FELIPE. Ese desembarco de los cristianos de izquierda en el socialismo y en el comunismo provoc ciertos reparos ideolgicos en intelectuales marxistas como Manuel Sacristn, a quien no se le ocultaban las contradicciones que tal cosa entraaba, pero las ventajas tcticas que ofreca esa colaboracin eran mucho mayores que la incoherencia que generaba en un marxista que se tomara en serio el pensamiento del autor de El Capital. A fin de cuentas, todo cristiano, por definicin, debe tener como centro de sus creencias una concepcin trascendente de la existencia humana, es decir, exactamente lo contrario del punto de partida terico de las elucubraciones marxistas. Por otra parte, si la dialctica materialista era cierta, la trascendencia cristiana resultaba falsa, y viceversa. Slo que en la

dcada de los setenta ese debate filosfico, a punto de morir Franco, era tan bizantino como discutir el sexo de los ngeles con los turcos a las puertas de Constantinopla. En Amrica Latina ocurri exactamente lo mismo que en Espaa y dentro de un calendario muy parecido. El triunfo de la revolucin cubana en 1959 coincidi con el pontificado de Juan XXIII, quien poco antes de morir, en 1962, tras la Crisis de los Misiles que puso al mundo al borde de la destruccin, pese a que Castro le pidi a Jruschov que lanzara los cohetes contra Estados Unidos, no tuvo inconveniente en otorgarle al dictador cubano una medalla de reconocimiento por medio de la embajada de La Habana ante el Vaticano. Muy pronto la estrategia castrista y sus vnculos con los cristianos radicales se hicieron sentir. A mediados de la dcada de los sesenta, el sacerdote colombiano Camilo Torres mora en un enfrentamiento con el ejrcito tras haber creado un frente guerrillero. Aunque el trmino se acuara algunos aos ms tarde por el telogo peruano Gustavo Gutirrez, Torres fue el primer representante genuino de la Teologa de la Liberacin. Esto es, la aceptacin, por parte de los cristianos, de la inevitabilidad de la lucha armada, ante la imposibilidad de desmontar las injusticias sociales por vas pacficas. Eso era, precisamente, lo que se desprenda con toda lgica de la admisin de la Teora de la Dependencia. Segn sus idelogos, como hemos sealado, Amrica Latina no poda desarrollarse como

consecuencia de un modo y una clase de produccin impuestos desde el centro desarrollado los pases imperialistas, aliados con la burguesa local, grupo que no era otra cosa que una correa de transmisin de los grandes poderes capitalistas internacionales. Ante esa infame alianza, no quedaba otra opcin que el levantamiento armado y la creacin de un gobierno revolucionario. Y cmo se llevara a cabo esa epopeya? Pues, por el procedimiento cubano descrito por el Che Guevara en La guerra de guerrillas17 y por Rgis Debray en Revolucin en la revolucin?18 Mediante focos guerrilleros surgidos en las zonas rurales que fueran desarrollndose y concientizando a los grupos radicales urbanos hasta llegar a la toma de las ciudades y a la destruccin y sustitucin del Estado burgus. Esa tesis insurreccionalista, sin embargo, debi coexistir con otra de carcter electoralista surgida bsicamente en Chile como consecuencia de distintos desprendimientos por la izquierda del Partido Demcrata Cristiano. En 1969 se escindi el Movimiento de Accin Popular (MAPU) y en 1971 se c r e a C r i s t i a n o s p o r e l S o c ia l is m o p a r a , simultneamente respaldar al gobierno de Allende y Guevara, Ernesto, La guerra de guerrillas. Incluida en Obra Revolucionaria, Era, Mxico, 1968. Debray, Rgis, Revolucin en la revolucin?, Era, Mxico, 1976.

radicalizar en el plano terico a los democristianos ms propicios. En ese mismo ao, no obstante, en el Congreso Nacional de Educacin y Cultura celebrado en La Habana, durante un acceso de estalinismo que superaba con creces al modelo sovitico de entonces, tras arremeter contra los homosexuales y los intelectuales crticos, los organizadores del evento, sin duda interpretando el pensamiento de Castro, declaraban paladinamente y sin el menor rubor: no estimular, apoyar o ayudar a ningn grupo religioso ni pedir nada de ellos. No compartimos las creencias religiosas ni las apoyamos, postura que ser la oficial del gobierno cubano hasta el IV Congreso del Partido (1991), tras la desaparicin de la URSS y el fin del millonario subsidio que Cuba reciba de Mosc, fecha en que se decide permitir el ingreso de los creyentes al partido Comunista, fenmeno, por cierto, que sucedi en sentido contrario. Fueron algunos comunistas quienes se acercaron a la Iglesia para bautizar a sus hijos y a reconciliarse con la religin tradicional de Cuba. Mxico y Brasil son dos de los pases latinoamericanos en los que la coincidencia entre cristianos laicos, marxistas y clrigos radicalizados ha alcanzado una mayor fusin. En Mxico el motejado como obispo rojo de Cuernavaca, Sergio Mndez Arceo, amigo y defensor de la dictadura cubana y Samuel Ruiz, obispo de Chiapas a quien sus compatriotas sindican como el verdadero Comandante

del movimiento zapatista, ya que el famoso Marcos se hace llamar Subcomandante, son buenos ejemplos de los vnculos entre sectores de la Iglesia y los comunistas. Pero es en el Brasil donde la Teologa de la Liberacin y el acercamiento entre marxistas y curas radicalizados ha rendido a los comunistas los mayores dividendos. Marta Harnecker, chilena y dirigente catlica en su juventud, maosta posteriormente, luego convertida al castrismo ms burdo y represivo, lo afirm con toda franqueza en 1994: Todos los movimientos sociales que surgieron al final de la dictadura tuvieron su origen en el trabajo de la Iglesia. Y tena porqu saberlo. Era la esposa del general cubano Manuel Pieiro Losada, primero viceministro jefe de la Direccin General de Inteligencia y luego director de Amrica Latina del Comit Central del Partido Comunista de Cuba, desde cuyos cargos organizaba la subversin en Amrica Latina. En efecto, como afirma Rafael Daz Salazar:19 Cristianos formados y alentados por la Comisin Pastoral de la Tierra dieron vida al MST (Movimiento de los Sin Tierra) y a organizaciones ecologistas campesinas, uno de cuyos lderes fue Chico Mendes. Y luego aade: En el mbito poltico, la influencia de la Iglesia y del cristianismo de la liberacin han sido totalmente decisivas para la creacin en 1980 del Daz-Salazar, Rafael, La Iglesia y el Cristianismo, Taurus, Madrid, 1998.

Partido de los Trabajadores, el mayor partido de izquierda de toda Amrica Latina. Algo que tcitamente admite Lula da Silva en una cita recogida por Daz-Salazar: En Amrica Latina gran parte de los avances polticos se deben a la Iglesia Catlica a travs de las comunidades de base, de la pastoral de la tierra, de la pastoral obrera, etctera. Un trabajo fantstico, serio, de la Iglesia Catlica en los sectores populares. La Iglesia tiene que servir para eso, para animar al pueblo en sus derechos y luchas, darle fuerza espiritual y ofrecerle caminos para luchar contra las injusticias, pues al fin y al cabo eso es lo que hizo Jesucristo la vida entera. Segn el citado autor, a cuya investigacin hemos recurrido profusamente en este epgrafe, esta colaboracin entre el Partido del Trabajo y la Iglesia se puede demostrar en el xito de Lula precisamente all donde la labor de la Iglesia ha sido ms intensa.

El peso del CELAM En el verano de 1998 el presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), monseor Oscar Andrs Rodrguez, declar que pensaba recurrir a la Corte Internacional de Justicia para que determinara si es legal cobrarles a los pases del continente la deuda contrada con los centros financieros internacionales. En realidad eso era meterse en camisa de once

varas, pues alguien poda sentirse tentado por el precedente para preguntar si fue legal cobrarles el diezmo a los cristianos (y no cristianos) sin su consentimiento expreso durante mil quinientos aos, pero la relevancia que alcanz esa noticia en la prensa sirve para subrayar otra cosa tal vez ms importante: el peso destacado que ha adquirido el CELAM dentro de la conciencia poltica latinoamericana. Lo que dice el CELAM nunca mejor dicho va a misa. Pero el asunto es que el CELAM suele incurrir en notorios disparates de tipo conceptual que acaban generando un mayor nmero de problemas que los que pretende solucionar. En cierto sentido, los obispos, cuando se renen a opinar de cuestiones econmicas, se convierten en unas eficientes mquinas de fabricar miseria. El CELAM es un organismo oficial de la Iglesia Catlica, creado por Po XII en 1955 poco antes del final de su pontificado. Es el punto de encuentro de las 22 Conferencias Episcopales del mundo latinoamericano, incluido el Caribe y las Antillas. Cada cuatro aos se rene la Asamblea Ordinaria y los presidentes de estas Conferencias locales eligen a los directivos del CELAM. Con bastante justicia puede decirse que la confusin en materia econmica y poltica introducida por los obispos tuvo su inicio en la convencin reunida en Medelln en 1968. Y tambin sin faltar a la verdad es posible afirmar que los documentos del CELAM, a partir de esta fecha, muestran una variante diferenciada de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Lo razonable

sera hablar de una DSI latinoamericana, pero hasta ahora, ignoramos las razones, no se ha querido reconocer esta desviacin ideolgica. Medelln tuvo su origen, por supuesto, en Vaticano II. Tras finalizar el Concilio, los obispos decidieron adaptar la accin de la Iglesia Catlica a las nuevas directrices, y tras varias reuniones previas y documentos de trabajo, las diecisis comisiones consiguieron redactar un documento final en el que se hicieron eco de equivocadas formas de interpretar los hechos econmicos. En la parte titulada Promocin Humana, en el captulo llamado Justicia, ya en el primer prrafo censuraron la globalizacin econmica sin darse cuenta de que sta como se demuestra en diversos casos favorece a las masas:Los pequeos artesanos e industriales son presionados por intereses mayores y no pocos grandes industriales de Latinoamrica van pasando progresivamente a depender de empresas mundiales. No podemos ignorar el fenmeno de esta casi universal frustracin de legtimas aspiraciones que crea el clima de angustia colectiva que ya estamos viviendo (Medelln, 1, 1). Ms adelante, en el epgrafe denominado Empresa y economa, con un toque claramente demaggico, descalifican el derecho a poseer empresas, apoyndose en el peregrino argumento de que, al ser la produccin el resultado de la coordinacin entre el capital y el trabajo, no es posible que nadie posea individuos. Dicen los obispos: el sistema empresarial latinoamericano y,

por l, la economa actual, responden a una concepcin errnea sobre el derecho de propiedad de los medios de produccin y sobre la finalidad misma de la economa. La empresa, en una economa verdaderamente humana, no se identifica con los dueos del capital, porque es fundamentalmente comunidad de personas y unidad de trabajo, que necesitan de capitales para la produccin de bienes. Una persona o un grupo de personas no pueden ser propiedad de un individuo, de una sociedad o de un Estado. Esta ltima frase los lleva a establecer una equivalencia moral entre la economa de mercado y la economa colectivista defendida por los comunistas, con un prrafo tan injusto como resultara de afirmar que apenas hay diferencias entre Costa Rica y Cuba o entre Holanda y Corea del Norte. Vemoslo: El sistema liberal capitalista y la tentacin del sistema marxista parecieran agotar en nuestro continente las posibilidades de transformar las estructuras econmicas. Ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana; pues uno tiene como presupuesto la primaca del capital, su poder y su discriminatoria utilizacin en funcin del lucro; y el otro, aunque ideolgicamente sostenga un humanismo, mira ms bien al hombre colectivo, y en la prctica se traduce en una concentracin totalitaria del poder del Estado. Debemos denunciar que Latinoamrica se ve encerrada entre estas dos opciones y permanece dependiente de uno u otro de los centros de poder que

canalizan su economa (Medelln, Conclusiones, 1, 10). Cmo proponen los obispos poner fin a la pobreza? Con una cndida falta de imaginacin, sin percatarse de que ese terco camino haba sido emprendido mil veces, el CELAM asegura que: Esta promocin no ser viable si no se lleva a cabo una autntica y urgente reforma de las estructuras y de la poltica agraria (...) Es indispensable hacer una adjudicacin de las mismas bajo determinadas condiciones que legitimen su ocupacin y aseguren su rendimiento, tanto en beneficio de las familias campesinas, cuanto de la economa del pas (Medelln, Conclusiones, 1, 15). Otra reforma agraria! que, para que d sus magnficos frutos, deber ir acompaada de un proceso de industrializacin que los obispos despachan en un prrafo lleno de intenciones tan magnficas como vacas: La industrializacin ser un factor decisivo para elevar los niveles de vida de nuestros pueblos y proporcionarles mejores condiciones para el desarrollo integral. Para ello es indispensable que revisen los planes y se reorganicen las macroeconomas nacionales, salvando la legtima autonoma de nuestras naciones, las justas reivindicaciones de los pases ms dbiles y la deseada integracin econmica del continente, representando siempre los inalienables derechos de las personas y de las estructuras intermedias, como protagonistas de este proceso. Cules creen los obispos que son los factores que

ms influyen en el empobrecimiento global de la regin, constituyendo por lo mismo una fuente de tensiones internas y externas? Cinco son estos enemigos identificados por la Iglesia: Primero, la injusta asignacin de los trminos de intercambio. Los pases desarrollados pagan menos por las materias primas y cobran ms por los productos manufacturados. Segundo, la fuga de capitales econmicos y humanos. Tercero, la evasin de impuestos y fuga de ganancias y utilidades. Cuarto, la creciente deuda externa. Y quinto, lo que llaman el imperialismo internacional del dinero, aquellas fuerzas que inspiradas por el lucro sin freno, conducen a la dictadura econmica... (Medelln, Conclusiones, 2, 9). No haba nadie en Medelln que les explicara a los obispos que la supuesta injusticia de los trminos de intercambio es un camelo que no resiste el anlisis? La pregunta correcta no es cuntos sacos de caf o azcar hay que pagar por un tractor; sino cuntas horas de trabajo dedica un agricultor para comprar ese tractor. El problema no est en el precio del arroz o del maz, sino en la productividad del agricultor. Para un campesino norteamericano u holands, trabajadores con una enorme productividad, un tractor o un televisor comprado a fines del siglo XX es mucho ms barato en horas de trabajo que el que sus padres adquirieron a mediados de siglo. Lo que mantiene en la pobreza a nuestros campesinos es la falta de productividad, que a su vez se deriva, bsicamente, de la falta de inversin en

bienes de capital y de la ausencia de infraestructuras. Ese mismo economista o persona medianamente informada, lamentablemente ausente en la reunin de Medelln, poda haberles contado a los obispos que existe una probada relacin entre la fuga de capitales y cerebros y la puesta en prctica de medidas revolucionarias como las reformas agrarias, pues el capital y las personas sensatas suelen huir de donde no hay garantas jurdicas o de donde no se respeta la propiedad privada. Cmo asombrarse de que los empresarios trasladen sus dividendos a Suiza o Miami si tienen que trabajar en un continente en el que nada menos que los obispos condenan la economa de mercado y advierten que el cristianismo es pacfico, pero no es simplemente pacifista, porque es capaz de combatir? Es cierto que la deuda externa es un ancla pesada sobre la espalda de Amrica Latina; pero, por qu nos van a prestar en el futuro si no cumplimos nuestros compromisos previos? Esos prstamos cuntas veces hay que recordarlo? provienen del ahorro de ciertas sociedades que no gastaron sus excedentes en consumo, sino los pusieron a disposicin de otros pueblos para que los utilizaran adecuadamente. Si los gobiernos hubieran utilizado sabiamente esos recursos, si no los hubieran dilapidado o robado, habran servido para incrementar la riqueza de nuestros pueblos. El culpable no es el sistema financiero, sino quienes lo utilizan perversamente. Pagar intereses por

el capital no devuelto no es una prctica infame, sino lo que permite la existencia de crditos a largo plazo. Si stos no existieran, cientos de millones de personas, por ejemplo, jams podran poseer una vivienda. Lo que hace posible este milagro del siglo XX es la existencia de esos crditos, de sus vilipendiados intereses y el cumplimiento de los compromisos adquiridos. Tal vez, al cabo de veinte aos, el deudor ha pagado en intereses el doble del prstamo originalmente recibido, pero as se convirti l mismo en creador de riqueza, en dueo de su capital su casa propia y en sujeto de crditos futuros. Once aos ms tarde, en Puebla, Mxico, el CELAM vuelve a reunirse para examinar los problemas con que se enfrenta la Iglesia en Amrica Latina, y al frente de ellos, por supuesto, est el tema de la pobreza. Han aprendido algo los obispos en esa larga dcada? Dicen algo diferente? En realidad, nada, lo cual es sorprendente, porque es en esa dcada cuando comienzan a verse los resultados de las reformas econmicas llevadas a cabo en Asia por los llamados dragones. Mientras la Iglesia condenaba la globalizacin, la economa de mercado y la fiera competencia, ciertos pases asiticos, tomando el camino contrario, lograban reducir sustancialmente los niveles de pobreza, y algunos, como Singapur o Hong Kong, alcanzaban y hasta superaban el per cpita de las naciones europeas. No obstante, ciegos ante la evidencia, los obispos

reunidos en Puebla se permitan opinar que: Al analizar ms a fondo tal situacin, descubrimos que esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras econmicas, sociales y polticas, aunque haya tambin otras causas de la miseria. Estado interno de nuestros pases que encuentra en muchos casos su origen y apoyo en mecanismos que, por encontrarse impregnados, no de un autntico humanismo, sino de materialismo, producen a nivel internacional, ricos cada vez ms ricos a costa de pobres cada vez ms pobres. Esta realidad exige, pues, conversin personal y cambios profundos de las estructuras que respondan a las legtimas aspiraciones del pueblo hacia una verdadera justicia social; cambios que, o no se han dado o han sido demasiado lentos en la experiencia de Amrica Latina (Puebla, Conclusiones, 30). Quin es el culpable? Quines van a ser? Los de siempre: La economa de mercado libre, en su expresin ms rgida, an vigente como sistema en nuestro continente y legitimada por ciertas ideologas liberales, ha acrecentado la diferencia entre ricos y pobres por anteponer el capital al trabajo, lo econmico a lo social. Grupos minoritarios nacionales, asociados a veces con intereses forneos, se han aprovechado de las oportunidades que les abren estas viejas formas de libre mercado, para medrar en su provecho y a expensas de los intereses de los sectores populares mayoritarios (Puebla, Conclusiones, 47).

Los obispos, que no han meditado o no saben cuantificar el costo inmenso de eludir las reformas econmicas y de persistir en la tradicional falsedad del Estado de Bienestar, como en el Per de Alan Garca o en la Colombia de Ernesto Samper, creen que es preferible insistir en las polticas inflacionarias, o en los dispendios de los Estados empresarios, porque les parece ver cierta preocupacin social en esa forma de encarar las tareas de gobierno. Por lo menos, eso se desprende de la Conclusin 50 del mismo documento de Puebla: Los tiempos de crisis econmicas que estn pasando nuestros pases, no obstante la tendencia a la modernizacin, con fuerte crecimiento econmico, con menor o mayor dureza, aumentan el sufrimiento de nuestros pueblos, cuando una fra tecnocracia aplica modelos de desarrollo que exigen de los sectores ms pobres un costo social realmente inhumano, tanto ms injusto que no se hace compartir por todos. Es una lstima que el CELAM haya preferido ignorar la Encclica Centesimus Annus, promulgada por Juan Pablo II en 1991, en conmemoracin del siglo que cumpla la Rerum Novarum, pues en este nuevo texto, en el que se advierten las brillantes ideas del telogo catlico Michael Novak, hay una reivindicacin del mercado y de su lgica productiva. Ese texto hubiera podido servir de punto de partida de una revisin profunda de lo que ha sido la DSI latinoamericana a partir de Medelln. Y a veces hasta se notan destellos de lucidez en los obispos, como cuando en Tertio Millennio

(TM) admiten que el agotamiento de las economas de la antigua rbita sovitica ha desacreditado muy decisivamente la planificacin estatal como mtodo para guiar y dirigir la economa, y tambin las experiencias populistas tuvieron resultados desastrosos (Argentina y Per). Por otra parte, hay experiencias cuyas frmulas tcnicas ganan mayor legitimidad (una mayor confianza en el mercado como asignador de recursos, la desregulacin de importantes sectores para que haya ms competencia, la introduccin de mayor competencia en las economas locales por la va de mayor apertura al comercio exterior, las privatizaciones de empresas pblicas que persiguen mayor eficiencia en las economas domsticas) y se pide a los gobiernos mayor eficiencia, eliminar lo superfluo, y hacer polticas sociales efectivas. (TM, Economa, 2). Pero una vez dicho esto, en el epgrafe siguiente dedicado a la poltica, prrafos 11 y 12, los obispos se contradicen lastimosamente: El capitalismo mostr toda su capacidad de instalar como referencias a las sociedades un cuerpo doctrinal no definido, una serie de creencias no fundadas, un conjunto de tpicos y de intereses revestidos de lenguaje pseudocientfico, al que pretende convertir en pensamiento hegemnico bajo el nombre de neoliberalismo. Este, en asociacin al mercado, pretende erigirse como sntesis del pensar y el hacer de una modernidad que, segn esa concepcin, ser capaz de superar las crisis del presente. Qu va a suceder, segn estos obispos tan

tenazmente adversarios de la libertad econmica? Dicen: Inevitablemente surgirn dos versiones (o conceptos) de la democracia: la una asociada a la democracia de mercado (o mercado de la democracia?) y la otra a la democracia como escenario de la humanizacin. La confrontacin entre estas dos versiones dar lugar a nuevos conflictos con los correspondientes costos sociales porque, aunque la democracia no repele al mercado, sin embargo hay ciertos puntos donde el mercado parece repeler a la democracia. Lo trgico de esta obstinada resistencia de los obispos catlicos a admitir la realidad en materia econmica fielmente reproducida por rdenes como la Compaa de Jess le hace un terrible dao a los pobres latinoamericanos, porque contribuye a perpetuar polticas pblicas contrarias al desarrollo intensivo de nuestros pueblos. Esos disparates, dichos desde las ctedras universitarias, reiterados desde los plpitos y difundidos por todos los medios de comunicacin al alcance de la Iglesia, provocan como resultado la involucin o la parlisis del proceso de creacin de riquezas y un grave estado de confusin intelectual que aumenta la frustracin de todo el continente. Es como si estos ilustres purpurados no pudieran darse cuenta que los veinte pases ms prsperos y felices del planeta son, precisamente, democracias polticas en las que impera la economa de mercado.

Qu podran hacer los catlicos lcidos ante esta situacin? Probablemente, crear algo as como Cristianos por la Libertad Econmica para salirles al paso a sus equivocados pastores en el mundano terreno de la economa poltica. No se trata de un problema de fe o de teologa. No es un cisma. Es, simplemente, un debate de carcter intelectual con unos seores secularmente anclados en el error, la incomprensin y el desprecio por la razn. Si los obispos no son capaces de entender el enorme peso tico que hay tras la libertad econmica y lo que eso significa como responsabilidad individual; si no comprenden el mercado como expresin de la soberana del individuo; si no son capaces de valorar la importancia de la competencia y no entienden el carcter ineludible del afn de lucro; si pretenden que una burocracia, generalmente ineficiente y corrupta, fije precios justos a la infinita variedad de bienes y servicios que circulan en la sociedad; si permanecen ciegos ante el nico mecanismo racional que tienen los seres humanos para la satisfaccin de sus necesidades materiales; si continan empeados en acercase a los fenmenos econmicos blandiendo la utopa de crear hombres nuevos que no conozcan la ambicin y disfruten con el aguijn de la pobreza; si insisten en condenar a los ricos porque poseen lo superfluo y consumen codiciosamente; si yerran al pedir niveles dignos de consumo para los pobres, sin aclarar qu es superfluo y qu es esencial; si persisten en desconocer que las necesidades humanas son

infinitas e imprecisables en nmero y variedad; entonces lo mejor es ignorar totalmente a estos santos varones, por lo menos en los asuntos que tan poco conocen, y de paso perdonarlos porque, francamente, no saben lo que hacen. Ni lo que dicen.

Desde hace por lo menos tres mil aos, el intelectual va por la vida como un ser superior. Platn crea que la facultad intelectual otorgaba un don de mando sobre los dems y propona coronar a sus escogidos. Para Aristteles la contemplacin intelectual era la actividad ms estimable. En la Edad Media, al intelectual se le llamaba clrigo, en parte porque lo era y en parte porque la inteligencia pareca indisociable de la teologa, la actividad suprema. Cuando la razn col las narices por entre la cota de malla de la teologa y el derecho divino, los intelectuales fundaron la era moderna. Nadie se acord de los comerciantes y los burgos, que haban desarmado, en la prctica, el mueco medieval. Desde entonces, todos los sistemas polticos y econmicos han prometido la salvacin en la

Tierra con razones suministradas por el intelectual, ese clrigo moderno. En algo, pues, Platn acert: estamos ante un bicho de cuidado. Para l, haba que cuidarlo bien. Para nosotros, hay que cuidarse de l porque su capacidad de convocatoria y su influencia en la sociedad pueden convertirlo en un peligroso fabricante de miseria. Los intelectuales, mediante su comportamiento y pensamiento poltico contribuyeron a impedir durante mucho tiempo que la democracia y la economa de mercado la nica capaz de generar prosperidad arraigaran en nuestras tierras de un modo firme. Incluso ahora, casi una dcada despus del desplome del Muro de Berln, los intelectuales parecen empeados en justificar formas autoritarias de poder bajo el pretexto del progreso y enfilan sus bateras, a veces con lenguaje nuevo, contra el viejo enemigo: el capitalismo. Todas las acciones de gobierno se han llevado a cabo en un cierto clima intelectual, bajo el influjo de determinadas ideas, que fueron conduciendo a nuestros pases por una senda de dictadura, a veces totalitaria, a veces populista, siempre enemistada con las evidencias que la realidad pona frente a los ojos de todo el mundo y que los propios intelectuales deberan haber sido los primeros en ver. Todas las teoras que han querido explicar la pobreza a partir de conspiraciones internacionales y nacionales, y escudarse detrs de la lucha de clases para justificar el odio al xito y la empresa libre, han tenido un origen

intelectual. Los gobiernos y los partidos no producen ideas: generalmente las encarnan. Quienes las producen, o ayudan, mediante su prdica, a entronizarlas, son los intelectuales. Por eso cabe una responsabilidad principalsima a esta variante de la especie en el fracaso poltico y econmico de tantos aos. La enajenacin ideolgica, que impeda ver la realidad y haca pasar gato por liebre cada vez que se analizaban los fenmenos polticos y econmicos, ha causado verdaderos estragos en Amrica Latina y en Espaa. A diferencia de lo que ocurre con un producto comercial, que si fracasa arruina a la empresa que lo produce y vende, una idea equivocada en poltica o economa perjudica al conjunto de la sociedad. Cuando los intelectuales que se calificaban a s mismos de progresistas irresponsablemente apoyaron todas las tesis que conducan a la pobreza econmica y la miseria poltica, lo que hicieron fue perjudicar a esas mismas sociedades en cuyo nombre decan estar actuando, escribiendo, pensando. El socialismo, el desarrollismo, el proteccionismo, el victimismo, las teoras de la dependencia y las distintas formas de combatir el verdadero progreso a las que nos hemos referido en nuestro libro anterior han sido ideadas, justificadas, difundidas y convertidas en prejuicios de numerosas generaciones por obra de intelectuales, a veces grandes creadores y personas de merecidsimo prestigio artstico.

Julien Benda llam a nuestro siglo y eso que escribi su famoso libro en los aos veinte el siglo de la organizacin intelectual de los odios polticos20 Aunque en todas las pocas antes citadas los intelectuales han tenido algo que ver con la barbarie poltica, la nuestra ha llevado ese parentesco a su forma ms carnal. La mentira poltica ha estado siempre presente la historia sera una excelente cosa, si fuera cierta, deca Tolstoy, pero la poca contempornea, que es la de los totalitarismos y la masificacin de la poltica, ha tenido que usar la mentira ideolgica y poltica de un modo ms sistemtico y refinado que otras. La dependencia del intelectual con respecto a los poderes el Estado, la Iglesia, los mecenas privados hizo de l, a lo largo del tiempo, un cortesano, un Zelig que, como el personaje de Woody Allen, se disfraz con gimnstica periodicidad para adaptarse a la cambiante circunstancia. En nuestra poca ha sido mayor la necesidad que ha tenido el poder de justificarse y ms angustiosa la necesidad del intelectual, que haba trocado el indumento del clrigo por el de ciudadano, por dejar su huella en la historia (el nuevo mecenas ha sido la burguesa, a la que han servido no slo los conservadores sino, y de qu manera, los progresistas).

Cortesanos y disidentes Con excepciones notables, los intelectuales europeos y latinoamericanos (y muchos norteamericanos) han justificado el fin de la libertad o contribuido a impedir su despunte. Los persas de Herodoto pensaban que todo el mundo se equivocaba salvo ellos; los occidentales modernos piensan pensamosque todo el mundo tiene razn salvo nosotros. El intelectual parece alrgico a la democracia, en la que su actividad pierde prestigio poltico y en la que debe labrarse ese prestigio a partir de mritos propios, y al mercado libre, donde debe competir con otras actividades humanas sin la proteccin platnica que confiere el estatus intelectual. Aunque hemos tenido muchos intelectuales, buenos y malos, en los ms altos escalones del poder poltico democrtico y dictatorial un Manuel Azaa en Espaa, un Domingo Sarmiento, un Jos Vasconcelos, un Rmulo Gallegos, un Jos Sarney, un Ernesto Cardenal, en Amrica Latina, por lo general nuestros intelectuales han estado relacionados con el poder slo en la medida en que lo han servido desde posiciones medias muchas veces mediocres o lo han combatido y pagado un precio por ello. Se da esta constante: el perodo ms mediocre, o menos glorioso, para los intelectuales ha sido el democrtico. En dictadura, por lo general han servido a un poder que los necesitaba para justificarse, mientras que una minora, a veces numerosa, se le ha puesto al frente. Cortesano o

disidente parecen ser sus dos funciones polticas. Tampoco le interesa mucho cotejar sus ideas con la realidad. El intelectual de izquierda, deca Aron (hubiera podido incluir a muchos de derecha), comete el error de reclamar, para ciertos mecanismos, un prestigio que slo pertenece a las ideas: propiedad colectiva o mtodo de pleno empleo deben ser juzgados por su eficacia, no a partir de la inspiracin moral de sus partidarios.21 Por lo general, nuestra intelligentsia (trmino que vaya irona invent la Rusia del siglo XIX) nunca ha defendido aquello que la realidad era capaz de comprobar. La medida de la validez de una idea poltica no ha dependido de su verificacin prctica; y la aprobacin de un hecho pblico ha estado condicionada al grado de cercana o lejana de ese hecho con respecto a la idea preconcebida. La historia de nuestra literatura est plagada de grandes nombres que si fueran juzgados slo por el signo de su compromiso poltico seran expulsados del Olimpo. Nuestros intelectuales de hoy miran atrs y observan que nada ni siquiera las peores ignominias polticas impidi que ciertos grandes artistas alcanzaran la gloria. Advierten que, a diferencia de lo que hace con los polticos, la historia nunca juzga a los intelectuales y artistas a partir de su comportamiento poltico. Quin se atreve a negar que Quevedo, ese Aron, Raymond, Lopium des intellectuels, Pars, 1955.

genio conceptista del barroco espaol, merece un lugar de privilegio entre nuestros poetas y prosistas clsicos? Que fuera un representante artstico de la moral oficial, de la teologa de Estado, casi un integrista religioso capaz de producir La poltica de Dios, gobierno de Cristo y tirana de Satans, un texto que hubiera podido suscribir Joseph de Maistre, no lo conden a las llamas eternas. Que sirviera al duque de Osuna, virrey de Sicilia y Npoles y uno de los personajes ms corruptos de los siglos XVI y XVII espaoles, y que cayera en desgracia junto con l sus huesos fueron a parar a la crcel por orden del Conde Duque de Olivares, no quita a Quevedo, por lo dems un decidido antisemita, un pice de gloria. Era la poca, dicen algunos. No importa que Cervantes, contemporneo suyo, nunca defendiera el estado teolgico y ms bien, desde su muy escasa fama en vida, apreciara la libertad (trabaj, a temprana edad, durante un tiempo corto, para el cardenal Acquaviva, pero ste ha pasado a la historia ms bien por su independencia conflictiva frente al poder poltico). A Quevedo no lo juzgamos por lo que otros seres muy excepcionales s fueron capaces de defender o no defender, sino por la poca que le toc vivir. Si no hiciramos esto, su justificada gloria literaria mermara. Aun menos rigor merecen, desde luego, los artistas que no eran intelectuales. A quin le importa que casi toda la obra de Velzquez fuera hecha siguiendo rdenes de Felipe IV? Y quin protesta porque Lope de Vega fuera colaborador de la

Inquisicin? En todo caso, a los intelectuales slo los juzgan otros intelectuales, sus pares, y nunca las vctimas o beneficiarios de los sistemas que propugnan, lo que les confiere de entrada una suerte de impunidad moral. Para entender el compromiso poltico del escritor contemporneo, hay que mirar atrs. Es un proceso que viene de lejos, por lo menos desde el siglo XVIII. Algo extrao ocurri a partir de ese momento. Los intelectuales, que se haban dedicado a pensar, decidieron que era la hora de actuar. Empezaron a concebir su rol de pensadores en funcin de los efectos que podan tener en la sociedad. El desplazamiento de la moral, dice Julien Benda, es la clave del clrigo moderno.22 Ella descendi, del lugar elevado y distante en que estaba confinada, a la caldera de los hechos polticos, aqu en la Tierra. Aunque antes de esas fechas algunos escritores se haban pronunciado en materias polticas all estn John Locke, o, en 1644, el Discurso para la libertad de imprimir sin autorizacin ni censura, de John Milton, fue en ese momento cuando el intelectual empez a divinizar la poltica. En el siglo XIX, la poltica se volvi cada vez ms una ciencia, gracias a Augusto Comte, un francs influido por Saint-Simon y la era de la Ecole Polytechnique que lleg a tener una cataclsmica influencia en Amrica Latina. Se le han atribuido, en algunos casos con

exageracin, todos los desastres propios de la conversin de la poltica en ciencia. Pero el positivismo empuj a los intelectuales a ver la poltica como una ciencia con leyes, y, en el clima moderno, a subordinar la moral a la voluntad triunfante en el teatro de la accin poltica. El hombre, como dijo Fichte sin saber que el asunto lo tocaba a l tambin, quiso buscar el cielo desde la Tierra. Por distintas vas, los intelectuales fueron llevando la ciencia y la utopa polticas a sistemas, valores o simples intuiciones que, al final del camino, negaban la libertad. El proceso iba por dos vas distintas hacia un mismo puerto: los que abogaban por la utopa del progreso revolucionario y los que, en contra de esa ciencia, se aferraban a valores tradicionales propios de un orden donde no reinaba el individuo libre. Los alemanes un Fichte, con su idealismo, un Lessing, un Schlegel, con su romanticismo, un Nietzsche, con sus superhombres voluntaristas, un Hegel, con su justificacin de la violencia a partir de la razn elaboraron pensamientos, teoras y una mstica que hicieron del patriotismo el valor supremo. En el caso de los franceses, all estn desde un Babeuf, que en 1796, poco antes de m orir, proclam aba que el robespierrismo es la democracia hasta, en el bando contrario y unas dcadas despus, el ms inofensivo sentimentalismo conservador de Balzac o Flaubert (y quiz el primer Victor Hugo), o, ms a la derecha, el protofascismo de un Gobineau, que publicaba su

Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, y, un poco ms tarde, el extremismo de un Maurraso un Barrs, suerte de expresin poltica de las tesis tradicionalistas y cuasi integristas de De Maistre. Algunos creen que el salto de los intelectuales del mundo especulativo al mundo de los hechos terrenales tuvo que ver con el Estado nacin. Mientras no hubo Estados nacin, los Aquino, los Bacon, los Erasmo, los Galileo, especulaban genialmente; cuando los hubo, los intelectuales bajaron la mirada a la Tierra. Como Alemania e Italia no se hicieron Estados nacin hasta el siglo pasado, en esos lugares el proceso se retard pero hay que ver con qu fuerza lleg cuando los intelectuales justificaron al imperio de Federico y, ms tarde, el nazismo. Es una paradoja slo en apariencia que Hegel fuera un defensor del Estado prusiano y al mismo tiempo el inspirador de Marx, padre de la revolucin proletaria. En Francia, Maurras hablaba de la diosa Francia, Sorel peda no dejar en manos del proletariado el monopolio de la pasin de clase; en el Reino Unido, Kipling cantaba la gloria del imperialismo britnico. Todos sentan el llamado de la nacin y o del Estado. No hay que exagerar: hubo tambin quienes defendan la libertad, incluso si estaban influidos por la divinizacin de la poltica y el imperio de la razn en estas materias. Gentes como Tocqueville, Montesquieu, el propio Voltaire, Constant y alguien como Zola, con su valiente Yo acuso en defensa del injustamente

condenado capitn Dreyfus, acuden rpidamente a la punta de la lengua. Y, por supuesto, en el mundo anglosajn destellan los nombres de Locke, Smith, Hume y otros. Pero, en general, de esa transformacin de la funcin del intelectual y de la poltica misma de ese espritu moderno, result la defensa de la utopa, la ilusin de la sociedad perfecta, la sublimacin del Estado, la colectivizacin de la idea del hombre, y ello, en trminos prcticos, ha significado desde la degeneracin de la revolucin francesa y la perversin de la democracia hasta el totalitarismo contemporneo, es decir el ocaso de la libertad. En nuestro siglo, muy pronto el intelectual sucumbi a la tentacin fascista o se situ en sus mrgenes. No hablamos slo de los DAnnunzio, Pirandello, Papini, Marinetti, Ungaretti (luego estalinista) y, temporalmente, Benedetto Croce, o, en zona alemana, un Heidegger, que era enemigo incluso de las traducciones. Tambin de nada menos que Yeats, Eliot o Pound. Y el estalinismo captur el espritu de buena parte de los dems intelectuales. A diferencia del fascismo, que perdi crdito intelectual con el colapso de su expresin poltica, el estalinismo no lo ha perdido del todo ni siquiera en nuestros das, por ms que se disfraza de otro nombre. La influencia del positivismo caus estragos en Amrica Latina. Aunque era un arma de doble filo, pues tambin acerc a algunos intelectuales y formadores de opinin al liberalismo, por lo general tuvo el efecto de

justificar el despotismo Y la concentracin del poder en pocas manos. Si todo quedaba reducido a un empirismo cientfico, y slo unos pocos tenan en sus manos el conocimiento de lo cientfico, las repblicas americanas podan justificadamente ser gobernadas por unos escogidos. En Mxico, por ejemplo, el escritor Justo Sierra, uno de los ms famosos positivistas de la poca y autor del primer cdigo civil de su pas, contribuy a crear el clima que ms tarde produjo la dictadura modernizadora de Porfirio Daz. En Brasil, los positivistas atacaron frontalmente a la monarqua y lograron, socavndola primero, y reemplazndola por la repblica despus, que los militares entraran a hacerse cargo de los asuntos polticos. El progreso pareca justificarlo todo. Hasta qu punto la influencia de Comte en un pas como Mxico, metabolizada a travs de Justo Sierra y de los cientficos que dominaron el gobierno de Porfirio Daz, no retardaron el surgimiento de una slida economa de mercado? Hasta dnde Comte, ledo con mucho cuidado por el colombiano Rafael Nez y por el venezolano Guzmn Blanco no tiene una huella en esos gobiernos de mano dura que junto a ciertos logros dejaron en la miseria a grandes masas de la poblacin? No hay en Comte y en sus epgonos una responsabilidad moral como fabricantes de miseria? Nuestro panorama intelectual est bastante impregnado de lucidez en el siglo XIX, a diferencia de lo ocurrido en el siglo XX. Algunos ms cercanos al

conservadurismo, otros liberales slo en ciertas materias, tenan sin embargo en comn su apuesta por la convivencia civilizada bajo un Estado de legalidad, la democracia poltica y el desmantelamiento paulatino de aquella herencia espaola por ejemplo el peso de la Iglesia en los asuntos de Estado que impeda la creacin de una sociedad ms libre que la anterior. El venezolano Andrs Bello es quiz la figura intelectual ms importante de la primera mitad del siglo, del mismo modo que el argentino Juan Bautista Alberdi es la principal cabeza liberal de la segunda mitad (sin lograr este ltimo la fama de un Jos Mart, a quien acompaaba, adems del talento intelectual, la grandeza del hombre de accin). Bello, que estaba a caballo entre el liberalismo y el conservadurismo, fue un humanista excepcional, una figura un poco pattica en medio de aquella turbulenta poca de frustraciones republicanas y de sueos bolivarianos hechos trizas. En Londres, donde frecuent la biblioteca de Francisco de Miranda, otra lumbrera que se adelant a su tiempo, Bello coincidi con un buen nmero de pensadores de lengua castellana, muchos de ellos espaoles, que haban convergido en Inglaterra huyendo de la Espaa autoritaria del Fernando VII que haba dado la espalda al liberalismo. Como otros, pensaba que el romanticismo era inseparable del liberalismo (fue Vicente Llorens Castillo quien dijo romnticos a fuer de liberales). El propio Lord Byron, que haba decidido pelear por la idea liberal, haba dudado entre la Amrica

hispana y Grecia para ir a librar su batalla, y optando finalmente por Grecia, adonde viaj en un bergantn de nombre Bolvar... Bello, en cambio, se decidi por Amrica. Trasladado a Chile en 1829, donde permaneci hasta su muerte, Bello inspir en parte la constitucin de 1833, un texto flexible que permiti ciertos gobiernos autoritarios hasta mediados de siglo pero que tambin auspici, a partir de los aos cincuenta, una era de gobiernos liberales responsables de que ese pas se colocara a la vanguardia del continente en cuanto a instituciones polticas y sociales. Fustig la censura eclesistica y contribuy a su desaparicin, elabor el cdigo civil, al que incorpor el elemento consuetudinario que haba aprendido del derecho britnico liberal, e ilumin a los chilenos en asuntos de derecho internacional a partir de una concepcin integradora y globalizadora de la poltica exterior. Logr cambiar algunas de las restricciones a la libertad econmica, como la prohibicin de vender las tierras que estaban vinculadasen la rica zona central del pas o el impedimento para que los no catlicos heredaran propiedades. Senador, consejero de presidentes y rector de la Universidad de Chile, Bello no fue un revolucionario liberal. Su talante ms bien conservador lo llev a preferir el mtodo gradual en la traduccin de sus ideas de libertad al mundo de los hechos, lo que explica que no aboliera el catolicismo como religin oficial, que no llegara a introducir el matrimonio civil aunque sus discpulos luego lo

hicieron o que no quebrara del todo el privilegio de la primogenitura. Su propia vida a pesar de haber sido tutor de Bolvar fue exiliado por sus ideas independientes y poco monrquicas constituy un ejemplo de conducta liberal, a contracorriente de la marcha de los acontecimientos en el continente americano. Cultiv todas las humanidades y se atrevi a predicar la reconciliacin cultural con Espaa, al rescate de la tradicin europea sin despreciar esa inflexin de la historia de Occidente que era su propio continente, como resulta obvio en su Alocucin a la poesa, donde pide a los poetas americanos buscar vigor en su propia historia, o en Silva a la agricultura de la zona trrida, donde habla del suelo americano como una base para crear una sociedad racional (la poesa de Bello, algo densa y tradicional, fue menos brillante que otras de sus facetas). Su idea del hombre y la sociedad era internacional, global.

Liberales benvolos Para un liberal latinoamericano de fines del siglo XX resulta melanclicamente reconfortante entender que nuestro siglo XIX tuvo a muchos intelectuales liberales que de haber influido ms en el curso de los hechos habran impedido nuestro catastrfico siglo XX y el apogeo de la idiotez de nuestros intelectuales contemporneos. El grupo liberal ms destacado fue

el argentino, reunido en la Asociacin de Mayo, con Alberdi, Sarmiento y Bartolom Mitre. El ltimo fue un hombre de accin, el segundo combin la accin con la obra literaria y el primero fue esencialmente un pensador, autor del libro liberal ms importante del siglo: Bases y puntos de partida para la organizacin poltica de la Repblica Argentina. Este libro tuvo una influencia decisiva en la constitucin de 1853, clave de la prosperidad argentina entre la segunda mitad del siglo XIX y el declive de los aos treinta, en este siglo, propiciado por el masoquismo poltico. Al ser hombres de accin, el liberalismo de los otros dos debe ser matizado, pues en el tumulto de la poca ms de una vez debieron actuar de un modo que contradeca la entraa liberal de sus ideas, tanto en el combate militar a partir de la vieja divisin entre unitarios y federales ellos impusieron la unidad, o, una vez en el poder, por razones de intervencionismo mediante la obra pblica. Pero Mitre cre nada menos que el diario La Nacin y Sarmiento escribi algunos libros importantes, entre ellos su portentoso Facundo o civilizacin y barbarie, beligerante texto liberal bajo la forma de una biografa del caudillo brutal y federalista Facundo Quiroga, en el que se ataca sin tregua a Juan Manuel de Rosas, la encarnacin del autoritarismo argentino del XIX. All tambin se enfrentan los valores civilizados del Buenos Aires cosmopolita y abierto a los brbaros del gaucho, y los de la ciudad de Crdoba, con su pesada influencia espaola, a los de otra vez Buenos Aires,

con sus aires sajones. Otros enemigos de Rosas predicaban el liberalismo, aunque fuera con el contradictorio ttulo de Dogma socialista (Esteban Echeverra). En otras partes tambin arremetan contra la herencia autoritaria colonial. Por ejemplo Francisco Bilbao en Chile23 y, bajo el ropaje de la ficcin, el mexicano Fernndez de Lizardi en la primera novela que se public como tal en la Amrica Latina, El periquillo sarniento, que con un estilo anacrnico de picaresca espaola haca la crtica del colonialismo espaol y propona, sutilmente, los valores liberales que otros expresan de forma ms intelectual. Pero haba, tambin, en las antpodas del liberalismo, un vago fermento nacionalista que expresaba una tensin entre los valores tradicionales, vernaculares, y los exteriores, europeos, cosmopolitas. Esa herencia ser ms tarde exacerbada por el indigenismo, una de las formas de subdesarrollo intelectual del siglo XX. El tema de la dicotoma entre la tradicin y la modernizacin obsesion al siglo XIX. La gran obra literaria que tiene al gaucho como tema central es El gaucho Martn Fierro, publicada en dos partes, tras la cada de Rosas. En ella se habla del mtico Debe agradecrsele a Bilbao, liberal en muchas cosas pero no en todas, que en su exilio peruano fuera una de las pocas voces intelectuales que abog por la abolicin de la esclavitud en ese pas.

potencial del gaucho, pero en un mundo que va desapareciendo arrollado por la modernidad. En Brasil tambin hay quienes quieren rescatar al indgena y contraponerlo a la corrupcin modernizadora, como el romntico Antonio Gonalves Dias, el amigo del emperador Pedro II, autor de Canao do Exilio, poema en el que el indio tup simboliza el espritu nacional y en el que se idealiza el origen del Brasil. Jos Alencar pretende fundar una literatura nacional a partir de un rescate del indianismo para dar a mulatos y mestizos un pasado nacional y una leyenda histrica, pero lo hace con ms prudencia, incorporando elementos de la herencia colonial. En Cuba en verdad, en el exilio, donde luchaba por la independencia de su pas Cirilo Villaverde combate contra la esclavitud bajo el manto de la famosa novela Cecilia Valds. En todos estos casos, no estamos ante un protoindigenismo todava, pero s ante una inquietud vagamente nacionalista. La excepcin es el poeta ecuatoriano Jos Joaqun de Olmedo, autor de La victoria de Junn, que lleva la idealizacin del indio a un extremo que acaso lo emparienta con los indigenistas posteriores. En realidad nada haba que reprochar al indigenismo o a algunas expresiones del nacionalismo si no hubieran estado impregnadas de un cierto rechazo a la modernidad de corte occidental. Cuando una figura como el venezolano Francisco de Miranda reivindica el incanato y propone su restauracin, aunque su propuesta haya tenido poco eco, contribuye a la

confusin ideolgica y al atraso econmico, porque no es ciertamente con esas tiranas guerreras donde poda aliviarse la miseria de nuestros pueblos, sino en el modelo democrtico que desde el siglo XVIII acompaaba a la revolucin industrial de los ingleses. No hay en ese indigenismo un caldo de cultivo con el que se elaborara nuestra secular miseria? En todo caso, no eran estos nacionalistas los nicos que divergan, abierta o indirectamente, de los liberales. Estaban, por supuesto, adems, los nostlgicos de la colonia, como Jorge Isaacs, autor de la novela ms famosa del XIX, Mara, aoranza de un mundo hispano intocado que se apresta a ser barrido, o Ricardo Palma, en el Per, que la reconstrua con irona en sus Tradiciones peruanas. El conflicto ideolgico entre liberales y conservadores fue el hilo conductor de buena parte del siglo XIX. En Mxico, el cura Jos Mara Luis Mora, figura intelectual de la poca, defendi el liberalismo radical la propiedad privada, la supresin de aranceles, la desamortizacin de los bienes de la Iglesia, aunque un poco despus, en los aos treinta, acept de parte del gobierno conservador de su pas algo de intervencionismo. Las reformas liberales de Benito Jurez, emprendidas en los cincuenta, deben mucho a las ideas de Luis Mora. En la trinchera conservadora, el hom bre clave fue Lucas Alamn, idelogo tradicionalista enfrentado al liberalismo aunque no necesariamente en el terreno econmico e influencia

notoria en los gobiernos conservadores de su tiempo. En Brasil se vivi parecida lucha ideolgica. Jos Bonifacio de Andrada de Silva fue el arquitecto de la transicin a la independencia. Era un liberal de ideas y un conservador de ritmo y mtodo, que no quiso destruir toda la herencia colonial, previendo que por ese camino se poda desembocar en un extremo autoritario y en una utopa colectivista. Un conservador integral fue Machado de Ass, el mejor escritor brasileo del XIX, un mulato hijo de padres que servan bajo un terrateniente. Epilptico y corto de vista, este genio incorpor la modernidad literaria europea (fue precursor de la gran innovacin tcnica de la literatura del siglo XX latinoamericano), pero en poltica reaccion contra el positivismo y su racionalidad cientfica. Aunque era partidario de la monarqua, result en cierta forma el cronista del trnsito hacia la repblica y su equilibrio entre la conciencia individual y la demanda del orden social hicieron de l alguien que quera atemperar las nfulas del liberalismo ms que sofocarlas del todo. Este rpido recuento del panorama intelectual del XIX nos habla de una tradicin liberal que, aunque contestada desde el conservadurismo y el nacionalismo, lleg a ser poderosa en Amrica Latina. En algn momento se perdi. Con excepciones temporales como la argentina, no lleg a cuajar nunca en la realidad de unas repblicas donde campearon el autoritarismo, el mercantilismo y el patrimonialismo.

Espaa Tambin en Espaa, un poco ms tarde que en Amrica Latina, la realidad va a frustrar el fermento de corte ms o menos liberal de toda una era intelectual. Hablamos no de mediados tanto como de fines del siglo xix y comienzos del XX, de esas generaciones a las que la guerra civil vendr pronto a desollar intelectualmente. La Espaa que desemboca en la crisis de 1898, la Espaa de la restauracin, la de Cnovas del Castillo y Sagasta, es una Espaa que, si bien tiene el mrito de unos gobiernos conservadores que han alternado en el poder y han intentado consolidar unas instituciones algo democrticas promoviendo una mayor participacin, sigue reflejando un orden caduco, sin la suficiente energa creativa y libertad para asumir la modernidad e incorporar sus beneficios, a la manera de otros pases. La derrota de 1898 lleva a todos los hogares espaoles la cruda realidad de esta crisis de sistema, de nacin, de Estado. Era una Espaa atrasada, plido reflejo de la que cuatro siglos antes haba iniciado la conquista de medio mundo. En ella, la tierra an ocupaba al 70 por ciento de la poblacin, el analfabetismo tocaba al 67 por ciento, la Iglesia controlaba la educacin y el 15 por ciento proletario trabajaba en fbricas obsoletas. El resto vegetaba en la administracin pblica. La Iglesia, con curas de misa y olla, el ejrcito, con ms de veinticinco mil oficiales y cien mil soldados, y la aristocracia, con tres mil

todopoderosos, reflejaban un mundo esttico, renuente a la movilidad del mercado y la democracia plena.24 Esa Espaa estaba bien para leerla en las novelas de Galds, no para vivirla. Pero surge una ola de intelectuales espaoles que postulan una regeneracin de las instituciones de Espaa, una renovacin poltica, incluso antes de la clebre generacin del 98. Ellos piensan que el cambio slo lo puede producir la clase media. El iniciador de esta corriente que quiere regenerar a Espaa sus ideas sern luego recogidas entre otros por el propio Ortega y Gasset es un intelectual humilde, Joaqun Costa, que sentencia: Hay que dejar de llorar sobre los recuerdos del pasado y echar doble llave al sepulcro del Cid. A su generacin, y a su familia intelectual, que es liberal-conservadora, pertenecen tambin Angel Ganivet, Giner de los Ros, Ricardo Macas Picavea, el liberal que habla del problema espaol. Es un espritu, recogido por la generacin del 98 slo una vez que estalla la crisis de confianza en el pas fruto de la derrota en el Caribe y Filipinas, que quedar sepultado bajo la guerra civil y los cuarenta aos de dictadura de Franco. Como en Amrica Latina, la realidad dejar en el vaco una tradicin que si hubiera podido cuajar en los hechos pblicos habra permitido ahorrar muchas dcadas de Las cifras figuran en el texto La regeneracin del 98, de Francisco Prez de Antn, Crnica, 6 de febrero, 1998.

barbarie. Es, como dice con justicia Vctor Quimette, el naufragio del liberalismo en Espaa.25 Las figuras de la generacin del 98 compartieron una juventud radical, reflejo de la situacin poltica, y, con la excepcin de Antonio Machado y, en menor medida, Valle Incln, pasaron de un encandilamiento con la lucha de clases a una perspectiva contraria, enemistada con la revolucin, desde la cual escribieron sus mejores obras. Ha dicho, con razn, Blanco Aguinaga que lo que queda de ellos es una obra metafsica, agnica, escptica, existencial.26 Cualidades todas que en la Espaa de la guerra civil y el largo franquismo quedaron desfasadas durante muchos aos salvo en el caso de los que se pasaron al franquismo. Se seala con poca frecuencia el grado de compromiso que esa generacin lleg a tener en su juventud con la revolucin. Se trataba de pequeo-burgueses en una poca con promesa de movilidad social y, en su caso, con la obligacin de valerse por s solos en el mercado pues el mecenazgo haba terminado en el siglo XIX. No pertenecan a la aristocracia ni al pueblo y se sentan en cierta forma la clase escogida para el cambio que Quimette, Vctor, Los intelectuales espaoles y el naufragio del liberalismo (1923-1936), 1, Pretextos, Valencia, 1998. Aguinaga, Blanco, Juventud del 98, Crtica, Barcelona, 1978.

Espaa requera. Su problema era la confusin entre los valores refractarios a la herencia decimonnica y la opcin revolucionaria propiamente, que secuestr esas aspiraciones sin dejar espacio para un pensamiento libre. Unamuno fue marxista en sus aos mozos y luego socialista ms bien radical, y escribi en La lucha de clases de Bilbao (en una carta le deca a Clarn: Yo tambin tengo mis tendencias msticas pero stas van encarnando en el ideal socialista.)27 Andaba algo confundido porque interpretaba que las ideas positivistas de Herbert Spencer sobre el desarrollo orgnico y cientfico de la sociedad eran una demostracin de que el camino hacia el socialismo estaba ya trazado, cuando el filsofo britnico crea que el camino conduca al liberalismo. En su madurez, por supuesto, Unamuno renuncia a todo materialismo y hasta apoya temporalmente el golpe militar fascista. Luego, arrepentido, desemboca en un gran escepticismo. El propio Azorn, que despus evolucion hasta el conservadurismo y se desliz hacia el franquismo (todava en 1945 elogia al caudillo militar), fue de joven un anarquista, cuando firmaba como Martnez Ruiz, que escriba en El pueblo de Blasco Ibez y atacaba el marasmo sooliento de la Iglesia y el militarismo. Public en 1895 Anarquistas literarios y aos despus hasta fue miembro de la Agrupacin al

Servicio de la Repblica (antes de eso, siempre contradictorio, haba sido diputado del conservador Antonio Maura; durante la dictadura de Primo de Rivera reserv sus crticas para la prensa argentina). En 1947, en su Advertencia Importante, prlogo a sus Obras Completas publicadas poco despus, se arrepiente de todo: Mi catolicismo firme, limpio, tranquilo, ha compensado ya, creo yo, con muchos, con muchsimos libros de ideas justas y serenas, ortodoxas y espaolsimas, esos diez, doce, catorce librillos juveniles en los que fue mucho ms el ruido que las nueces.28 El Azorn literario vala ms en sus aos maduros; el poltico, a su pesar, vala mucho ms en su iconoclasia juvenil. Blasco Ibez, por su parte, fue tambin a comienzos de siglo un radical anarquista que arremeta contra todo (en su Historia de la revolucin espaola la emprende contra la Espaa de la restauracin), pero a diferencia de Azorn no se desplaz hacia el conservadurismo rancio sino hacia la celebridad internacional y el xito comercial, que lo protegieron contra la tentacin fascista. Ramiro de Maetzu, en cambio, otro joven radical de la generacin, se pasar con cama y mesa al fascismo, apoyando a Primo de Rivera y luego la resistencia contra la repblica (muere asesinado en la crcel en 1936). Po Baroja, que intentaba sacar a Espaa de su africanismo, no se dej encerrar en la cota de malla

del pensamiento tradicionalista, prefiriendo, segn su propia definicin, ser el pequeo industrial individualista que escriba por aburrimiento, aunque qued un poco anclado en la Espaa anterior a la guerra civil. Machado y Valle Incln son de los pocos de esa generacin intelectual que avanzan en su madurez por la va de la izquierda radical hacia la repblica en su versin radical. No es la nica irona de esta generacin que, mientras algunos fueron de la revolucin al fascismo, otros, como Valle Incln, fueron de la tradicin monrquica, legitimista y catlica cuando escriba literatura pura y modernista al republicanismo revolucionario cuando describa el esperpento espaol. En el colmo poltico, el Machado republicano lleg a ser grotescamente utilizado, despus de su muerte, por el franquismo, que crea leer en su poesa la Espaa eterna. Los acontecimientos polticos de la Espaa de la primera mitad de este siglo delataron en los intelectuales una incapacidad para optar por la democracia liberal y una fascinacin por las dos formas de totalitarismo, el fascismo y el comunismo. Muchos de ellos, a izquierda o a derecha, combatieron al enemigo correcto desde la trinchera equivocada. Aunque es cierto que en un clima de guerra civil y, luego, de dictadura fascista la opcin de la democracia liberal se queda sin espacios, el hecho de que hubiera algunos intelectuales espaoles haciendo esfuerzos titnicos para situarse en esa zona prohibida permite

colegir que no era del todo imposible y, en todo caso, que las justificaciones de los otros no son moralmente aceptables. Sera ingenuo creer que un mayor apego a los valores de la democracia y la libertad por parte de los intelectuales espaoles de la primera mitad del siglo hubiera acelerado la transicin que slo se produjo en los aos setenta, pero no hay duda de que su contribucin a la confusin poltica y moral fue grande. Entre los partidarios de la repblica estuvo, por supuesto, la mtica figura de Garca Lorca, cuya muerte en plena guerra civil lo salv, para la memoria del siglo, de la complicidad demasiado infamante con los peores excesos del totalitarismo encaramado en la bandera republicana. Tambin estuvo Rafael Alberti, que particip por consigna del boicot contra Andr Gide para impedir que presidiera en 1937 el II Congreso de Intelectuales Antifascistas por su denuncia del estalinismo, que ha seguido siendo comunista hasta su vejez nonagenaria y de quien Neruda dijo que invent la guerrilla potica. Todos admiramos su poesa y su distinguida vejez, pero cabe preguntar: si un poeta importante se declarara an hoy, con todo lo que esa palabra comporta, fascista, gozara del unnime respeto de que goza Alberti en Espaa? A algunos los trataron de convertir a la causa de la repblica radical aunque no estuvieran tan convencidos de sus mritos. Otros, como Prez de Ayala (el liberal de la

racionalidad)29 y Amrico Castro, defendieron a la repblica con moderacin, porque en esa circunstancia el fascismo era el enemigo a combatir, y se exiliaron muchos aos sin volverse comunistas (la lista de exiliados es tan larga que nombres como los de Antonio Machado, Juan Ramn Jimnez, el propio Alberti, Luis Cernuda, Max Aub, Joaqun Xirau, Jos Bergamn, Mara Zambrano o Salvador de Madariaga representaban apenas un puado). Buero Vallejo fue consecuente en la defensa de la repblica y acab preso comparti crcel con Miguel Hernndez en el penal de Ocaa. Tiene el mrito de haber roto la barrera de la censura a partir de 1949 publicando en Espaa mucho teatro de claro contenido alegrico y por momentos con estilo realista, desde un humanismo refrescante para aquellos aos negros. Fernando Arrabal, otro dramaturgo de nota, ms joven, vacunado contra Franco por la desaparicin de su padre, un oficial leal a la repblica, cuando l era un nio, y contra el comunismo por su vena surrealista, no pudo burlarla siempre y permaneci en el exilio. Hubo artistas que, como Luis Buuel, combatieron al franquismo desde el anarquismo un anarquismo suficientemente consecuente como para abominar tambin del estalinismo. Ya durante la dictadura de Primo de Rivera, antes de la guerra civil y del surgimiento de Franco, algunos

intelectuales haban asumido la dictadura militar. Otros, es cierto, la combatieron y debieron exiliarse Unamuno es el ejemplo ms notable y hubo quienes, como Ortega y Gasset, convivieron con ella incmodamente. Sus adversarios le achacaban a Ortega una cierta complicidad con Primo de Rivera, pero nunca ha habido evidencia de ella; ms bien, hay pruebas de que fue censurado por el dictador en los ltimos tiempos de su rgimen. Un buen nmero de intelectuales se convertiran con los aos en devotos del otro Primo de Rivera, el fundador de la Falange, y lo tendran como referencia cuasi mstica durante el franquismo. De ellos, Pedro Lan Entralgo que recibi el Premio Jos Antonio Primo de Rivera y Torrente Ballester, que citaba con frecuencia al dictador, son los ms conocidos y siguen vivos. Precisamente Lan Entralgo, Torrente Ballester y Dionisio Ridruejo constituiran, alrededor de la revista Escorial, que sali en 1940 anunciando que quera servir a la Falange como mirador de la intelectualidad espaola, un ncleo de apoyo intelectual al franquismo y, en el campo internacional, al nazismo. Lan Entralgo fue uno de los veinticinco autores que publicaron Corona de sonetos en honor de Jos Antonio Primo de Rivera, en Barcelona, en 1939. Ms bien surrealista fue el caso de Salvador Dal, que regres a Espaa despus de pasar un tiempo en el exterior y crey conveniente declararse franquista y los surrealistas lo declararon hereje. Hay que decir que Lan Entralgo, desde su

falangismo, estaba distanciado del sector ms cerrado en el plano cultural, que era el catlico, y trat de promover una apertura cultural desde su adhesin al rgimen. En Espaa como problema, en 1949, se permiti incluso rescatar la tradicin liberal de la generacin del 98. Tambin franquista, aunque ms moderadamente, fue Miguel Delibes, escritor catlico que luego se conducira de forma respetable en la democracia. En cambio, el falangista Jos Mara Valverde jugara en tiempos democrticos la carta pseudoprogresista ms demaggica, como tantos otros periodistas e intelectuales espaoles, para limpiar el pretrito. Lan Entralgo y Torrente Ballester (este ltimo obtuvo en 1938 con un auto sacramental el primer premio del rgimen de Franco para ese gnero), se aclimataran decentemente a la democracia sin necesidad de inventarse una imagen de izquierda para cambiar el pasado muchos espaoles les reconoceran, con justicia, su evolucin democrtica sin truculencias ni imposturas. Camilo Jos Cela, el Premio Nobel espaol, autor de una obra muy justamente considerada, fue otro intelectual franquista destacado. Pele en la guerra, trabaj de joven en los Sindicatos Verticales, colabor en Arriba, el medio ms emblemtico del rgimen, y fue censor de una publicacin religiosa de poca importancia, un cargo que l justifica porque crey que de esa manera poda hacer pasar por el cernidor el mayor nmero de textos. Es justo decir, asimismo, que

fue vctima del rgimen al que apoy, pues tambin result censurado y debi publicar La colmena en Buenos Aires, en lugar de Madrid, en los aos cuarenta. Para solaz de sus lectores, no se aplic a s mismo la censura: sus primeras obras, librrimas, escandalosas, innovadoras, refrescaron la vida cultural espaola y contradijeron admirablemente su aquiescencia poltica (y alguna literaria, como la novela La Catira que complaci a Prez Jimnez, el dictador venezolano). La posterior evolucin de Cela hacia la democracia, sin demagogia de izquierda, tambin es algo que hoy se agradece en Espaa. La gran figura intelectual de la Espaa inmediatamente posterior a la generacin del 98 fue sin duda Jos Ortega y Gasset. De ambas generaciones, la del 98 y la del 14, l es, junto con Madariaga y el Gregorio Maran de Ensayos liberales, una de las poqusimas figuras de relieve a las que puede llamarse demcrata, liberal y moderno en trminos polticos. Su caso sintetiza bien el drama al que se enfrentaba un intelectual espaol en aquellos aos, obligado a navegar entre Escila y Caribdis para no caer en el fascismo ni en el estalinismo, las dos opciones que se disputaban a muerte las conciencias. Fue siempre un hombre convencido del vicio esencial del socialismo. No era un fascista y tena una clara conciencia liberal de las reformas polticas que haba que introducir en la Espaa que no se haba restregado las legaas del siglo XIX (en materia econmica, en cambio, preocupa su

olmpico desinters). Por ello apost por la repblica en un principio en 1930 fue una figura clave de la Agrupacin al Servicio de la Repblica, pero al advertir su degeneracin y su secuestro por los enemigos de la libertad tuvo el coraje de criticarla, de proclamar no es esto, no es esto y distanciarse de ella.30 Con el estallido de la guerra intent casi un imposible: distinguir entre la cara liberal del Frente Popular, digamos la que encarnaba Azaa, y la totalitaria. Esta ambigedad ha sido utilizada por sus enemigos para acusarlo de respaldar a los nacionalistas de Franco, pero, salvo el hecho circunstancial de que sus hijos combatieran en ese bando, no existe mayor evidencia de ello. Que criticara al sector totalitario de la repblica en el exterior por ejemplo en el Times de Londres no haca de l un fascista. Tuvo luego que exiliarse y all creci su nostalgia por Espaa, su desgarramiento por un pas que haba eliminado de su horizonte toda opcin que no fuera la totalitaria, al tiempo que iba en aumento su gran prestigio europeo. La posibilidad de restaurar un cierto orden democrtico por va de la monarqua lo llev a considerar esta opcin y, a fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando pareca que la derrota del Eje tendra un efecto domin en la Sus valientes textos de crtica a la repblica a la que apoyaba figuran, bajo el ttulo genrico de Rectificacin de la repblica, en el volumen 11 de sus Obras Completas (Alianza Editorial, Madrid, 1983).

dictadura espaola, decidi volver a su pas. El regreso de 1945 a Espaa, donde vivira hasta su muerte casi diez aos ms tarde, fue un error de clculo y le cost caro: all dentro el rgimen intent instrumentalizarlo, especialmente con motivo de su discurso en el Ateneo, en 1946, cuando habl de que el horizonte de Espaa est despejado y de la indecente salud de que gozaba su pas (frases que se prestaban a una manipulacin). Es verdad que fue hasta cierto punto tolerado por un sector del falangismo intelectual que propugnaba una apertura que pudiera circular la revista Insula lo demuestra. Sin embargo, no se cas nunca con el sistema. Al contrario: el sector catlico ms asfixiante lo fustig sin tregua; lo consideraba, con razn, un enemigo peligroso precisamente porque no caba duda de su desprecio por el comunismo y de que era un partidario de la democracia liberal que quera articular a Espaa con el resto de Europa. No pudo expresar con claridad sus ideas polticas dentro de Espaa, y sus largos silencios El silencio, gran brahmn era el ttulo de un artculo suyo de 1930 31 le han valido la sospecha de los comisarios de la moral. Hay que decir que, en un mundo donde un gran nmero de intelectuales espaoles se pusieron al servicio de Franco y donde en el bando de enfrente consideraban traicin todo lo que no fuera servir al amo sovitico, la actitud de Ortega y Gasset, Jos, Obras Completas, Volumen 2, Alianza Editorial, Madrid, 1983.

Ortega en esa ltima etapa de su vida, con sus innegables ingenuidades, fue la ms digna posible. Tambin consecuente con la que haba descrito en El Imparcial, tan temprano como el 9 de febrero de 1913: Una nueva Espaa es slo posible si se unen estos dos trminos: democracia y competencia. En efecto, democracia y competencia eran la perfecta combinacin liberal que acaso le hubiera ahorrado a Espaa el horror de la guerra civil y la pobreza que el pas padeciera desde 1936 hasta prcticamente treinta aos ms tarde. Es muy probable que una clase intelectual mejor formada e informada hubiera contribuido ms eficazmente a colocar a Espaa en la proa de Europa. Tal vez no sea del todo justo tildar a los intelectuales espaoles de fabricantes de miseria, pero alguna responsabilidad, sin duda, les cabe.

Universalismo y americanismo La primera parte del siglo XX vio dispararse en Amrica Latina una polmica en verdad ella no cesa del todo entre hispanismo e indigenismo, por un lado, y americanismo y universalismo por el otro. El smbolo de los valores universales fue la revista Sur, fundada en 1931 por Victoria Ocampo en Argentina, en la que colaboraron, entre otros, Jorge Luis Borges y Jorge Bianco. No era la suya una actitud beata frente a Europa y la cultura occidental tratamos los temas europeos

sin supersticin y con irreverencia, deca Borges sino consciente de que Amrica Latina era una forma de Occidente. La disputa entre los espritus de vocacin universal y los nacionalistas no era la misma que aquella entre hispanistas e indigenistas. Los odios entre hispanistas e indigenistas soslayaron unos vicios complementarios en las visiones de estas dos corrientes, pues ambas tenan que ver, cada una a su manera, con el rechazo a la evolucin del pensamiento europeo desde la Ilustracin y a las ideas liberales. Los hispanistas, sobre todo la generacin del novecientos en el Per, compuesta por el gran historiador Jos de la Riva Agero, Vctor Andrs Belaunde y los dos Garca Caldern, reivindicaban la herencia hispnica y colonial, pero no en nombre de la libertad occidental sino de la tradicin catlica, los valores aristocrticos y la visin conservadora. Haba matices entre ellos: Vctor Andrs Belaunde, en el lado moderado, abra bastante las esclusas al resto de la cultura occidental; Riva Agero, en el lado conservador, lleg a defender a Mussolini y el fascismo. Estos hispanistas a menudo apoyaron dictaduras militares, no sintieron la menor tentacin por incorporar a los cuatro millones de indios desperdigados por los Andes a la vida moderna peruana y tuvieron una concepcin autoritaria y jerrquica de la vida, irrita a la movilidad social, la participacin democrtica y la libertad econmica. Por paradjico que parezca, algunos hispanistas delataban ya la influencia creciente de un nacionalismo cultural del que

empezaban a beber distintas ramas del intelectual latinoamericano, desde el indigenista hasta el arielista y desde el socialista hasta el catlico y el fascista. Al despuntar el siglo XX, Amrica Latina vio diluirse el ascendiente positivista. La publicacin de Ariel, del uruguayo Jos Enrique Rod, expres una tendencia a valorar las virtudes espirituales de lo latinoamericano frente al materialismo occidental y especficamente norteamericano. Esta visin entronc pocos aos despus con el pesimismo de muchos pensadores occidentales sobre el futuro de Occidente, patente en libros como La decadencia de Occidente, de Spengler, y, especialmente, El redescubrimiento de Amrica, de Waldo Frank, del que public fragmentos la revista peruana Amauta, smbolo de un nuevo movimiento: el indigenismo. La rebelin brasilea de los yagunzos de Canudos, en 1897, contra la repblica recin estrenada dio el estmulo de un hecho popular a ese proceso intelectual de rechazo al progreso y reivindicacin de la cultura tradicional indgena. De aquella rebelin dej un decisivo testimonio en Os sertoes Euclides da Cunha, un periodista republicano que fue a cubrirla armado de mucho desprecio y qued horrorizado con la brutalidad de la repblica, a la que vio liquidar a los campesinos a sangre y fuego, y fascinado con la renuncia al progreso por parte de una comunidad nativa. Mucho ms importante, por supuesto, fue la revolucin mexicana, una dcada ms tarde, para el movimiento indigenista

continental. Aunque la rebelin brasilea fue contra un poder de izquierda y la revolucin mexicana contra un poder de derecha, el de Porfirio Daz, la raz comn que aqu nos interesa es la idea del indgena enfrentado a los valores occidentales, bandera que pronto enterneci a un nmero abrumador de intelectuales latinoamericanos de inconfundible raigambre... occidental y urbana. Un movimiento popular que haba estallado contra el progreso eso mismo encarnaba para la poca, curiosamente, el strapa Porfirio Daz se volva as, por birlibirloque ideolgico, la nueva causa de nuestros progresistas. Aunque un debate ms importante sobre la identidad cultural subyaca al conflicto ideolgico y cultural promovido por el indigenismo, nuestros indigenistas terminaron por ahogarlo. La identidad cultural se volvi una coartada para defender una idea colectivista y an tiliberal de lo latin o am erica n o . R esu lta desconcertante que, casi a la par con el modernismo, esa revolucin de la lengua promovida por nuestros escritores, de horizonte amplio y mirada tendida al infinito, surgiera esta expresin cultural ensimismada, antimoderna, retrgrada, llamada indigenismo, primitivismo o costumbrismo segn de qu intelectual hablemos. Su expresin literaria dio al movimiento, de la mano con su expresin pictrica, un prestigio esttico de nefastas consecuencias polticas. La raz primera del indigenismo est en la cuzquea Clorinda Matto de Turner y su Aves sin nido, que en

1889 inaugura la preocupacin artstica por el indio en Amrica. Desde comienzos de siglo hasta el boom latinoamericano esa corriente ser la dominante, y su influencia ideolgica, cultural y poltica, adems de esttica, un decisivo elemento de nuestro subdesarrollo. Con un mundo folclrico poblado de comuneros, gauchos, campesinos, pongos, alpacas, vicuas, huaynos, vidalitas, ojotas y chirips, nuestros intelectuales creen despertar a la conciencia poltica bramando contra las oligarquas criollas y el imperialismo norteamericano, a la conciencia social descubriendo al indio tres siglos despus de los conquistadores, y a la literatura autctona despus de copiar durante un siglo la moda europea. En verdad, hacen lo contrario: en lugar de liberar a Amrica, la subdesarrollan; en lugar de reivindicar al indio, lo someten a una nueva forma del paternalismo; en lugar de literatura de vanguardia, hacen literatura primitiva y conformista, cuyos nicos admiradores estarn, no en los Andes, en Oaxaca o entre los mayas quichs sino en Europa y Estados Unidos (deca Alfonso Reyes en su Diario 1911-1930 que en Pars slo piden al americano que sea pintoresco y extico y aada que el exotismo y lo pintoresco son falsedad y ms vale fracasar que mentir).32 Hay, por supuesto, distintas versiones. Est la Reyes, Alfonso, Diario 19111930, Universidad de Guanajuato, Guanajuato, 1969.

versin extrema, de un socialismo real asfixiante, de Huasipungo, la novela del ecuatoriano Jorge Icaza; la truculenta de La vorgine, del colombiano Jos Eustaquio Rivera, en la que la selva devora a Arturo Cova; y hasta la canbal, como la publicacin Antropofagia del marxista Oswald de Andrade en Brasil. Indigenistas o telricas (vocablo privilegiado del subdesarrollo intelectual), todas estas creaciones, y otras, expresaban un odio cerval al capitalismo, a la civilizacin o a la influencia exterior, y a veces a las tres cosas juntas. Hubo tambin, claro, la versin light, entre idealista y cndida, de Doa Brbara, del venezolano Rmulo Gallegos (intelectual que, con toda su ingenuidad, fue respetable: exiliado por Juan Vicente Gmez, subi al poder democrticamente y fue vctima a los pocos meses de un golpe de Estado). Tambin era pintoresco, costumbrista, Ricardo Giraldes, autor de Don Segundo Sombra, ese intento tardo de reconciliar barbarie y civilizacin en el que el protagonista parece mutilado por la pampa. Hay la versin sentimentalista, por ejemplo en la obra, rica y original, de Jorge Amado, el escritor de los oprimidos del nordeste brasileo, y, por supuesto, la propiamente indigenista de Miguel Angel Asturias, para quien con mucho talento literario una sensibilidad por el indio se traduca en un maniqueo rechazo al capitalismo como sistema y a los valores occidentales. Menos importante que la obra de Rulfo, el indigenismo de Roa Bastos (Hijo de hombre) tambin ha alimentado la tradicin arcaica. No

siempre el sentimiento por el latinoamericano llevaba a la ideologa indigenista: a veces cobraba, por ejemplo, con Gabriela Mistral, una forma ms sublime, lrica. Y existieron los indigenistas desencantados, como el mexicano Mariano Azuela. Haba tambin quienes usaban el tema del indgena para una reflexin ms honda y autntica, o como elemento de una visin ms universal del hombre. Es el caso de un Guimaraes Rosa en Grande sertao: veredas, de un Jos Mara Arguedas en Los ros profundos, historia de un nio desgarrado por dos mundos, el indio y el blanco, que tambin desgarraron a su autor, hijo de blancos criado entre indios. Juan Rulfo fue el ms importante de este grupo: sus historias metafsicas situadas en el corazn de una comunidad indgena, la de Comala, son, adems de una reflexin espiritual sobre la condicin humana, un alegato sutil contra la revolucin mexicana, que no trajo el progreso prometido al indio. La figura de Jos de Vasconcelos golpea la mente cuando se piensa en el indigenismo mexicano. Como secretario de Instruccin Pblica, suerte de ministro de Educacin, de lvaro Obregn, fue el gran patrn de las artes mexicanas. Haba fundado con Alfonso Reyes el Ateneo de la Juventud en Mxico y ambos haban arremetido contra el positivismo de Porfirio Daz. Influido por el Ariel, Vasconcelos fue un nacionalista cultural que quiso traer al indio a la vanguardia de su pas, aunque tambin impuls decididamente los

valores del mestizaje. Esta ltima apuesta fue previsora y acertada, aunque los torrentes de demagogia que fluyeron de su ministerio compensaron ampliamente ese y otros mritos, como el combate contra el analfabetismo (intelectuales como Samuel Ramos tambin promovieron el mestizaje, algo que ha permitido a Mxico una paz social en todos estos aos y una mayor integracin que en otros pases con culturas diversas). Aunque termin mal y tuvo que exiliarse, el nombre de Vasconcelos es indesligable de esa fbrica de nacionalismo cultural que fue la revolucin mexicana. No son tanto sus ideas sobrela raza csmica suerte de fusin de todas las culturas americanas lo que queda de l, como el movimiento nacionalista por excelencia que financi y promovi hasta la exacerbacin: el muralismo y sus tres figuras principales, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y Jos Clemente Orozco. El muralismo cubri de frescos de tema revolucionario los edificios pblicos mexicanos y cas un indudable talento artstico con la demagogia, el subdesarrollo mental y la perversin totalitaria. Algunos eran marxistas, otros no, pero todos estaban influidos por la revolucin rusa y ayudaron a legitimizar la revolucin mexicana y la cultura de Estado. Rivera, que pas del cubismo al estilo monumental, pintaba al indio tradicional pero tambin quera transmitir la promesa de la produccin fabril; Siqueiros promova la revolucin comunista (la revolucin mexicana ha sido experta en absorber a los comunistas) mediante el uso

de la geometra de corte cubista y constructivista con su dramtico impacto visual; Orozco se inspiraba en la mitologa prehispnica. Aunque contribuan a la misma causa oficial, no eran una cofrada: Siqueiros ha pasado a la historia porque trat de asesinar a Trotsky en la villa de Coyoacn de Diego Rivera (su simpata por Trotsky hizo que Rivera fuera expulsado del partido comunista). Hay que aadir que costumbre, por lo visto, de antigua raigambre latinoamericana el revolucionario Rivera no dud en aceptar cuando los capitalistas norteamericanos de la Bolsa lo invitaron a exponer en Estados Unidos y a pintar murales y cuadros en hoteles y empresas norteamericanas, lo que no dejaba de ser una forma indirecta de apropiarse de la plusvala que generaban los oprimidos. En el Per, el indigenismo estaba en su apogeo. Hemos citado Amauta y debemos citar a su fundador, Jos Carlos Maritegui, el pensador marxista peruano que intent afincar en la realidad andina sus tesis revolucionarias y fund en 1929 el partido socialista. En sus Siete ensayos de interpretacin de la realidad peruana, intent integrar lo espiritual y lo material en el indio mezcla de marxismo y arielismoy convertir a la cultura india en el prototipo de la sociedad socialista. En sus textos explor sin tregua el problema del indio y la tierra por ejemplo en sus textos de la revista Mundial y defendi la idea de la comunidad orgnica y la cultura integral por oposicin a la occidentalizacin de las culturas nativas. Se trataba de

un marxismo con adaptador: en el Per no era tanto el proletario como el campesino el que deba constituir la clase revolucionaria. Junto con l hubo otros tericos, del moderado Uriel Garca a Luis Valcrcel, cuasi racista en sus comienzos. Contribucin importante a esa corriente fue la de Haya de la Torre, que haba fundado el Apra en Mxico en 1924. Acu el trmino Indoamrica y desarroll la teora del espaciotiempo histrico inspirado por la teora de la relatividad de Einstein para tratar de reconciliar los distintos tiempos histricos de acuerdo con las condiciones de cada pas. En su discurso nacionalista, impregnado de marxismo aunque en su madurez se distanci claramente de esa ideologa y de la revolucin rusa, el imperialismo no era en Amrica el ltimo estadio del capitalismo sino el primero. La imagen del indio que transmita Haya de la Torre era la del rebelde, no la del sumiso que perfilaba la literatura de Ventura Garca Caldern. Con excepciones, como la de Jos Mara Arguedas, que naci en una comunidad indgena, se cri en quechua y vivi desde dentro la experiencia del indio, nuestros indigenistas fueron gentes de cultura enteramente occidental empeadas en imponer una visin exterior al indio al que queran redimir de la explotacin de Occidente. El indigenismo peruano produjo obras importantes, como Los ros profundos, de Arguedas, o El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegra, pero deform la realidad, confundi la fuente

de la miseria que sufran los indios, invent una utopa colectivista y fue uno de los elementos que enemist a la cultura peruana con los valores de la libertad econmica y poltica. Su denuncia de la condicin del indio por ejemplo en la prosa del anarquista Gonzlez Prada es de innegable valor moral, pero la direccin en la que apunt el movimiento llevaba a Amrica Latina al conjunto de la sociedad en direccin contraria al verdadero progreso.

Las influencias El PRI mexicano, heredero de la revolucin, logr mantener la pauta de la era Vasconcelos, instrumentalizando a los intelectuales mexicanos, aunque algunos de ellos tuvieron luego gestos de independencia y hasta ruptura muy notables. Los casos ms clebres son los de Octavio Paz y Carlos Fuentes. Paz haba sido marxista en su juventud, pero el surrealismo y la experiencia de la guerra civil espaola (y en parte su debilidad por la figura pattica de Trotsky, el perseguido por Stalin) atemperaron en l esas exaltaciones polticas hasta empujarlo, en los aos setenta, hacia la democracia liberal. Hay que decir que tambin se nutri de la atmsfera nacionalista mexicana, como es obvio en su famoso Laberinto de la soledad. Como diplomtico de carrera, sirvi al PRI en la India, pero renunci en 1968, con ocasin de la

matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco bajo la presidencia de Daz Ordaz, cuando era ministro del Interior Luis Echeverra (que sera luego premiado con la presidencia). Aunque Paz ha dejado testimonio potico de este episodio Los empleados/ municipales lavan la sangre/ en la plaza de los sacrificios, fue sobre todo su renuncia al cargo lo que lo marc como una figura independiente. Su posterior El ogro filantrpico, denuncia del Estado todopoderoso, represent un claro asalto intelectual al sistema del PRI. Las revistas Plural y, ms tarde, Vuelta, que fund en Mxico, dieron continuidad a la famosa Sur de Argentina y bebieron de la tradicin de Revista de Occidente, abriendo unos espacios de libertad en el asfixiante mundo cultural bajo el PRI. En el otoo de su vida, Ladera Este volvi a creer en el Estado mexicano, especialmente desde la etapa de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, cuyas promesas de cambio y en algunos casos cambios reales le parecieron marcar un inequvoco derrotero democrtico. El caso de Fuentes es ms serpentino: el autor de notable novela que es La muerte de Artemio Cruz renunci a la embajada mexicana en Pars cuando Daz Ordaz fue nombrado embajador en Espaa por Lpez Portillo con el encargo de reanudar las relaciones interrumpidas desde el reconocimiento de Lzaro Crdenas a la repblica espaola. El inobjetable desplante democrtico contrasta con el hecho de que Fuentes haba sido embajador del presidente

Echeverra, el ministro del Interior de Tlatelolco, y, junto con Fernando Bentez, se haba constituido bajo ese gobierno en el escritor oficial del rgimen. Desde su renuncia, ha sabido, como su personaje ms famoso, el revolucionario Artemio Cruz, escalar mediante recursos diversos, no siempre reidos con la integridad intelectual, aunque a diferencia del caudillo ficticio, que simboliza el anquilosamiento de la nueva sociedad, el rutilante Fuentes nunca se anquilos (el refinamiento del PRI ha consistido siempre, entre otras cosas, en captar a los intelectuales de cualquier posicin poltica, desde comunistas hasta un Alfonso Reyes, que tambin fue diplomtico del PRI durante muchos aos, y convertirlos en parte de su engranaje; el que intent mantenerse puro fue a la crcel). El perfil de Carlos Fuentes, sin duda un gran novelista que figura con todo derecho en la lnea de vanguardia de los renovadores de la novela latinoamericana, trazado por su compatriota Enrique Krauze en Vuelta y The New Republic an no ha sido superado. Su ltima faceta, la denuncia del PRI en nombre de la democracia despus de creer en la esencia de ese sistema durante casi toda su vida, a este gran conocedor del universo precolombino mexicano en situacin de encandilamiento con la revolucin zapatista en Chiapas, la primera revolucin posmoderna en palabras suyas (no ms del diez por ciento de los mexicanos son indios). En esto tambin en esto es un exquisito producto cultural de la universidad norteamericana, tribunal ante el cual

parecen diseados sus cuidadosos movimientos en no menor medida que su brillantez expositiva. El nacionalismo intelectual latinoamericano avanz a lo largo del siglo en sus distintas vertientes. La vertiente del pensamiento econmico desemboc en el desarrollismo recuerdan la sustitucin de importaciones? propugnado por Ral Prebisch y, una vez fracasada la receta en manos de Pern y otros, en la teora de la dependencia, de la que fue excelso exponente Fernando Henrique Cardoso, el ex socilogo, actual presidente del Brasil, autor de un libro que lleva precisamente por nombre Dependencia y desarrollo en Amrica Latina. Ya hemos analizado extensamente en nuestro libro anterior estas ideas nacionalistas. En pocas palabras, la tesis desarrollista de Prebisch, que haba sido presidente del Banco Central de Argentina y se constituy en los aos cincuenta en la gran figura de la Cepal, creada en Chile en 1948, era que para desarrollar Amrica Latina haba que aumentar los precios de los productos tradicionales, estimular la industria nacional con protecciones y sustituir importaciones (eso s, como haba que importar componentes para la industria nacional, el dlar deba ser barato). Paralelamente, crea, con Keynes, que el Estado deba ser un agente del crecimiento econmico y el empleo. Cuando fracas el desarrollismo, la teora de la dependencia de Cardoso y compaa intent explicar que una injusticia estructural impeda a los pases de la periferia romper la dependencia con

respecto a los pases del centro. Ello deriv en la exigencia de que el mundo desarrollado financiara al otro, transferencia que, facilitada por los petrodlares, en parte cre despus la crisis de la deuda, al tiempo que potenci la hipertrofia del Estado. Nuestros nacionalistas econmicos proponan tambin reformas agrarias que cambiaran el patrn-hacendado por el patrn-burocracia. Uno de los enigmas que se desprenden de la conducta intelectual de Amrica Latina es la contradiccin entre la capacidad para alimentarse libremente y sin complejos del mundo exterior a la hora de crear y renovar el lenguaje escrito o pictrico y la incapacidad para hacer lo mismo en el dominio de las ideas polticas y sociales. Nuestra literatura del siglo XIX no hubiera existido sin la influencia del romanticismo y nuestra literatura del siglo XX tampoco sin el parnasianismo o el simbolismo, influencias a partir de las cuales nuestros literatos crearon librrimamente. A la hora de crear, a veces recrebamos y cuando no, crebamos mediante el uso de instrumentos aportados por el mundo exterior; a la hora de pensar, rechazbamos lo exterior... usando para ello instrumentos aprendidos del exterior. Hubiera existido Vicente Huidobro, el gran poeta creacionista, sin la influencia surrealista europea? Qu fue el primer Borges sino una hechura de la vanguardia europea? Son concebibles un Roberto Matta, un Wilfredo Lam, sin la existencia del surrealismo de Andr Breton? Qu

hubiera sido del joven Tamayo sin el cubismo? Qu hubiera sido de Onetti, o del boom latinoamericano, sin norteamericanos como Faulkner, Dos Passos? Nuestros intelectuales nunca dieron demasiada importancia a la contradiccin entre estas realidades de una cultura sin fronteras y su visin ideolgica de compartimientos estancos. No es la nica contradiccin, en un continente donde nombres como el del Germn Arciniegas de Entre la libertad y el miedo o el admirable Carlos Rangel de Del buen salvaje al buen revolucionario y El tercermundismo son destellos de lucidez poltica rodeados de tiniebla intelectual. Algunas de las mejores novelas contra el autoritarismo en Amrica Latina, en buena parte influidas por Tirano Banderas de ValleIncln, fueron escritas por gentes que admiraban o admiran distintas formas de autoritarismo de izquierda. Es el caso de El seor presidente, de Miguel Angel Asturias, Recurso del mtodo, de Alejo Carpentier, El otoo del Patriarca, de Garca Mrquez, y Yo, el supremo, de Roa Bastos. El caso de Carpentier asombra. Sus mejores novelas describen con una imaginacin desbocada y un lenguaje amaznico (por lo rico) los desastres del racionalismo revolucionario. Es lo que ocurre en El Reino de este mundo, libro sobre la degeneracin de la independencia de Hait en el que ni el vud es capaz de detener la transformacin de los libertadores en monstruos, y en El siglo de las luces, que explora el impacto de la degeneracin de la

revolucin francesa en tres personajes en el Caribe. Este escritor es el mismo que sirvi hasta su muerte como disciplinado funcionario de Fidel Castro y, antes, brevemente, se haba acoplado a la Venezuela de Prez Jimnez. En sus ltimos libros por ejemplo La consagracin de la primavera quiso actualizar polticamente su literatura y ponerla al servicio de la revolucin cubana, y se volvi mal escritor. Contradicciones intelectuales de grueso calibre existen en los grandes nombres de nuestra literatura de la primera mitad del siglo. Csar Vallejo fue un caso notable. No existe un poeta ms pesimista y perturbado (a pesar de ser hijo de una familia muy religiosa de Santiago de Chuco, un pueblo del Per rural). Su genialidad naca en buena parte de su visin del fondo oscuro de la existencia. En Trilce, cuyo tema es realmente la dislocacin del lenguaje tras la prdida de fe en el alma humana, est bien concentrada la angustia existencial de este hombre humilde que en 1923 haba partido a Pars huyendo de la miseria peruana. En Europa no se volvi optimista en cuanto a la vida misma, pues su poesa sigui cargada de una profunda e inquietante negrura existencial. Y, sin embargo, abraz el marxismo con entusiasmo infantil, visit la URSS y cant sus glorias. A veces, como en Espaa, aparta de m este cliz, su decepcin poltica, en ese caso por la derrota de la repblica, a la que se entreg con fervor y que inspir su Himno a los voluntarios de la repblica, cre gran poesa; pero su revelacin

revolucionaria lo llev a producir en 1931 una espantosa novela de realismo socialista (minero), Tungsteno. Cmo entender que el alma atormentada que dio a luz Los heraldos negros y se carg de tristeza por las limitaciones de la condicin humana es la misma que crey en el paraso estalinista y escribi Rusia, 1931?

Contradicciones centroamericanas Al ms grande de los poetas hispanoamericanos, Rubn Daro, nadie le puede negar genialidad. La revolucin que oper en la lengua y la literatura latinoamericana marc a casi todo el siglo, o bien porque influy en los que vinieron despus o porque los oblig es el caso de Vallejo, Neruda, Huidobro, Borges a reaccionar frente al modernismo. Todos llevamos algn verso de Daro en el alma. Pero un rpido vistazo a su comportamiento poltico deja un sabor a ceniza. Es ms: con excepcin del libertario Jos Mart, y de Gonzlez Prada, simptico por su anarquismo insobornable, las figuras del modernismo tuvieron un comportamiento poltico sinuoso y buscaron la proteccin oficial de gobiernos no democrticos. A pesar de ser un movimiento literario puro que aspiraba a una suerte de aristocracia lrica alejada del ruido social (se llamaba moderno al principio por la influencia francesa, y otros americanos, como Rod, dijeron de Daro que no es el poeta de

Amrica), el modernismo tena tambin un aura de contestacin poltica. Muchos polticos radicales se le acercaron en un momento en que el catolicismo se bata en retirada y estaba en auge el asedio a lo tradicional. Pero, hubo algo ms tradicional que el nacionalismo militarista que abraz Leopoldo Lugones, otro gran poeta, en su madurez? Pudo ser ms tradicional el servilismo del guatemalteco Enrique Gmez Carrillo, el mejor cronista modernista, cuyos escritos desde Pars encandilaban a los lectores de peridicos, ante el temible dspota Estrada Cabrera? El caso de Daro, el hombre que revolucion la cadencia, la mtrica y el lenguaje espaoles, lo demuestra. Tiranuelos de machete llam l mismo alguna vez a nuestros dictadores bananeros. Sirvi a no pocos de ellos. Empez a cantar a generales autoritarios muy joven, cuando en 1881 ley en una velada fnebre su poema A Jerez, en homenaje al general Mximo Jerez. Por aquella poca se empez a hablar de la Unin Centroamericana, proyecto para revivir la Federacin que en los aos veinte del siglo XIX haba unido a los pases de la regin. Entusiasmaba a Daro esta idea pero expresaba igual admiracin por los generales centroamericanos que la propugnaban y los que la combatan. En 1882 hizo un poemaAl Seor Dr. D. Rafael Zaldvar, el dictador de El Salvador opuesto a la unin, a quien visit dos aos despus en compaa del presidente Crdenas de su pas, tambin enemigo de la unin y cmplice del intervencionismo yanqui, a quien

serva como secretario; pero no sin antes escribir un poema Al general Justo Rufino Barrios, el liberal autoritario guatemalteco que con ms empeo intentaba recrear la Federacin Centroamericana y quera por ello invadir El Salvador. En 1889 escribe Unin Centroamericana, un poema que leeel 20 de octubre en un banquete en honor de Francisco Menndez, el dictador salvadoreo que haba participado en el derrocamiento de Zaldvar. Los favores eran correspondidos. El salvadoreo Francisco Menndez le dio la direccin de La Unin, el diario oficial de su rgimen. Cuando el general Carlos Ezeta depone al general Menndez, Daro se va a Guatemala, donde hace migas con el general Manuel Barillas, que le da la direccin del diario oficialista El correo de la tarde. A partir de 1892, su gobierno, el nicaragense, lo enva de cnsul a Espaa con ocasin del cuarto centenario del descubrimiento de Amrica. Gobernaba en Managua Roberto Sacasa. Cuando el general Jos Zelaya derroca a Sacasa, al ao siguiente, Daro se pone a disposicin del dictador liberal. En 1901 le dedica su libro Peregrinaciones de esta manera: Al general J. Santos Zelaya, impulsor del progreso en Nicaragua, respetuosamente este libro dedica R.D. Naturalmente, fue nombrado cnsul en Pars a los pocos meses. Unos aos despus, al caer Zelaya y subir Jos Madriz bajo el fuego cruzado de una continua pugna entre conservadores y liberales, Daro se pone a rdenes de Madriz, a quien le acepta el encargo, en 1910, de ser

delegado ante las celebraciones por el centenario de la independencia de Mxico organizadas all por... el dictador Porfirio Daz. Al final de su vida y camino de regreso a Nicaragua, este viajero impenitente que ha escrito prodigios en verso en Chile, Argentina, Espaa, Francia pasa unos meses en Guatemala invitado por Manuel Estrada Cabrera para recuperarse de su enfermedad en un hotel y, luego, en una de sus fincas. Debe extraar que en su bibliografa exista el poema a la Mater Admirabilis de Manuel Estrada Cabrera? Sus relaciones con Estados Unidos merecen un comentario especial. En 1904 dispar contra Estados Unidos un poema que el antiimperialismo ha elevado a categora de palabra sagrada: A Roosevelt. Habra que recordar a nuestros antiimperialistas que el contenido de ese poema es antiimperialista slo con respecto a Estados Unidos, pues ataca a ese pas en nombre de la colonia espaola: Tened cuidado. Vive la Amrica espaola!/ Hay mil cachorros sueltos del Len Espaol./ Se necesitara, Roosevelt, ser, por Dios mismo,/ el Riflero terrible y el fuerte Cazador/ para poder tenernos en vuestras frreas garras./ Y, pues contis con todo, falta una cosa: Dios! La crtica americana de Estados Unidos, pocos aos despus de la guerra hispano-norteamericana y casi inmediatamente despus de la Enmienda Platt, tiene lgica. No lo tiene el que ese poema se haya convertido en smbolo del antiimperialismo, pues exaltaba la herencia colonial. Otra cosa es que la hispanidad fuera uno de los temas

explorados por la poesa de Daro, especialmente en su obra maestra Cantos de vida y esperanza. Pero menos sentido tiene que, dos aos despus del poema A Roosevelt, Daro escribiera su Salutacin del guila. Uno puede imaginarse a los atildados funcionarios de Langley, Virginia, recitando algunos de estos versos: Bien vengas, mgica guila de alas enormes y fuertes, / a extender sobre el Sur tu gran sombra continental. O tal vez estos otros, del mismo poema: Trenos los secretos de las labores del Norte / y que los hijos nuestros dejen de ser los rtores latinos / y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carcter. Si analizamos el comportamiento poltico y la prdica ideolgica de otro de nuestros grandes escritores, Miguel ngel Asturias, no encontramos un panorama mucho ms reconfortante. La izquierda lo ha adoptado como un modelo del escritor con preocupacin social, y sin duda lo fue, y como un ltigo del imperialismo norteamericano y las clases explotadoras latinoamericanas, algo que fue a ratos. Su visin ideolgica no siempre impidi que sus libros fueran originales y ricos. En su literatura indigenista hay influencia surrealista, leyenda y realismo mgico, y en ella, mediante la exploracin de la mitologa mayaquich o de la cultura tradicional apegada a la tierra, nos abre un mundo fascinante relacionado con la herencia prehispnica de su lugar de origen, Centroamrica. En sus aos mozos, Asturias critic a Estrada

Cabrera, como casi todos los jvenes de entonces, y celebr su cada (el dictador ser el modelo principal de su clebre El seor presidente). Este arrebato juvenil, y su muy breve encarcelamiento a manos del dictador Jos Mara Orellana, son los chispazos de grandeza en su comportamiento poltico (el segundo fue compensado con sus colaboraciones acrticas en El imparcial, el medio oficialista por excelencia, durante esa misma dictadura y la posterior de Lzaro Chacn). Sorprende, pues, su apoyo al cruel Jorge Ubico, hombre dcil ante Washington. Asturias particip hasta 1937 en el diario oficial de Ubico, El liberal progresista, y en 1942 fue nombrado a la Asamblea Constituyente para la tercera reeleccin de ese dictador. Tambin se dej hacer diputado cuando la Asamblea se convirti en legislatura. Era la misma persona que en 1932, pocos aos antes del rgimen de Ubico, haba escrito en El Imparcial: ... mientras el sistema actual (el capitalismo) no desaparezca por completo y se llegue a la socializacin de los medios de produccin y reparticin de ganancias, mientras los hombres sean simples juguetes en manos de los directores de los grandes trusts, la guerra ser posible.33 Aunque ms tarde Asturias rompi con Ubico, su firma estuvo notoriamente ausente del memorial de los 311, decisivo para la cada del general. Asturias, Miguel ngel, Pars 1922-1933, periodismo y creacin literaria, CSIC, Madrid, 1988.

El perodo entre 1944 y 1955, llamado la dcada civilizada por los gobiernos reformistas socializantes de Juan Jos Arvalo y el coronel Jacobo Arbenz, sorprendi a Asturias convertido al reformismo despus de su entusiasmo por Ubico y de haberse opuesto a esa revolucin socialista. Asturias sirvi al nuevo poder bastante ms decoroso, en lo poltico, que los anteriores como diplomtico. Cuando vino el golpe contra Arbenz mediante invasin norteamericana, tuvo el tino de exiliarse en Buenos Aires. Sin embargo, unos aos despus, en la dcada de los sesenta, cuando gana las elecciones Mndez Montenegro y al poco, secuestrado por los militares, no rechaza la mano dura, Asturias sirve al nuevo rgimen en la embajada de Pars. Al recibir, en 1967, el Premio Nobel, un amplio coro de gente le ruega que renuncie a la embajada. Asturias, sabiendo que eso le traera problemas con el gobierno, se niega. Puede extraar que Emir Rodrguez Monegal, el destacado crtico uruguayo, diga en su libro sobre Borges que la Academia Sueca neg el Nobel a Borges por su apoyo a Pinochet sin importarle el estalinismo de Neruda o la servidumbre de Asturias?34 Su cobijo bajo gobiernos autoritarios no impeda que defendiera el socialismo y atacara al capitalismo, el imperialismo y el militarismo. As, recibi, feliz, en 1966, el Premio Lenin de la Paz en el Mosc totalitario. Rodrguez Monegal, Emir, Borges: hacia una lectura potica, Guadarrama, Madrid, 1976.

El galardonado por la capital de la revolucin proletaria no se inmut cuando el presidente convertido en dictador al que serva Mndez Montenegro restituy el decreto 2.795 de la poca de Ubico, que deca: Estn exentos de responsabilidad criminal los propietarios de fincas...35 Asturias tuvo la habilidad de no inscribirse en el partido comunista, que lo adulaba, ni pedir abiertamente la revolucin marxista para su pas. Lo cual convierte en una irona que su hijo Rodrigo se volviera espadachn de la guerrilla guatemalteca a la cabeza de la Organizacin del Pueblo en Armas, integrada en la Unin Nacional Revolucionaria Guatemalteca (UNRG), bajo el nombre de guerra del Comandante Gaspar, en homenaje al Gaspar Ilom de Hombres de maz. La novela debe seguir la vida del pueblo, haba dicho Asturias alguna vez. Su novela social, muchas veces abiertamente maniquea, se salva en parte por el elemento mitolgico y ancestral, aprendido sobre todo en el Popol Vuh. En Hombres de maz, el mito mayaquich del hombre creado por el maz y los elementos sagrados de la tierra el propio maz, la banana estn tratados con pericia literaria. Pero atraviesa la novela una condena de las relaciones comerciales del capitalismo, destructor de la cultura tradicional. Hay Cardoza y Aragn, Luis, Miguel ngel Asturias, casi novela, Era, Ciudad de Mxico, 1991.

tambin en Asturias esa triloga antiimperialista por excelencia de Viento fuerte, El papa verde y Los ojos de los enterrados, secuencia de novelas contra la United Fruit (recuerdan Mamita Yunai del costarricense Carlos Luis Fallas?). En esas pginas est encerrada la esencia del pensamiento anticapitalista latinoamericano, tan culpable de nuestro atraso. El capitalismo es para Asturias lo que Tohil para el mayaquich: el dios de la muerte. La respuesta del pueblo a Asturias, a las puertas del siglo XXI, es contundente: los quichs se estn occidentalizando a pasos agigantados, dentro de eso que los guatemaltecos llaman la cultura ladina, es decir mestiza, sin que ningn designio perverso as lo exija. Hay alguna relacin entre la pobreza centroamericana la ms aguda de Amrica Latina y la ambigedad ideolgica de sus ms destacados intelectuales? Es posible sealarlos como cmplices de los fabricantes de miseria? Probablemente, s.

Neruda y Guilln Otra de las catedrales de la poesa latinoamericana, Pablo Neruda, llama la atencin por su conducta poltica. Su caso fue tambin el de alguien que busc la proteccin del poder, pero l llev su compromiso a la peor de todas las orillas contemporneas: la del totalitarismo, al que justific consistentemente hasta su

muerte, si bien en el final de su vida moder algunos entusiasmos juveniles. El autor de Los dictadores, un hermoso poema de su Canto general, fue el incensario de varios de ellos. Es curioso que este smbolo de la izquierda latinoamericana representara como diplomtico al gobierno dictatorial del conservador Carlos Ibez entre 1927 y 1931, en el Asia, para despus servir en Argentina y Espaa a Arturo Alessandri, ese populista protocepalista, con fama de hombre de derechas, ms bien democrtico, pero muy lejos del revolucionario Neruda, de ese Neruda que public Espaa en el corazn en pleno frente de batalla, en Barcelona, durante la guerra civil espaola. Ms lgica tiene el que en 1940 volviera al servicio diplomtico para servir a Pedro Aguirre, que haba subido a la cabeza del Frente Popular. En 1945 se afili al partido comunista, que tras la Segunda Guerra Mundial pareca la bandera del futuro (ya haba publicado en 1942 Canto de amor a Stalingrado y en 1943 Nuevo canto de amor a Stalingrado). Uno de sus pocos mritos polticos ser, justamente, haber sido perseguido por el gobierno chileno, a fines de los aos cincuenta, por su radicalismo: el 27 de noviembre de 1947 publica en El Nacional de Caracas su Carta ntima para millones de hombres, lo que le vale el juicio iniciado por el presidente de Chile, el tenebroso Gonzlez Videla. Su respuesta llega en un discurso en el Senado, Yo acuso. En febrero de 1948 lo desaforan y dictan orden

de detencin contra l. Gracias a que se oculta y tiene tiempo para escribir, nacer Canto General. A partir de 1949 hace todos los mritos necesarios viajes a la URSS invitado por la Unin de Escritores, recorridos por Polonia y Hungra para que en 1953 le concedan el Premio Stalin de la Paz, del que ha sido tambin jurado un ao antes. Sus visitas al imperio totalitario en 1960 hace un largo periplo solidario, en 1965 es jurado del Premio Lenin, en 1967 vuelve a ser invitado por la Unin de Escritores se mantienen. Despus de escribir un poema de homenaje a Stalin en su muerte, se adapta a la era Jruschov, el detractor necrolgico de Stalin y continuador del sistema comunista. En sus memorias pstumas, Confieso que he vivido, el Neruda de la tercera edad ha tomado distancia frente a Stalin ya no es el gran capitn, pero de un modo cauto, compensado con elogios, y en ningn caso coherente, pues Stalin no le parece un elemento del sistema al que defiende sino una anomala. Yo haba aportado mis dosis de culto a la personalidad, en el caso de Stalin, confiesa. Y aade: la degeneracin de su personalidad fue un proceso misterioso.36 En esas mismas memorias Neruda nos cuenta, con excitacin casi infantil, cmo fue que el propio Stalin decidi que se le diera a l el premio de 1953. Y se justifica de su estalinismo as: Por sobre las tinieblas, desconocidas Neruda, Pablo, Confieso que he vivido, Seix Barral, Barcelona, 1974.

para m, de la poca staliniana, surga ante mis ojos el primer Stalin, un hombre principista y bonachn, sobrio como un anacoreta, defensor titnico de la revolucin rusa. Adems, este pequeo hombre de grandes bigotes se agigant en la guerra; con su nombre en los labios, el Ejrcito Rojo atac y pulveriz la fortaleza de los demonios hitlerianos. Hay que recordar que Neruda esper hasta el final de su vida para este distanciamiento. Un distanciamiento que no entraaba ninguna independencia frente a Mosc, pues era esa misma la lnea oficial desde el informe de Jruschov ante el XX congreso del partido comunista. En sus memorias, Neruda rinde culto a Lenin sin atenuantes. Describiendo uno de los desfiles militares que haba presenciado en Mosc, evoca al fundador de esta seguridad, de esta alegra y de esta fuerza: Vladimir Ilich Ulianov, inmortalmente conocido como Lenin.37 En otro pasaje, rememorando su visita de 1949 a Mosc, se refiere a los nuevos recuerdos inmortales: el crucero Aurora cuyos caones, unidos al pensamiento de Lenin, derribaron los muros del pasado y abrieron las puertas de la historia.38 Tambin disculpa la poltica cultural con el argumento de que, en secreto, a pesar de la represin, los comisarios comentaban entre ellos acerca de los escritores

prohibidos. Llega a decir que el dogmatismo cultural fue siempre tomado como un defecto y combatido cara a cara por los responsables del sistema.39 A Neruda le parece un atenuante considerable del gulag que padecieron los escritores que los oficiales soviticos hablaran en voz baja de Pasternak, ese honesto reaccionario, ese sacristn luminoso. Afirma tambin, acerca de su compatriota Vicente Huidobro: Diremos que sus poemas a la revolucin de octubre a la muerte de Lenin son una contribucin fundamental de Huidobro al despertar humano.40 En sus referencias a China, Neruda menciona el culto a la personalidad de Mao, pero nunca sus crmenes ni la Revolucin Cultural, como si el problema hubiera sido, al igual que con Stalin, slo el culto a la personalidad. Se permite, por lo dems, varios elogios compensatorios de Mao. Una frase lo dice todo acerca de su visin de la China, donde en 1951 haba entregado el Premio de la Paz a la seora Sun Yat-Sen: Todos iban vestidos de azul proletario, una especie de sarga o mezclilla obrera. Hombres, mujeres y nios iban as. A m me agradaba esta simplificacin del traje, con sus diferentes gradaciones de azul.41 Con respecto a Fidel Castro, Neruda es ditirmbico,

a pesar de su ruptura con los escritores del rgimen, que, siguiendo rdenes superiores, le haban dirigido en 1966, una carta abierta atacndolo por haber asistido al congreso del Pen Club en Estados Unidos y haber recibido en Lima una condecoracin del presidente Belaunde, un reformista al que los revolucionarios vean con odio y que combata a las guerrillas en la sierra (el verdadero motivo de la carta, redactada por los amanuenses del rgimen, Fernndez Retamar, Lisandro Otero y Edmundo Desnoes, fue el despecho de La Habana contra Mosc por no apoyar entonces el foquismo revolucionario en Amrica Latina. La carta empezaba as: Creemos nuestro deber darte a conocer la inquietud que ha causado en Cuba el uso que nuestros enemigos han hecho de recientes actividades tuyas.)42 Seguimos en 1973, en vsperas de la muerte de Neruda, cuando ha pasado casi una dcada y media del rgimen cubano y sus horrores, incluyendo los del mbito cultural, como el caso Padilla, son conocidos. El poeta, poseedor de la virtud de la paciencia, elogia los discursos kilomtricos de Castro: Para m, como para muchos otros, los discursos de Fidel han sido una revelacin.43 Tambin deja constancia orgullosa de su participacin, a comienzos de la revolucin, en el nacimiento de Prensa Latina, idea que l habra

sugerido a Fidel Castro en Venezuela. El Neruda de 1973 es, con respecto a Castro, el mismo de Cancin de gesta, su exaltacin potica del revolucionario. Por si caben dudas, deja en claro que la ria con Cuba ha quedado atrs: Con el tiempo toda sombra de pugna se ha eliminado y existe entre los dos partidos comunistas ms importantes de Amrica Latina un entendimiento claro y una relacin fraternal.44 En su propio pas, el poeta-poltico no estuvo menos activo. En 1969 fue designado candidato del partido comunista a la presidencia y recorri el pas en campaa. Al ao siguiente, retir su candidatura para apoyar al Frente Popular de Allende. Lo que hizo Salvador Allende en el poder, ya lo hemos analizado en nuestro libro anterior. Neruda dio su caucin a cada uno de sus actos, incluyendo la empresa titnica de la nacionalizacin del cobre y otras reas. Su amigo, el escritor chileno Jorge Edwards, ha dicho en distintos lugares (entre ellos en su Adis, poeta) que Neruda tuvo en los ltimos tiempos de su vida lucidez acerca del desastre de Allende, y que la expres en privado. Si lo dice Edwards, no hay duda de que fue cierto. Desde su embajada en Pars, el poeta no poda expresar en pblico sus reservas y no lo hizo nunca. As fue que en 1973, cuando ya el desastre era obvio, public la editorial Quimant su texto Incitacin al nixonicidio y alabanza de la revolucin chilena, en defensa del

gobierno, con motivo de las elecciones parlamentarias de ese ao. Lo dems, a partir del golpe militar de Pinochet, es historia conocida, incluyendo al saqueo perpetrado por los sicarios del dictador en las casas del poeta en Valparaso y Santiago. Para terminar esta muy breve semblanza ideolgica vale la pena reproducir algunos versos de La United Fruit Co, que figura en su Canto general, libro donde, con pginas de verdadera genialidad, denuncia la colonia espaola lo mismo que el imperialismo yanqui: Cuando son la trompeta, estuvo/ todo preparado en la tierra,/ y Jehov reparti el mundo/ a Coca-Cola inc., Anaconda, Ford Motors, y otras entidades;/ la Compaa Frutera Inc. se reserv lo ms jugoso,/ la costa central de mi tierra/ la dulce cintura de Amrica./ Bautiz de nuevo sus tierras/ como Repblicas Bananas/ y sobre los muertos dormidos;/ sobre los hroes inquietos/ que conquistaron la grandeza,/ la libertad y las banderas,/ estableci la pera bufa. Es probable que una buena parte de la juventud chilena, admiradora de este genial poeta, le concediera a sus ideas polticas un rango similar al que merecan sus versos. Y es tambin probable que ese trasvase del juicio literario creara numerosas confusiones que luego se transformaran en medidas de gobierno conducentes a la catstrofe econmica. La lista de enamorados de los varios estalinismos en las letras latinoamericanas es larga. No podemos agotarla, pero s mencionar, de paso, otros casos. El de

Nicols Guilln, por ejemplo, el poeta de la Cuba negra, autor de Sngoro Cosongo y otra poesa popular, que se hizo miembro del partido comunista cuando estaba en la cumbre. Fue censor de prensa del dictador Machado en los aos treinta, secund al Batista de los aos cuarenta, y se declar estalinista en los cincuenta, con versos como ste: Stalin, que te proteja Chang y te cuide Yemay. Cuando Fidel Castro lleg al poder, Guilln se puso a su disposicin y ocup cargos en el rea de la cultura (presidi la Unin de Escritores). Como Carpentier, fue un diligente servidor hasta su muerte, en 1989. La cultura cubana incluyendo ramas como el baile, donde Alicia Alonso pas de ser mimada por Batista a ser mimada por Castro, hasta hoy ha conocido un elevado nmero de artistas que no supieron, o no quisieron, o no se atrevieron a romper a tiempo, cuando la evidencia era insoslayable.

Otros genuflexos En el bando de enfrente tambin escritores latinoam ericano s m uy em inentes han sido complacientes con dictaduras. El caso ms notorio es el de Jorge Luis Borges, que, a diferencia de los antes mencionados, pag en vida un precio alto en trminos de popularidad poltica, incluida la no concesin de un Premio Nobel que pareca imposible negarle. Sus innumerables detractores polticos se han encargado

siempre de sealar su respaldo ms espordico que sistemtico, ms gestual que ideolgico a las dictaduras militares, como la argentina y la chilena. Mientras que la izquierda nunca ha denunciado el encandilamiento de un Asturias o un Neruda con las dictaduras, y la derecha no suele atreverse a reprocharles a los grandes escritores de izquierda su servilismo frente a las tiranas progresistas, la izquierda ha sido implacable con Borges. Desde el lado indigenista se le reproch, en trminos literarios, que fuera europeo y no latinoamericano, aunque hoy se acepta ms fcilmente que no hay nadie ms argentino que Borges, lo que no excluye la influencia de Chesterton, Stevenson, Kipling, Hume, Berckeley, Schopenhauer o Nietzsche. Pero fue su posicin poltica lo que verdaderamente centr la campaa contra l. Borges se calific a s mismo en la primera etapa de su vida de liberal spenceriano, y en la postrera se defini, sin complejos, como un conservador. Ya en 1972 declaraba a Alex Zisman, en la revista Libre: Yo era anarquista individualista... ahora soy conservador.45 Mantuvo a lo largo de su vida un implacable odio por ciertos personajes autoritarios de la historia argentina Rosas, en el siglo pasado, y Pern, en su tiempo, a quien se refiere en la entrevista citada como rufin. Pero no deja de ser desconcertante su bendicin a los militares de su pas, que eran la negacin, por lo

brbaros, de todo lo que l representaba, que era la civilizacin, o que aceptara una condecoracin de Pinochet, conducta que contrasta con la de su compatriota Ernesto Sbato, ltigo de los militares de su pas (al mismo tiempo que crtico de Fidel Castro). Hay que agradecerle, eso s, que no fuera nacionalista, en un pas eminentemente nacionalista, y que tuviera el coraje de atacar a la dictadura de Galtieri con ocasin de la invasin de las islas Malvinas, pistoletazo de partida de esa guerra a la que l compar con la de dos calvos por un peine. Los epigramas de Borges contra la democracia fueron frecuentes. Su tono fue a menudo fcil o frvolo, ms para escandalizar que para propugnar una visin ideolgica. Borges no es, ni remotamente, lo peor que ha producido la derecha en materia de comportamiento poltico de un intelectual. Nuestra historia est plagada de casos como el del fascista Plinio Salgado, que intent el golpe contra Getulio Vargas (otro dictador) en Brasil, o el primer nombre de las letras dominicanas, el ensayista Pedro Henrquez Urea, que ejerci como secretario de Educacin de Trujillo y escribi textos a favor de ese rgimen que los trujillistas citaron siempre, aun cuando el filsofo debi huir del pas porque el mandams intent seducir a su mujer. Ventura Garca Caldern, el hispanista, autor de fantasas de ambiente criollo, fue diplomtico de varios dictadores peruanos y estuvo financiado por uno de ellos, el mariscal Oscar R. Benavides. Pero la corona se la lleva otro peruano, el

esperpntico Jos Santos Chocano, que se apunt a las tesis vallenistas del cesarismo democrtico, que public en 1922 su Idearium tropical. Apuntes sobre las dictaduras organizadoras y la gran farsa democrtica, y que sirvi, a travs de su extenso recorrido por el mundo en pos de aventura (y algunas veces huyendo de la justicia, que lo buscaba por estafador, o en pos de inversiones de dudoso origen) a strapas como Juan Vicente Gmez o Estrada Cabrera. No menos genuflexo fue don Augusto Legua en el Per. Lo que dijo de Pancho Villa en tono de elogio bandolero divino quiz le conviene a este parnasiano en tono contrario. Ningn episodio poltico contemporneo ha tenido tanto impacto en el mundo intelectual de esa regin como el caso Padilla, detonante de su divisin, a comienzos de la dcada de los setenta, en torno a la marcha de Cuba. En verdad, ya un grupo de intelectuales que haba apoyado a Castro y que todava se situaba en la izquierda haba expresado su incomodidad por muchas de las medidas represivas de Castro, pero con ese tpico temor a dar armas al enemigo haba mantenido sus reservas en la esfera privada. En alguna ocasin por ejemplo con su artculo El socialismo y los tanques, en 1969 Mario Vargas Llosa haba atacado la aquiescencia de La Habana ante la invasin de los pases del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia, pero, aunque en l y otros haba un enfriamiento de su otrora ruidosa simpata, no se haba llegado a la ruptura. Ese momento lleg con

Heberto Padilla, como pudo llegar con cualquier otro incidente. El poeta cubano, premiado por la Unin de Escritores por Fuera de juego, cay en desgracia con el rgimen por algunos gestos independientes, especialmente su defensa literaria del Guillermo Cabrera Infante de Tres Tristes Tigres, a quien desde su exilio en 1965, y especialmente tras su declaracin contra la dictadura cubana, en 1968, en Primera Plana, los escritores oficiales fustigaban. En marzo de 1971, como ha contado Juan Goytisolo en el pormenorizado relato que forma parte de sus memorias, la redaccin de la revista Libre, en un cuarto de la calle Bivre que con el tiempo se volvera un restaurante de alcuzcuz, fue asaltada por la noticia de la detencin de Padilla en Cuba.46 Libre acababa de ser fundada gracias al financiamiento de la novelesca Albina de Boisrouvray, nieta del barn del estao boliviano Nicanor Patio, y agrupaba a buena parte de las figuras literarias de la lengua. La primera reaccin, una vez que Padilla fue obligado a hacer su autocrtica digna de Bujarin y Radek (he sido injusto con Fidel, de lo cual nunca me cansar de arrepentirme),47 fue la de protestar en privado. Goytisolo y Julio Cortzar redactaron una carta que, con Goytisolo, Juan, En los reinos del Taifa, Seix Barral, Barcelona, 1985.

ms de cincuenta firmas latinoamericanas y europeas de escritores de izquierda, incluidos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, fue enviada a Hayde Santamara, directora de Casa de las Amricas. La carta slo se hara pblica en caso de no tener respuesta. La respuesta lleg por va de Fidel, que arremeti contra los seores intelectuales burgueses y libelistas y agentes de la CIA y, en el Congreso Nacional de Educacin y Cultura, en abril, llam basura y ratas intelectuales a los firmantes. A partir de ese momento, los escritores de la izquierda latinoamericana se dividiran para siempre en dos bandos. Una segunda carta, esta vez ms crtica, redactada por Mario Vargas Llosa en Barcelona y que Goytisolo llev a Pars, reuni casi todas las firmas anteriores y algunas ms, como las de Rulfo y Pasolini. Cortzar retir su firma, Carlos Barral hizo lo propio y no figur la de Garca Mrquez, que adems hizo saber que su nombre no haba contado con su autorizacin la primera vez. Algunos amigos de Cortzar retiraron su firma das despus. No figuraba la de Octavio Paz, que tampoco haba firmado la primera y que prefiri protestar por separado. Quedaron 62 firmas en total. Cortzar decidi, para enmendar sus relaciones con Cuba, algo menguadas por haber firmado la primera carta, hacer su autocrtica revolucionaria por medio de un poema Policrtica en la hora de los chacales que hubiera podido firmar Zdanov. En l hablaba de liberales a la violeta... firmantes de textos virtuosos y

afirmaba rotundo: Es ahora que ejerzo mi derecho a elegir y a estar una vez ms, y ms que nunca, con tu revolucin, mi Cuba. Pero son stos los versos ms famosos: ... buenos das, Fidel, buenos das, Hayde, buenos das, mi Casa,/ mi sitio en los amigos y en las calles,/ mi buchito, mi amor, mi caimancito herido....48 Una vez que Cortzar descubri la poltica, se declar siempre revolucionario y hasta concibi la literatura como parte de la misin revolucionaria (en su Carta a Pablo Neruda, escrita en Viena en 1971, deca que otra poesa ha nacido en nuestro tiempo, su nombre es revolucin).49 Sigui fiel a Cuba, aunque Cuba nunca le perdon del todo su atrevimiento de la primera carta, y respald al sandinismo hasta su muerte, aunque se permiti, en un libro cuyos derechos de autor entreg a esa causa, decir en el prlogo que no se poda echar en saco roto las crticas de ciertos intelectuales a la revolucin. Para siempre quedar en la historia intelectual de Amrica Latina su famosa justificacin de los crmenes revolucionarios como accidentes en el camino. En 1977, le deca a Jos Miguel Ulln, en El Pas de Madrid, que haba una diferencia esencial entre los errores y crmenes que se producan dentro del concepto socialista, y los errores y crmenes equivalentes en el contexto capitalista o

imperialista.50 Al primer tipo lo calificaba de incident de parcours, como si se tratara de un momento en el camino hacia el objetivo. Si la clebre ingenuidad de Cortzar, otro de los insignes escritores que batallaron en las filas totalitarias, fue la culpable de esta actitud, hay que decir que el admirable escritor argentino fue un ingenuo a prueba de todas las evidencias capaces de introducir la malicia en el alma humana.

Garca Mrquez El caso de Garca Mrquez fue distinto. No estuvo impregnado de los candorosos arrepentimientos de Cortzar, pues aunque su nombre apareci entre los primeros firmantes de la carta a Castro relacionada con el caso Padilla, lo cierto es que el autor de Cien Aos de Soledad ni firm ni estuvo nunca de acuerdo con aquel mensaje. En una entrevista dada entonces a Julio Roca, en el Diario del Caribe de Barranquilla, explic su posicin de esta manera: Si de veras hay un germen de estalinismo en Cuba, lo vamos a saber pronto por el propio Fidel... El conflicto de un grupo de escritores latinoamericanos con Fidel Castro es un triunfo efmero de las agencias de prensa... Los corresponsales extranjeros escogieron con pinzas y ordenaron como les dio la gana algunas frases sueltas para que pareciera que

Fidel Castro deca lo que en realidad no haba dicho.51 Contra la opinin de muchos de sus amigos, el escritor colombiano crea entonces, y quiz lo cree an, que una cosa es Castro y otra el comunismo. En realidad, diez aos atrs, haba visto muy de cerca la manera como los comunistas cubanos, mediante infiltraciones y conjuras, se haban apoderado de la agencia de prensa Prensa Latina y forzado la renuncia de su director, el argentino Jorge Ricardo Masetti. Garca Mrquez, que haba sido fundador en Colombia de dicha agencia y se encontraba en aquel momento trabajando para ella en Nueva York, present la renuncia de su cargo en solidaridad con Masetti, su amigo. Ello bast para que se le viera, por parte de los nuevos directivos de Prensa Latina, como un virtual contrarrevolucionario y se le dejara sin pasaje de regreso a su pas. No obstante, el futuro autor de Cien Aos de Soledad crey que Castro era ajeno a tales manejos y que todas las distorsiones del llamado proceso revolucionario corran por cuenta de los estalinistas de Anbal Escalante. Y de igual manera segua pensando cuando se produjo el escndalo de Padilla. Desde luego hay algo de realismo mgico en esta diferenciacin que l establece entre el caudillo y la ideologa marxista leninista, soporte del rgimen cubano. Con la sombra realidad de los pases comunistas, por paradjico que parezca, Garca

Mrquez haba ajustado cuentas aos atrs. Sus viajes a Polonia en 1955, y luego a Alemania del Este, la URSS, Checoslovaquia y Hungra en 1957, le haban arrebatado toda ilusin sobre el socialismo, al menos en su versin moscovita. Los reportajes desengaados que escribi entonces para revistas en Colombia y Venezuela seran recogidos luego en un libro titulado De viaje por los pases socialistas (conel subttulo Noventa das tras la cortina de hierro), publicado en siete ediciones sucesivas por la editorial Oveja Negra. Que a esta visin del comunismo europeo permaneci fiel, lo demuestra su adhesin al movimiento polaco Solidaridad de Lech Walesa y no al rgimen del general Jaruzelsky. Si es as, cmo explicar su adhesin a un rgimen que en su estructura interna no es diferente a los que padecieron los pases de Europa Oriental desde el fin de la guerra hasta la cada del Muro de Berln? No hay acaso flagrantes similitudes entre stos y el rgimen castrista, cuando en Cuba existe tambin el partido nico, la presidencia vitalicia, la carencia de libertades, la anulacin del derecho de huelga y cuando all tambin la oposicin interna al gobierno, calificada de delito contrarrevolucionario, se paga con largos aos de prisin y a veces con la muerte? Semejante incongruencia, como ya lo hemos visto, es comn a muchos escritores, poetas y artistas latinoamericanos quienes, por cuenta de Castro, apoyan a Cuba considerando que all el llamado socialismo tiene un componente distinto. Esta posicin, en el caso de Garca

Mrquez, es juzgada de muy diversa manera. Sus amigos, entre los cuales hay muchos rotundos anticastristas, recuerdan con algo de humor que el autor de Cien Aos de Soledad es un ferviente de Rabelais y no precisamente de Descartes. O, en otras palabras, que en l prevalece el fabulador sobre el analista poltico y que, en su pluma, la realidad sufre un proceso de transmutacin mgica que la maquilla y la exalta hasta ocultar sus perfiles esenciales. Garca Mrquez, segn ellos, ha sido deslumbrado por la exuberante y desmesurada personalidad de Castro, tan parecido a personajes suyos como el protagonista central de El Otoo del Patriarca. Desde luego, quienes han padecido en carne propia el rgimen cubano y han tenido que atravesar el largo desierto del exilio, califican en trminos muy duros su apoyo a Castro. Como sea, por fuera de estas apreciaciones benvolas o virulentas, lo cierto es que el escritor colombiano no ha sido ajeno a la alienacin ideolgica que ha hecho de la izquierda, para la mayora de los intelectuales del continente, el bueno de la pelcula en tanto que quienes combaten sus mitos resultan los malos de la misma, rotulados como derechistas o reaccionarios. Dentro de esa visin enajenada, la democracia liberal aparece slo como un valor formal y un tanto areo, y la revolucin cubana como el nico modelo que ha suprimido las desigualdades sociales y ha asegurado altos niveles de atencin mdica y de educacin pblica. De nada sirve demostrar las penurias

infligidas a la poblacin por el castrismo. Estas, para los intelectuales de izquierda, corren por cuenta del embargo norteamericano llamado por ellos bloqueo y del imperialismo. El hecho es que desde el famoso caso Padilla, Garca Mrquez ha seguido al lado de Castro (durante la homila del Papa en la Plaza de la Revolucin, en 1998, literalmente al lado). Es un cercano amigo suyo. En 1996, declaraba para la revista Newsweek: Si no fuera por Castro, Estados Unidos estara ahora en la Patagonia.52 El gran escritor de Cien Aos de Soledad y de El Otoo del Patriarca es un convencido, como dijo en El Olor de la Guayaba, que la democracia en los pases desarrollados es consecuencia de su propio desarrollo y no al revs, argumento que en su momento pudo ser expresado por un Octavio Paz, pero en su caso, ms como una inquietud y no como justificacin de los regmenes de Castro o de la Nicaragua sandinista. En otras apreciaciones suyas, es visible que el imaginario del novelista llega a infiltrarse en sus escritos periodsticos o polticos. Luego de la breve guerra de las Malvinas, en la cual apoy a la Argentina de Galtieri en su conflicto con el Reino Unido, Garca Mrquez asegur en El Pas, en 1983, que los ghurkas del Nepal, utilizados por los britnicos, haban cortado cabezas de prisioneros argentinos cada Citado en The New Republic, Nueva York, 25 de agosto, 1997.

siete segundos. (En realidad, los ghurkas slo fueron usados una vez terminada la guerra para limpiar minas.)53 Aos antes, en otra crnica periodstica, haba incluido entre los fugitivos del boat people que huan de Vietnam, a opulentos millonarios, provocando los custicos comentarios de un Francois Revel. Y, por supuesto, Garca Mrquez ha sido un ltigo constante en el lomo de Estados Unidos, pas al que todava, en febrero de 1994, en el New York Times, con ocasin de defender una causa acertada, la legalizacin de las drogas, acusaba de haber infligido enteramente la guerra contra las drogas a los pases latinoamericanos.54 Dos aos despus, en la entrevista de Newsweek ya citada, se preguntaba si Estados Unidos sigue siendo un gran peligro para nosotros. Muy bien recibidas por la izquierda continental, estas posiciones no le han suscitado particular hostilidad en la derecha, que las recibe con guantes de seda y que suele advertir en el e s c r ito r c o lo m bian o u n a gran fascin aci n antropolgica o literaria por el poder y los poderosos. Con una excepcin de izquierda: el perfil escrito para The New Republic en 1997 por Charles Lane.55

Vctimas y cmplices No vamos a hacer el interminable recuento de los atropellos cometidos por Castro contra el mundo de la cultura, ni de las distintas formas de hostilidad desde el aislamiento hasta la crcel y el exilio sufridos a lo largo de cerca de cuatro dcadas por muchos escritores. Ellos van de Lezama Lima, a quien levsimos gestos de distancia le valieron que su Paradiso no fuera reeditado por la Imprenta Nacional y vivir en un limbo hasta su muerte, o Virgilio Piera, que fue arrestado brevemente por homosexual y luego condenado a la muerte civil, hasta Mara Elena Cruz Varela, a quien en los aos noventa un grupo de esbirros hizo tragarse sus poemas mientras coreaba a su alrededor: Que le sangre la boca, coo, que le sangre. En medio, estn los Armando Valladares, con sus veintids aos de crcel, y los Reinaldo Arenas, cuyas memorias, Antes que anochezca, son un verdadero paseo por el infierno. Y un largusimo etctera. La tradicin revolucionaria de nuestros intelectuales es conocida y larga. En realidad, todas nuestras guerrillas han sido originadas y dirigidas por intelectuales. Algunos puroshan pasado a la gloria de los mrtires, como Javier Heraud, en el Per o Roque Dalton, en El Salvador (a quien mataron sus propios compaeros), mientras que otros, como el ex Nueva York, 25 de agosto, 1997.

simpatizante montonero Juan Gelman, a quien los militares le asesinaron a parte de su familia y lo torturaron, no han querido romper con su pasado revolucionario. Estn tambin, claro, los Benedetti, los Galeano, los Dorfman y otras variantes de la especie, de quienes ya nos hemos ocupado en el libro anterior ampliamente, y los eclesisticos como Ernesto Cardenal, que recibi el clebre rapapolvo del Papa, o Leonardo Boff, telogo de la liberacin que, a diferencia de Gustavo Gutirrez, no ha revisado en casi nada su pensamiento. Hay los que apuntan a la izquierda por esnobismo un Toms Eloy Martnez y los que creen que haber sufrido persecucin de una dictadura militar los obliga a defender a la comunista de Cuba, como Roa Bastos. Nuestros cantantes no se quedan atrs: all estn los revolucionarios Mercedes Sosa, Quilapayn o IntiIllimani. Y por qu no nombrar a esos funcionarios de la msica, los cubanos Pablo Milans y Silvio Rodrguez? Y por qu no a los pintores, de los que Oswaldo Guayasamn, el revolucionario contradictorio que fue al Per a cantar la gloria del dictador Fujimori, es el emblema perfecto? O a los cineastas, los Miguel Littn, Jorge Sanjins y Ruy Guerra de nuestra herida dignidad. A diferencia del revolucionario de El beso de la mujer araa de Manuel Puig (un intelectual que nunca pos de progresista), que se enamora del homosexual y luego es delatado por l, nuestro intelectual revolucionario, seducido por la ctedra, la

editorial, el auditorio y la prensa de los pases capitalistas, no es delatado nunca por ellos: el capitalismo sabe que la mejor forma de neutralizar al intelectual subdesarrollado es volvindolo un producto de consumo. Lo ha logrado con el Che Guevara: cmo no lo lograra con los dems? Desde hace ya muchas dcadas que en el campo cultural la izquierda ejerce, tanto en Amrica Latina como en Espaa, un dominio tal que cualquier persona dedicada a una tarea intelectual, artstica o acadmica cultural en un sentido amplio se ve empujada a aceptar el bagaje ideolgico y poltico de esa corriente si quiere prosperar. Gracias a una estructura de la que participan medios de comunicacin, universidades, editoriales, institutos de investigacin y otras entidades, la izquierda est en capacidad de someter al intelectual a un chantaje mediante el cual, para tener algn eco o simplemente poder vivir de su trabajo, ste debe pasar por el aro. Los medios con que cuenta, si su integridad intelectual le dicta no ser de izquierda, son muy inferiores a los otros, y por lo general las instituciones que no estn en manos de la izquierda viven una parlisis en cierta forma un complejo frente a la izquierda, que hace que el intelectual disidente tampoco encuentre demasiada proteccin en otra orilla. Los latinoamericanos hemos aprendido mucho en estas cuestiones polticas de nuestros colegas en el mundo desarrollado. Todava se recuerda la defensa que hacan Jean-Paul Sartre, Merleau-Ponty y otros del

estalinismo cuando ya haba amplia evidencia de sus crmenes (cuentan Christian Jelen y Thierry Wolton que entre 1920 y 1974 se publicaron en Francia sesenta libros sobre los campos de concentracin soviticos: de nada sirvi).56 En los aos cincuenta, en Francia, medios tan prestigiosos como Les Temps Modernes y, en menor medida, Esprit, hacan la vista gorda ante los atropellos del comunismo (el Partisan Review haca algo similar en Estados Unidos). En su clebre polmica con Albert Camus en Les Temps Modernes, en 1952, Sartre fue capaz de sostener que la nica manera de ayudar a los esclavos de all es tomar partido por los de aqu, frase con la que justificaba el no elevar su voz contra los crmenes del comunismo sovitico. Paul Eluard, Louis Aragon, Bernard Shaw, George Lukcs y muchos escritores ms, algunos de enorme prestigio, han dado su aliento, a lo largo de este siglo, al comunismo cuando haba suficiente informacin disponible para formarse un juicio (otros, como Jean Genet, aprobaron el terrorism o palestino). Corresponsales de medios como el New York Times se negaron a ver lo que tenan frente a los ojos, tanto en la Rusia de Stalin como en la Cuba de Fidel Castro (Walter Duranty y Herbert Mathews respectivamente). A Castro le han dado su caucin muchos europeos que no defendan el estalinismo en casa. Graham Greene fue un Jelen, Christian, y Wolton, Thierry, LOccident des dissidents, Stock, Pars, 1979.

especialista en la materia; Gnter Grass es de los ms conocidos; Harold Pinter no se ha quedado atrs; y no hay que olvidar La sonrisa del jaguar, de Salman Rushdie, apologa del sandinismo, rgimen que persigui a tantos opositores, pocos aos antes de que l mismo fuera objeto de la fatwa iran. Muchas veces ha sido el complejo frente a Estados Unidos los intelectuales sufren la hegemona de Estados Unidos ms que otros mortales, dijo Aron,57 ms que una conviccin totalitaria, lo que los ha llevado a una frvola simpata por los regmenes de fuerza. En Espaa, donde han sido ampliamente apoyados todos los strapas latinoamericanos que se enfrentaron a Estados Unidos Manuel Antonio Noriega, Daniel Ortega y, todava, Fidel Castro, un sector mayoritario de intelectuales y periodistas, aquejados en parte por el complejo de 1898 (a estas alturas!) han ejercido el racismo poltico a la hora de enjuiciar nuestras realidades. Buena parte de estos intelectuales, que no sienten la menor turbacin moral frente a los crmenes cometidos con la coartada de la izquierda firmaron, por ejemplo, el 22 de marzo de 1997, en el diario El Pas, un manifiesto acusando al gobierno democrtico espaol, en tono tremebundo, de acoso contra la prensa. Una pseudociencia intelectual de origen europeo ha contribuido desde los grandes centros de cultura a empobrecer la nocin misma de este concepto hasta

despojarlo de todo valor objetivo, incluido el de la libertad. A partir de las teoras estructuralistas (y sus vstagos, como el deconstructivismo), se ha borrado la diferencia entre ciencia e ideologa, y se ha abierto camino la idea de que toda valoracin filosfica se debe basar en la experiencia, no siendo necesario confrontar nada con el saber objetivo. Un Michel Foucault, un Jacques Lacan, un Roland Barthes, han utilizado ideolgicamente la psiquiatra o la lingstica, y otros la biologa molecular, para,mediante una jerga apropiada, volver ciencia lo que era pura especulacin. La contribucin de estos pensadores a la devaluacin de la idea de cultura ha sido notable y buena parte de la enseanza europea y norteamericana (sobre todo esta ltima) ha derivado en el multiculturalismo y el relativismo cultural, un dominio en el que ya no existe jerarqua alguna y en el que ni lo esttico ni lo moral permiten establecer diferencias de valor entre las creencias y las ideas. Allan Bloom llam a esto The Closing of the American Mind. Durante los aos ms oscuros de la intelectualidad europea hubo tambin escritores de un coraje admirable, que se negaron a aceptar las reglas del juego de sus colegas y pagaron un alto precio por ello. Saltan a la vista los nombres de Arthur Koestler, que haba escrito que la ortodoxia comunista no pasaba por Stalin y acab siendo autor de una de las novelas ms impactantes contra el totalitarismo: Oscuridad al Medioda; de George Orwell, que conoci de cerca al

monstruo en la guerra civil espaola y lo denunci desde la izquierda; o el de Andr Gide, cuyo Retour de lURSS, en los aos treinta, ha quedado como uno de los primeros y ms valientes y ms intiles testimonios de intelectuales occidentales acerca del sovitico. Cada pas ha tenido sus excepciones: un Indro Montanelli, en Italia, un Jorge Semprn y un Juan Goytisolo en Espaa, un Jean Franois Revel y, un poco antes que l, Raymond Aron, Albert Camus y Franois Mauriac, en Francia, para citar los ms obvios. Distintas razones que explican la abdicacin moral del intelectual han sido mencionadas. Pero, antes de terminar, vale la pena mencionar una tesis novedosa expuesta por el filsofo norteamericano Robert Nozick.58 El rastrea el fenmeno hasta la poca del colegio, donde el intelectual por lo general tuvo xito en su da, y al tenerlo se llev la impresin de que exista una relacin proporcional entre el xito y el mrito intelectual. Pero ocurre que en el mercado, es decir, en la vida, las cosas no suceden como en el colegio. Aqu el xito tiene que ver con la capacidad de satisfacer a unos consumidores. El intelectual rara vez alcanza en el mercado el xito de la escuela. En el colegio no lograba el mismo reconocimiento fuera de clase que dentro de la clase: en los pasillos y los recreos, donde, a diferencia de lo que ocurra en las clases, el reconocimiento no era Nozick, Robert, Why Do Intellectuals Oppose Capitalism, Cato Policy Report, vol. XX, n. 1, 1998.

distribuido por una autoridad central sino de manera espontnea por el capricho de los compaeros. Desde entonces, prefiri un sistema de distribucin planificada de la recompensa y el reconocimiento, al sistema libre que reinaba fuera de clase, donde otros alumnos se llevaban las palmas. En la sociedad, al codearse con individuos que han logrado ms que l con menor capacidad intelectual y cultura, se ha dejado llevar por el resentimiento, que se vuelve odio al mercado y a la libertad.

Fabricantes de miseria, los sindicalistas que se han dado por misin defender los intereses de la clase obrera? Si hay una hereja capaz de indignar a nuestros amigos, los perfectos idiotas latinoamericanos, sta es, sin duda, la ms evidente. Toda hereja, es bien sabido, se establece con referencia a un dogma, y el suyo, en este caso, lo recibieron del marxismo que ha sido el sustento ideolgico del sindicalismo radical en Europa y en Amrica Latina. Es el dogma de la explotacin capitalista y de la lucha de clases. Y, como consecuencia,

el de la confrontacin supuestamente inevitable entre los intereses de una voraz clase empresarial y la clase trabajadora, a la cual se le invita a servirse, como herramienta de lucha, de la organizacin sindical, mientras sta consigue su objetivo ltimo: la eliminacin de las empresas capitalistas y el advenimiento de un sistema ms justo, el socialismo. Toda fbula ideolgica tiene como punto de partida una situacin real. Nadie, en efecto, puede negar que, en Europa y Estados Unidos, durante la revolucin industrial y a lo largo del siglo XIX los trabajadores estuvieron sujetos a condiciones inhumanas de trabajo. La explotacin denunciada por una Flora Tristan o descrita por novelistas como Zola, Dickens o, en Estados Unidos, por Theodore Dreiser, existi realmente; de ello no cabe duda. Y an puede intuirse al ver las colonias fabriles del ro Llobregat, surgidas durante la tarda revolucin industrial espaola. Ahora bien, toda la normativa laboral surgi de aquella aciaga experiencia. En Europa, luego de la Primera Guerra Mundial y ms tarde en Amrica Latina, la intervencin estatal fue concebida esencialmente como una herramienta para proteger los derechos del ms dbil el proletariado industrial en este constante enfrentamiento suyo con la clase patronal. Los mismos totalitarismos se vistieron de socialismo: el fascismo, luego el nazismo y, finalmente, los nuevos regmenes nacidos a su imagen y semejanza, como el sindicalismo vertical catlico, proteccionista y

paternalista de la Espaa de Franco. Hoy en da, esas concepciones deben ser necesariamente revisadas. La legislacin laboral ha resultado ineficaz y opuesta no slo al desarrollo econmico sino al inters de las propias clases populares. Las normas copiadas de los pases que haban alcanzado la fase del desarrollo industrial no tuvieron el mismo efecto en naciones en vas de desarrollo como las nuestras del continente latinoamericano. Quienes viven en condiciones de miseria hoy en Amrica Latina no son los trabajadores del sector industrial, sino aquellos, ms o menos marginales, que no logran acceder a un empleo permanente. Las favelas, poblaciones o barrios populares de nuestras ciudades estn llenas de gentes que viven de oficios de fortuna. Son millares tambin los trabajadores que se desempean en pequeos establecimientos artesanales, comerciales o de servicios, o en empresas de carcter familiar, que no retiran beneficio alguno de dichas legislaciones laborales. Estas leyes, en cambio, otorgan beneficios, a veces desmesurados, a los trabajadores con poder de presin, en detrimento de los dems. Promulgadas hace cuarenta o cincuenta aos, entienden proteger al trabajador estableciendo una virtual inmovilidad laboral, imponiendo en algunos pases convenciones colectivas de trabajo para cada sector de la industria y privilegiando la antigedad y el escalafn sobre la capacidad y el rendimiento.

El poder tras los sindicatos En muchos pases, como Mxico o la Argentina, se consagr la afiliacin obligatoria a los sindicatos. La negociacin colectiva fue vista siempre como la expresin de un conflicto de clases y lo que en ella lograba obtenerse, frecuentemente bajo la amenaza de huelgas o paros indefinidos, como una conquista, sin que se tomara en cuenta para nada la productividad de la empresa. Leyes como la 166.455 de 1966, en Chile, similares a las de la Espaa sindicalista, acabaron envolviendo en un verdadero alambre de pas cualquier despido. Lleg un momento en que slo el dolo flagrante era la nica causal justificada para suspender a un trabajador. Los juicios por despido se convirtieron en la corona de espinas de los empresarios y en la fortuna de un enjambre de abogados laborales y tinterillos. Y con ello slo se logr restringir el mercado del trabajo al provocar el pnico del empleador. Si tomas un empleado, es como si te casaras con l, se deca. Simultneamente, en muchos pases los sindicalistas lograron establecer rgidos monopolios mediante el establecimiento de carnets o licencias laborales. Lo que era privativo para profesiones como medicina, derecho, ingeniera, arquitectura u odontologa se extendi a toda suerte de oficios. En Chile, durante dcadas, sin dichas licencias otorgadas por el Estado con anuencia de los sindicatos, no se

poda ser peluquero, matarife, actor, msico, locutor, chofer de colectivos, vendedor de vinos, dependiente de una fiambrera, trabajador portuario, operador cinematogrfico, ascensorista o descargador de camiones. En Mxico y Espaa ocurri otro tanto; tal vez slo los poetas quedaron dispensados de este tipo de asociaciones corporativas, que alguien calific de simples variantes, protegidas por la ley, de la sociedad protectora de animales. En Colombia, hasta hace muy poco, los nios que aparecan en los comerciales de televisin anunciando cereales o gelatinas eran doblados por horrendos y engolados locutores profesionales y, por falta del carnet o tarjeta profesional, Garca Mrquez era considerado por los directivos del Crculo de Periodistas de Bogot un periodista emprico sin legtimo derecho de escribir en los peridicos. Los pases de Amrica Latina donde el sindicalismo ha llegado a tener un poder ms tirnico son, sin duda, Mxico y la Argentina. En este ltimo pas subsiste la nefasta legislacin laboral peronista y postperonista, inspirada en la que tena Italia bajo el fascismo. De hecho, el sistema sindical argentino, creado por Pern en 1946, tom como modelo la Corte del Lavoro de Mussolini. Es toda una coleccin de aberraciones, tpicas de la derecha populista, con las cuales se propuso Pern crear un sindicalismo de Estado que le sirviera a su rgimen de slido soporte poltico. La que sirve de eje al sistema es el Unicato o

sindicato nico. En efecto, no puede existir en el pas sino un sindicato por actividad econmica (metalrgico, textil, comercial) con una personera jurdica otorgada por el Ministerio de Trabajo. Al no existir asociaciones libres o voluntarias, esta exigencia le confiere un gran poder al gobierno, que tiene en su mano la eliminacin de grupos sindicales opositores. Los contratos colectivos sectoriales entre el sindicato nico y las Cmaras Empresariales constituyen un verdadero disparate econmico, pues establecen una obligatoria uniformidad de salarios y condiciones entre empresas del mismo sector. Poco importa que unas sean competitivas y otras no. No hay posibilidad de que patronos y trabajadores de una empresa adelanten su propia negociacin En realidad, todas las normas laborales argentinas parecen encaminadas a destruir la economa de mercado eliminando la competitividad y dejando desamparado al empresario frente a la llamada justicia laboral, cuya balanza se inclina siempre del lado de los sindicalistas. En la Argentina la industria ms floreciente es la del juicio laboral. Pero la distorsin ms alarmante de una legislacin de alta coloracin demaggica es el sistema de salud. En la Argentina, los trabajadores deben pertenecer obligatoriamente a la organizacin prestadora de salud de su respectivo sindicato, llamada Obra Social, para lo cual se aporta el 9 por ciento de la masa salarial: 6 por ciento el empresario y 3 por ciento el trabajador. No

se puede acudir a otra empresa de salud. El trabajador no est en libertad de escoger el servicio que ms le convenga. Es el rehn de un monopolio. Y dicho monopolio, escandaloso, genera al ao una suma fantstica, que oscila entre tres mil y cuatro mil millones de dlares, manejada por los dirigentes sindicales. As, veinte millones de argentinos, obligatoriamente, estn sujetos a un rgimen que les da un pobre servicio de salud, pero que deja ricos a los sindicatos y a sus lderes. Semejante privilegio es obvio decirlo genera una colosal corrupcin, pues esos dineros no slo sirven para enriquecer a las aristocracias sindicales, pagar sus autos, casas, guardaespaldas y matones, sino para comprar polticos, funcionarios y jueces. Sentados en un silln de venalidad y privilegios, difcilmente los lderes sindicales argentinos aceptan cualquier forma de desregulacin o permiten que los trabajadores de su pas, como los de Chile, puedan elegir el servicio de salud que prefieran. La idolatra profesada por ellos a la memoria de Pern y de Evita, pese a los desastres provocados en su pas por el justicialismo, demuestra que la demagogia paga dividendos. Finalmente Pern tuvo el talento de sustituir una tradicional oligarqua de estancieros rurales por otra: la oligarqua sindical. Mxico no se queda atrs, aunque all el poder poltico y econmico que hoy tiene el sindicalismo no provino de un militar de derecha sino de uno de izquierda: el famoso general Lzaro Crdenas, que

gobern al pas de 1935 a 1940. La negociacin promovida por l con los sindicatos tuvo como corolario, el 24 de febrero de 1936, la creacin de la poderosa Confederacin de Trabajadores de Mxico que integr a los principales sindicatos de aquel momento. Dicha organizacin se convertira de hecho en la cabeza del Partido Nacional Revolucionario, antecesor del PRI. Como sucedera en la Argentina con el peronismo, tambin en Mxico se las arregl el partido oficialista para tener al sindicalismo como su principal sustento poltico. Crdenas dej en manos suyas la administracin de grandes industrias bsicas expropiadas como los ferrocarriles, la electricidad y el petrleo. Incorporada a la estructura misma del PRI, duea de un inmenso poder econmico y de un decisivo protagonismo poltico, la aristocracia sindical ha tenido all una cuota apreciable de diputaciones, senaduras y gobernaciones, sin hablar de su influencia en la designacin del candidato oficial del PRI; vale decir, del presidente de la repblica. Por otra parte, administrando sin ninguna suerte de contralora externa el 2 por ciento de las cuotas sindicales, las tesoreras de los sindicatos han sido una fuente habitual de enriquecimiento repentino. Este mundo sindical mexicano tiene su reina: la corrupcin. En Mxico, como en la Argentina, prevalecen las concepciones corporativistas. La Ley Federal del Trabajo, promulgada en 1970 y an vigente, obliga a las empresas a admitir nicamente como trabajadores a

quienes pertenezcan al sindicato de la respectiva industria. Los empresarios se ven obligados a despedir al trabajador que el sindicato expulse, as sea un excelente operario. Los contratos colectivos establecen, adems, que las empresas deben tomar en cuenta la opinin de los sindicatos en la seleccin y enganche de nuevos empleados y a consultarles cualquier promocin de personal. La cuota sindical, deducida de los salarios, debe ser entregada directamente al sindicato del ramo, que la administra segn su real parecer.

Feria de prebendas Si en Mxico y Argentina, y en menor grado en Venezuela, los partidos de gobierno se han valido de la demagogia y la corrupcin para poner en su bolsillo al sindicalismo, en otros pases del continente las centrales sindicales han sido primero infiltradas, luego controladas por la extrema izquierda hacindolas partcipes de sus cartillas ideolgicas y de sus propsitos de abierta confrontacin social. En Colombia, donde slo el 7 por ciento de los trabajadores est asociado a organizaciones sindicales, la CUT, Central Unitaria de Trabajadores que agrupa al 58 por ciento de los empleados y obreros sindicalizados del pas, tiene, a la sombra de esta influencia, una definicin tpicamente clasista de su accin. Su propsito declarado es crear en sus afiliados lo que

llaman una conciencia de clase encaminada a liquidar el sistema (capitalista) y no a apuntalarlo. Para nosotros las banderas socialistas no han muerto declaran sus dirigentes. Lo que ha fracasado es la sociedad socialista sin democracia, sin libertad y sin pluralismo. Nunca, sin embargo, se han tomado el trabajo de explicarle a sus miembros dnde, en qu parte del mundo, existe esa sociedad socialista, entendida por ellos mismos como propiedad comn de los medios de produccin, adornada con virtudes tan democrticas. A esta central pertenecen los dos ms poderosos sindicatos del sector pblico: la USO (Unin Sindical Obrera), que agrupa a los trabajadores de la empresa estatal de petrleos, Ecopetrol, y Fecode, el sindicato de los institutores oficiales. Todos ellos, por cierto, invitan en sus documentos y proclamas a combatir al infame neoliberalismo, a la supuesta agresin norteamericana as como a las imposiciones del Fondo Monetario Internacional y a la privatizacin de las empresas pblicas. Detrs de estas posiciones no hay slo, en todo el movimiento sindical de Amrica Latina, un ingrediente ideolgico trasnochado, detrs del cual asoman las barbas de Marx y de Lenin, sino algo ms terrenal y tangible: la defensa de privilegios obtenidos para categoras reducidas, realmente elitistas, de trabajadores del Estado, mediante leoninas convenciones o contratos colectivos. El arma de presin

han sido siempre los paros y huelgas (en Colombia, en 1991, un 5 por ciento de los trabajadores estatales hicieron 4.760 horas de huelga) y los cmplices de estas suculentas concesiones a cargo del erario pblico han sido, naturalmente, los polticos o sus testaferros. El Estado no tiene dolientes: quienes manejan el dinero de los contribuyentes, en Amrica Latina, parten de la base de que al ser ese dinero de todos no es de nadie, y por consiguiente se puede repartir o vender alegremente si con ello se consiguen votos. Los ejemplos de esta inmensa feria de prebendas, a lo largo y ancho del continente, sobran. En casi todos los pases del rea, los convenios colectivos obligan a las empresas a proporcionar al sindicato sumas especficas para sus sedes, mobiliario y servicios de las mismas. Tambin para becas, actividades culturales y tursticas, regalos navideos y otras generosas bonificaciones, as como asignaciones especiales para la escolaridad de los hijos, por aniversarios, etctera. Las aristocracias obreras, ligadas generalmente a las grandes empresas estatales, son insaciables y a veces muy imaginativas a la hora de elaborar sus voraces pliegos de peticiones. Petrleos Mexicanos est obligado, por clusula establecida en el contrato colectivo, a dar prioridad a los hijos de los empleados en la adjudicacin de nuevas plazas de trabajo y los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social, adems de recibir un aguinaldo anual equivalente a

noventa das de salario, pueden, adems, concederse un descanso de un ao sin sueldo, con la obligacin para la empresa de reengancharlos al cabo de ese tiempo de largas y soleadas vacaciones. Sin embargo, los mexicanos se quedaron cortos si comparan lo suyo con todo lo obtenido por sus congneres de la empresa estatal colombiana de petrleos, Ecopetrol. No es extrao que esta empresa, ya torturada por continuos atentados dinamiteros a sus oleoductos a cargo de la guerrilla del ELN, deba renunciar a muchas de sus exploraciones para satisfacer a los dirigentes del sindicato crecido de manera tentacular en su seno, la USO, el rey de todos cuantos existen en este infortunado pas. Dichos apstoles del proletariado, sealados frecuentemente como cmplices de la propia guerrilla y algunos de ellos sindicados por la Fiscala con los cargos de corrupcin y homicidio, han conseguido, en una convencin colectiva firmada con la empresa, cuatrocientos das de licencia cada vez que vayan a estudiar un nuevo pliego de peticiones. Y tienen razn en tomarse tanto tiempo ideando exigencias, pues estas no son realmente modestas. Han logrado, por ejemplo, que Ecopetrol les suministre cada dos aos una flota de catorce camionetas nuevas, de doble cabina, para su uso personal, y un estipendio econmico mensual para el mantenimiento de dichos vehculos, aparte del lubricante, del combustible, del lavado y del engrase. Los mismos dirigentes sindicales exigen (y obtienen) seis mil dlares anuales de auxilio a fin de

hacerse a todas las tcnicas de navegacin por Internet y cuatrocientas becas para que sus esposas o compaeras permanentes estudien lo que quieran. La empresa, adems, debe cubrir el 90 por ciento de los gastos de matrcula y pensiones escolares de sus hijos, en los niveles primario, secundario y universitario de su educacin, con un item nico en el mundo: si estos privilegiados muchachos desean hacer estudios en el exterior, tambin all, en divisas extranjeras contantes y sonantes, la maternal empresa est obligada a sufragarles el mismo 90 por ciento de sus gastos acadmicos. Si a todo esto se suma lo que Ecopetrol debe pagar a sus seis mil pensionados, cuyo promedio de antigedad en la empresa es de slo trece aos, y lo que deber pagar a los tres mil quinientos que se jubilarn en los prximos diez aos, se entiende perfectamente por qu Colombia, pese a sus ricas reservas petrolferas, expuestas a quedar inexplotadas, est abocada en pocos aos a importar petrleo en vez de exportarlo. La glotonera sindical la paga muy cara ese pas. Claro que los sindicalistas venezolanos no se quedan atrs. Los gobiernos del socialdemcrata partido Accin Democrtica y del socialcristiano Copei, ambos contam inados de populism o, despilfarraron alegremente, en poco ms de veinte aos, recursos superiores a doscientos setenta mil millones de dlares, y aunque dejaron a las dos terceras partes de la poblacin sumergidas en una crtica pobreza, se las

arreglaron para darle una tajada de ese pastel de derroches al sindicalismo estatal. Al fin y al cabo, al lado de los polticos venales y de los empresarios mercantilistas, tales sindicatos son tambin los privilegiados del sistema. Son muchos los contratos colectivos leoninos que se han firmado en el pas, pero ninguno igual al obtenido por el sindicato de la compaa area Viasa. Tantos huevos de oro le sacaron a esta gallina que acabaron matndola: la compaa, que naci y creci como empresa estatal hasta que fue vendida a Iberia, est en proceso de liquidacin. Y se entiende, cuando uno mira lo que sus sindicatos, a los que pertenecan 3.575 personas, de las cuales 301 eran pilotos, impusieron en cinco contratos colectivos distintos, uno para cada sector de su personal. En Viasa el promedio de pilotos ascenda al estrafalario nmero de cuarenta por avin. Ninguno de ellos poda volar ms de 65 horas por mes, cuando en las restantes compaas el promedio era de ochenta horas. En 1990, un comandante de DC10 obtena un ingreso anual de cien millones de bolvares (aproximadamente un milln de dlares para esa poca). Cuando los trabajadores de Viasa (eran tres mil, no lo olvidemos) salan de vacaciones, la empresa deba darles pasajes gratis para sus esposas y dos hijos, y pasajes con un 90 por ciento de descuento para sus padres y suegros, en cualquiera de las rutas cubiertas por la compaa. Con semejante clusula, no era raro que la mitad de los pasajeros de una ruta a Europa

fueran gozosos parientes del sindicalista. Y as, bajo el peso aplastante de estas prebendas, la airosa compaa area result fulminada por las conquistas de sus propios trabajadores. Las huelgas de controladores, pilotos y personal de diversa ndole ante la llegada del verano, y con ello el perodo rentable de la empresa, han hecho de Iberia una hispnica feria de prebendas. No es la nica que ha salido del mercado por la misma razn. El Instituto Nacional de Puertos (INP) de Venezuela sucumbi tambin por los costos que presentaban las prerrogativas de su sindicato, un hijo mimado de Accin Democrtica. Los ingresos del INP nunca lograron cubrir los gastos de una nmina, que estaba excedida en un 72 por ciento. Las empresas nacionales y extranjeras deban contratar cuadrillas privadas para la carga o descarga de sus mercancas, pero aun as deban pagar a los obreros del INP por mirar la actividad de los otros trabajadores. Esto se llamaba derecho de vista. Claro, el INP quebr aplastado por un dficit crnico calculado en dos mil quinientos millones de bolvares anuales (veinticinco millones de dlares). La liquidacin de los doce mil empleados del INP fue el doble de la prevista por la ley. Le cost al derrochador Estado venezolano ms de diez mil millones de bolvares. Igual suerte corrieron en Colombia, por la misma causa, los ferrocarriles nacionales, hoy desaparecidos (las vacas pastan entre sus rieles ya intiles), y la empresa Puertos de Colombia. En esta ltima, los

trabajadores podan jubilarse con slo tres aos de trabajo en los puertos y diez en otra entidad oficial. De este modo, un muchacho que se iniciaba all a los veinte aos, a los treinta y tres poda echarse en una hamaca a disfrutar la pensin por el resto de sus das. Si era inteligente, al enviudar poda contraer matrimonio con una muchacha a fin de que, a su muerte, ella heredara la suma recibida por l cada mes. Cuando, Puertos de Colombia fue privatizado estallaron dos escndalos: uno, al descubrirse que en los puertos haba un nmero de trabajadores cuatro veces mayor del que se necesitaba, de modo que en el puerto de Cartagena, privatizado, trabajan hoy quinientos cuarenta empleados cuando la empresa estatal ocupaba dos mil setecientos. El otro escndalo fue la liquidacin, operacin bastante parecida a un atraco que acab con el liquidador (un poltico venal) sindicado de robo por la justicia y refugiado en Cuba para escapar de la crcel. All se pagaron diez mil millones de pesos (diez millones de dlares) en prestaciones sin soporte legal. Ocho dirigentes sindicales recibieron lo equivalente en pesos a setecientos setenta y nueve mil dlares, pues sus salarios, mediante mil artimaas dolosas, fueron calculados en novecientos dlares diarios, suma que nadie, en ninguna parte, ha recibido por ayudar a la descarga de mercancas en un puerto. Los ejemplos podran multiplicarse al infinito en todos nuestros pases, entre otras cosas porque lo obtenido en uno de ellos es copiado por los sindicatos

de los otros. Ello explica, por ejemplo, que en las empresas elctricas de Mxico, Venezuela y Colombia el fluido elctrico sea gratis para sus trabajadores, y que en algunos casos el excedente del cupo no utilizado por ellos se lo compre la propia empresa, frecuentemente manejada por polticos irresponsables o por sus testaferros como pago de servicios al partido en el poder. La divisa de la burguesa sindical latinoamericana como la llama eldiario El Comercio de Quito es la misma que un autor francs le asignara al sindicalismo de su pas: toujours plus, siempre ms. Pero la realidad es que ese siempre ms se aplica a una categora reducida y privilegiada de trabajadores de ah que se hable de burguesa, oligarqua o aristocracia sindical cuya condicin contrasta con la del verdadero proletariado industrial, para no hablar de la inmensa masa marginal a la que ninguna legislacin laboral arropa. Dichos contrastes se advierten en todas partes. En el Ecuador, una es la condicin de los doscientos mil trabajadores del sector pblico, que cuenta con influyentes compadrazgos polticos, y otra la del resto de la clase obrera. El Estado es all, como en todos nuestros pases, un patrono dbil y complaciente, con un escaso m argen de maniobra. Adquiere incesantemente obligaciones pero no formula exigencias a sus trabajadores. Debe aceptar con pasividad que los sindicatos del Instituto de Seguro Social (el IESS) veten o impongan a los directivos de esta entidad oficial. De

este modo, cada vez que un nuevo funcionario toma el mando de la institucin, los contratos se revisan para obtener ms ventajas laborales. Ello explica que los sueldos de Petroecuador (1,8 millones de sucres mensuales), los de Petrocomercial, Inecel, Iess o el Bnf, sean tres veces superiores a los de empleados y trabajadores de empresas privadas y las normas de estabilidad, bonificaciones, subsidios y premios resulten exclusivos de estas oligarquas sindicales.

El precio de las conquistas Cmo ver la inmensa franja de marginales del Per, que viven en la economa informal, sin proteccin alguna, las sofisticadas exigencias de las cpulas sindicales? En las convenciones colectivas que stas suscriben, insaciables, hay todo un catlogo de compromisos pintorescos: primas si hace mucho calor (Cervecera Backus) o si hace fro (Cervecera del Sur) o si se trabaja en la sierra; cuatro cajas de cerveza para cada trabajador con motivo del 28 de julio, del 1 de mayo, de los carnavales o del 25 de diciembre; una canasta navidea conteniendo en lo posible pavo y panetn adquiridos en un establecimiento de prestigio (Savoy Brands Per, S.A.) y toda una constelacin de bonificaciones de acuerdo con los ms variados aniversarios incluyendo el de la empresa, el del sindicato, el del da de la madre o el onomstico del

propio trabajador o el de su cnyuge. A estas alturas, nuestro querido amigo, el incurable idiota latinoamericano, debe estar estremecido de rabia. Acaso dir los trabajadores no tienen derecho a estas minucias que ustedes consideran privilegios? No tienen eso y mucho ms los explotadores de la clase empresarial? No es de oprobiosos reaccionarios poner en tela de juicio las conquistas logradas tras dura lucha por la clase obrera? No es una prueba ms de cmo el neoliberalismo nos regresa al capitalismo salvaje del laissez faire y laissez passer? Piano, piano, querido termocfalo. Piano, piano. Esas supuestas conquistas, defendidas por usted, salen del bolsillo de los contribuyentes, no debe olvidarlo, y se pagan con impuestos, con dficit fiscal y con inflacin. El espritu de confrontacin, las continuas amenazas de paro, la manera como las minoras sindicales drenan sin piedad los recursos de las empresas, y en especial las del sector pblico que no tienen doliente, colocan sin remedio a este sindicalismo voraz entre los fabricantes de miseria al lado del Estado, de los polticos corruptos, de los empresarios mercantilistas, de las malas universidades, de los guerrilleros, de los religiosos empecinados en los falsos rumbos de la Teologa de la Liberacin y otros protagonistas de polticas desastrosas que nos han dejado en el atraso y en el Tercer Mundo. Es hora de recordar que la nocin de conquista social debe ser elstica. En perodo de recesin, dichas conquistas pueden producir la parlisis o abiertamente

la quiebra de las empresas; es decir, de las reales fuentes de trabajo. La otra verdad es de carcter terico. Extorsionar las empresas con pliegos de peticiones desorbitados buscando su desaparicin para sustituirlas con un dichoso socialismo que fracas en la URSS y en los pases comunistas, es como ponerle cargas de dinamita al barco en el cual uno se encuentra a bordo. Por otra parte, uniformar salarios y condiciones de trabajo para cada tipo de actividad industrial, a travs de contratos colectivos, es absurdo. Cada empresa tiene una realidad econmica que le es propia. Los contratos colectivos debilitan a las menos competitivas y perjudican a los trabajadores de las ms eficaces. Lo razonable es que cada empresa pacte con sus trabajadores de acuerdo con la realidad que le es propia. Otra idea equivocada: buscar la estabilidad o inmovilidad laboral a travs de exigentes causales de despido o de indemnizaciones considerables es una manera de reducir el mercado del trabajo con el consiguiente perjuicio para quienes buscan empleo. Justamente una de las razones que explican el bajo ndice de desocupacin de Estados Unidos y el alto en Europa tiene mucho que ver con las facilidades de contratacin y despido. La supuesta proteccin al trabajador con base en severas disposiciones legales es, pues, un arma de doble filo. En ltima instancia se vuelve contra los intereses de la clase obrera. Inevitablemente, la realidad del mundo de hoy, la nocin de aldea global y la apertura de la economa,

exigen la liberalizacin del mercado de trabajo. Los costes laborales representan un componente de mucho peso en la produccin. No es lgico liberar precios, tasas de cambio e importaciones si paralelamente no se liberaliza el mercado laboral. Cada vez, dentro de las nuevas realidades del comercio mundial, se hace indispensable dejar en libertad a las empresas para pactar con sus trabajadores salarios y formas de despido, pues slo de ese modo estarn en condiciones de competir. Los sindicatos espaoles, muy influenciados por los franceses, han comenzado a pactar estas reformas, la moderacin de los privilegios y, en algunos casos, los mismos sueldos, buscando adaptar las reivindicaciones sociales a la realidad econmica y a favor de un mayor empleo. Las privatizaciones son inevitables. El Estado es un psimo empresario y un mal administrador de servicios. Est indigestado de burocracia. Ofrece puestos burocrticos y no empleos, en el sentido que esta palabra tiene en el sector privado. Sus administradores son funcionarios. Movidos casi siempre por intereses polticos, resultan poco competentes y ajenos a criterios de rendimiento y rentabilidad. Los sindicalistas tradicionales no han comprendido que dentro del inevitable proceso de globalizacin de la economa, la supervivencia y prosperidad de las naciones depende esencialmente de la capacidad competitiva de sus industrias. Desentendindose de estas realidades, sus

exigencias voraces, sus concepciones y propsitos se enfrentan a las condiciones propias de la coyuntura econmica en el umbral del nuevo milenio: la apertura, la flexibilidad del mercado laboral, la renovacin tecnolgica y el desarrollo de la empresa privada como nica creadora de riqueza. Oponindose a las privatizaciones, ordeando sin piedad a las empresas estatales, que se nutren de auxilios fiscales, sirvindose de polticos dbiles o venales para obtener insaciablemente nuevas prerrogativas, lo que consiguen es crear una aguda desconfianza en el entorno econmico y una imposibilidad de acumular capitales suficientes, clave del desarrollo y del mejoramiento social. Altas tasas de inters, un sistema impositivo francamente desalentador, endeudamiento, gasto pblico excesivo, servicios pblicos costosos, deficientes y contaminados por la corrupcin, una sobredosis de leyes, de regulaciones y, por ello mismo, de litigios y juicios laborales, com pletan este paisaje macroeconmico de nuestros pases con una consecuencia inevitable: ms pobreza, ms desempleo y un peligroso crecimiento de la marginalidad y de la delincuencia. Los dirigentes de un sindicalismo radical, hoy en crisis, nunca se han detenido a pensar quin realmente los emplea. Si atienden a nuestros testarudos idiotas continentales, seguirn anclados en su idea de que la injusticia del sistema los condena a vender su fuerza de trabajo a explotadores sin alma, dueos del capital.

Nunca han llegado a ver que en ltima instancia los empresarios y las empresas dependen de los consumidores o usuarios de servicios y que el incremento de la demanda por parte de stos es la nica seguridad, la nica garanta para los propios trabajadores. Si llegaran a curarse de su esclerosis ideolgica, comprenderan que hoy en da, dentro del nuevo esquema econmico no proteccionista, la nica manera de progresar y de sostener e incrementar los niveles de empleo exige el compromiso y la concertacin con las empresas y no la confrontacin de los tiempos decimonnicos. Es la realidad de los nuevos tiempos. Ella exige un trabajo de demolicin no slo de conceptos sino de polticas y de estructuras laborales y legales. Este saludable proceso de rectificacin se ha iniciado ya en varios pases. En Chile, por ejemplo. La reforma laboral realizada all ha sido la condicin esencial para permitir que este pas tenga la ms alta y sostenida tasa de crecimiento econmico de todo el continente. Los irreductibles de la izquierda latinoamericana dirn que estos ndices tan vistosos no significan nada en el campo social. Pues bien, no es as: un estudio del Instituto Libertad y Desarrollo demuestra que el sector privado, en los ltimos doce aos, gracias al crecimiento econmico, permiti a 267.000 familias (aproximadamente un milln de personas) salir de la pobreza. De modo que la flexibilidad del mercado

laboral, pieza bsica de la libertad econmica, no implic, como se deca, el empobrecimiento de la clase trabajadora. Al contrario, cre para sta ms alternativas de trabajo. La reforma rompi muchas distorsiones de la antigua legislacin laboral, que era muy similar a la que hoy todava se mantiene en muchos pases del continente. En primer trmino, estableci una plena libertad sindical en lo que se refiere a la creacin y afiliacin de sindicatos. Se elimin el carnet profesional para una gran cantidad de oficios. Se garantiz la democracia dentro del mundo sindical, mediante el voto secreto y directo para la eleccin de dirigentes, afiliaciones, cuotas o decisiones de huelga. Se suprimi la intervencin estatal en la vida sindical y en las negociaciones colectivas con las empresas. Se restableci el derecho de despido del empleador mediante indemnizaciones razonables y se prohibi el financiamiento de los sindicatos por parte de las empresas: stos dependen exclusivamente, en ese aspecto, de las cotizaciones de sus afiliados. Aunque semejantes disposiciones hacen erizar a los sindicalistas de la vieja escuela y deben ser miradas con igual horror por la fosilizada izquierda litrgica que todava, entre nosotros, hace ruido en calles y universidades, poco a poco se abre paso, aqu y all, un sindicalismo ms moderno y mejor sincronizado con las realidades de la economa global. Las tmidas reformas en Espaa marcan un camino a seguir y profundizar.

En el Per, existe el caso de la empresa Magma Tinta ya inspirado, segn los propios trminos de su ltima negociacin colectiva, en las nuevas tendencias de las relaciones industriales en el mundo. All se ha establecido un comit de trabajo Sindicato-Gerencia, sobre la base de que existen intereses comunes, encaminado a incrementar la productividad y a obtener utilidades compartidas cancelables trimestralmente, pero con compromisos conjuntos de inversin y reinversin. El Comit conjunto de sindicatos y gerencia se rene mensualmente para estudiar la marcha de la empresa, su situacin en los mercados, los ndices de rendimiento, los planes de formacin tcnica, etctera. La concertacin sustituye all la confrontacin que era tradicional. En Colombia, el caso ms resplandeciente de este nuevo espritu es el de las empresas bananeras de la regin de Urab. Sin duda la estrecha relacin de cooperacin que tienen los empresarios con el poderoso sindicato de Sintrainagro se origin en una situacin excepcional: propietarios y obreros han sido duramente perseguidos por la guerrilla. Los primeros, por ser vistos como enemigos de clase; los segundos, porque en su gran mayora son guerrilleros reinsertados que, al dar por cancelada la lucha armada, fueron considerados traidores a la llamada causa revolucionaria (ms de seiscientos de ellos han sido asesinados). La concertacin lleg a ser tan profunda, que en el caso de empresas en dificultades los trabajadores aceptaron el

pago parcial de sus salarios mientras stas se recuperaban. Poco a poco, empresarios y obreros han acabado por estudiar planes conjuntos para el incremento dela produccin bananera, al tiempo que impulsaban fundaciones para la construccin de viviendas, escuelas y servicios hospitalarios destinados a los trabajadores y sus familias. Son dos ejemplos, entre muchos que empiezan a verse en Amrica Latina. Mientras esto ocurre, el viejo sindicalismo ha entrado en crisis junto con los dems componentes del sistema hasta ahora imperante: la clase poltica, el Estado regulador, los empresarios mercantilistas, el populismo, las concepciones victimistas del tercermundismo y sus furibundos enjuiciamientos apoyados en una ideologa obsoleta. Quin podra creerlo? Los supuestos personeros de la clase obrera tienen acciones, y muy grandes, en la pobreza que afecta a una gran parte de la poblacin continental.

captulo no son los que cumplen su funcin, es decir poner la imaginacin y el trabajo al servicio de los consumidores, sino los que participan de eso que, algo equvocamente, se denomina mercantilismo. El mercantilismo es, por lo menos en la acepcin que nosotros hacemos nuestra, un sistema perverso que convierte al reparto de privilegios en el factor determinante de toda o de una parte de la vida econmica. Es un sistema, por tanto, que sustrae a los consumidores, es decir los seres humanos de la ancha sociedad, la ltima palabra acerca del xito o fracaso de los productos de bienes y servicios, para colocarla en manos de la burocracia poltica coludida con ciertos empresarios o sectores econmicos en perjuicio de otros. Hay empresarios admirables, desde luego, en todas partes donde existe un mercado, incluyendo Amrica Latina y Espaa, y no sera justo culpar del todo a los empresarios mercantilistas por la existencia del mercantilismo, pues aunque ellos lo alimentan constantemente y se benefician de l, la responsabilidad est en quien elabora las reglas de juego y las hace cumplir o incumplir: el gobierno. En cualquier caso, el mercantilismo, que es la discriminacin institucionalizada, ha sido una de las causas principales del fracaso latinoamericano de dos siglos, y de la tardanza en el despegue espaol, as como de las limitaciones que todava impiden que Espaa se

coloque a la altura, digamos, de una Inglaterra.59 Cuando en el siglo XVII, en la Francia de Luis XIV, el ministro Colbert pregunt a un grupo de empresarios qu poda hacer por ellos, la respuesta fue contundente: Djenos hacer, seor Colbert (Laisseznous faire, monsieur Colbert). A esta ancdota atribuyen la expresin liberal laissez-faire, laissez-passer. Aunque hay empresarios que pertenecen a esa misma raza, muchos aos de prctica y de instituciones mercantilistas han convertido a gran cantidad de nuestros empresarios en simples traficantes del privilegio. Existe una vasta gama de formas de mercantilismo, empezando por las ms extremas, esas que merecen figurar en una antologa de la idiotez. El caso ms exquisito debe ser, sin duda, el del ornitlogo que acampa en el Parque Nacional del Lann en Argentina y es expulsado por un guardin por no llevar consigo un carnet de mochilero, exigencia derivada de la ley 20.802 que sanciona el Estatuto del Mochilero. Ningn principio ha sido ms invocado que el del inters pblico para intervenir, mediante protecciones, exenciones y otras formas de privilegio y discriminacin, en un sector de la vida econmica. En Argentina, hace muy pocas dcadas se lleg a declarar Ver el libro La retrica contra la competencia en Espaa (18751975), de Pedro Fraile Balbn (Fundacin Argentaria y Editorial Visor, Madrid, 1998).

de inters nacional la fabricacin de motores elctricos, tractores, cristales pticos, madera terciada, material fotogrfico, tierras filtrantes, agua oxigenada, aparatos de refrigeracin, metales en polvo, cojinetes de rodamientos, caos sin costura, agua lavandina o leja y otros productos. En1972, se lleg a la conclusin de que haba un marcado desinters por la msica nacional. Para desatar una melomana patritica se declar que la msica sera a partir de ese momento de inters nacional y se beneficiara de una exencin fiscal siempre que se presentara prueba de haber cumplido con el organismo gremial. La misma ley estableci la obligacin de contratar una orquesta en cada ocasin en la que el pblico se reuniera para bailar y se cobrara entrada. Se dio, eso s, una exencin para los bailes de beneficencia o de carcter cultural el resultado, claro, fue un sonoro boomcultural en la patria del tango. Pero quiz tanto como el inters nacional ha sido el artculo de lujo o artculo suntuoso lo que ha producido las manifestaciones ms caricaturales de mercantilismo argentino: en 1965 se decret que eran lujosas las medias de seda, las alfombras persas, los artculos de pesca, los palos de hockey, las raquetas de tenis, los trompos y los velocmetros, y que eran bienes prescindibles las cajas de msica, los silbatos de polica, los rboles de Navidad y los pizarrones escolares, todo lo cual deriv en reglamentos contra estos indefensos. Y, por ltimo, en este catlogo hiperblico, est la ordenanza municipal

de Buenos Aires segn la cual el cargo vacante originado por el fallecimiento de un agente municipal quedaba a disposicin de su esposa, hijos o concubina. Una prerrogativa feudal del siglo veinte.60 El mercantilismo, en este ltimo caso, no se practica entre el gobierno y ciertos grupos privados sino en el interior de la burocracia del Estado. Otro ejemplo de esto mismo en la Argentina es la Ley de Impuestos a las Ganancias que ha eximido de tributacin a los sueldos de los jueces, las dietas de los legisladores y las retribuciones de personas en cargos electivos nacionales en los dems poderes. Esos son unos ejemplos particularmente extravagantes y jocosos, pero el problema es serio, porque tiene implicancias decisivas para nuestras sociedades. El sistema tiende a permearlo todo y es tan injusto que incluso cuando se toman medidas acertadas, como privatizar empresas, se provoca un resultado contraproducente. El mercantilismo por naturaleza tiende a concentrar la riqueza en pocas manos el capitalismo al que los marxistas combatieron en el XIX y buena parte del XX era, en cierta forma, la negacin del capitalismo, pero la asociacin entre capitalismo y exclusin ha quedado en la imaginacin universal. Las medidas de liberalizacin y privatizacin tomadas en estos aos en Amrica Latina han servido para Estos ejemplos argentinos extremos figuran en el admirable libro La repblica corporativa, de Jorge E. Bustamante (Emec, Buenos Aires, 1986).

privilegiar a pequeos grupos econmicos poderosos, lo que ha concentrado ms la riqueza. En el Per, el 10 por ciento del pas controlaba la mitad de la riqueza nacional hacia fines de la dcada de los ochenta, mientras que ahora controla poco menos de dos terceras partes, lo que, sumado al milln de personas que pasaron a ser desempleados y a las que el mercado no ha podido absorber todava por obra del sistema mercantilista, ha servido para desacreditar, a ojos de muchos peruanos, la idea misma de privatizacin. En una economa mercantilista, otro resultado contraproducente de una privatizacin de empresas hecha por las malas razones puede ser el aumento del gasto pblico. En Argentina, la administracin justicialista actual aument el gasto en un 80 por ciento, duplic la deuda pblica externa, gener un dficit fiscal de seis mil millones de dlares y un dficit de la balanza comercial de ocho mil millones de dlares. Porque el propsito real de privatizar no era abrir la competencia sino obtener recursos para el gobierno, el dinero ingresado por el Estado gracias a las privatizaciones se volatiliz con el aumento del gasto pblico. Estos son slo dos ejemplos de cmo el mercantilismo hace que una buena poltica la privatizacin genere malos resultados, como mayor concentracin de riqueza provocada por el gobierno y aumento desenfrenado del gasto pblico. El sistema, pues, no slo representa un conjunto de medidas injustas: cualquier medida positiva tomada bajo el

marco de una economa mercantilista resulta viciada. El mercantilismo lo permea todo. Toda intervencin del gobierno en la economa genera favores y perjuicios. Los partidarios de la intervencin suelen argumentar que el mercado no resuelve por s solo muchos problemas y que la competencia perfecta es una quimera, nunca una realidad. Es cierto que la perfeccin no existe en el mercado y que la economa ms libre no resolver todos los problemas econmicos. La incapacidad del mercado para estar, a veces, a la altura de los objetivos de los partidarios de intervenir en la economa se debe a varios factores. Uno de ellos es la escasez, entendida como la distancia entre los deseos y lo existente en el campo de los bienes y servicios. Si viviramos en un mundo sin escasez, no hara falta la economa de mercado. Otra razn tiene que ver con las preferencias de los consumidores, que a veces llevan al mercado por caminos distintos de los que pap gobierno quisiera. Esa no es la culpa del mercado abstracto sino de los ciudadanos comunes y corrientes que deciden lo que compran, y en qu cantidades, y lo que no compran. Las ms veces la ineficiencia del mercado se debe, en realidad, a la intervencin del gobierno. Las economas impregnadas de mercantilismo son culpadas por injusticias que derivan, no del mercado verdadero, sino del mercado intervenido, es decir del falso mercado. Sostiene Israel Kirzner que las regulaciones el mercantilismo tienen un impacto en el proceso de

descubrimiento de la riqueza, que slo el mercado hace posible en toda su magnitud. Las previsiones, dice Kirzner, de las condiciones de la demanda o de la oferta hechas por los reguladores son incapaces de reflejar los incentivos de la bsqueda empresarial del beneficio, es decir del descubrimiento de la riqueza.61

Estados Unidos y Europa El mercantilismo ocurre no slo en los pases subdesarrollados sino en todas partes, en grados distintos. En algunos pases, como Estados Unidos, a veces es una consecuencia de la democracia participativa, en ese caso de un sistema que lleva a grupos de ciudadanos, llamados grupos de inters, a influir en el proceso de elaboracin de las leyes, aparentemente para hacer que stas reflejen la realidad de quienes van a ser afectados por ellas. Cada vez ms, sin embargo, el proceso legislativo es un comercio poltico en el que las empresas invierten mucho dinero y tiempo para obtener ventajas o impedir que sus competidores las obtengan. En el caso reciente de Microsoft, la empresa de Bill Gates, hemos visto cmo Kirzner, Israel, Discovery and the Capitalist Process, The University of Chicago Press, Chicago London,1985.

el acoso del Departamento de Justicia, al que pertenece la entidad dedicada a combatir el monopolio, ha llevado a esta empresa a dedicar muchos recursos a defenderse del intervencionismo suscitado por su propio xito. Hace aos que no voy a Washington pero creo que voy a ir ms a menudo de ahora en adelante, escribi, con resignacin, el propio Gates en su revista electrnica Slate. Era el inevitable corolario de la persecucin intervencionista desde por lo menos 1995. Contrat a cuatro ex congresistas, a 32 ex empleados del gobierno y al ex presidente del Partido Republicano, y en 1997 gast casi dos millones de dlares en cabildeo. Haba aprendido el juego de Washington. Un juego que ya jugaban, desde haca rato, la IBM (que gasta tres millones de dlares en hacer lobby) y la General Motors (que gasta cinco millones). Teniendo en cuenta que el nmero de pginas del registro federal donde se imprimen los nuevos reglamentos crece en sesenta mil pginas cada ao, puede alguien sorprenderse de que las empresas hagan mercantilismo con los legisladores y funcionarios? Tambin en Europa hay mercantilismo, y del grande. Es ms: estas prcticas han hecho tan costosa la legalidad que en el viejo continente la economa informal alcanza niveles espectaculares, si bien no tanto como en los pases subdesarrollados. Un informe de la Comisin Europea deca en 1998 que, en vsperas de la llegada del euro, la economa sumergida, a la que llama actividad clandestina, representa entre el 7 y el 16 por

ciento del PIB europeo y corresponde a una cantidad de entre diez y veintiocho millones de trabajadores, es decir entre 7 y 19 por ciento de la poblacin activa. En Grecia e Italia la economa informal supera el 20 por ciento del PIB, mientras que en Espaa la cifra est algo por encima del 15 por ciento. Esto ocurre no porque haya multitud de ciudadanos con vocacin delictuosa sino porque la legalidad es un privilegio mercantilista. Un informe de la Organizacin para la Cooperacin y el Desarrollo Econmico (OCDE) culp en 1998 a la tramitologa y la burocracia espaolas por la falta de acceso masivo a la actividad empresarial. Para crear una pequea empresa en Espaa se debe pasar por trece o catorce etapas antes de siquiera inscribirla. Para esto ltimo hace falta superar otras cinco instancias. Todo esto toma entre diecinueve y veintiocho semanas, cuando en Estados Unidos se hace en ms o menos medio da. Adems, el mercado laboral es en s mismo un privilegio, pues la legislacin ata las manos de las empresas impidindoles despedir personal libremente, lo que disuade a muchas de ellas de contratar nuevo personal y convierte al trabajador en una suerte de dueo de su puesto de trabajo, al margen de la realidad de la empresa y el mercado. Segn la Organizacin para la Cooperacin y el Desarrollo Econmico, las rigideces laborales son las causantes de un desempleo inusitadamente alto, que bordea el 20 por ciento. El costo de despedir personal en Espaa es de los ms altos de los 29 pases que forman la

OCDE. Y en Espaa o Italia, la corrupcin, esa otra forma de mercantilismo, fue uno de los grandes protagonistas polticos de la dcada de los noventa. Qu fue el proceso de Manos Limpias sino la reaccin legal contra la actividad empresarial coludida con la poltica en Italia? En Espaa, en 1998, en uno de los juicios a los que fue sometido por el llamado caso Banesto, el banquero Mario Conde cont cmo su banco pagaba a ciertos polticos para que, mediante su influencia en las instituciones oficiales, ayudaran a que las cosas fueran bien para el banco. Habl, concretamente, de trescientos millones de pesetas que Banesto habra pagado al asesor Antonio Navaln en 1989 para que ste a su vez retribuyera una gestin del ex presidente Adolfo Surez ante el Banco de Espaa financiando a su partido, el CDS. Tanto Surez como el ex gobernador del Banco de Espaa niegan el pago. Pero lo que aqu nos interesa no es este asunto especfico sino el hecho de que la declaracin de Conde es una buena ilustracin del funcionamiento del sistema mercantilista espaol en su vertiente menos tica. Los grandes empresarios dedicaban esfuerzo y dinero a influir, o intentar influir, en las instituciones, en lugar de dedicarlo exclusivamente a satisfacer a sus clientes. Tanto en Estados Unidos como en Europa, el mercantilismo tiene una incidencia que est compensada ms en los primeros que en la segunda por otros factores gracias a los cuales las economas son

capaces de dar a la mayora de sus ciudadanos unas condiciones de vida aceptables. El problema ms grave est en aquellos pases donde el mercantilismo es la esencia de la vida econmica y donde no hay protecciones institucionales para el individuo como la que hay en el mundo desarrollado. Es el caso de Amrica Latina.

Mercados cautivos Los empresarios suelen revolotear alrededor del Estado como las moscas lo hacen alrededor de la miel. El favor ms inmediato que pueden obtener de l, es, por supuesto, un contrato. Como nuestros Estados estn permanentemente otorgando contratos a empresas privadas para hacer obras pblicas, los empresarios saben que una gran fuente de ingresos es convertirse en contratista del Estado. Esto, a su vez, es un caldo de cultivo para la corrupcin, y no es exagerado afirmar que una buena parte de las licitaciones y otras formas de concurso pblico en nuestros pases adolecen del doble vicio del favoritismo y la corrupcin. Puede ser favoritismo para empresas vinculadas a funcionarios del propio gobierno, o para empresarios a los que el gobierno quiere tener cerca. La corrupcin es casi siempre la misma: pago econmico de favores polticos, aunque tambin se da el caso, por supuesto, de contratistas del Estado que no necesitan corromper

funcionarios para obtener las ventajas de un contrato. A veces los consumidores se ven perjudicados por innecesarios acuerdos a largo plazo. Es el caso de una empresa privada a la que el gobierno confiere, tras un concurso, un derecho exclusivo. Su competencia no est en duda, pero el mercado es cautivo. La ley Compre Nacional, en Argentina, oblig hasta hace poco al Estado federal, provincial y municipal a comprar siempre a proveedores nacionales, aunque la calidad fuese inferior y los precios superiores a la oferta internacional. Surgi as una clase de empresarios, los de la llamada Patria Contratista, que se beneficiaron del derecho de contratacin exclusiva con el Estado, muchas veces mediante coimas. Y un caso flagrante se da hoy mismo en el Per, donde uno de los principales contratistas del Estado, entre otras cosas en obras de tanta envergadura como las carreteras, es la empresa J J Camet, fundada por el ministro de Economa Jorge Camet y administrada por sus hijos. As, pues, vemos tres clases distintas de un mismo fenmeno: el contratista que obtiene un monopolio; el contratista que obtiene proteccin contra el exterior y el funcionario que se adjudica a s mismo los contratos del Estado. En todos los casos, el poder que tiene el gobierno de contratar con empresas privadas establece un sistema en el que los empresarios pugnan, no por ganar consumidores, sino por arrimarse al Estado. Y una cuarta forma de contratos con el Estado es la empresa de capital mixto. En Colombia se da el caso de la Flota

Mercante Grancolombiana, de capital estatal en mixtura con el privado de los caficultores colombianos por medio de la Federacin Nacional de Cafeteros. Hasta la reciente apertura, la empresa hizo pinge negocio con el monopolio del transporte martimo de importacin y exportacin, gracias al cual cobraba exorbitantes fletes y alimentaba una burocracia elefantisica. Caso no muy distinto es el de la explotacin carbonfera del Cerrejn, en la propia Colombia. Esta empresa con capital extranjero asociado al del Estado disfrut de la exclusividad de la explotacin gracias a que entr en sociedad con el gobierno (ahora, en parte debido a la ineficiencia, el gobierno no ha podido venderla en sus intentos de privatizacin). Tener al Estado de socio es otra de las formas de la prebenda, incluso si la empresa resulta ineficiente. Cuando uno lea o escuche que un gobierno quiere fomentar una actividad determinada, inmediatamente debe saber que hay mercantilismo de por medio. El fomento de una actividad siempre entraa alguna forma de ventaja de la que no gozan otras actividades, o, a veces, tampoco determinados participantes de la actividad que se quiere favorecer. Amrica Latina est plagada de ejemplos antiguos y actuales de intervenciones del gobierno para desarrollar cierta actividad mediante la concesin de ventajas. Las leyes de fomento mexicanas para favorecer a los industriales que se acogieran a ellas estn entre los antiguos; las Zonas Francas mexicanas estn entre los

actuales. La Ley de Descentralizacin Industrial ofreca exoneraciones en el pago del impuesto a la renta para empresas que se establecieran fuera del rea metropolitana. La intencin era obvia: hacer que parte de la inversin fuera canalizada hacia las zonas no metropolitanas. La ley fue un fracaso rotundo, porque al no haber servicios bsicos como electricidad y telfono muy pocos empresarios encontraron viable una inversin en esas zonas. Sin embargo, de haber habido servicios bsicos el grupo de privilegiados hubiera engordado y un buen nmero de empresarios, los que hubieran rechazado ir por no tener capacidad de inversin nueva o por estar concentrados en zonas metropolitanas, se hubieran visto perjudicados. Es lo que ocurre con las Zonas Francas, todava vigentes en Mxico y otras partes. Las empresas que all operan estn exoneradas del impuesto sobre la renta. Los mexicanos se preguntan con razn: si es bueno para un grupo de empresas no pagar el impuesto, porqu no hacerlo bueno para todas? Y la Ley de Maquila, que tambin pretende fomentar esa actividad mediante la exoneracin por varios aos del impuesto a la renta, distorsiona el mercado al crear un sistema discriminatorio e impedir que sean los consumidores los que determinan hacia dnde orientan los empresarios sus recursos. Esto tiene como consecuencia constantes y comprensibles pedidos de exoneraciones para otras actividades, y as sucesivamente hasta convertir la actividad empresarial

en un permanente cabildeo ante el gobierno para lograr ventajas comparables a las que otorga la Ley de Maquila. Pero se han dado, en Amrica Latina, formas an ms absurdas de orientar la inversin hacia ciertas zonas de un pas. En Argentina, por ejemplo, se lleva las palmas lo que ha ocurrido durante muchos aos con el vino reserva gracias a la obligacin de embotellar en el lugar de origen, es decir en la regin productora. Al no permitirse trasladar el vino a granel a otros lugares ms auspiciosos para la distribucin, las bodegas y las distribuidoras han tenido durante muchos aos que instalarse en las zonas donde se produca el vino, como si por el hecho de distribuirse a partir de un punto distinto de la geografa nacional ese vino fuera menos oriundo de determinada zona. El pretexto de la oriundez para fomentar la inversin en las zonas productoras de vino en este caso de las embotelladoras y distribuidoras ha hecho que la industria funcione a partir de una asignacin ineficiente de recursos, perjudicando a los consumidores y privilegiando a ciertas empresas del pas.

Privatizar privilegiando En ningn campo se ha puesto de manifiesto la perversin del sistema mercantilista como en el de la privatizacin de la telefona. Este aserto vale para casi

toda Amrica Latina, desde Mxico hasta la Argentina, pasando por pases como el Per y Venezuela. La privatizacin ha consistido: en la entrega a grupos privados, muchas veces extranjeros, de monopolios que antes eran pblicos. En todos los casos ha quedado claro que la finalidad del gobierno no era abrir la competencia de modo que aumentara la calidad, bajaran los precios y hubiera libertad de entrada al nuevo mercado para quien estuviera en condiciones de participar en la oferta de este servicio clave. Lo que interesaba a los gobiernos era simplemente desprenderse de empresas que les costaban dinero algo de moda en estos tiempos de combate contra el dficity tratar de conseguir la mayor cantidad de recursos para el propio Estado. Mientras ms protegido el mercado que se ofreca al comprador, mayor el dinero que ste estaba dispuesto a pagar por la empresa. El proceso, pues, se convirti en un mercadeo entre polticos y empresarios, no en la entronizacin del consumidor el ciudadano comn y corriente como amo y seor del mercado de la telefona, ni en la libertad de entrada al negocio para quien quisiera competir en la oferta del servicio a los usuarios, principios esenciales de esa economa libre en nombre de la cual se hicieron, supuestamente, las privatizaciones. La transferencia de un monopolio pblico a manos privadas es la negacin de una economa libre porque en sta es el individuo el empresario privado quien identifica las oportunidades

y crea riqueza, mientras que en el mencionado proceso es el gobierno quien identifica la oportunidad y quien escoge al empresario para proveer un servicio a determinado mercado. El caso de Telmex, la empresa telefnica mexicana, es ilustrativo. Con el argumento de que se trataba de un monopolio natural por ser una red de servicios difcil de fragmentar, el gobierno privatiz Telmex en varias etapas sin abrir la competencia. Al principio, coloc parte del capital en la Bolsa y en los mercados internacionales, conservndose el control estatal de la empresa. Luego, se abri un concurso para dar el control a empresarios privados. Un grupo de mexicanos y extranjeros entre los que estaba Carlos Slim se hizo con la empresa tras un concurso lleno de sombras, mediante el pago de ochocientos millones de dlares y el compromiso de inversiones por mil ochocientos millones de dlares en tres aos. El gobierno decret el monopolio privado, impidiendo a otras empresas ofrecer telefona local. Slo el mercado de larga distancia y comunicacin celular se abri. A los dos aos el grupo ganador ya haba recuperado los ochocientos millones de dlares del paquete accionario que le permiti el control (8 porciento). Las inversiones, por supuesto, avanzaban a un ritmo muy inferior al prometido. La empresa saba que todo lo que tena que hacer, gracias al monopolio, era proveer el servicio: los consumidores no tenan ms remedio que pagar si queran usar el telfono. Hoy, el grupo tiene utilidades

por quinientos millones de dlares al ao. En qu se tradujo la privatizacin para el pblico? En una psima calidad y tarifas altsimas, superiores a las de Estados Unidos. Pero al gobierno mexicano esto le preocupa poco. Su inters est en que no baje el precio de las acciones de Telmex en la Bolsa: ellas representan un gran porcentaje del total de acciones en el mercado mexicano y si bajara su precio se desatara el pnico y volvera la inestabilidad financiera. Para proteger a T e l m e x , la s a u t o r i d a d e s h a n p e r ju d i c a d o constantemente a los consumidores y a los aspirantes a romper el monopolio, que han presentado batalla una y otra vez con demandas y amparos. En el caso de la larga distancia las cosas no fueron mejor, a pesar de que sobre el papel no haba monopolio. El costo de interconexin en Mxico es uno de los ms altos del mundo y representa el 70 por ciento de los costos de operacin de las empresas que ofrece el servicio de larga distancia, mientras que en Estados Unidos slo representa el 35 por ciento. Esto permite a Telmex mantener utilidades altas aunque pierda clientes para llamadas de larga distancia. Por lo dems, gracias a las utilidades de su monopolio Telmex subsidia el precio de las llamadas internacionales, lo que perjudica a sus competidores, que no pueden destinar tantos recursos como quisieran a inversiones que mejoren la infraestructura y el servicio. Todo esto se produce bajo un marco legal que se muestra intil, pues todo intento por impedir que Telmex use su monopolio

para evitar la verdadera competencia en el mercado de larga distancia se frustra. El caso peruano es parecido. Existan dos empresas pblicas relacionadas con la telefona: la Compaa Peruana de Telfonos y EntelPer (interconexin telefnica nacional). Ambas fueron entregadas a la empresa espaola Telefnica con un monopolio de cinco aos, que vencer tericamente en 1999 pero que en la prctica tiende a extenderse. Telefnica pag una suma muy superior a la que ofrecan los competidores mil ochocientos millones de dlares, pero gracias a su monopolio consigui beneficios, en 1997, de poco menos de quinientos millones de dlares y en tres aos ha superado los mil millones de dlares (en ese mismo perodo la cuarta parte de las industrias peruanas quebraron). Aunque ha cuadruplicado el nmero de lneas la red era ridculamente corta, las tarifas de las llamadas locales se han triplicado desde 1994.62 La naturaleza del monopolio de Telefnica es tal que en realidad seguir gozando de una situacin privilegiada Otros servicios, como el del agua, tambin han visto sus tarifas dispararse a alturas siderales. Las del agua han subido cien veces, por lo que muchos peruanos equiparan liberalismo con tarifas de escndalo. Una parte de ese alza se debe al indispensable shock de la estabilizacin de 1990, pero la otra parte tiene que ver con una economa de prebendas.

despus de 1999, pues la empresa influye en los mecanismos de supervisin de las telecomunicaciones, se ha retrasado el calendario de otorgamiento de nuevas concesiones y, al igual que Telmex, la empresa tiene un sistema de subsidios cruzados entre sus distintos servicios de modo que distorsiona los costos internos y los precios al consumidor. Se da, pues, el caso de una empresa extranjera a la que el gobierno del Per otorga derechos que niega a empresarios peruanos. Es lo que se llama chauvinismo al revs. Lo contrario ocurre en el campo de las telecomunicaciones en general, donde los extranjeros tienen prohibida la titularidad de una empresa, por ejemplo, de un canal de televisin. Esto permiti recientemente al gobierno expropiar al ciudadano Baruch Ivcher, un judo nacionalizado peruano al que las autoridades retiraron el pasaporte peruano para poder declararlo extranjero y por ende dueo ilegal de Frecuencia Latina. En el terreno de la telefona celular las cosas tambin ocurrieron de manera mercantilista en el Per. Debido a razones tcnicas, el sistema de telefona mvil hasta ahora slo permite que operen dos compaas simultneamente. En 1990, a cambio de su apoyo en la segunda vuelta de las elecciones, el gobierno otorg a uno de los dueos de Panamericana Televisin el monopolio de hecho de la telefona celular. Era de hecho porque en teora quedaba abierta la posibilidad de que ofreciera el mismo servicio la empresa pblica Compaa Peruana de Telfonos. Sin embargo, esta

empresa dirigida por el Estado dej pasar bastante tiempo sin ofrecer el servicio, de modo que Celular 2000 fue la nica empresa en el mercado, protegida contra cualquier competencia privada porque era ilegal y pblica porque as lo haba decidido el gobierno. Finalmente entr la empresa pblica al mercado, pero Celular 2000 ya estaba bien establecida. El valor de la empresa privada haba aumentado considerablemente, lo que se reflej en su posterior venta a Bellsouth. Esta empresa norteamericana entr, a su vez, al mercado en condiciones de duopolio de hecho, pues al no haber sido modernizado el sistema la capacidad tcnica sigue permitiendo operar slo a dos compaas. Extraa que esta empresa pagara por el 57 por ciento de Celular 2000 unos 110 millones de dlares? La ganancia del dueo no tena nada que ver con el mrito empresarial: apenas con el comercio poltico y econmico ocurrido entre l y el gobierno, al que sus medios de comunicacin han apoyado desde el primer da, y con renovada lealtad desde el golpe de Estado. A pesar de todas las ventajas, Celular 2000 slo haba logrado conquistar al momento de la venta a Bellsouth poco ms del 15 por ciento del mercado, frente al 85 porciento de su competidor, lo que da una idea acerca de las dotes del propietario original. Estos dos ejemplos ilustran una situacin que no es privativa de Per y Mxico. En Argentina, el territorio fue dividido en zonas y en cada una el derecho a ofrecer el servicio de telefona fue otorgado a una empresa en

calidad de monopolio, lo que se tradujo en precios de espanto y mejoras de calidad muy insuficientes. En Venezuela, la empresa de telfonos, CANTV, tambin pas a ser un monopolio privado. No hace falta decir que las consecuencias han sido exactamente las mismas que en otras partes. Pero en ese pas tenemos, adems, un ejemplo del tipo de mercantilismo que genera el monopolio cuando es pblico es decir cuando la empresa se mantiene en manos del Estado y se toman algunas medidas de liberalizacin macroeconmica sin acompaarlas de una economa libre. En Venezuela el petrleo es monopolio del Estado y genera el 85 por ciento de las divisas del pas. Al liberalizar el tipo de cambio sin privatizar el petrleo y abrir ese mercado, ocurre que, como efecto de la devaluacin del peso venezolano, el Estado evidentemente aumenta sus ingresos, mientras que la sociedad recibe el impacto del ajuste. Qu hace el gobierno con el nuevo dinero? Por supuesto, lo gasta, y, al aumentar sin el respaldo de una mayor produccin la cantidad de dinero en la economa, genera inflacin, que es un impuesto que la sociedad en su conjunto tiene que pagar. El gobierno, para paliar el efecto del exceso de liquidez, emite entonces papeles TEM de modo que los bancos no se queden con una masa de dinero que no pueden colocar porque no hay actividad productiva que lo justifique, y con los intereses que paga a los bancos por estos papeles resulta subsidiando a la banca privada (ha llegado a subvencionar hasta un 30 porciento de sus

Cultura protegida Hay pocos terrenos ms frtiles para la demagogia populista como el de la cultura, y pocos empresarios buscan tanto favoritismo como los del cine (tambin los editores de libros quieren privilegios, por supuesto). Ocurre a ambos lados del Atlntico, y hay que reconocer que Europa ha superado a Amrica Latina en mercantilismo cultural, especialmente en el campo cinematogrfico, donde la excepcin cultural planteada por Espaa y Francia, primero en el GATT y luego en la Organizacin Mundial del Comercio, es una de las aberraciones econmicas de nuestros das. De alguna inspiracin debe haber servido el nacionalismo latinoamericano, como el expresado en esa imposicin argentina que obligaba a incluir un 75 por ciento de msica nacional en las transmisiones radiales para proteger la capacidad intelectual de nuestra poesa, o el mecanismo creado por los militares platenses en 1957, segn el cual se haca una seleccin de pelculas nacionales de exhibicin obligatoria y si stas no eran contratadas en un plazo de un mes se realizaba un sorteo de salas de cine donde deban ser exhibidas. En Espaa, las cuotas de pantalla, fomento a la produccin y licencias de doblaje todava vigentes han eliminado todo principio de economa de mercado

del mundo del cine y entronizado un sistema que hace del contubernio con el poder, en lugar de la conquista del pblico asistente a las salas de cine, la verdadera medida del xito. Tambin coloca en situacin de minusvala a los espaoles que se dedican al cine, pues parte de la base de que slo con intervencin oficial en su favor son ellos capaces de competir con el cine norteamericano. Por ltimo, al limitar la invasin de Yanquilandia, el gobierno se erige en ente que decide lo que los espaoles deben y no deben apreciar en el celuloide. Las ayudas a la produccin no son nuevas pero han ido adquiriendo el carcter de emblema nacional. A lo largo de los aos noventa, el gobierno espaol ha repartido mucho dinero, generalmente a realizadores amigos (en el caso del socialismo) que muchas veces daban un contenido poltico a sus filmes. En 1994, por ejemplo, el Estado otorg 2.891 millones de pesetas para la produccin de largometrajes. A fines de ese mismo ao se modific la legislacin reduciendo los ingresos brutos en taquilla a partir de los cuales se daran las subvenciones: de cincuenta millones de pesetas a treinta millones en general, y a veinte millones si se trata de pelculas dirigidas por nuevos realizadores y diez millones si la versin original est realizada en una lengua oficial reconocida como tal por una Comunidad Autnoma. La modificacin coga al rbano por las hojas, partiendo de la idea de que lo nico que andaba mal en el sistema anterior era que las

subvenciones a veces iban a pelculas que no tenan xito de taquilla. Otra restriccin de la competencia es el de las licencias de doblaje. El doblaje no es nuevo en Espaa ni en otras partes, como Italia y Alemania. El sistema ha sido modificado de tanto en tanto, pero slo para peor. Ahora se permiten nicamente dos licencias de doblaje por cada pelcula de la Unin Europea. La primera licencia se da cuando la pelcula recauda en taquilla veinte millones de pesetas brutas y la segunda al recaudar treinta millones, cuando ha sido exhibida al menos en dos lenguas oficiales espaolas. Y, por ltimo, lo ms grave: la restriccin contra la exhibicin misma de pelculas. Existe una cuota de pantalla que reserva una parte del tiempo de exhibicin a pelculas nacionales o de la Unin Europea. La legislacin asocia el tiempo de exhibicin al tamao de la poblacin y reserva al cine de la Unin Europea un da por cada dos (en ciudades con poblacin superior a 125.000 habitantes) o un da por cada tres (en ciudades con poblacin inferior a 125.000 habitantes) de exhibicin de pelculas dobladas en cualquier lengua oficial espaola. Hay, adems, reglas especiales para casos en los que la pelcula lleva ms de dos aos en exhibicin en Espaa, en los que la exhibicin se da en complejos cinematogrficos o en los que hay programacin doble. Toda esta maraa de prohibiciones, licencias y subsidios a lo largo de los aos noventa no ha resuelto

el problema grave de que los espaoles prefieren ver pelculas norteamericanas. En 1994, la pelcula espaola de ms xito Todos los hombres sois iguales obtuvo una recaudacin de 375 millones de pesetas gracias a sus 739.000 espectadores, mientras que Los Picapiedra obtuvo 1.241 millones de pesetas gracias a sus 2,5 millones de espectadores. Y en el rea del doblaje, la cosa es an ms humillante: las grandes empresas norteamericanas han comprado diversas compaas locales para sortear las barreras. Pero seramos ingenuos al pensar que, dentro del campo de la cultura, slo el mbito audiovisual est plagado de privilegios para unos empresarios y de discriminacin contra otros. Estas injusticias estn tambin, por ejemplo, en la universidad. Ello es patente en casos como los del Per y la Argentina. En el Per, los rectores de las universidades ya establecidas han asumido poderes casi de gobierno y estn en capacidad de impedir el acceso al mercado de nuevas universidades o, cuando finalmente permiten algunos competidores, de obtener ventajas que les garantizan una posicin dominante. Este poder lo tienen a travs de la Asamblea Nacional de Rectores, a la que se le reconocen atribuciones de derecho pblico como evaluar a las nuevas universidades y emitir pronunciamientos sobre la creacin de nuevas escuelas de posgrado. Para colmo, no forman parte de esta Asamblea Nacional de Rectores los responsables de las nuevas universidades, pues los rectores deben ser

elegidos por unas asambleas universitarias que no se pueden formar hasta cinco aos despus de fundada una nueva universidad. Todo esto da a las universidades ya establecidas capacidad de veto mediante trabas burocrticas a veces insalvables contra potenciales competidores e informacin privilegiada sobre las nuevas universidades cuando son aprobadas. En la Argentina se da el caso de que los pobres subsidian los estudios universitarios de los ricos, gracias a la gratuidad total de la enseanza universitaria pblica y la absoluta ausencia de mecanismo de seleccin o examen. Como el acceso es irrestricto, ocurre, por supuesto, que las profesiones estn atiborradas de egresados, lo que hace, por ejemplo, que el pas tenga un mdico por cada trescientos habitantes, proporcin superior a la de Estados Unidos, Francia y otros pases desarrollados. Pero, adems, como todo esto se financia con el presupuesto del Estado, es decir con los impuestos, se da en realidad una transferencia de recursos de los ms pobres a los estudiantes de clase media y a los estudiantes ricos, pues muchos de estos ltimos acuden masivamente a la universidad sin pagar un centavo mientras que los ciudadanos pobres de cierta edad no lo hacen y muchos estudiantes pobres tampoco. La diferencia entre el sistema escolar y el universitario significa que cerca del 50 por ciento de los estudiantes universitarios s pagaban en la escuela secundaria. Por tanto, la universidad pblica es en s misma una fbrica de privilegios y discriminacin: el

estudiante que sale de all preparado para administrar una empresa ha sido subvencionado por ciudadanos ms pobres que l. All no terminan los privilegios en Amrica Latina. En el campo del transporte areo o terrestre se dan iguales o peores formas de discriminacin que las que hemos visto en el caso de los telfonos o los medios audiovisuales. Un buen ejemplo es AeroPer, la lnea area que el gobierno peruano privatiz en la primera mitad de los noventa. La ancdota es que la empresa fue adquirida por AeroMxico y que poco despus su presidente, Gerardo de Prevosin, tuvo que huir de Mxico por acusacin de fraude; hoy la administra un sindicato bancario con mayora de personas vinculadas al PRI. Pero esto no es lo grave. Si hubiera un mercado libre, lo ocurrido en AeroPer en manos de AeroMxico no tendra la menor importancia para unos ciudadanos peruanos con capacidad de escoger alternativas para sus vuelos y unos empresarios peruanos o extranjeros con derecho a ofrecer esos servicios alternativos. Resulta, sin embargo, que AeroPer fue privatizada con los privilegios propios de la lnea de bandera que era la empresa cuando estaba en manos del Estado. Ser lnea de bandera le otorgaba derechos especiales en la negociacin de convenios internacionales entre Estados, lo que le daba un monopolio de buena parte de las rutas internacionales. Estos derechos especiales fueron transferidos junto con la empresa al momento de ser privatizada. Las consecuencias se han visto en las

negociaciones con Estados Unidos o con Chile, en las que han salido perjudicados los usuarios por la falta de competencia, es decir de una poltica de cielos abiertos. Slo Faucett conserva unas pocas licencias a Miami, que no explota porque la empresa ha dejado de volar. Nadie ms ha logrado penetrar en el mercado de las rutas internacionales, que AeroPer controla mediante los impedimentos que, gracias al gobierno, restringen el acceso de potenciales competidores. En el transporte terrestre ocurre algo no muy distinto. sta es, dicho sea de paso, una de las actividades en las que los informales peruanos han sido ms exitosos y en las que la creatividad y la iniciativa de peruanos sin acceso a la legalidad ha permitido resolver, aunque sea precariamente, un problema social (problema nada desdeable en una ciudad como Lima que ha crecido de manera elefantisica). Porque este sector estaba sofocado por los reglamentos y el sistema de licencias y autorizaciones, el grueso de su actividad se volvi, precisamente, informal. Cuando se abri algo el mercado formal, muchas personas y empresas invirtieron sus ahorros o sus indemnizaciones laborales en la compra de microbuses y vehculos. Las empresas antiguas que ya estaban establecidas en el mercado empezaron entonces a influir en las decisiones pblicas para dificultar, y en muchos casos impedir, el acceso al mercado de nuevos pequeos empresarios, a travs de una maraa de autorizaciones, revisiones y permisos diseados a la medida de sus intereses. Por si fuera

La falsa liberalizacin Tambin en el mundo de la banca los empresarios latinoamericanos han gozado de protecciones que perjudicaban a los usuarios, y lo siguen haciendo. En el pasado no muy lejano, hay que buscar como aguja en un pajar para encontrar en ese terreno algo vagamente similar a la libertad econmica. Lo normal es toparse con ejemplos como el de Argentina, donde la garanta gubernamental de los depsitos y de los seguros (estos ltimos a travs del monopolio del reaseguro ejercido por el Estado) igualaba a todos los bancos y compaas de seguros. Pero en la actual poca de liberalizacin de la banca latinoamericana tambin nos encontramos con una vasta cultura de proteccin. Con su privatizacin, la banca mexicana pas de ser un monopolio pblico a ser un oligopolio privado, transfirindose el abuso de la banca pblica a manos privadas, con alta rentabilidad para el grupo de privilegiados a quienes se dio los bancos a cambio de mucho dinero (el traspaso no alter el control gubernamental de los depsitos ni de los precios que cobran los bancos por sus servicios). El gobierno

garantiz a los banqueros que seran los consumidores quienes pagaran por sus errores y abusos, les asegur que sera prestamista de ltima instancia y les protegi los depsitos. Por lo dems, los nacionales estaban defendidos contra los extranjeros, a quienes se les limitaba la posibilidad de entrar a competir. Los que compraron bancos como Cabal, Jorge Lankenau y compaa, son hoy prfugos de la justicia o estn en la crcel. Otros perdieron su banco, al venderlo a terceros una vez que defraudaron a los depositantes y destruyeron las inversiones. En el caso del Per, la liberalizacin tambin trajo abusos. El ministro de Economa que liberaliz la banca puso su propio banco, con todas las ventajas de quien, desde el poder, haba elaborado la legislacin y obtenido toda la informacin posible acerca del sector. Tambin en el campo de la energa cunde por todos lados el mercantilismo. La empresa pblica peruana Electrolima fue dividida en dos empresas, Edelnor y Luz del Sur, que a su vez fueron traspasadas a dos compaas privadas, concedindoseles un monopolio para la distribucin de energa en el norte y el sur de Lima respectivamente. Desde julio de 1990 las tarifas elctricas han aumentado en el Per 680 veces. Aunque una parte de ese aumento se debe al shock de 1990 para estabilizar la situacin econmica, un porcentaje demasiado alto del mismo es posterior a la privatizacin. Una vez ms, el privilegio del monopolio ha

significado perjuicios para el consumidor. Esto ha tenido como consecuencia una malsana reaccin nacionalista contra los empresarios chilenos que distribuyen energa. Tambin se da el caso, siempre en el campo energtico, de privatizaciones que han colocado en manos de amigos del gobierno un puro regalo. Es lo que ha ocurrido con la refinera de la Pampilla, que refina la mitad del gas y la gasolina del Per. Tena utilidades anuales de 85 millones de soles y sus activos estaban valorizados en unos 480 millones. El precio al que fue vendida esa refinera, 180 millones, garantizaba, sin hacer una sola inversin, una recuperacin del dinero gastado en la transaccin en un par de aos. Antes hablbamos de las privatizaciones que slo buscaban maximizar la ganancia para el Estado como producto de la venta, olvidando el verdadero fin de toda privatizacin. En este caso se da la situacin contraria: una venta-regalo para beneficiar a un grupo de amigos del gobierno. Las prebendas y protecciones no fortalecen a las empresas, por ms que les den temporalmente unos beneficios altos. Es lo que se ha visto en Colombia, en el sector textil por ejemplo. Este sector enfrenta hoy una crisis precisamente por las connivencias que han existido entre los grandes empresarios y el gobierno. Esta vinculacin era tan orgnica en un momento dado, que los textiles tenan por lo menos un ministro en el gabinete. Se deca que sa era la mejor forma de garantizar el xito de aquella manifestacin pujante y

exitosa de la economa colombiana. Las prebendas se hacan pasar como fomento a la actividad nacional. Muy pronto qued demostrado hasta qu punto una economa protegida es una economa con pies de barro. Al producirse la apertura econmica y liberalizacin parcial a comienzos de los aos noventa, el sector textil, que haba vivido de favores en lugar de sus propios mritos, entr en crisis. La crisis lleva ya varios aos, con prdidas de escndalo. Bast la apertura a medias de la economa colombiana para demostrar que tantos aos de fomento al sector textil nacional en verdad haban anquilosado, en lugar de dinamizado, a las empresas del sector. En los ltimos aos, buena parte de los sistemas de pensiones de Amrica Latina han sido privatizados, mientras que en Espaa, como en otros pases de la Unin Europea, la Seguridad Social es lo que llaman un derecho social y ay de aquel que quiera poner en peligro la previsin financiada por el Estado mediante las cotizaciones sociales de las empresas y los trabajadores (de generaciones anteriores, claro). En todas partes, incluidos pases con sistemas privatizados y pases donde el Estado sigue siendo el principal proveedor de pensiones, se protege, y por tanto privilegia, a ciertos grupos de personas o actividades. En un pas tan emblemtico como Chile en el tema de las pensiones privadas, los militares tienen garantizadas sus pensiones por un gobierno que se las financia, a diferencia de lo que ocurre con esos millones de civiles

que utilizan el sistema privado. Los militares, pues, gozan, a la edad del retiro, de unos capitales que son provistos principalmente, no por sus propias aportaciones anteriores y ni siquiera por la anterior generacin de militares, sino por el conjunto de los chilenos. Estos militares son unos capitalistas privilegiados frente al resto de capitalistas chilenos: a la edad del retiro reciben un capital con el que pueden hacer lo que quieran, incluso invertirlo originado en el sudor del resto de la sociedad. El sistema privado de pensiones ha reducido, por supuesto, las clamorosas iniquidades del sistema estatal que ha tenido el continente durante dcadas, pero como el sistema estatal no ha desaparecido del todo esas iniquidades se perpetan, aunque sea a escala menor. El caso de Argentina es ilustrativo. Desde la poca de Pern, se empez a echar mano de los recursos generados por el sistema pblico de pensiones para cubrir los gastos del Estado y sus funcionarios, y esta prctica continu hasta nuestros das, en que entraron en vigor las Asociaciones para Fondos de Pensiones (AFP), es decir el sistema privado, en paralelo al sistema pblico, que no ha desaparecido. Una auditora demostr que haba muchos centenares de jubilados de ms de cien aos y muchos fallecidos que cobraban pensiones del Estado. Despus de Italia, Argentina es el segundo pas en el mundo en porcentaje de jubilados por invalidez 20 por ciento, algo curioso en un pas sin guerras ni catstrofes en las ltimas dcadas (con

alguna que otra excepcin). Todo este dinero, pues, generado por las empresas y los trabajadores ha sido reciclado por el Estado hacia funcionarios o allegados al Estado, que han podido disponer fraudulentamente de un capital generado por el resto de la sociedad.63 Tampoco el sistema privado de los aos noventa est exento de privilegios. En varios de los pases donde se ha permitido el sistema privado, conformado por las AFP, se ha establecido la obligacin legal de optar por uno de los dos sistemas posibles, el pblico o el privado. Por tanto, el elemento de riesgo ha sido reducido considerablemente para los empresarios que han querido aventurarse en el mercado de las jubilaciones. Si uno sabe que un pas como el Per, con casi 25 millones de habitantes, obliga a sus ciudadanos a optar por la jubilacin pblica a travs del Instituto Peruano para la Seguridad Social (IPSS) o una AFP privada, uno est en ventaja frente al empresario que provee un servicio distinto, en el que no hay obligacin del cliente de optar por una de las ofertas disponibles. El conjunto de los empresarios que ofrecen jubilaciones tienen una garanta de contar con clientes, por ms que tal o cual empresa pueda, por ofrecer un peor servicio, fracasar, o por ms que un porcentaje de personas prefiera seguir en el sistema pblico. Aunque no est en duda el que la pensin o la jubilacin tengan una importancia enorme para los ciudadanos, por qu otorgar a los empresarios

que proveen este servicio la ventaja de contar con un aparato coactivo como el Estado para ganar clientes, a diferencia de lo que ocurre con quienes proveen otros servicios y que no tienen un mercado amenazado con la crcel si no adquiere lo que est en oferta? La obligatoriedad es otra de las formas del mercado cautivo. Quiz esta seguridad es la que llev al ministro de Economa que autoriz el sistema privado de pensiones en el Per a poner su propia AFP una vez que dej el ministerio (sin contar las ventajas de la informacin privilegiada que llevaba consigo despus de su paso por el ente que auspici y supervis la creacin del sistema). Otro campo en el que se da una intervencin del gobierno para alterar, mediante un sistema de beneficios exclusivos y prohibiciones, el normal funcionamiento de la sociedad es el de los horarios y das de atencin al pblico en la actividad comercial. Es un problema que compartimos, a ambos lados del Atlntico, latinoamericanos y espaoles. A pesar del supuesto cambio de vientos polticos y econmicos, seguimos reflejando en las decisiones gubernamentales muchos de los errores del pasado, es decir de las medidas tomadas bajo la mentalidad poltica y econmica de un pasado que en teora los nuevos gobernantes quieren corregir. En 1984, en plena dcada perdida de Amrica Latina, y en plena democracia, se dio el caso de una ordenanza municipal de la ciudad de Buenos Aires que prohbe la apertura de

supermercados, almacenes y otras tiendas de venta minorista los das domingos, salvo cuando fueran atendidos por sus dueos. Era una medida para que pudieran descansar los empleados? No, pues nada obligaba a los empleados a trabajar siete das por semana. Era una medida para privilegiar a ciertos empleados agrupados en la Federacin de Empleados de Comercio, a quienes disgustaba que las tiendas pudieran contratar a otras personas para trabajar los domingos. Para evitar el ingreso de nuevos trabajadores al mercado de los empleados de tiendas comerciales, el gobierno, coludido con un sindicato, privilegi a un grupo de trabajadores y perjudic a otro potencialmente constituido por muchas personas adems, por supuesto, de las propias empresas, que fueron las ms directamente afectadas. En 1987, el Colegio de Farmacuticos logr que la provincia de Buenos Aires decretara que slo los farmacuticos pudieran ser propietarios de farmacias. Por si fuera poco, tambin se decret que las farmacias, como muchos comercios regulados, tuvieran que abrir en determinados horarios y no pudieran hacerlo en otros, dentro del sistema de turnos obligatorios por barrios. La justificacin legal hablaba de la anarqua que existira sin estas trabas, y censuraba las apetencias de los propietarios. As, pues, otro grupo de privilegiados obtena de las autoridades la proteccin oficial para garantizar su negocio. Pero si estas medidas suenan a cosa del pasado,

comparmoslas con la situacin de otros pases. En Espaa existen actualmente severas limitaciones legales de horario para los comercios y, por ejemplo, la exigencia de dos licencias para abrir un sper o hiper mercado, la licencia municipal y la licencia de la Comunidad Autnoma (y/o el permiso del Colegio Oficial de Farmacuticos), que controlan el que la nueva superficie de distribucin no suponga un exceso de oferta. El sistema que rige para las farmacias es real maravilloso. Est prohibido abrir una farmacia a menos de una distancia mnima de otra existente y slo se puede dar servicio al pblico en determinados horarios; slo los licenciados en Farmacia pueden ser dueos de una botica; slo las personas fsicas y no las compaas pueden tener farmacias; y nunca puede una persona ser duea de ms de una farmacia. Esto parece una caricatura de lo que puede significar el mercantilismo en nuestros das, pero es cierto. Mientras que es posible para ciudadanos que no son mdicos invertir nada menos que en un hospital, no es posible para ciudadanos que no son farmacuticos invertir en una farmacia. Si la idea es que las personas tengan acceso a los medicamentos, cmo se explica que no sea posible para un farmacutico asociarse con un empresario que no lo es para invertir un capital capaz de crear toda una cadena de oficinas de farmacia, con el consiguiente beneficio para los pacientes? Naturalmente, los defensores a ultranza de este sistema casi feudal son un grupito de farmacuticos de mirada estrecha. Este

grupito es incapaz de darse cuenta de que tendra muchos ms beneficios si se cambiaran varias de las normas que regulan su actividad. Por ejemplo, la Orden Ministerial de 1988 que todava fija en un 29,9 por ciento del precio de venta al pblico sin impuestos los mrgenes comerciales de las especialidades farmacuticas. Con estos mrgenes, ningn farmacutico tiene incentivo para incurrir en una especialidad farmacutica de menor precio, pues por muchos consumidores que atraiga el lmite a sus ganancias seguir rigiendo. Y tampoco beneficia a los farmacuticos, aunque ltimamente ha habido algunos avances, la restriccin en el horario de apertura, pues les impide adaptar sus horarios a las condiciones de la demanda. Todo esto es slo un ejemplo, en la madre patria con nfulas de siglo XXI y Europa, de cmo un grupo de personas ejercen una actividad econmica amparados por un poder que impide a otros ciudadanos hacer lo mismo y les garantiza hasta un monopolio territorial, y de cmo, para colmo, los beneficiarios que tanto abogan por preservar estas ventajas son ciegos con respecto a los perjuicios que para ellos mismos entraa el actual sistema discriminatorio.

pues de lo contrario no aplicaran hoy esa barbaridad que se llama Poltica Agraria Comn, que, bajo el pretexto de proteger a ciertos agricultores, est destruyendo la actividad agrcola y costando mucho dinero al resto de la sociedad. Tan perjudicial puede resultar para un pas destruir deliberadamente la agricultura para beneficiar otra actividad como proteger a la agricultura con el consiguiente perjuicio para otros sectores (e incluso para la propia agricultura). Desde la poca de Pern se practicaron en la Argentina retenciones (lase impuestos) a las exportaciones agropecuarias para transferir recursos hacia la industria. Las retenciones llegaron en algunos casos a la mitad del precio de las exportaciones, y se calcula que desde los aos cuarenta hasta 1990 el agro argentino transfiri unos 350.000 millones de dlares. Resultado: ningn beneficio industrial verdadero y desastre agrcola en un pas que dej de ser el granero del mundo. En la Unin Europea, el problema es en apariencia el contrario: la Poltica Agraria Comn ofrece unos precios de garanta mnimos a diversas producciones el aceite de oliva, el vino, el trigo, la leche, el azcar, la carne de vacuno, de ovino, de cerdo, establece cuotas de produccin, compensa con subvenciones las exportaciones de productos europeos sobrevalorados y cobra aranceles en la frontera sobre las importaciones del resto del mundo. Todo este sistema mercantilista, que privilegia a unos y perjudica a otros, cuesta ms del 40 por ciento del presupuesto de la

Unin Europea. Resultado: enfrentamientos continuos, a veces muy violentos, entre agricultores y comerciantes de distintos pases, toneladas de produccin destruidas cada ao, crisis permanentes en diversos sectores del agro, elevados impuestos para pagar las diversas subvenciones, perjuicio para los consumidores de estos mercados, y, una vez ms, discriminacin a favor de un grupo de agricultores privilegiados. Estas barbaridades comerciales tambin estn presentes en Amrica Latina. Guatemala es un buen ejemplo. All, el proteccionismo arancelario y no arancelario, as como las exenciones del pago de impuestos, han servido para proteger productos como el pollo, el cemento, la harina y el azcar. En el caso del pollo, la intromisin empez en los aos sesenta, con la Ley de Fomento Avcola, que exoneraba de todos los impuestos a las empresas del sector. La ley fue derogada en los noventa, pero el pollo sigui siendo protegido con aranceles, dada la incapacidad para hacer frente a la competencia de las partes de pollo alas, cuadril, piernas, comercializadas principalmente por Tyson, la empresa estadounidense de Arkansas. Tambin se valieron los empresarios guatemaltecos, cuyo ingenio es por otra parte admirable y nadie puede poner en duda, de cuotas de importacin cuotas que ellos mismos usaban para cubrir sus temporadas de demanda ms alta. El azcar guatemalteco no se queda atrs. El arancel hace imposible para el azcar importado por encima de la cuota competir con el azcar local. Los

guatemaltecos, para satisfacer a un grupo de privilegiados, pagan por su azcar ms de lo que pagan la mayor parte de los pases del mundo. Y en el campo del cemento ocurre algo parecido. La cementera local ha hecho que se pongan impuestos feroces a la importacin de cemento de la empresa Cruz Azul de Mxico con el argumento del dumping que practicara sta. Lo curioso es que, mientras las de Cruz Azul pagan un arancel de 80 por ciento, las importaciones de cemento provenientes de otras empresas pagan slo 1 por ciento. Otros productores los de harina, manzanas y uvas estn igualmente protegidos. Nada de lo cual quita, por supuesto, el que pases como Estados Unidos merezcan ser criticados por entorpecer, y muchas veces impedir, el ingreso de productos agrcolas de nuestros pases. En 1992, el gobierno de Mxico decidi introducir una cuota compensatoria, es decir un arancel o impuesto, para reducir las importaciones de China, especialmente las de calzado. Las presiones polticas para proteger a los industriales del calzado llevaron a la Secretara de Comercio y Fomento Industrial a imponer cuotas compensatorias de hasta 1,175 por ciento sobre el valor del calzado, junto con cuotas para aparatos elctricos, bicicletas, llantas, plsticos, juguetes y otros productos que daaban a la industria nacional. Era el efecto de la connivencia entre el gobierno y las cmaras y asociaciones comerciales e industriales. Resultado: aumentaron los precios, desaparecieron grandes empresas comercializadoras

como Foot Locker y la industria nacional no prosper (muchos productores se convirtieron en comercializadores porque en Asia tienen ventajas comparativas que hacen ms rentable producir all). Con las manzanas ocurri algo no muy distinto. Desde 1990 los productores del norte de Mxico decidieron denunciar por dumping a los productores norteamericanos de manzana Starking. En 1997, el gobierno hizo por fin caso a los quejumbrosos e impuso una cuota compensatoria de 130 por ciento. El producto desapareci del mercado en plena temporada navidea de 1997, ya que los productores estadounidenses no pudieron exportar a Mxico por estas restricciones y la exportacin hacia otros mercados resultaba ms atractiva para los productores mexicanos. En suma: el comercio latinoamericano est plagado de vicios empobrecedores, en plena era supuestamente liberal. Y la lista podra continuar, incluyendo las trabas que hay en Brasil para ciertas importaciones, como las computadoras, mientras que casi no hay aranceles para la importacin de comida para perros. Uno entiende, en este contexto, por qu los planes de integracin han fracasado, y cmo la proliferacin de bloques regionales es un mero pretexto de distintos pases para no ir a una economa de mercado. Cuando uno observa lo ocurrido con las manzanas mexicanas, se pregunta de qu sirven los dos mil folios que tiene el Tratado de Libre Comercio de Norteamrica.

Otra fuente inagotable de mercantilismo son los gravmenes a los distintos productos dentro de los mercados nacionales, especialmente el Impuesto al Valor Agregado (IVA). Con este instrumento, en todos nuestros pases se privilegia o se castiga a determinados bienes y servicios, estableciendo diferencias que resultan del puro capricho poltico. En 1998 se produjo en la Argentina una batalla campal entre el gobierno y ciertos empresarios por las nuevas propuestas tributarias con las que se quera castigar a empresas que hasta entonces haban disfrutado de ventajas permitidas por el propio gobierno. Las propuestas incluan aumentar los impuestos sobre el tabaco, el alcohol y las bebidas no alcohlicas, y la aplicacin del IVA por primera vez a la televisin por cable, al seguro mdico, a la publicidad y a las publicaciones impresas, con excepcin de los peridicos. Al mismo tiempo, se prevea, en el caso de alimentos esenciales, reducir a la mitad el IVA de 21 por ciento que rige para los otros productos. Tambin se incluy en el paquete un impuesto de 15 por ciento que debern pagar los emisores de deuda sobre los intereses que pagan a los compradores de sus bonos. Hasta ahora, las empresas que emitan deuda estaba exentas de tributar sobre los intereses que pagaban a los compradores de bonos y podan deducir de sus impuestos esos intereses. Muchas empresas emitan deuda para pagar menos impuestos. En el ltimo ao fiscal, slo 39 por ciento de las empresas argentinas que presentaron declaracin de

impuestos tuvieron que pagar impuestos. De las mil seiscientas principales, slo setecientas tuvieron una declaracin de impuestos positiva. El sistema de impuestos, por tanto, era una pura arbitrariedad gubernamental. El problema es que la solucin cambia unas injusticias por otras, y aunque homologa por algunos lados, discrimina por otros. Era discriminatorio que las empresas capaces de emitir deuda dedujeran los intereses que pagaban a los compradores de bonos, pues muchas empresas argentinas no estaban en capacidad de emitir deuda y por tanto no gozaban de esa deduccin. Pero al imponer un tributo ahora, se perjudica a aquellas empresas que no estaban emitiendo deuda slo para deducir impuestos, y se mantiene un sistema con dos pesos y dos medidas, pues las empresas que emiten deuda sufren un impuesto que no tienen las dems empresas del pas. Nuestros empresarios y nuestros sistemas econmicos han contribuido, a travs de esta infinita variedad de prcticas injustas y antiliberales, a la pobreza de nuestros pases, y en el caso de aquellos pases que estn progresando, a dificultar, para no decir impedir, el trnsito definitivo a la vanguardia del desarrollo. Todo privilegio econmico, toda prebenda poltica, violan la esencia de la economa de mercado, para la cual el Estado es un marco legal, un conjunto de normas generales y no especficas, un ente ante el cual todos, ricos y pobres, famosos y annimos, son iguales. En una sociedad donde los ciudadanos no estn en pie

de igualdad ante la ley, y donde la riqueza se decide en los pasillos del poder, el resultado es, invariablemente, la miseria del conjunto de la sociedad. La contribucin que han hecho, pues, nuestros empresarios mercantilistas, y por supuesto los gobiernos que los hicieron posibles, al subdesarrollo latinoamericano, y, en el caso de Espaa, a la distancia que todava separa a ese pas de, digamos, el Reino Unido, ha sido decisiva.

Lejos de nosotros la funesta mana de pensar, obsequiosas se excusaban ante Fernando VII las autoridades de la catalana Universidad de Cervera en una memorable correspondencia. Y as era, en efecto, el talante pedaggico de aquella institucin y de otras muchas taradas por la tradicin escolstica en todo el mundo iberoamericano. Lo importante no era pensar por cuenta propia, examinar la realidad, llegar a conclusiones y tratar de contrastarlas con otros pareceres. Lo importante era repetir lo que otros, autorizados para ello por el poder, haban dicho. Pensar era muy peligroso y constitua una forma bastarda de la

insolencia intelectual. Todo lo esencial ya estaba dicho, descubierto y pensado. Pero lo trgico es que esa actitud del XIX todava no ha muerto en nuestras universidades y ya estamos a las puertas del siglo XXI. En nuestras universidades se hace poca investigacin original, se repite mucho y lo que es ms grave se repiten viejas ideas desacreditadas por la realidad. Nos lo contaba, sorprendido (y divertido) un profesor de Georgetown que haba sido invitado a una conferencia sobre el fin del marxismo en una universidad latinoamericana. A la entrada lo esperaba un carteln que deca: Marx ha muerto, viva Trotsky. El autor del lema, luego se supo, inasequible al desaliento, haba sido un catedrtico del Departamento de Humanidades, graduado de la Universidad Patricio Lumumba de Mosc, pero su alma mter, en rigor, no era importante. Poda haberse doctorado en Madrid, en Pars o en Londres. Una vez instalado en su ctedra latinoamericana, los viejos tics y el antiguo pensamiento lo habran paralizado como si estuviera atrapado en una tela de araa. Eso tiene una consecuencia trgica para los latinoamericanos, porque la universidad, a fin de cuentas, es uno de los ms poderosos elementos en la configuracin de la visin que sobre s misma tienen las sociedades modernas. Un alto porcentaje de lo que luego ser la clase dirigente pasa por sus aulas y all recoge un modo de interpretar los problemas y unas frmulas para solucionarlos. De donde puede deducirse

que cuando ese esquema analtico es errneo, las consecuencias suelen ser lamentables. Y esto es, exactamente, lo que sucede con la mayor parte de nuestros grandes centros universitarios: no slo nos cuestan una inmensa cantidad de dinero, sino, adems, los paradigmas que difunden, lejos de contribuir al mejoramiento de nuestras sociedades, consiguen el efecto contrario. Se vuelven ciegos y voluntariosos fabricantes de miseria que impiden el desarrollo de nuestros pueblos. Pero acaso el primer ajuste de cuentas con nuestras universidades hay que hacerlo en lo relacionado con la creatividad. Parafraseando a Churchill, nunca tantos le han debido tan poco a tantos. Por qu no se investiga con seriedad y rigor? Por qu no se estimula la imaginacin de los estudiantes? Y ni siquiera podemos escudarnos en la falta de recursos para la investigacin, puesto que esta esterilidad intelectual tambin abarca a las Ciencias Sociales y las Humanidades. Para hacer buena filosofa, sociologa o antropologa no se requieren equipos costosos, sino rigor, seriedad y audacia para pensar por cuenta propia. No los hemos tenido. Es verdad que entre nosotros, en nuestra cultura, abundan los grandes artistas plsticos Picasso, Mir, Lam, Matta, Botero, Zsyzslo, entre otros, o los grandes escritores Octavio Paz, Cela, Vargas Llosa, Garca Mrquez, Reynaldo Arenas, Borges, pero no contamos con nadie equivalente en el terreno reflexivo sobre los

grandes temas que afectan al hombre y a la sociedad. No negamos, por supuesto, que en nuestras universidades haya sabios y profesores abnegados y competentes. Lo que parece evidente es que la atmsfera universitaria que hemos creado no sirve para estimular la creacin original ni la imaginacin de nuestros ciudadanos. De alguna forma, aplasta y amordaza a nuestras mejores cabezas en lugar de propiciar su trabajo. Da escalofros saber que ninguno de los objetos de nuestro entorno y ninguno de los hallazgos cientficos o de los desarrollos tecnolgicos que determinan nuestras vidas ha sido creado por nuestra cultura, pese a contar con algunas de las ms viejas universidades de Europa (por ejemplo, Palencia desde 1208 y Salamanca desde 1230), y pese a contar con decenas de instituciones de (supuestamente) altos estudios en Iberoamrica desde hace siglos. Veamos algunos de los peores males que aquejan a nuestros centros universitarios.

El pecado original Quiz convenga comenzar por recordar que las escuelas de estudios superiores constituyen uno de los ms viejos servicios organizados por los poderes pblicos en beneficio de un sector de la sociedad. Ya en el siglo al de nuestra era, Adriano, a la manera griega, funda en Roma el Ateneo, una protouniversidad en la que se ensea filosofa, retrica y msica. Teodosio har

lo mismo en Constantinopla tres siglos ms tarde, institucin que dura la friolera de mil aos, hasta la conquista de Bizancio por los otomanos, en 1453. Por lo que no debe sorprendernos que la Iglesia catlica, como hiciera en tantos otros terrenos, tras el colapso del Imperio de Occidente relevara a Roma en las tareas pedaggicas. En el Concilio de Voison (527) en Francia, todava llamada Galia, se institucionalizaron las escuelas parroquiales, que luego daran lugar a las escuelas episcopales, centros de enseanza de los que, en su momento, a partir de los siglos XI y XII, derivaran las universidades medievales, siempre de la mano de las rdenes religiosas o del clero regular, aunque las de Espaa llevaran fuertemente impresas la huella y la influencia secular de la Corona. De todas las universidades espaolas, si dejamos de lado el riqusimo aporte del Islam, ninguna alcanzara mayor fama e importancia que la de Salamanca, fundada en el siglo XIII, modelo de casi todas las posteriores, aunque la que el cardenal Cisneros creara en Alcal de Henares a principios del siglo XVI, en 1509, en pleno auge del Descubrimiento de Amrica, aportara ciertos rasgos duraderos a las que poco despus comenzaron a germinar en el Nuevo Mundo. En 1518 se echan las bases de la de Santo Domingo, ya en pleno funcionamiento en 1539. La de Mxico surge en 1553. La de San Marcos, en Lima, ms o menos por las mismas fechas, aunque realiza sus primeros actos pblicos en 1575. Y lo que en ellas se ensea, y el modo

en que se ensea, no es muy diferente a lo que se hace en Espaa. Cmo era esa universidad iberoamericana en el momento en que Espaa cruza el Atlntico y se reproduce en aquella orilla? El uruguayo Alberto Zum Felde lo resume admirablemente en dos prrafos: Conviene no olvidar, para el mejor entendimiento de este asunto, que, de las dos grandes pocas histricas en que, de modo general, puede dividirse la escolstica, del siglo XI al XIII y del XIII al xv (en Espaa hasta el XVIII), la primera de predominantes influjos platnicos y agustinianos, la segunda desde Alberto Magno y Santo Toms, de neta y ya definitiva ideacin aristotlica, la que llega a Amrica en el XVI, con la Conquista, es sta, con exclusin y aun condena de aquellas formas ms antiguas; y aun podra precisarse que en una tercera modalidad, la especialmente espaola y jesutica, la suareziana, que es fundamentalmente tomstica pero retocada, de acuerdo con los tiempos de la contrarreforma en que se produce, y cuya vigencia dura casi los tres siglos de la cultura colonial, hasta la llegada de la Enciclopedia.64 Y sigue diciendo el polgrafo: Lo ms caracterstico, empero, del escolasticismo colonial y lo que le da, en cierto modo, su estilo propio, como lo tiene el barroco hispanoamericano es eso a lo que Concolorcorvo llama Zum Felde, Alberto, ndice crtico de la literatura hispanoamericana, tomo I, Guarania, Mxico, 1954.

graciosamente ciencia del Ergo, es decir, el formalismo silogstico y latinero, llevado a extremos de refinamiento y culteranismo tales que llega a convertir la filosofa en puro arte dialctico, no oyndose en los colegios otra cosa que concepto majorem, nego menorem, distingo consecuens, contra ita argumentor y todas las dems jergas que usan, segn testimonio del Lazarillo refirindose a Mxico, pero en observacin que puede ser extensiva en mayor o menor grado a Lima, Bogot, Crdoba, a todos los centros universitarios de cierto rango hasta fines del XVIII. Habr quedado impregnada nuestra cultura universitaria de ese verbalismo inclemente y retrico, con el que fabricamos una realidad virtual hecha meramente de palabras? Es posible, y eso se trasluce en el prestigio social que entre nuestros pueblos probablemente hasta hace muy poco alcanzaban los picos de oro y los charlatanes de ctedra que encandilaban al auditorio mucho ms por la facilidad de palabra que por la importancia de las ideas. Rasgo que alguna vez provoc la tan repetida como melanclica boutade de Eugenio DOrs: ya que no podemos ser profundos, seamos, por lo menos, oscuros.

universitaria ni es un concepto moderno ni tiene su origen en la descentralizacin y secularizacin de las instituciones estatales. Por el contrario: es una consecuencia de la subordinacin de la Iglesia al poder de Roma, que era quien otorgaba las licencias y privilegios que permitan la apertura de estos centros educativos. En el medievo y por lo menos hasta la reforma protestante las autoridades eclesisticas se dirigan al Vaticano para solicitar las debidas dispensas y autorizaciones, ignorando totalmente los Estados nacionales, cuyos monarcas se limitaban a aprobar los estatutos o Constituciones, una vez obtenida la legitimacin de la Iglesia. Ese origen supranacional explica la jurisdiccin eclesistica sobre las universidades en el terreno del Derecho, al extremo que en las universidades de Salamanca y Alcal todos los pleytos ansi civiles como criminales deba resolverlos el Maestrescuela de la Catedral, o el Rector, que es el juez privativo de todos los pleytos civiles y criminales.65 Una responsabilidad de este calibre traa, por supuesto, pesadas servidumbres. Las universidades tenan crceles escolsticas y el Rector, quien haca las leyes, normaba las penas y juzgaba a los acusados, poda hasta condenar a la pena de muerte cuando el estudiante disparaba contra las fuerzas del orden Gonzlez Prieto, Jos, La universidad de Alcal en el siglo XVII, Madrid, 1939.

pblico, aunque generalmente los castigos se limitaban a arrestos, confiscacin de bienes, destierros, remar en galeras y expulsin de la comarca. Al margen de esta funcin punitiva, el Rector sola obligarse a tareas policacas, mediante rondas nocturnas en las que lo acompaaban alguaciles armados. Los conflictos ms frecuentes eran con estudiantes alborotadores que daban vivas a sus regiones natales y desafiaban a los oriundos de otras partes de Espaa. Esas trifulcas a veces alcanzaban niveles de inusitada violencia, con heridas a cuchilladas o por arcabuces e intentos de poner fuego a edificios en los que se albergaban o escondan los adversarios. Sea ste el origen, o sea por la razn que fuere, lo que parece evidente es que la universidad pblica iberoamericana goza (o padece) de una especie de aislamiento del entorno social en que se inscribe, y la tantas veces invocada autonoma universitaria slo se trae a colacin para impedir la entrada de la fuerza pblica en los recintos, o para reclamar, celosamente, la exclusin de cualquier forma de supervisin ciudadana. Es muy raro por ejemplo que exista una coordinacin entre la investigacin cientfica (cuando se tiene) y las necesidades de la trama empresarial. Y ms raro an que el gobierno comunique los problemas que confronta a estos centros docentes para tratar de hallar en ellos las soluciones que la sociedad necesita. Es como si la comunidad acadmica profesores,

estudiantes, administradores viviera totalmente de espaldas a quienes con sus impuestos pagan los gastos que esa actividad ocasiona. Y es como si los aos universitarios no fueran un perodo de preparacin para luego desarrollar actividades tiles para la comunidad, sino unas largas y abandonadas vacaciones de las que a nadie hay que rendir cuentas, por lo que prevalece un total clima de irresponsabilidad. Esa actitud ha provocado que las universidades pblicas iberoamericanas especialmente en Amrica Latina vivan bajo la permanente sospecha de la sociedad. Los polticos prefieren ignorarlas y contentarlas con abultados presupuestos antes que intentar involucrarlas en los problemas nacionales, porque suelen pensar que no tienen espritu de cooperacin. Los militares, que (desgraciadamente) realizan sus estudios en instituciones aisladas, las tienen como sus adversarias casi naturales, lo que multiplica las actitudes antiintelectuales del estamento castrense. Los grupos empresariales, tras comprobar que muy poco pueden hacer para establecer formas de colaboracin, acaban por ayudar a las instituciones privadas. Y as, paulatinamente, se va produciendo un lamentable divorcio entre el cuerpo social y lo que debera ser su cerebro. Hay varios pases de Amrica Latina en donde esta situacin de aislamiento o verdadera alienacin de la universidad pblica es realmente sangrante. Uno de

esos casos es Guatemala, donde los egresados de San Carlos son generalmente rechazados por los empleadores. Otros son Repblica Dominicana, Nicaragua y Ecuador, naciones en las que graduarse de universidades pblicas, prima facie, genera una cierta prevencin en el mundo empresarial. En este ltimo pas concurre una circunstancia que afecta singularmente a los ms pobres. Sucede que por medio de presiones, y esgrimiendo el demaggico argumento de que las pruebas de seleccin acadmica para conseguir el ingreso afectaban a los jvenes de familias ms necesitadas, se le dio acceso a la universidad a todo el que tuviera un diploma de estudios secundarios, independientemente de su preparacin real y de sus aptitudes. Esa afluencia masiva, sumada al permanente conflicto poltico presente en la universidad, provoc un desplome en los estndares acadmicos hasta devaluar casi totalmente el prestigio de los ttulos que sta emite, con el consecuente perjuicio precisamente de los ms pobres, que son aquellos que no han podido escapar hacia los centros en los que es menester pagar por la educacin que se recibe. A un ecuatoriano le omos esta frase irnica: en mi pas hay dos tipos de universidad: unas son centros de educacin privados; las otras son centros privados de educacin. Nunca el orden de la sintaxis ha sido ms elocuente. Un camino radicalmente distinto fue el que adopt Puerto Rico. En esta isla, que tiene la mayor proporcin

de estudiantes universitarios en el continente, quienes pueden acceder a la enseanza pblica prcticamente gratis son los que mejores notas alcanzan en los exmenes de ingreso, lo que provoca una fiera competencia que acaba por beneficiar a los ms pobres. En el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, los mejores estudiantes acuden a la universidad pblica, y sta tiene la mejor consideracin por parte de los empleadores. Ser egresado de esta institucin es preferible a haberse graduado en un auniversidad privada. El caso cubano isla vecina es tan atpico que es difcil tenerlo en cuenta en un examen global como el que pretendemos hacer con este libro. En Cuba la universidad es un mero apndice del Estado, y ste a su vez es una construccin artificial manejada por los criterios ideolgicos del Partido Comunista. De ah se deriva esa lamentable (y desgraciadamente veraz) frase repetida varias veces por Fidel Castro: la universidad es para los revolucionarios. De ah las espasmdicas purgas de homosexuales, jvenes con conductas extravagantes (pelo largo, ropa ajustada, etctera), creyentes religiosos o, simplemente, amantes del rock. Y de ah la absoluta falta de respeto a la vocacin individual: el joven estudia la carrera que le asignan y donde se la asignan, para luego trabajar en el sitio en el que el gobierno decide.

Las facultades marxistas En la segunda dcada del siglo XX, y ante la resistencia de los sindicatos italianos, el poltico e idelogo comunista Antonio Gramsci desarroll la estrategia de llegar al poder mediante la penetracin y el control de las instituciones educativas y culturales. Se trataba de una refinada modificacin de las tcticas marxistas. No bastaba con organizar a los obreros para orquestar la huelga general definitiva, porque previamente era necesario cambiar la cosmovisin de la sociedad, y eso slo se poda lograr si previamente los marxistas asuman el liderazgo intelectual. Los planteamientos de Gramsci, recogidos en los 32 cuadernos que escribi en la crcel durante sus nueve aos de cautiverio impuesto por los fascistas de Mussolini, enseguida tuvieron respuesta terica por algunos marxistas, a los que les pareca una hereja suponer que la ideologa predominante poda ser cambiada antes de modificar el sistema de propiedad. Para un marxista ortodoxo la percepcin de las relaciones humanas era un producto de las relaciones de propiedad y no de teoras ms o menos persuasivas o racionales. En todo caso, la experiencia de Gramsci en Italia, donde vio cmo el aparato obrero caa, casi ntegramente, en manos de los fascistas, debi ser parecida a la de los comunistas latinoamericanos, quienes desde la dcada de los treinta, y muy

especialmente a partir de la revolucin cubana, han intentado el asalto casi metdico de las universidades y ateneos para convertirlos en instrumentos de agitacin marxista. Citemos extensamente un texto del rector de la Universidad Internacional del Ecuador, el economista Marcelo Fernndez: Desde mediados de los aos 60, el Partido Comunista, disfrazado luego de Movimiento Popular Democrtico (MPD), adquiri una enorme influencia en las universidades estatales del Ecuador y se apoder fundamentalmente de las Facultades de Filosofa y Letras, encargadas de formar a los maestros que luego ensearan en las escuelas pblicas, primarias y secundarias, a las cuales concurra y concurre principalmente la poblacin con menores niveles de ingreso. Fueron muchos de estos profesores con un dogmatismo casi religioso los que adoctrinaron a los estudiantes con el sueo de un Ecuador comunista, profundizando en las aulas temticas tales como la lucha de clases, el sindicalismo pblico, el paro por el paro, la supresin de la propiedad privada; que el Estado, y no sus habitantes, deba ser el dueo de los medios de produccin; que el dinero legtimamente trabajado es contrario a la clase proletaria, porque el capitalismo se enriquece gracias al esfuerzo del trabajador; sembraron odio entre ricos y pobres, dividiendo al mundo entre explotadores y explotados. Todo eso cal profundamente en la conciencia de muchos ecuatorianos y son quienes por razones

ideolgicas se oponen a que el pas se modernice y entre en el engranaje de la economa mundial. Tras la descripcin de la labor propagandstica e ideolgica llevada a cabo por los comunistas en las universidades, Fernndez aade esta acertada reflexin: Todo lo anterior habra resultado bien, si es que efectivamente hubiese triunfado el comunismo, ya que habramos tenido un elemento humano preparado para entrar en ese sistema, pero con la cada del muro de Berln, el sueo comunista se hizo irrealizable; sin embargo la consecuencia de esta educacin ha sido que dos o tres generaciones expuestas a estas enseanzas, no aceptan cambiar sus paradigmas por ser para ellos verdades absolutas e incuestionables. Es importante entender que no estamos ante un debate intelectual abstracto, sino ante la propagacin de ideas errneas que traen unas terribles y empobrecedoras consecuencias a los latinoamericanos. Cunto le ha costado a Ecuador la resistencia al cambio? Qu cantidad inmensa de recursos se han perdido al educar a varias generaciones de estudiantes en el rechazo al mercado y el culto por el Estado? Y lo que es cierto en Ecuador, tambin lo es en Uruguay, en Brasil o en Venezuela. Esos estudiantes que en Colombia o en Bolivia salieron a combatir la privatizacin de las ruinosas empresas estatales, o los que en Brasil, Argentina y Uruguay se oponen tenazmente a la creacin de fondos de inversin privados, capaces de asegurar la jubilacin de los

asalariados qu son sino el producto de aulas universitarias encharcadas en el dogmatismo marxista, y en las que jams se ley o discuti otra teora que no fuera la que calcaba el punto de vista de profesores invariablemente seducidos por el marxismo? Cunta de la violencia que devast a El Salvador y cuntas de las absurdas ideas econmicas que prevalecen en ese pas no fueron la consecuencia de las prdicas de los jesuitas en la universidad centroamericana? Pero a veces estas convicciones iban ms all de la defensa monoltica del marxismo. A veces estos profesores pasaron de la mera teora a la violencia revolucionaria ms devastadora. Ese es el caso del movimiento peruano Sendero Luminoso, fundado en Ayacucho, en la Universidad Huamanga, por Abimael Guzmn, profesor de la Facultad de Filosofa, y por Efran Morote, un reputado antroplogo. Ninguno de ellos, por supuesto, de origen pobre clase media provinciana los dos, y ambos vctimas de una formacin universitaria que primero los hizo marxistas, luego los convirti en maostas, y en su momento los precipit en el ms sangriento terrorismo. Prcticamente todas las grandes universidades pblicas de Amrica Latina han sido utilizadas por minoras violentas para esconder armas y organizar movimientos subversivos. Esto ha ocurrido en el Uruguay de los tupamaros, en la Argentina del ERP y hasta en el Puerto Rico de la Federacin Universitaria Puertorriquea Independentista (FUPI).

Ni siquiera se puede afirmar que estos episodios de violencia e inspiracin universitaria son cosa del pasado, porque la pintoresca aventura del subcomandante Marcos sugiere exactamente lo contrario. Fue en la UNAM donde el joven Rafael Guilln, estudiante de Filosofa y de diseo grfico, lleg al convencimiento de que el camino correcto era el de la insurreccin armada. Es as como Bertrand de la Grange y Mait Rico describen la transformacin de Guilln en Marcos y el surgimiento del movimiento zapatista en el libro definitivo sobre el tema: El salto del acadmico al guerrillero queda envuelto en el misterio. Se produjo, eso s, en la poca en que Rafael Guilln entr a dar clases en la Universidad Metropolitana. Este nuevo campus, que abri sus puertas en 1974, se haba construido para descongestionar la UNAM y, subrepticiamente, neutralizar las fuertes movilizaciones estudiantiles que agitaban al pas desde los sangrientos sucesos de octubre de 1968. Paradjicamente, la institucin se convirti en punto de confluencia de profesores innovadores y progresistas, que tenan adems la oportunidad de alcanzar la titularidad. Guilln no haba terminado todava la carrera cuando, en 1979, consigui un puesto de ayudante en la Escuela de Ciencias y Artes para el Diseo. Con l se llev a Althusser, a Marx, a Foucault y a Mao, que haca leer y discutir a sus alumnos. Algunos de ellos recordaran, quince aos ms tarde, el desconcierto que provocaban al principio las

exigencias del profesor.66 Con el tiempo, y tras pasar temporadas en la Nicaragua sandinista y en la Cuba de Castro, Guilln cubrira su rostro con un pasamontaas, comenzara a desempear el papel del subcomandante Marcos y creara el Ejrcito Zapatista de Liberacin Nacional. Como en tantos casos, el esfuerzo realizado por la sociedad mexicana para educarlo de manera prcticamente gratis pese a tratarse del hijo de un hombre rico slo sirvi para formar a un ciudadano que contribuira a destruir una buena parte de la riqueza creada por los mexicanos, y a sembrar serias dudas sobre el ya incierto futuro de un pas que lo que necesita no es sacudirse a tiros el gobierno del PRI, sino perfeccionar la democracia en las urnas, depurar de corruptos al Estado, y encarar los conflictos por la va civilizada del dilogo y el ejercicio de la ley.

Los estudiantes al poder Pero si responsables del desastre universitario son los polticos o las autoridades acadmicas, tambin hay que imputarles un alto grado de culpabilidad a los estudiantes, y muy especialmente a los que asisten a las universidades pblicas. Grange, Bertrand de la y Rico, Mait, Marcos, la genial impostura, Aguilar, 1997.

En efecto, es lamentablemente frecuente que las asociaciones de estudiantes que controlan los grandes centros educativos de Amrica Latina estn bajo la influencia de jvenes agitadores mucho ms interesados en acaparar titulares de peridicos que conocimientos. Para ellos, la universidad no es un sitio en el que reciben una formacin de primer rango, sino un trampoln para lanzarse a la poltica nacional. Esto explica el tan penoso como permanente espectculo de los grupos estudiantiles lanzados a un activismo social generalmente depredador y vandlico, consistente en destruir los bienes comunes, interrumpir el trfico, y enfrentarse violentamente a la polica. A veces estas manifestaciones tienen un origen legtimo la resistencia contra la opresin, pero generalmente se trata de una mezcla entre el radicalismo poltico y el hooliganismo destructor, integrado por bandas semisalvajes que disfrutan de los encontronazos con la polica. Es cierto que estas actividades salvajes de los estudiantes en Amrica Latina tambin se dan en otros sitios Corea del Sur, por ejemplo, a veces en Francia o Italia, pero es en Iberoamrica donde han cobrado el carcter casi de costumbre. Por qu? Cul es el origen de este fenmeno? Es verdad que hay una cierta tradicin de gamberrismo en las universidades occidentales, con sus violentas y jocosas ceremonias de iniciacin, las famosas novatadas, pero el moderno punto de partida de estos

comportamientos quiz haya que colocarlo en Argentina en 1918. Ese ao, en la provincia de Crdoba, hubo una reunin universitaria a la que acudieron algunos jvenes estudiantes de otros pases del continente, y all se suscribi un documento que estara llamado a tener una singular relevancia: el Manifiesto de la Juventud de Crdoba a los Hombres de Sudamrica. Curiosamente, el impulso fundamental para la redaccin del documento no era de carcter poltico sino cultural. No sin cierta insolencia, se calificaba a las universidades de refugio de los mediocres, una fuente de ingresos para los ignorantes, y se les atribua una paralizante senilidad. Frente a esta situacin de decrepitud, los estudiantes solicitaban el derecho de gobernar o controlar las instituciones, escoger a los profesores y designar a las autoridades administrativas. El presidente argentino Hiplito Yrigoyen que resisti las presiones internacionales para entrar en la Primera Guerra Mundial, contrario a lo que se pudiera esperar de su firme talante, cedi ante la protesta estudiantil y les concedi a los jvenes algunas de las medidas que solicitaban. En muy poco tiempo se multiplicaron las becas y se crearon centros universitarios para adultos lo que parecera encomiable, pero esto trajo como consecuencia la aparicin en el panorama poltico de un factor extrapartido que probablemente debilitaba el andamiaje institucional de la democracia: los estudiantes. Ya haba

otra ladera para escalar hasta el reidero poltico: la gresca estudiantil. La experiencia de Crdoba poco despus tuvo eco en Cuba. En 1922 un grupo de estudiantes cubanos, pertenecientes a la recin creada Federacin de Estudiantes Universitarios de La Habana, dirigidos por un joven y carismtico comunista llamado Julio Antonio Mella, toma varios edificios, convoca al Primer Congreso Nacional de Estudiantes y exige una reforma an ms radical que la planteada por sus colegas argentinos. Pero ya no slo protestan contra las deficiencias de su alma mter. Protestan contra la corrupcin del gobierno del presidente Alfredo Zayas democrticamente electo de 1921 a 1925, denuncian la podredumbre del pas, acusan al imperialismo yanqui de los males que aquejan a la isla y comienzan a hablar el lenguaje revolucionario. Una dcada ms tarde, en 1933, esa semilla fructifica, pero no contra Zayas, sino frente al general Gerardo Machado, un poltico que de manera ilegal haba extendido su perodo presidencial, recurriendo a toda clase de actos represivos. Por primera (y nica) vez en la historia de Amrica Latina los estudiantes, aliados a los militares, propician un golpe que depone al dictador y coloca el control de la Repblica Cubana en manos de los universitarios, quienes designan al presidente Ramn Grau, un catedrtico de medicina y a casi todo el gabinete. Poco despus, naturalmente, el poder se ira escorando a favor de los militares, pero

desde entonces el peso poltico de los estudiantes sera tan formidable como nocivo. Los estudiantes cubanos, convertidos en hroes revolucionarios, se olvidaron del verdadero papel que deben desempear las universidades modernas, y durante veinte aos se entroniz en la Universidad de La Habana una especie de pistolerismo poltico del que, por cierto, surgi la figura de Fidel Castro, y que de alguna manera contribuy a perfilar el posterior destino de la isla. No es nada difcil de establecer la relacin que existe entre la politizacin de la universidad el bochinche, el permanente desorden y el empobrecimiento de nuestras sociedades. Qu clase de profesionales pueden graduar estos centros entregados al activismo poltico y a la protesta callejera? Con el agravante de que los primeros afectados por este tipo de comportamiento son los ms pobres, pues quienes cuentan con recursos para pagar la matrcula en universidades privadas prefieren hacer ese sacrificio antes que sumergirse en el ensordecedor guirigay de las pblicas. Este clima de desorden conlleva, adems, otros costos ocultos, que no suelen airearse en la prensa. Uno de ellos es el tiempo que muchos de los estudiantes politizados pasan en las aulas. En la Universidad de San Carlos, en Guatemala, los estudiantes de este centro docente demoran en graduarse un treinta por ciento ms que los graduados en las privadas y reciben, sin

embargo, unos niveles de instruccin notablemente ms bajos. Algo similar ocurre en Colombia, en Venezuela, en Ecuador, en Per, en Repblica Dominicana prcticamente en todo el continente, sin que nadie se atreva a intentar introducir un poco de disciplina en el sistema, con expulsiones de los malos estudiantes o castigos a los revoltosos, para no tener que enfrentarse al poder poltico de estos estudiantes y a la capacidad de desestabilizacin que son capaces de exhibir.

La modernizacin de nuestras universidades Ante este desolador panorama, es posible convertir a nuestras universidades en instituciones educativas del Primer Mundo? Las sociedades contemporneas suelen asignarles tres tareas fundamentales a las universidades de nuestros das, descendientes directas de las universidades medievales. Grosso modo, y como primera misin, una universidad es un sitio en el que ciertos adultos educados, supuestamente expertos en determinadas materias, les trasmiten a otros adultos ms jvenes e ignorantes algunos conocimientos que los capacitarn para desempearse como profesionales. Ese es el objetivo que persigue la inmensa mayora de las personas que se matriculan en las universidades. Los jvenes suean con ser mdicos, abogados, arquitectos, etctera, y una vez concluidas sus carreras, piensan

obtener por ello el reconocimiento social y la remuneracin adecuados, mientras la sociedad, a su vez, de ellos aguarda un mejor y creciente rendimiento de servicios. Una segunda misin, tal vez ms ambiciosa, pero menos seductora para la mayora de los estudiantes, consiste en entender la universidad como un dinmico medio de modificar la realidad. Un sitio para investigar, acumular nuevos conocimientos, desterrar teoras errneas, y proponer interpretaciones novedosas con las que se explican fenmenos dudosos. Un lugar, en suma, destinado a cambiar el perfil de nuestras percepciones y a aumentar el volumen de los conocimientos a disposicin de la Humanidad. La tercera, la ms imprecisa, incierta e inverificable de las tareas de la universidad, tiene que ver con la transmisin de los valores. Es frecuente escuchar que la universidad es o debe ser una fragua de hombres y mujeres honorables, buenos ciudadanos comprometidos con la verdad, la decencia, la solidaridad y el progreso. Quienes esto predican, suponen que el catedrtico debe ser algo ms que un simple transmisor de conocimientos o que un dedicado investigador. Debe ser el Maestro con eme mayscula, capaz de dejar su impronta en el espritu presuntamente moldeable del joven estudiante. Se da por sentado que ste fue el caso de Kant en Knigsberg, o de Julin Sanz del Ro y de Ortega y Gasset en Madrid. Al margen de esas tres tareas, en las universidades

coinciden por lo menos tres entidades que frecuentemente defienden intereses que a veces resultan contradictorios: el conjunto de la sociedad, los profesores que imparten sus conocimientos, y los estudiantes que los reciben. Algo de esto ya se intua en la Edad Media cuando se hablaba de universidades de profesores, las Universitas Magistorum, como la famosa Universidad de Pars, y las universidades de estudiantes, las Universitas Scholarium, como la muy notable Universidad de Bolonia. Incluso, en Bilbao, en el siglo XV, a las agrupaciones de comerciantes se les llam Universidades de Mercaderes. Esa divisin entre profesores y estudiantes ya nos revela el primero y ms clsico de los conflictos: dnde est la autoridad. Quin manda y quin obedece en la institucin. Quin regula a los que mandan y basados en qu autoridad. A lo que habra que agregar otros aspectos problemticos en permanente debate: quin paga o debe pagar por este servicio; quin debe ensear y quin debe estudiar o abstenerse de hacerlo; universidades pblicas, privadas o ambas? Finalmente, cmo lograr la mejor universidad posible al servicio de la sociedad? Ese es el meollo del debate. Aceptemos, pues, de antemano, que la sociedad hace suyos esos tres objetivos mencionados, que comnmente suelen ser asignados a las universidades y que ahora reiteramos: desea formar los mejores profesionales posibles, alienta la investigacin cientfica, convencida de las enormes ventajas

econmicas y de todo tipo que esto acarrea, y reconoce que es conveniente fortalecer el carcter de los estudiantes mediante la exposicin de los jvenes al magisterio de personalidades excepcionales, capaces de inspirar en los dems los mejores valores de la especie. A partir de esa premisa, enfrentmonos a la primera zona conflictiva: dnde a la luz de la cosmovisin liberal debe estar la autoridad en la institucin universitaria? Quin debe mandar y por qu?

Quin manda (o debe mandar) en la universidad? Si la universidad es un sitio en el que los conocimientos se trasmiten o se modifican, y en el que se espera de los profesores que desempeen algo as como un role model, lo que parece natural es que quienes posean los conocimientos sean la primera fuente de autoridad. Son los docentes, los profesores, quienes deben dirigir la vida universitaria, y quienes, dentro del mayor grado de libertad acadmica posible, deben tomar las decisiones ms importantes, pero slo en funcin, precisamente, de lo que de ellos se espera: excelencia en la enseanza, calidad en la investigacin y ejemplaridad en el comportamiento. Slo que toda institucin, para asegurarse un buen funcionamiento, necesita de auditoras externas que enjuicien la labor realizada. No es mala idea, por

ejemplo, que las universidades cuenten con un directorio de personas con buena formacin, pero no vinculadas laboralmente al centro universitario, que en lneas generales y en representacin de la sociedad, supervisen la gestin administrativa y docente, contribuyan a dirimir los conflictos que surjan, y elijan o revoquen el mandato de las autoridades. A ellas correspondera la labor de vigilar cuidadosamente el destino de los dineros pblicos que gasta o invierte la universidad, pues carece de sentido ampararse en la mtica autonoma universitaria para no tener que dar cuenta del dinero que la sociedad aporta. Tambin es conveniente, como sucede en Estados Unidos, que las universidades establezcan entre ellas mecanismos de mutua evaluacin mltiple, y que sean esos organismos (y no un gobierno por medio del Ministerio de Educacin) los que dictaminen sobre el buen o mal funcionamiento de la institucin, los que clasifiquen a las universidades por su rendimiento acadmico, y los que otorguen, nieguen o rescindan la recomendacin o certificacin correspondiente. Los gobiernos, por su propia naturaleza, no suelen hacer buenos aportes a la vida universitaria. Politizan las instituciones, las encarecen, tienden a uniformarlas restndoles originalidad, las complican con enrevesadas burocracias, y las someten groseramente a las servidumbres del clientelismo partidista. Claro ejemplo fue el peronismo, que lleg a regalar ttulos sin cursar la carrera, devaluando el prestigio de la Universidad de

Buenos Aires. Como es lgico, otra voz que debiera tomarse en cuenta para emitir esta clase de juicios de valor es la de los principales receptores del servicio que se brinda: la de los estudiantes. Los estudiantes deberan evaluar a sus profesores, opinar sobre la calidad de su labor docente, juzgar los departamentos y facultades en los que reciben sus clases y emitir juicios generales sobre la institucin en la que se educan, pues se sabe, con bastante certeza, dada la experiencia recogida por instituciones que poseen la sana costumbres de consultarlos, que los estudiantes, en nmeros grandes, suelen ser muy justos y precisos en sus evaluaciones. Por ltimo, son muy necesarios los exmenes comparativos normados para poder fijar criterios de excelencia. Hay que contrastar tan objetivamente como sea posible el grado de conocimientos adquiridos, y eso slo tiene sentido si se comparan las universidades entre s y con las de otros pases y culturas. Por otra parte, quienes tienen la responsabilidad de juzgar la labor de los docentes slo pueden guiarse en su trabajo si disponen de informacin de esta clase: lo que opinan los otros centros universitarios, lo que opinan los propios estudiantes, y lo que revelan las peridicas pruebas acadmicas normadas nacionales e internacionales a las que todos deben someterse. Y slo cuando los resultados generales de esta informacin son positivos es que puede afirmarse que la autoridad de los profesores para regir la institucin es, ciertamente,

legtima. Si los resultados no son los que se demandan, entonces estamos ante unos gestores ilegtimos de los que deberamos prescindir cuanto antes. Como es notorio, una universidad que elija y mantenga a sus autoridades con arreglo a estos criterios, estar utilizando categoras del universo liberal: el check and balance, la competencia, la descentralizacin, la responsabilidad individual, la supremaca de la sociedad civil, el respeto por la opinin ajena y el cultivo de la meritocracia.

Quin ensea (o debe ensear) en la universidad? Por supuesto, si se admite que las universidades y sus mximos responsables las autoridades acadmicas tienen que responder ante la sociedad de los resultados de su gestin, enseguida comprenderemos que los profesores, decanos y rectores no pueden estar a salvo de sus errores protegidos por ctedras vitalicias. Eso constituye una total aberracin. Un banquero que pierde dinero durante cierto tiempo es echado de su cargo por la junta de accionistas. A un mdico que comete una negligencia temeraria que le cueste la vida a un paciente, le pueden revocar su licencia. Un general que, por incapacidad, pierde una batalla, es pasado a retiro, degradado, y, en ejrcitos con malas pulgas, hasta fusilado al amanecer. A un poltico

que ejerce su cargo con manifiesta torpeza, probablemente lo castiguen en las urnas en el prximo turno electoral. Un escritor que escribe libros poco interesantes no consigue editor o no logra seducir a los lectores. Un abogado que pierde casi todos los pleitos acabar por no tener clientes, y si es deshonesto, hasta puede ser desaforado. Para qu buscar ms ejemplos? No hay que ser un skinneriano para comprender que la recompensa y el castigo son los instrumentos con los que la sociedad va perfeccionando los quehaceres en los que debe empearse para mejorar el perfil de su civilizacin. Y si esto es as a quin se le ocurre que puede haber una categora de mortales colocados ms all del bien y del mal, y a los que no les afecta el resultado prctico de los actos profesionales por los que devengan un salario? El tenior o permanencia es una prctica perniciosa que debe erradicarse de las universidades y ser sustituida por la sana costumbre de los contratos renovables o revocables, de acuerdo con los resultados del trabajo rendido, como les sucede a las nueve dcimas partes de los seres humanos en todos los centros de trabajo del planeta. En las universidades que as pactan los vnculos laborales la Francisco Marroqun de Guatemala, institucin entre las mejores de Amrica Latina los contratos a los profesores nuevos suelen ser por un semestre, y una vez demostrada la competencia, entonces se prorrogan de ao en ao. Resultado? Mnimo ausentismo, esfuerzo

mximo y en la prctica un puesto de trabajo seguro... mientras comprobadamente se mantenga la seriedad y la calidad de la enseanza. Un sistema de contratacin de esta naturaleza, regido por un comit de evaluacin de candidatos que elija a quien parezca ms apto, permite recurrir a una forma de seleccin ms efectiva y rpida que las multitudinarias oposiciones convencionales. Y si la prctica no demuestra que la seleccin fue la correcta, resulta fcil corregir el error y reemplazar por un nuevo y prometedor candidato al docente que no ha dado la talla. Asimismo, un sencillo sistema de libre contratacin y despido permitira reclutar, con un mnimo de riesgo, a muchsimos talentos extranjeros capaces de fecundar las universidades y elevar notablemente el nivel intelectual de las mismas. A fines del siglo pasado Max Planck intent dar clases en un instituto de Murcia, pero la ctedra le fue negada por no ser espaol. Espantosa decisin. En 1911 Planck obtendra el Premio Nobel de Fsica y desde entonces ser reconocido como una de las cabezas ms importantes del siglo XX. Hoy mismo, tras la debacle del mundo comunista, como ocurriera con la intelligentsia juda en los aos treinta tras el afianzamiento del nazismo, hay millares de creativos sabios europeos rusos, polacos, checos, alemanes deseosos de ser convocados por instituciones universitarias occidentales capaces de apreciar sus talentos, pero, como regla general, son detenidos ante la barrera

corporativista/nacionalista con que los gremios de profesores suelen proteger su cerrado coto laboral. Una universidad guiada por la efectiva defensa del bien comn, especialmente tras reconocer que vivimos en la tan cacareada aldea global, sabedora de que el conocimiento es universal, derribara estos muros legales artificiales, poniendo fin a cualquier expresin de nacionalismo cultural, pecado cuya ms nociva consecuencia es la empobrecedora endogamia intelectual. Qu tendra de liberal esta forma de elegir a los profesores? Todo: la competencia, la meritocracia, el respeto por el esfuerzo individual, y hasta ese componente de riesgo e incertidumbre que debe estar presente en toda obra humana. Es as, premiando a quienes hacen bien su trabajo y castigando a quienes lo realizan mal, como mejora paulatinamente la calidad de la vida. Y los profesores no deben exceptuarse de esta regla de oro... o de hierro, segn como se juzgue, pues ignorarla slo conduce a la mediocridad, al estancamiento y a condenar a la sociedad a mayores ndices de pobreza fsica y espiritual.

sitios en los que nuestra especie desarrolla el 99 por ciento de sus actividades tienen unos lmites naturales de aforo, cmo es posible plantear que existe el derecho de todas las personas a contar con enseanza universitaria sin tener en cuenta las limitaciones materiales de estas instituciones, las necesidades reales de la sociedad y los recursos de que sta dispone? Las universidades deben tener el derecho a limitar el ingreso de los estudiantes de acuerdo a un criterio bsico: el nmero razonable de personas al que se es capaz de ofrecer la mejor educacin posible, de acuerdo con los medios de que se dispone. Una vez establecido que la institucin est en condiciones de recibir cien, mil, cinco mil o cincuenta mil estudiantes, el criterio de seleccin debe estar presidido por los resultados de exmenes de admisin y por la evaluacin del expediente acadmico previo, pues se sabe, con bastante certeza, aunque existan numerosas excepciones, que hay una estrecha relacin entre lo que revelan esas pruebas y el posterior desempeo acadmico. Como tambin se sabe que las buenas universidades no slo alcanzan su alto nivel por la calidad de los docentes que imparten la enseanza, sino por la calidad de los estudiantes que son admitidos. Los buenos profesores poco pueden hacer con malos estudiantes, y, naturalmente, viceversa. En el terreno educativo hay un evidente conflicto entre calidad y cantidad que no debe ser soslayado. Y si aceptamos que los objetivos de las universidades son los

tres insistentemente sealados (graduar buenos profesionales, investigar, e inculcar valores superiores) no nos queda otro remedio que sacrificar la cantidad en aras de la calidad, pues, de lo contrario, estaramos graduando profesionales mediocres, no lograramos poner en marcha proyectos valiosos de investigacin, y, por supuesto, apenas lograramos que los estudiantes tuvieran el menor contacto humano con sus remotos y desconocidos profesores, intilmente ejemplares. Pero no hay un elemento de injusticia al privar a priori a muchsimas personas de la posibilidad de obtener educacin universitaria slo porque no fueron buenos estudiantes durante la segunda enseanza o bachillerato, o porque no obtuvieron una buena puntuacin en los exmenes de ingreso? Puede ser, pero para eso existe una comprobada forma de alivio: alentar la proliferacin de universidades privadas. Estados Unidos es un caso interesante. Con una poblacin seis veces mayor que Espaa, el nmero de universidades debe rondar los cuatro millares. Espaa, en cambio, slo tiene unas cincuenta y siete, y existe una gran resistencia a que se creen otras nuevas. De esas casi cuatro mil universidades norteamericanas, unas veinticinco son excelentes, tal vez las mejores del mundo. Otras cien son muy buenas; quiz doscientas educan competentemente, dos mil deben ser mediocres, y el resto, probablemente, son bastante malas. Hay universidades fundadas por grandes grupos religiosos dotados de gran prestigio social metodistas,

catlicas, judas, las hay vinculadas a minoritarios cultos excntricos, a empresas McDonalds, por ejemplo, a circunscripciones urbanas, a estados de la federacin americana, a familias. Las hay mixtas, para varones, para mujeres, predominantemente para negros, incluso para personas con inclinaciones sexuales no convencionales. Las hay postales, virtuales, es decir, por medio de Internet, y hasta las hay que se limitan a contactos telefnicos con tutores annimos. Resultado de esta mltiple oferta? Prcticamente todo aquel que termina su high school, o, incluso, aunque no lo termine, pero mediante un simple examen obtiene un certificado, es capaz de encontrar una institucin que le ofrece conocimientos profesionales al alcance de su escasa preparacin. Seguramente esos conocimientos no tendrn la densidad de los que se obtienen en Harvard o en Yale, pero tal vez le resulten suficientes para abrirse paso en la vida y obtener una buena remuneracin material por su trabajo, puesto que en la sociedad norteamericana estn absolutamente documentados los nexos entre la obtencin de un college degree y los niveles de ingreso pecuniario. Al fin y al cabo, es mejor poseer una educacin universitaria mediocre que carecer de ella. Es posible considerar conveniente esta fantstica multiplicidad de oportunidades educativas? S, porque combina la meritocracia con espacios abiertos prcticamente para todos. S, porque no le cierra el paso

a ninguna iniciativa, y deja que el mercado libremente regule la oferta y la demanda de servicios educativos. S, porque no limita la imaginacin de los empresarios de la educacin, ni prejuzga qu mtodo de enseanza es mejor o peor. S, porque no sacrifica la potencialidad creativa de los mejor dotados ni les niega oportunidades a los menos brillantes. S, porque no existe una autoridad central que determine quin debe ensear ni qu debe ensearse, ampliando con ello las posibilidades de expansin de la cultura.

Quin debe pagar por los estudios de los universitarios? Claro, que este Modelo exige una gran oferta privada en la que los estudiantes deben pagar por los estudios que reciben, pero, en rigor, as debera ser siempre, y no slo en las universidades privadas. Tambin deberan pagar en las pblicas el costo total del servicio educativo que reciben. El correo o el telgrafo suelen ser pblicos (cada vez menos), pero todo el mundo tiene que pagar por los sellos que utiliza o por los telegramas que enva. Con las universidades no debera ser de otra manera. Que pague quien recibe el beneficio directo del servicio que se brinda. Eso es lo equitativo. Una de las mayores injusticias del mundo iberoamericano radica en el sistema de financiamiento

de los estudios universitarios pblicos. Resulta que la inmensa mayora de los estudiantes pertenece a los niveles sociales medios y altos, pero la factura de esos estudios debe pagarla la totalidad de la poblacin mediante los impuestos generales, y mientras ms pobre es el pas miseria que suele coincidir con los mayores desniveles sociales ms sangrante resulta este atropello. Son estas desgraciadas sociedades en las que vemos a los pobres trabajadores que no pueden consultar a un mdico o acudir a un abogado, pagando con su trabajo la educacin de esos privilegiados futuros profesionales que luego los mirarn por encima del hombro. Otra consideracin que aconseja que los universitarios paguen por la educacin que reciben, est vinculada a una reaccin muy humana que todos conocemos perfectamente: el que tiene que pagar, exige, demanda la mayor calidad posible por el gasto en que ha incurrido. Un estudiante que tiene que costear su carrera le exigir al profesor que se comporte con rigor y seriedad. Un profesor que sabe que el estudiante (o su familia) que tiene enfrente hace un gran sacrificio econmico, ser mucho ms respetuoso con sus discpulos y se preocupar mucho ms en ensearles la materia que en suspenderlos porque no la dominan. Las universidades gratis, o casi gratis, por el contrario, tienden a perder calidad acadmica. Si aprobar o desaprobar una asignatura no conlleva una sancin, la expulsin, o un costo econmico, muchos

alumnos no sentirn la necesidad de esforzarse, pues en el futuro siempre se podr repetir la materia o el curso. Qu ms da emplear en terminar una carrera siete u ocho aos, en vez de los cuatro o cinco regulares, si ese perodo lo va a subsidiar otro? Al fin y al cabo, si el mercado laboral no se ve muy prometedor no parece ms conveniente esperar pacientemente, aparcados en las universidades hasta que mejoren las oportunidades de encontrar un trabajo? Qu otro sitio es ms grato y divertido? No en balde casi todo el mundo habla de sus aos universitarios como los ms dignos de ser recordados, los mejores aos de la vida. Pero sucede que esa regalada vida de estudiante se la obsequian a unas personas que han llegado a la edad adulta. Personas que, al menos en teora, no deben tener ningn privilegio especial, pues son, con alguna rara excepcin, mayores de edad los dieciocho aos habituales, y pueden elegir a sus gobernantes, contraer matrimonio sin necesidad de consentimiento paterno, contratar, resultar condenados sin atenuantes especiales, o ser llamados a servir en el ejrcito si as lo considerara el Estado. Es decir, son ciudadanos de pleno derecho que libremente han elegido recibir un servicio la educacin superior del que piensan beneficiarse cuando obtengan el correspondiente grado acadmico, distincin que les abrir las puertas de un futuro probablemente mejor que el de la mayora de sus conciudadanos, segn demuestran las estadsticas. Pero y si no tienen dinero para estudiar? Si todos

tuviramos que pagar por nuestra educacin superior no se perderan muy buenas cabezas por falta de recursos? Por supuesto, a menos que la sociedad, consciente de la necesidad que tiene de contar con buenos universitarios, les facilite el dinero en forma de prstamos, con intereses razonables, para que tampoco esa transaccin se convierta en una forma necia de descapitalizar a los trabajadores que aportan los recursos. Prstamos muy rigurosos, con el aval de la familia, para que todos carguen con una gran presin moral, pues si la familia no cree en el candidato a universitario por qu pedirle a la sociedad un mayor grado de confianza? Y si as se piensa del financiamiento de los estudios universitarios por qu no aplicar el mismo principio a los estudiantes de primaria y secundaria? Por varias razones conviene mantener transitoriamente un sistema en el que los contribuyentes ayuden a costear la educacin en ese nivel. La primera, es que el gran esfuerzo educativo por parte del conjunto de la sociedad hay que hacerlo, precisamente, en la etapa de formacin, y como los recursos siempre son escasos, es preferible emplearlos en las primeras etapas de la educacin, cuando se edifica la personalidad, se adquieren los hbitos de estudio y se echan las bases morales e intelectuales sobre las que luego se constituir la persona adulta. La segunda razn, porque con esos nios y jvenes, al no ser ciudadanos de pleno derecho, contraemos unas obligaciones especiales que justifican

que, sin distingo, invirtamos todos nuestros recursos en conseguir que luego sean adultos responsables con sus propias vidas y solidarios con la comunidad a la que pertenecen. Quienes creen en la igualdad de oportunidades para luchar por el xito individual, saben que es una broma macabra hablar de competencia cuando el punto de salida es, por ejemplo, entre el hijo de una familia de campesinos analfabetos y el de una acomodada familia urbana de clase media. De manera que la forma ms razonable de tratar de establecer esa verdadera competencia es proporcionndoles a todos los nios y jvenes una formacin acadmica bsica realmente ejemplar, y de la que no se excluyan ni la buena alimentacin ni los cuidados mdicos, pues tambin es una tomadura de pelo hablar de igualdad de oportunidades entre un muchacho bien alimentado y sano, y otro enfermo y vctima de un dficit protenico que afecta su capacidad de aprendizaje. Lo que no quiere decir, naturalmente, que esa buena educacin o esa calificada atencin mdica tengan que ser ofrecidas en instituciones pblicas, casi siempre engorrosas y conflictivas, pues probablemente el mtodo de subsidiar la demanda mediante un sistema de vouchers resulte ms econmico y produzca mejores resultados, como en Iberoamrica han comprobado los nicaragenses por iniciativa del ministro Humberto Belli, o en Antioquia, Colombia, por la del ex gobernador Alvaro Uribe. Es predecible que los estudiantes universitarios

prefieran que sus estudios los pague el conjunto de la sociedad y no ellos directamente, pero esa actitud, aunque muy humana, no se compadece con los principios de equidad. Si creemos en la competencia, en la meritocracia y en el valor de la tica de la responsabilidad, cuando arribamos a la etapa adulta de nuestras vidas es menester que aceptemos el peso de lo que eso realmente significa. Por ltimo, si una reforma universitaria de este tipo se llevara a cabo sera mejor el resultado final? Eso slo lo dira el tiempo, aunque las pocas universidades liberales que existen y volvemos a citar a la guatemalteca Francisco Marroqun son superiores a las de su entorno. No obstante, algo hay que hacer, pues en nuestro mundo universitario iberoamericano, tras la primera mitad del siglo XVI cuando tuvo su mayor fulgor intelectual, y probablemente como consecuencia de la Contrarreforma, en nuestros grandes centros de enseanza se produjo un estancamiento del cual no hemos sabido recuperarnos. Llama la atencin que varias universidades iberoamericanas tengan ms de cuatrocientos aos de fundadas, pero ms significativo an es que en ese largusimo perodo no hayan producido una sola idea original, una teora capaz de imantar la curiosidad de Occidente, una mquina prodigiosa destinada a modificar los modos de produccin. Es cierto que el nmero de estudiantes universitarios en Espaa es, porcentualmente, de los

mayores de la Unin Europea, pero ese auspicioso detalle se cuartea cuando tropieza con la pobre calidad de la educacin obtenida. Algo, en fin, hay que hacer, y pronto. No es un sendero fcil y sabemos que se yerguen muchos obstculos pero es obvio que si no lo emprendemos jams habremos de llegar a la meta.

Tomemos al azar un pas latinoamericano. Examinmoslo. Es pobre. Ya hemos visto, al comienzo de este libro, de qu manera: en l cohabitan formas casi africanas de miseria con ostentosos niveles de lujo y prosperidad; chozas y fbricas de acero, analfabetos y poetas de vanguardia, deca Octavio Paz. Su capital, por esta razn, ofrece patticos contrastes. Los Mercedes Benz que llevan elegantes parejas a ccteles o a conciertos son asediados en los semforos por enjambres de limosneros o vendedores de cualquier cosa, flores o caramelos. Es un pas que vive en los ltimos tiempos una crtica situacin econmica. Su deuda externa es muy elevada; lucha sin xito para

frenar una inflacin de dos dgitos; su moneda parece fatalmente expuesta a constantes devaluaciones; las tasas de inters estn disparadas, haciendo prohibitivos los crditos bancarios, y el dficit fiscal, producto de un gasto pblico incontrolado, representa dos, tres, cuatro o cinco puntos del PIB. Para enfrentarlo, se realizan cada cierto tiempo ajustes tributarios severos y desalentadores, pues castigan esencialmente a quienes viven de un trabajo honrado. Es, adems, un pas inseguro. La delincuencia comn ha crecido tanto en los ltimos tiempos, que nadie escapa al temor de un atraco, de un robo, si no de un secuestro. Los barrios bajos y los cinturones de miseria que rodean las ciudades ms importantes hierven de vagos y rateros. Es peligroso dejar el auto en la calle mientras se asiste a una cena, aunque est dotado de un sistema de alarma. De ah que se hayan multiplicado, en conjuntos residenciales, bancos, empresas y edificios de oficinas, servicios privados de seguridad. Pero no son slo los ricos o las personas de un nivel medio quienes viven estas zozobras. Tambin, y sobre todo, los pobres son vctimas de la delincuencia; cohabitando con ella en las zonas urbanas ms modestas, estn ms expuestos que nadie a ser desvalijados a la vuelta de cualquier esquina. Y ah no se detienen los problemas, pues tambin es un pas que vive, abierta o soterrada, una crisis poltica y hasta cierto punto institucional. Ciertos valores, ciertos principios, que eran el fundamento de su vida

democrtica, se han erosionado. Estn lejanos los das de euforia popular vivida tras la cada de la ltima dictadura militar del pas. Ahora hay cansancio en la opinin. Los partidos, que antes suscitaban fervores, se han desgastado a su paso por el poder y aun como alternativas de oposicin. No se les cree a los polticos cuyos nombres y fotografas fatigan diariamente a la prensa. Todos dicen lo mismo. Ofrecen el oro y el moro y nada cambia. Su lenguaje, y muy en especial el de los candidatos, se ha devaluado prodigiosamente. Aunque tenga su sustento en el voto popular, el Congreso no parece representar a la nacin, sino a esa clase poltica que desde hace aos regresa al mismo recinto y a los mismos ejercicios retricos para dirimir sus eternos, circulares pleitos en torno al poder. El clientelismo impera. Yo te doy, t me das: tal es la norma que preside apoyos y adhesiones, pues la poltica ha cobrado un carcter desvergonzadamente mercantil. Y para colmo, la corrupcin. Los escndalos suelen salpicar a personajes del gobierno. No hay transparencia en licitaciones pblicas y contratos. Se utilizan los cargos pblicos o la amistad con ministros, directores de institutos y otros altos funcionarios para hacer buenos negocios. Las aduanas son cuevas de corrupcin. Se reparten selectivamente privilegios y exenciones tributarias. La famosa mordida mexicana cambia de nombre en cada pas, pero existe en casi todos ellos y a todo nivel a la sombra de una asfixiante tramitologa que la hace inevitable. La burocracia

prolifera malignamente en todos los rganos del Estado devorando buena parte de los presupuestos nacionales y regionales. Todo lo demora, todo lo dilata y todo lo corrompe. Amparada en el papeleo, obligando al ciudadano comn y corriente a filas y esperas agotadoras frente a las ventanillas de las oficinas pblicas, es absolutamente ineficaz y al mismo tiempo insaciable a la hora de defender sus prebendas laborales. Por culpa de su indolencia y de su inevitable obesidad, surge, en torno suyo, una maraa de intermediarios y tramitadores. No hay manera de evitarlos si se desea llevar a trmino en menores plazos una gestin. Hay que pagar siempre, por debajo de la mesa, para agilizar los trmites de una licencia de comercio o de industria, de construccin, de importacin, de matrcula de un vehculo o de conduccin. Los polticos que pertenecen al partido de gobierno son los soportes indispensables si se desea obtener una beca, un puesto, cupos escolares, una vivienda subsidiada y hasta la instalacin ms rpida de una lnea telefnica. Cada cuatro, cinco o seis aos en ese pas se abre, con gran derroche de dinero y de publicidad, una tumultuosa campaa electoral para elegir nuevo presidente de la repblica. Gordos y sudorosos polticos acompaan al candidato en plazas y tribunas y banderas de los diversos partidos (tricolores, rojas, azules, blancas, amarillas o verdes) salpican los mtines. Se escuchan vibrantes discursos, gritos, himnos y bandas

de msica. Qu dicen los aspirantes a la presidencia? Lo de siempre. Que su gobierno tendr como principal objetivo la lucha contra el desempleo, la pobreza, la falta de oportunidades y las inicuas desigualdades entre los privilegiados y los desheredados. Que el Estado debe intervenir, regular, planificar, propiciar una mejor redistribucin de la riqueza (porque hay pocos que tienen mucho y muchos que no tienen nada) haciendo pagar a los ricos e incrementando la inversin social para proteger a las categoras ms pobres y vulnerables del pas. En suma, los programas de justicia social debern prevalecer sobre las desalmadas polticas neoliberales que, al dejar libres las fuerzas ciegas del mercado, hacen ms ricos a los ricos y ms pobres a los pobres configurando as un vituperable modelo de capitalismo salvaje. Pues bien: en este retrato o al menos en muchos de sus rasgos podrn reconocerse buena parte de los pases latinoamericanos. Es la realidad que han vivido por largo tiempo Mxico, Venezuela, Colombia, Ecuador, Per, Bolivia, el propio Brasil, en buena parte la Argentina y varios de los pases centroamericanos. Lo extrao es que nuestra historia parece a veces condenada a girar en crculo con malas situaciones reiterativa y peridicas y al mismo tiempo efmeras y engaosas ilusiones de cambio. Pero, ms extrao an, el conocimiento y denuncia de estos males endmicos del continente, cuyo corolario es la pobreza y la inseguridad, no invalidan el discurso populista, que

propone siempre como remedio la causa misma del mal: un Estado dirigista, cuya vocacin es la de poner trabas a una libre economa de mercado, clave del desarrollo y de la riqueza en todas partes, en detrimento de sus funciones esenciales. Cundo comprenderemos que este pretendido benefactor el llamado por Octavio Paz ogro filantrpico es, en realidad, el padre del despilfarro, del clientelismo y de la corrupcin y, por ello mismo, de la pobreza?

Nefastos abolengos Tres factores han intervenido para colocar sobre la espalda de nuestras desamparadas sociedades semejante ltigo. Uno es de carcter histrico, otro es ideolgico y el tercero tiene relacin con las polticas econmicas que hemos seguido, con resultados sumamente negativos, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta hace muy poco tiempo. La historia: si miramos atrs, hacia nuestro pasado, nos encontramos siempre con una sociedad oprimida por un Estado tutelar. Y ah reside una diferencia fundamental entre nuestra sociedad colonial y la que se form en Norteamrica. Los primeros colonos de Nueva Inglaterra, en efecto, impregnados de una moral protestante que haca del esfuerzo, el ahorro y la disciplina virtudes esenciales y vea la riqueza como una recompensa justa a la capacidad productiva de cada

uno, dejaron en manos de la comunidad responsabilidades y decisiones que entre nosotros siempre monopoliz el Estado. De modo que esta hipertrofia estatal tiene antiqusimos abolengos. La organizacin colonial en Iberoamrica fue a la vez una exacta representacin del mercantilismo espaol de la poca y la frrea organizacin jerrquica de la Iglesia Catlica. As como en Nueva Inglaterra se estableci una sociedad horizontal donde se compartan derechos y deberes, entre nosotros el Estado de la metrpoli fue un dispensador de prebendas y castigos y centro de todas las decisiones. La Espaa teocrtica y autoritaria que nos coloniz, la misma Espaa, por cierto, de la Contrarreforma y de la Inquisicin, se empe siempre en asfixiar la libre iniciativa individual, la espontaneidad y la imaginacin creativas con toda suerte de instrumentos ortopdicos enviados desde la Pennsula: rdenes, regulaciones, reglamentos, decretos, leyes. Nuestra idiosincrasia fue marcada por esa relacin vertical entre dirigente y dirigido, potentado y subalterno, protector y protegido. Pero aquello no era muy distinto a lo que haba ocurrido en las sociedades precolombinas de Mesoamrica. Tambin ellas tuvieron siempre una estructura piramidal y teocrtica. Nunca escapamos a esa tutela que era la negacin misma de la libre, voluntaria asociacin y de la igualdad de derechos. O, simplemente, de la libertad. A esa vocacin estatista, que nos llega desde la

noche de los tiempos, las ideologas que prosperaron en este siglo vendran a ponerle un antifaz de vanguardia. El hecho es que los partidos decimonnicos, liberales, radicales o conservadores, que hicieron un conflictivo trnsito por el siglo XIX en Latinoamrica, se dotaron en el siglo XX de un maquillaje rejuvenecedor adoptando las ideas de la socialdemocracia o de la democracia cristiana cuyo comn denominador ha sido el papel dirigista y redistribuidor de riqueza conferido al Estado, supuestamente para corregir los abusos de la libre economa de mercado. Tal es el caso de los liberales colombianos, hondureos, uruguayos, argentinos, cubanos, chilenos. Los antiguos conservadores, de su lado, que vivieron siempre a la sombra de la Iglesia, acabaron transformndose en partidos socialcristianos y compartiendo los mismos mitos y supersticiones de sus falsos rivales histricos. De alguna manera unos y otros fueron salpicados por las ideas de Marx y aun de socialistas utpicos del pasado siglo. Si desvestimos intelectualmente a nuestros lderes ha dicho el colombiano Hernn Echavarra Olzaga, encontraramos que la mayora de ellos comparte aquella frase famosa de Proudhon: La propiedad es un robo. Tienen el convencimiento de que la empresa que da trabajo a un hombre lo est explotando. Sobre estos presupuestos ideolgicos, el estatismo y la planeacin acabaron convirtindose en dogmas de los dirigentes polticos latinoamericanos. Su idea del Estado justiciero tuvo un oportuno soporte en

el clebre libro de John Maynard Keynes Teora general de la ocupacin, el inters y el dinero.67 Bien interpretado o no, lo cierto es que este caballero ingls, amigo de Virginia Woolf y miembro como ella del grupo de intelectuales de Bloomsbury, tuvo una influencia decisiva en toda nuestra dirigencia, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Este legado terico sera recogido por la Cepal y muy especialmente por su director Ral Prebisch, en los aos sesenta, en nombre de la teora de la dependencia y de la necesidad de buscar una va hacia el desarrollo a travs de polticas proteccionistas: control de importaciones, control de cambios, expansin monetaria excesiva, autarqua, lmites a la inversin extranjera, monopolios estatales, etc. En suma, el papel del Estado fue de tal naturaleza que destruy en Latinoamrica los principales elementos del capitalismo moderno creando un sistema llamado de economa mixta, hbrido, que pretendiendo equipararse al de los pases escandinavos en realidad fue un triste remedo del que ha sepultado a la India en la pobreza y la corrupcin. Aunque todava lo nieguen los dinosaurios cepalinos que an quedan en el continente y otras variantes del perfecto idiota latinoamericano, dicho sistema ha sido en todas partes un fracaso. Con tal recetario de medidas Keynes, John Maynard, Teora general de la ocupacin, el inters y el dinero, Fondo de Cultura Econmica, Mxico, 1943.

estatistas, ningn pas latinoamericano despeg. Ni siquiera el Brasil y menos an la Argentina, que tan buen camino llevaba en las primeras dcadas del siglo. Amrica Latina sigui debatindose dentro de las situaciones propias del subdesarrollo, sin encontrar caminos hacia la modernidad. Las polticas de desarrollo hacia adentro, que algunos an defienden retrospectivamente como una primera etapa inevitable para permitir el despegue de la industria en Amrica Latina, fue causante de grandes males, por cierto comunes a todos los pases del subcontinente. En primer trmino, la laxitud en el manejo de la moneda, la tesis de que las emisiones sustituan la falta de recursos y permitan un incremento del consumo y, por esa va, de la produccin, produjeron en todos nuestros pases una inflacin persistente con todas sus calamitosas secuelas, la ms evidente de las cuales ha sido el deterioro en el nivel de vida de la poblacin en general y de los ms desfavorecidos en particular. Pese ello la idiotez es un rasgo ineluctable de nuestros economistas llamados progresistas o de avanzada, hay quienes sostienen an las tesis monetaristas como medio de financiar obras y servicios y la ayuda a los ms pobres y vulnerables de nuestra sociedad: el denominado, con cierto derroche de demagogia, gasto social. Los mismos apstoles del Estado Benefactor, que proponen alegre e irresponsablemente poner en marcha la maquinita de fabricar billetes, dan el vituperable calificativo de neoliberales a quienes atienden las

recomendaciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en el sentido de buscar un manejo sano de la moneda. A estas dos entidades, por cierto, las consideran fabricantes de miseria cuando, en realidad, ellos mismos merecen de sobra este ttulo. La irresponsabilidad monetaria nunca ha producido riqueza sino pobreza y desorden. Otra consecuencia de las polticas que en mala hora nos recomend el seor Prebisch, fue el crecimiento desproporcionado de la burocracia, pues todo el vasto ensamblaje de empresas estatales, de institutos, superintendencias y entidades de control, todas las regulaciones y todos los trmites establecidos por una economa cerrada, acabaron ampliando sin medida el sector pblico y haciendo cada vez ms dispendiosa y pesada la mquina del Estado. Naturalmente, con esta carga a cuestas, los gastos de funcionamiento han castigado en todos nuestros pases los presupuestos de inversin. Pero hay algo ms: dando al funcionario un poder central en la vida econmica (pues de l dependen licencias, contratos, licitaciones, etctera), dejando a su arbitrio y voluntad la mayor parte de las actividades productivas, se desat la corrupcin y se le crearon grandes dificultades al ejercicio honrado de la propia gestin empresarial: todo requiere intrigas, coimas, papeleos intiles. Finalmente, como consecuencia de la propia obesidad burocrtica, las altas tributaciones para personas y empresas, la evasin fiscal que ellas

inevitablemente desatan, han desalentado la inversin privada, incrementado el desempleo y aun la emigracin de muchos latinoamericanos a Estados Unidos y otros pases. Inseguridad, altos precios, mala calidad de los productos de fabricacin nacional (por largo tiempo no expuestos a la competencia internacional), la concentracin del poder econmico en pocas manos, el centralismo y el descontento generalizado, completan el sombro paisaje econmico y social de este modelo sustentado en supuestas ideas de avanzada. Cmo y por qu el populismo puede seguir proponindolo?

Populismo y clientelismo La razn es obvia. El populista es casi siempre un poltico clientelista que necesita disponer de cuotas burocrticas en los engranajes del Estado. Concibe la poltica como un ejercicio para conquistar o mantener el poder mediante toda suerte de juegos y manipulaciones. El poder, en su caso, no es un medio sino un fin en s mismo. Los monopolios estatales y la propia obesidad burocrtica le convienen y, en cambio, la transferencia al sector privado de servicios y empresas manejadas de tiempo atrs exclusivamente por el Estado lo resiente como una prdida de sus propios cotos de caza. En realidad, el clientelista es un beneficiario del sistema junto con los empresarios

mercantilistas y con las oligarquas sindicales. Las ideas socialdemcratas o socialcristianas, que confieren a la intervencin del Estado en la vida econmica un papel esencial, el nacionalismo a ultranza y la satanizacin de una economa de libre mercado, apertura y competencia, le vienen como anillo al dedo. Adems, de ese inters suyo por mantener las prebendas que obtiene del sector pblico se desprende un estilo de hacer poltica. Ese estilo, que es en su esencia tpicamente populista, ha sido muy bien definido por el profesor venezolano Anbal Romero. (Se comprende: pocos pases han sido tan frtil campo del populismo como Venezuela, donde los dos partidos principales del pas, Accin Democrtica y Copei, socialdemcrata el uno y socialcristiano el otro, han logrado mantenerse por mucho tiempo en el poder gracias al sistemtico y pirotcnico ejercicio de la demagogia bien nutrida con los recursos del erario pblico.) Segn Romero,68 el estilo poltico populista se reconoce en la vocacin demaggica de ofrecer ms de lo que se pueda lograr y a generar expectativas que no es posible satisfacer; en segundo lugar, la visin de tnel electoralista, que obstaculiza la voluntad creadora y merma la potencialidad de los partidos polticos para actuar como agentes de la superacin ciudadana y nacional. Por ltimo, una caracterstica clave, y quizs la ms nefasta Romero, Anbal, La miseria del populismo, Panapo, Caracas, 1996.

de ese estilo tan comn entre nuestros dirigentes, es la incapacidad para ver un abismo, contemplarse en l, y tomar a tiempo las medidas correctivas para rectificar el rumbo y evitar un colapso, de graves consecuencias para el pas entero.69 Romero nos recuerda tambin que este poltico debe su xito al hecho de que se mueve dentro de los esquemas aceptados de pensamiento y de que habla y piensa de acuerdo a los patrones convencionales... Su tarea en una democracia es descubrir cules son las opiniones que tiene la mayora, en lugar de abrirle paso a nuevas opiniones que podran hacerse mayoritarias en un futuro lejano. Dicho comportamiento genera en Latinoamrica otro, ms grave quiz porque pasa de los dirigentes a la gran masa de los dirigidos: es el de esperar siempre cambios casi mgicos de una situacin, la ciega confianza en caudillos o candidatos carismticos y la idea de que todo debe solicitarse a ese benefactor lleno de recursos que es el Estado. Las falsas expectativas corren por cuenta de quienes las ofrecen pero tambin de quien las acoge, ilusamente, sin una evaluacin crtica. Dentro de esta cultura populista, que quiere promesas y no realidades (como deca aquel clebre letrero pintado en las calles de Lima), las propuestas liberales para salir de la pobreza basadas en la productividad, el ahorro, el manejo riguroso de la economa, resultan muy poco atractivas.

Naturalmente que clientelismo, estatismo y corrupcin van de la mano. Y es precisamente la corrupcin, generada por el tipo de Estado sobredimensionado o patrimonialista, como lo llama Paz, que tenemos los latinoamericanos, una de las ms evidentes causas de nuestra pobreza. Si hay un signo de identificacin de la cultura poltica continental ste es el ms deplorable y comn. Es fcil sospechar cul es el mecanismo de la corrupcin. Desde el momento en que se tiene el libre poder de fabricar moneda imprimiendo papel y de regular de manera omnmoda toda la actividad econmica, es muy grande, para cualquier alto funcionario, la tentacin de favorecer amigos con ese dinero sin doliente, de todos y de nadie, que es el del erario pblico. El hecho de saber que con una sola firma o una decisin se puede hacer ganar millones a un amigo, conduce al funcionario a hacerse una pregunta muy simple: por qu no yo?, no ser una tontera dejar pasar la oportunidad de resolver de una vez y para toda la vida mis problemas econmicos? Dentro de este clima de ablandamiento moral, se crea en la propia sociedad civil una actitud de admiracin al vivo y de desprecio por el tonto honesto que sali de un cargo pblico igual de pobre a cuando entr. La moral lo dice Friedrich von Hayeck 70 desempea un papel Hayeck, Gonzlez Prieto, Jos, von, Los fundamentos de la libertad, Unin Editorial, Madrid, 1998.

importante en las sociedades que prosperan; la corrupcin, en cambio, es como un cncer que quiebra todo el esfuerzo productivo de un pas. Ese cncer, por cierto, se detecta en todo el continente, desde el Ro Grande hasta la Patagonia. S, es el propio Estado el que lo secreta. La corrupcin toca todos sus rganos as como a los privilegiados del sistema regulado por l: polticos, sindicalistas, empresarios mercantilistas, a veces tambin los militares y desde luego los funcionarios pblicos. La corrupcin es una hidra de mil tentculos. Tiene entre nosotros toda clase de manifestaciones. Ninguna institucin escapa a ella. Existe, ante todo, la corrupcin administrativa con todo un maligno repertorio de posibilidades. Las mayores de ellas estn en los contratos de obras y servicios. Como atrs se deca, en torno a ellos se mueven sumas millonarias y cabe siempre la posibilidad de que en su adjudicacin obre la mano de un funcionario con mutuo beneficio para ste y para el contratista. Tambin hay ricas vetas de corrupcin en las autorizaciones, licencias, exenciones, subsidios, solvencias, multas que, en nuestros Estados reglamentaristas, hacen del funcionario un rbitro privilegiado. El control de divisas y las tasas diferenciales de cambio permiten fulgurantes operaciones financieras por el slo conocimiento anticipado de una medida cambiaria del gobierno. Igual cosa ocurre con los planes de obras pblicas y

urbansticos y las valorizaciones prediales que representan. No son datos que valen oro? Y luego, en las compras oficiales, estn los sobreprecios que encierran para quien las autoriza jugosas comisiones. Es una forma de corrupcin muy comn en los negocios de armamentos, sector del comercio internacional a menudo amparado por el secreto militar y manejado por intermediarios con una moral sumamente elstica, como es bien sabido. Existe, gravsima, la corrupcin poltica que asoma sus orejas en la financiacin de las campaas y en los recursos que en algunos pases el gobierno pone a disposicin de los parlamentarios, para obras regionales, a fin de contar con su apoyo. En casi toda la Amrica Latina el dinero se ha convertido en un gran elector. Trtese de dinero limpio o de dinero sucio, el hecho es que est jugando un papel indebido en los procesos electorales. Para demostrar que es as, bastara recordar el costo millonario de una campaa electoral hoy en da y preguntarse de dnde sale el dinero para pagarla. No ser esto una amenaza real a la libertad de elegir y de ser elegido, fundamento mismo de una democracia? En el ms inocente de los casos, buena parte de ese dinero proviene de consorcios financieros. Y la pregunta viene a cuento: qu independencia puede tener maana el poder frente a esos consorcios si a ellos se acude en busca de apoyo financiero? No es nada seguro que los empresarios mercantilistas tengan un espritu filantrpico. Siempre pasan la factura por los

favores prestados. Pero existe tambin, en los pases donde operan las poderosas mafias del narcotrfico, la presencia del dinero sucio en las campaas electorales. El caso ms escandaloso fueron los seis millones de dlares que irrigaron, entre la primera y la segunda vuelta, en 1994, la campaa del entonces candidato a la presidencia de Colombia Ernesto Samper. Siempre tuvo la opinin pblica internacional la impresin de que gracias a ese dinero repartido en primorosos paquetes con papeles y cintas navideas Samper fue elegido presidente. Se estima en Colombia, adems, que un treinta por ciento de los congresistas de entonces tambin recibieron dinero del Cartel de Cali, as como un Procurador y varios contralores de la Repblica. Caso nico? De ninguna manera. Igualmente en Mxico el dinero de los traficantes ha intervenido en la eleccin de diputados y, algo ms siniestro an, en el asesinato del candidato a la presidencia Luis Donaldo Colosio. En Bolivia moviliza a los campesinos cocaleros en favor de determinados polticos y en el Per, aliado a miembros de la institucin armada, proyecta amenazas sobre la limpieza de los futuros procesos electorales. Existe igualmente la corrupcin econmica, que orienta el gasto pblico hacia determinados renglones, logra protecciones aduaneras y con ella monopolios abusivos a ciertos fabricantes, mercados cautivos, exenciones y subsidios extravagantes, crditos de fomento acomodaticios, ventajas cambiarias indebidas.

Existe la corrupcin sindical, la corrupcin militar y una an ms inquietante: la corrupcin judicial que va desde el soborno a los pequeos funcionarios de los tribunales hasta la compra de jueces y de fallos. Tambin all el narcotrfico mete su mano siniestra en varios pases.

Geografa de la corrupcin Se ha dicho siempre que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Y ste es el caso de Mxico, pas que se lleva en Amrica Latina la palma de la corrupcin, gracias a la muy larga y antigua hegemona del PRI. Virtual dictadura institucional de un partido, con espacios muy reducidos para una real oposicin y para una prensa libre y fiscalizadora, con una presidencia imperial que permite a un mandatario sealar o imponer a su sucesor, con una maquinaria poltica partidista que se confunde con la burocracia oficial y con dirigentes sindicales enriquecidos gracias a gajes y prebendas, no es de extraar que all, durante ms de medio siglo, la corrupcin se haya extendido desde el polica de trnsito y el aforador de aduanas, que entienden la mordida como su indispensable sobresueldo, hasta los ms cercanos amigos del monarca presidente, cuando no a l mismo. En el alto gobierno hay quienes roban con discrecin y quienes roban con descaro. Los primeros pasan ms o menos inadvertidos, pues la costumbre ha hecho norma y ha

vuelto tolerable lo que en otras latitudes desatara un huracn. Los escndalos corren por cuenta slo de quienes exceden estos linderos tcitamente permitidos. Fue el caso del presidente Miguel Alemn que gobern al pas de 1946 a 1952. Declarado por la poderosa CTM (Confederacin de Trabajadores Mexicanos), obrero de la patria, Alemn haba expresado su deseo, al tomar posesin del poder, de que todos los mexicanos tuvieran un Cadillac, un puro y un boleto para toros. En realidad, esto y mucho ms slo lo tuvieron l y los polticos y empresarios favorecidos por su gobierno. Las historias populares en torno a la corrupcin alemanista llenaran volmenes escribe Enrique Krauze. Muchos amigos de Alemn, dentro y fuera del gobierno,... se hicieron ricos gracias a concesiones oficiales, no necesariamente ilegales, pero muchas veces inmorales.71 Y Jean Francois Revel, que vivi en Mxico por aquella poca, escribira en la revista Esprit: Uno puede hacer todos los negocios que quiera en Mxico, a condicin de ponerse de acuerdo antes con el gobernador del estado o con alguna personalidad federal importante. Y el dirigente marxista Lombardo Toledano comentara en 1952: Vivimos en el cieno: la mordida, el atraco, el cohecho, el embuste, el chupito, una serie de nombres que se han inventado para calificar esta prctica inmoral. La justicia hay que Krauze, Enrique, La presidencia Tusquets Editores, Mxico, 1997.

comprarla, primero al gendarme, luego al ministerio pblico, luego al juez, luego al alcalde, luego al diputado, luego al gobernador, luego al ministro... Aunque hubo presidentes que intentaron combatir estas prcticas, como Adolfo Ruiz Cortines, el propio papel que desempea el Estado mexicano en la sociedad y en la vida econmica del pas, adems de su carcter hegemnico, las ha hecho constantes e inevitables. Fatalmente los hilos del poder y de la corrupcin se entrecruzan. El presidente Carlos Salinas de Gortari, que lleg al poder en 1988, gener grandes expectativas. Su gobierno impuls reformas importantes en contrava a la filosofa poltica tradicional del PRI. Pero muy poco despus de concluido su mandato, en 1995, se destap una olla podrida que manch irremediablemente su nombre y el de sus familiares dejando al descubierto crmenes sombros y escandalosos hechos de corrupcin: nepotismo, venta de favores, uso patrimonial de los fondos pblicos, apertura de cuentas multimillonarias en Suiza y hasta los jugosos contactos de los polticos con el narcotrfico, enumera Krauze. El propio hermano de Salinas de Gortari, Ral, fue detenido e inculpado por el asesinato de su ex cuado y secretario general del PRI, Jos Francisco Ruiz Massieu. Al parecer, Ruiz Massieu iba a ocupar un alto cargo en el gobierno de Ernesto Zedillo y se haba propuesto sacar al sol los trapos sucios de la familia Salinas. De esta manera cobr todo su sentido la extraa respuesta, en forma de pregunta, que Luis Donaldo Colosio, el

candidato presidencial asesinado en 1994, haba dado a un periodista cuando le pidi su opinin sobre la familia Salinas de Gortari: Ha ledo El Padrino?72 Escndalos similares han salpicado a casi todos los pases del continente. Una sofocante sensacin de oprobio, indignacin e impotente rebelda cubre el cielo moral de los argentinos escribe el economista de Rosario, Antonio Ignacio Margariti.73 La corrupcin ha hecho su aparicin como una lacra a la que hay que extirpar de inmediato... Muchas son las acusaciones de corrupcin y el sayo le cabe a varios gobiernos militares y civiles, de derecha y de izquierda: el manejo secreto de cuantiosos fondos en el EAM78, la operatoria de prstamos privilegiados del Banco Hipotecario, las casas de Fonavique cuestan tanto como apartamentos lujosos de Miami, los pollos radiactivos de Mazorn, las sbitas devaluaciones que algunos avispados operadores aprovechan con enorme beneficio, las compras de grandes bancos por pequeas compaas financieras de influyentes polticos, el escndalo de las cajas Pan que son revendidas y utilizadas para alimentos de porcinos, el desorden financiero de bonos solidarios, las cuestionadas licitaciones de la Petroqumica del Sur, la compra de guardapolvos en

cantidades siderales, el entierro de medicamentos vencidos, las manipulaciones con los bancos provinciales y la adquisicin irracional de juguetes. Todo es una vertiginosa danza de millones de dlares que se desvanecen en el baile fantasmagrico de los walpurgis, del Fausto de Goethe. La misma danza de millones extorsionados al erario pblico o recibidos de los carteles de la droga apagaron cierta aureola que tuvo la Colombia de otros tiempos: la de un pas de leyes y principios y de limpias figuras pblicas. Tambin all el modelo de desarrollo, apoyado en un Estado absorbente y acribillado de reglamentaciones, desat diversas formas de inmoralidad, las ms benignas de las cuales son las coimas o mordidas que se dan a los funcionarios del trnsito para renovar licencias de conduccin o para matricular vehculos. Una encuesta publicada en 1992, revelaba que uno de cada tres colombianos haba sobornado alguna vez a funcionarios pblicos con el fin de agilizar trmites. Los desfalcos a las entidades pblicas han sido particularmente escandalosos en los ltimos aos. El mayor de ellos se relaciona con la construccin de la Central Hidroelctrica del Guavio, localizada al oriente de Bogot. Llamado en Colombia el descalabro gerencial pblico del siglo, contiene un aparatoso repertorio de irregularidades y delitos a cargo de uno de sus gerentes: crditos mal negociados, estudios geolgicos deficientes, predios adquiridos a un valor diez veces ms alto que su costo real y tambin

sobrecostos en las obras, todo por una cuanta superior a los 300 millones de dlares. La llegada de Ernesto Samper al poder con el apoyo financiero del narcotrfico, envolvi a su gobierno y a muchos de sus colaboradores, amigos polticos, directores de institutos oficiales y aun miembros de su gabinete ministerial, en una ola continua de escndalos al ser inculpados por la Fiscala de trfico de influencias o de haber recibido dineros del Cartel de Cali. El proceso 8.000 fue como una rplica del clebre proceso italiano de mani puliti. Simultneamente se descubrieron ignominiosos derroches y robos en entidades de vivienda o de previsin social, como Inurbe y Caprecom, por un valor total de 132 millones de dlares. Hoy, cuando el dficit fiscal colombiano alcanza el 6,8 por ciento del PIB, las autoridades econmicas reconocen que la corrupcin es parte sustancial de esta alarmante cifra. Si Samper no corri la misma suerte de sus colaboradores, pese a las pruebas reunidas por la Fiscala en su contra, ello se debi exclusivamente al hecho de que, en su condicin de presidente, la investigacin corri por cuenta de la Cmara de Representantes, donde sus amigos polticos eran mayora, y no de la rigurosa Corte Suprema de Justicia. El caso no est del todo cerrado: actualmente los 110 parlamentarios que votaron su absolucin son investigados por la Corte Suprema de Justicia para determinar si cometieron o no prevaricato. Los ex presidentes Alan Garca, del Per, y Carlos

Andrs Prez, de Venezuela, no fueron tan afortunados como su colega colombiano. Pese a que los diputados del Apra hicieron todo lo que tuvieron a su alcance para torpedear la investigacin abierta por la Cmara de Diputados, sta pudo establecer numerosos indicios para sustentar contra el ex presidente peruano, el 18 de octubre de 1991, una acusacin por enriquecimiento ilcito. Dicha investigacin, relatada por el entonces diputado del movimiento Libertad, Pedro Cateriano Bellido en su libro El Caso Garca, tuvo por momentos visos de una novela policaca: pesquisas en Lima, Miami, Nueva York, Panam y hasta en las islas de Gran Caimn, personajes de la mafia financiera internacional y entidades tan sospechosas como el Bank of Credit and Commerce International (BCCI), cuyos mejores clientes fueron los poco recomendables Ferdinand Marcos, Abu Nidal, la familia Duvalier, Jos Antonio Noriega y el propio Alan Garca, que hizo depositar all parte de las reservas en dlares del Per. Dios los cra y ellos se juntan. De novela digna de John Le Carr son las cuentas secretas codificadas con los nombres de Selva Negra y Tierra Firme que dos funcionarios del Banco Central de Reserva del Per, cercanos a Garca, abrieron en un banco suizo de Panam. O Abderramn El Assi, hombre de negocios rabe, amigo del entonces presidente, que habra tomado a su cargo la venta a otro pas del Medio Oriente de los catorce Mirages que el Per decidi no comprarle a Francia. En suma, toda una gama de negocios oscuros. De esa otra olla podrida, algo

qued en claro: la nueva acusacin formal a Garca, hecha por el Congreso peruano elegido en 1992, por los delitos de enriquecimiento ilcito, colusin ilegal, negociacin incompatible y cohecho pasivo por haber recibido un soborno de cinco millones de dlares dentro del programa de la construccin del tren elctrico de Lima, auspiciado por el gobierno de Italia presidido por Bettino Craxi (hoy tambin, como Garca, prfugo de la justicia de su pas). Pero el mal es endmico. Aunque cambien los gobiernos, el Estado, en nuestros pases, est invadido por los mismos grmenes. Bajo el gobierno de Fujimori, se han producido nuevos hechos de venalidad, autoritarismo y corrupcin. Un ejemplo: la propia esposa del presidente acus a su cuado Santiago Fujimori, a la esposa y a las hermanas de ste, de corrupcin en el manejo de las donaciones y la ropa provenientes del Japn y otros pases con ocasin de una catstrofe ssmica. Otro ejemplo, tpico de un Estado patrimonialista (en el cual los fondos pblicos se manejan como patrimonio propio): el avin adquirido para uso del presidente por valor de treinta millones de dlares sin la correspondiente licitacin pblica. Y un tercer caso: asesor del presidente (es bien sabido que se ocupa de los servicios secretos delgobierno), Vladimir Montesinos declar a la autoridad recaudadora de impuestos del Per (SUNAT), ingresos mensuales por ochenta mil dlares. La informacin, divulgada en el programa Contrapunto del canal de televisin

Frecuencia Latina, suscit agudos interrogantes en la opinin pblica: de qu manera pueden justificarse legalmente estos ingresos de Montesinos cuando su real funcin se desarrolla en el campo de la inteligencia y la seguridad? Lo cierto es que el espacio periodstico que divulg la noticia fue clausurado y al propietario del canal, Baruch Ivcher, se le quit la nacionalidad peruana y se le separ de la televisora. En este caso, la arbitrariedad tpica de un gobierno autocrtico interviene para sofocar las denuncias de corrupcin oficial. Algo que mil veces se ha repetido en la historia continental. Cuando se destapa la cloaca de la corrupcin latinoamericana, no se puede dejar de mencionar a Venezuela. En ninguna otra parte mejor que all el Estado benefactor y el Estado ladrn se identifican de una manera ms absoluta y solidaria. A travs del gasto pblico, el Estado es el gran distribuidor y malversador de la enorme riqueza petrolera del pas. En lugar de dedicarse a echar las bases de un verdadero crecimiento nacional por medio de la educacin, de la salud y de la infraestructura, se cre un Estado monstruoso, que sustituy en todas las formas imaginables a la nacin y que cre, azarientamente escribe el notable escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, el Estado ms interventor que se haya conocido, fuera del mundo sovitico. Segn l, todo el pas qued intervenido y todo el pas fue subsidiado. Las actividades econmicas y sociales fueron pervertidas. En lugar de una nacin,

hicimos un Estado gigantesco, ineficiente por naturaleza, dispendioso por naturaleza, inepto por naturaleza, que maneja un inmenso volumen de riqueza a su capricho y, a travs de un aparato burocrtico que es de los ms grandes del mundo, se las ingeni para contraer una deuda externa de cuarenta mil millones de dlares... Las estadsticas nos revelan la pavorosa verdad de que, en este pas, despus de recibir el Estado en poco ms de veinte aos recursos no inferiores a los 270.000 millones de dlares, las dos terceras partes de la poblacin estn en la pobreza crtica, los servicios de salud y de educacin son un fracaso y el pas entero sobrevive gracias al subsidio que le dispensa el Estado. Semejante monstruo tendra en Venezuela una esposa adecuada: la corrupcin. Ella toca todos los rganos del Estado y la sociedad. Es poltica, administrativa, econmica, judicial, sindical. Cobijada por las maquinarias polticas de los dos grandes partidos venezolanos, el deterioro de stos lanza a la nacin a las ms extravagantes apuestas electorales: una ex reina de belleza, un militar golpista, cualquier cosa antes de seguir con lo mismo. Venezuela, por fortuna, genera anticuerpos contra este virus mortal: en ningn otro pas se escribe tanto contra la corrupcin. Libros, simposios, artculos; escritores, juristas, economistas, humoristas la denuncian. Existe hasta un Diccionario de la corrupcin en Venezuela que en riguroso orden alfabtico presenta todas las entidades salpicadas de escndalos: lneas areas, bancos, cajas de ahorros,

electrificadoras, institutos, ministerios, petroqumica, seguros, puertos, etctera, con indicacin del gobierno bajo el cual ocurri cada caso, de los denunciantes, de los involucrados, de los investigadores y de las cifras millonarias sustradas al erario pblico. Todo est all, desde el sonado escndalo del barco frigorfico Sierra Nevada, comprado por veinte millones de dlares con un sobreprecio aproximado de ocho millones, para luego quedar convertido en una chatarra intil, hasta la compra fraudulenta de pequeos predios suburbanos. Lo ms extraordinario de este minucioso y bien documentado diccionario es su conclusin final que reza de la siguiente manera: Quienes aparecen (en el diccionario) involucrados en los casos de corrupcin administrativa son presuntamente inocentes, con excepcin de unos pocos personajes.74 Lo cual demuestra que tambin en Venezuela la justicia cojea... pero no llega. Los escndalos son inagotables; cubren muchos otros pases del continente e involucran casi siempre a altos funcionarios y personajes del universo poltico. Qu decir de lo ocurrido en el Ecuador bajo el gobierno del extravagante Abdal Bucaran? Un libro, publicado por el diario El Comercio,75 traza el itinerario de la Varios autores, Diccionario de la corrupcin en Venezuela, Ediciones Capriles. Caracas, 1989.

corrupcin y de sus favorecidos (el presidente, su familia y sus amigos) durante el breve paso de este personaje por el poder (menos de seis meses). Lo que queda claro, en el Ecuador y en cualquier otro pas latinoamericano, tal vez con excepcin de Chile, es que la corrupcin, el despilfarro, la inflacin burocrtica, el desorden monetario, el gasto pblico y el dficit fiscal no son fenmenos fortuitos o coyunturales: estn inexorable y sigilosamente enquistados en el Estado edificado sobre filosofas dirigistas que an sobrevive en Latinoamrica. Ahora conocemos la verdadera cara de ese supuesto rbitro del desarrollo y apstol de la justicia social. El Robin Hood que iba a meter su mano en el bolsillo de los ricos para darle dinero a los pobres result inepto, malversador, corrupto, desordenado, irresponsable, imprevisivo y como consecuencia de todo ello, un gran fabricante de miseria. Qu hacer? A estas alturas del siglo veinte ni siquiera los anarquistas pretenden hacer desaparecer el Estado dice el chileno Jos Piera. Sin embargo, es una preocupacin cada vez ms universal la necesidad de encontrar frmulas que permitan que el Estado cumpla sus funciones de la manera ms eficiente posible y al mismo tiempo sin constituir un peligro para las libertades... Los avances en la modernizacin del Estado representan entonces otro paso ms en la

direccin de la sociedad libre.76 En otras palabras, la va hacia la modernidad o el desarrollo nica manera de derrotar a la pobreza de nuestros pases requiere una condicin sine qua non: la reforma del Estado. Tal vez el nico pas que ha dado pasos importantes en este sentido es Chile, porque incluso los pases que se han aproximado a un modelo econmico de libre mercado, como la Argentina o el Brasil, o que han buscado abrirse a los mercados internacionales y aceptado la privatizacin de empresas o servicios estatales, como Colombia o el Per, padecen el lastre de un viejo Estado todava sobredimensionado, lento y burocrtico y, por ello mismo muy dbil para cumplir sus funciones esenciales. Se trata, ante todo de disminuir su injerencia directa en la produccin de bienes y servicios y limitar su intervencin all donde la iniciativa debe corresponderle al empresario privado. En cambio es preciso fortalecer su papel en las reas que son esencialmente suyas: la administracin de justicia, la seguridad ciudadana, la soberana nacional y, desde luego, las obras necesarias a la infraestructura econmica y social del pas, la educacin y la salud, pero dentro de modalidades que eliminen el monopolio pblico permitiendo en estos campos la competencia y la participacin de operadores privados. La descentralizacin y el desmonte burocrtico del aparato Piera, Jos, Libertad, libertad mis amigos, Economa y sociedad ltda., Santiago.

estatal son otras prioridades, y la consiguiente simplificacin de trmites y la eliminacin de regulaciones innecesarias. Dentro del proceso de modernizacin, la informacin computarizada es un elemento esencial para mejorar la calidad y la celeridad en la prestacin de servicios al ciudadano. Finalmente, le corresponde al Estado un manejo austero y estable de la moneda, para eliminar los procesos inflacionarios, el establecimiento de un sistema impositivo justo y sencillo y de una seguridad jurdica para los inversionistas nacionales y extranjeros. En sntesis, la condicin para un real despegue de Amrica Latina hacia el Primer Mundo requiere la sustitucin del Estado patrimonialista, voraz y burocrtico que cargamos a cuesta desde hace siglos por otro ms liviano y eficiente que permita el libre juego y desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. En vez de ser, como lo ha sido entre nosotros, otro fabricante de miseria, debe entender que su papel esencial es el de garantizar las condiciones de libertad, flexibilidad, rigor y eficiencia para la creacin de riqueza y prosperidad a travs de una real economa de mercado.

Termina este libro en un tono pesimista? La evidencia es abrumadora: a Amrica Latina, comparada con otras regiones de la civilizacin occidental, no le ha ido demasiado bien a lo largo de este siglo que termina. Cuando comience el prximo milenio, el jbilo de las doce campanadas y los fuegos artificiales no podrn ocultar la evidencia pavorosa de que doscientos millones de latinoamericanos pobres slo vern los fastos desde lejos, sumidos en los cinturones de miseria que rodean las ciudades, aterrorizados por la cotidiana violencia que hipoteca la vida de las azoradas gentes de nuestra estirpe cultural. No obstante, el hecho lamentable de que no hayamos podido hacer en Lima o en Ciudad de Guatemala lo que los canadienses hicieron en Toronto o los norteamericanos en San Francisco; queremos decir, el hecho de que no hayamos alcanzado el grado de desarrollo econmico y de calidad de vida logrados por otros pueblos del Nuevo Mundo que cuentan con una historia paralela a la nuestra, no asegura que estemos permanentemente condenados al subdesarrollo y a viajar en el furgn de cola de la civilizacin occidental. Esta tendencia se puede revertir. Como hemos reiterado a lo largo de este libro, no hay ningn

obstculo insalvable que nos vede con carcter permanente la conquista de dignas formas de vida para nuestras grandes mayoras. Precisamente, la gran leccin de la centuria que termina es sa: no slo hemos visto cmo en el curso de treinta aos apenas dos generaciones algunos pueblos han saltado de la indigencia a la opulencia, sino que ya entendemos la manera en que se realizan estos milagros econmicos y sociales. Ya sabemos, en suma, fabricar un futuro a la medida de nuestros mejores sueos. Cmo se construye ese futuro promisorio? El punto de inicio es entender y compartir un diagnstico. Si a lo largo del siglo XX por no remontarnos a un pasado remoto nos ha ido mal, es porque el conjunto de la sociedad, incluida la clase dirigente, ha albergado creencias, actitudes y valores equivocados o inapropiados para impulsar el desarrollo econmico y la armona social, generalmente fundados sobre informaciones errneas o incompletas. De manera que la piedra miliar, el basamento de un futuro prspero, no tiene que ver solamente con riquezas naturales o con flujos de inversin, sino con una palabra generosamente abarcadora que incluye diversos componentes: cosmovisin. Ah est todo: nuestra idea de la sociedad, de la economa, de nuestra posicin como individuos frente a la realidad circundante. Ah estn nuestros paradigmas, nuestra estructura de valores y nuestras actitudes. Y no resulta descabellado suponer que la diferencia entre el tipo de vida promedio alcanzado

por ejemplo por un habitante de Basilea o de Amsterdam, en contraste con el que logra un superviviente en Guayaquil o en La Habana, es la consecuencia de la cosmovisin que uno y otros sostienen o les imponen. De ah que resulte absurdo juzgar a una sociedad por sus resultados, sin tener en cuenta los presupuestos mentales que generaron esos resultados; y de ah que resulte poco probable alcanzar las cotas de prosperidad y calidad de vida logradas por otras sociedades si simultneamente no modificamos nuestra cosmovisin. Estamos, claro, ante un obstculo formidable, porque nadie sabe, exactamente, cmo precisar cul es esa vaporosa cosmovisin prevaleciente en las naciones punteras del planeta, o qu exactamente cree y hace una masa crtica de sus ciudadanos para alcanzar el xito relativo que disfrutan. Hace casi cien aos, en 1905, Max Weber, intrigado por las diferencias entre el nivel de desarrollo del norte y el sur de Europa, y tras analizar el tejido social de ciertas regiones, lleg a la conclusin de que algo haba en la tica protestante, en contraste con la catlica, que impulsaba la prosperidad de los primeros, pero esa conclusin luego ha sido parcialmente refutada por numerosos cientficos sociales. Es demasiado simple y esquemtica para explicar la complejidad del problema o la existencia de otras sociedades que, sin ser catlicas o protestantes, experimentaron largos perodos de crecimiento intensivo en los que fue posible el

progresivo enriquecimiento de las masas. Segn el historiador britnico E. L. Jones,77 ese fenmeno ha podido observarse en la dinasta medieval de los rabes Abases, en el Japn Tokugawa y en la China Sung. Es decir, entre musulmanes, sintostas y confucianos que nada le deban a Lutero, y ni siquiera a la Revolucin industrial britnica del siglo XVIII. Esta hiptesis es alentadora, porque significa que nosotros tambin podemos dar el gran salto adelante y colocar a nuestros pases a la cabeza del mundo, pero simultneamente nos seala la enorme dificultad de la tarea. Debemos variar nuestra cosmovisin hasta adaptarla a la de las sociedades que nos sirven como meta y modelo.

El cambio de mentalidad Cmo se logra esta transformacin intelectual? En primer trmino, observando. Qu rasgos comunes comparten, digamos, las veinte naciones ms prsperas del planeta? Grosso modo, se trata de economas de mercado organizadas por procedimientos democrticos. Pudiera decirse que esto tambin es verdad en Amrica Latina, donde, con la excepcin de Cuba, todos los Jones, E. L., Crecimiento recurrente: el cambio econmico en la historia mundial, Alianza Editorial, Madrid, 1997.

gobiernos han sido elegidos por procedimientos democrticos y en todos los pases impera un rgimen econmico ms o menos basado en el mercado, pero esos rasgos son demasiado generales para explicar los xitos y los fracasos en los distintos pases. La democracia es decir, poder seleccionar peridicamente a los gobernantes entre distintas opciones no es ms que el componente mecnico de una organizacin mucho ms densa y profunda. La democracia es un mtodo para escoger las personas que nos parezcan idneas para tomar las decisiones que a la mayora le resultan adecuadas, pero eso, en rigor, significa muy poco si no existe un verdadero Estado de Derecho. Esto es, una sociedad regida por leyes neutrales que no favorezcan especficamente a personas o grupo alguno. Leyes, adems, que protejan los derechos de las minoras y a las que todos se subordinen, pero especialmente quienes han sido convocados para gobernar. En otras palabras: en las naciones en las que la democracia realmente funciona, los gobernantes no mandan, sino obedecen. Obedecen las leyes y asumen dcilmente el papel de servidores pblicos. Por qu se preguntan muchas personas los latinoamericanos con frecuencia tienen predilecciones antidemocrticas y apoyan fanticamente a ciertos hombres fuertes que prometen ponerle fin al desorden y a las injusticias? Sencilla y trgicamente, porque muchos latinoamericanos, aun cuando vivan en

sociedades formalmente democrticas, no sienten que, en efecto, son soberanos. No perciben al Estado como un conjunto de instituciones a su servicio, bajo sus rdenes, sino como una especie de trama burocrtica al servicio y bajo las rdenes de polticos frecuentemente deshonestos y prevaricadores. De donde se deriva una o b v i a c o n c lu s i n : p ar a r e c o n c i li a r a lo s latinoamericanos con la democracia, hay que modificar la relacin jerrquica. Polticos y funcionarios tienen que subordinarse al imperio de la Ley y aceptar, con sencillez, el mandato de la ciudadana. Polticos y funcionarios, en sntesis, tienen que transformarse en humildes servidores pblicos, guiados por la decisin de servir con honor a quienes en ellos han depositado su confianza. Otro tanto puede decirse del sistema econmico. Que existan empresas y propiedad privadas no quiere decir que la economa de mercado est funcionando a plenitud. La economa de mercado verdaderamente exitosa funciona donde y cuando desaparecen los privilegios y el favoritismo, se eliminan los mecanismos artificiales de proteccin y se coloca en el consumidor la tarea de discernir por su cuenta y riesgo qu bienes y servicios desea adquirir, porque es mucho ms probable que este agente econmico tome las decisiones correctas, dado que es l quien tiene que pechar con las consecuencias de sus actos. Nadie cree que el mercado es perfecto o que evita las desigualdades. Lo que sabemos es que se trata del ms

eficaz sistema de asignar recursos que ha producido la especie, y el nico que, con los precios, genera una informacin racional para que libre y espontneamente puedan crearse las riquezas. Sin esas seales los precios surgidos en un mercado libre, se genera una creciente distorsin en todo un aparato productivo condenado a operar a ciegas. Que les pregunten, si no, a los supervivientes de los experimentos marxistas en todo el bloque del Este. Cuando cay el Muro, la crisis econmica ya era tremenda, debida, entre otras razones, a la accin perversa de los Comits Estatales de Precios. El de Mosc, con sus bateras de atribulados economistas, vctimas ellos mismos de esa fatal arrogancia de creerse sabedores de lo que el pueblo quiere y necesita, lleg a fijar anualmente doce millones de precios. Estos preclaros funcionarios suponan conocer el valor de un par de zapatos en el Pacfico o el de una Kalashnikov en la Siberia. En realidad, nadie poda saber el valor de las cosas porque no exista mercado. Pero al margen de contar con una administracin pblica dispuesta a servir, y de un sistema econmico que no est sujeto a la arbitrariedad, difcilmente podremos construir sociedades crecientemente prsperas si adems no contamos con un sistema judicial rpido, eficaz y justo. Un sistema de solucin de conflictos al que todos los ciudadanos puedan acudir cuando sienten que les han violado sus derechos o les han infligido un dao. Rey sers si justo eres deca un

proverbio medieval notoriamente importante. El rey se legitimaba cuando imparta justicia entre sus sbditos. En nuestros tiempos republicanos no es diferente. La legitimidad de nuestro sistema se verifica de varias maneras, pero acaso la ms palpable es la administracin de la justicia. Donde no se castiga a los criminales, donde no se reparan las injusticias, donde los derechos de propiedad se vulneran, donde la ciudadana no puede esperar de los jueces una sentencia ajustada a las leyes, es muy difcil que se cree una atmsfera civilizada capaz de nutrir los procesos de acumulacin de riquezas. Y sa, lamentablemente, es una asignatura pendiente en muchos pases de Amrica Latina. Asignatura que, si no aprobamos, obstruye el trayecto hacia formas de vida de ese Primer Mundo que nos obsesiona.

Los agentes del cambio Naturalmente, esta receta para la prosperidad y el desarrollo no podra llevarse a la prctica sin el concurso de las grandes instituciones sobre las que se sustenta nuestra sociedad. Tenemos la equivocada tendencia de culpar o de ensalzar a los polticos por el mal o buen funcionamiento de nuestros asuntos pblicos y privados, sin advertir que stos slo son el elemento ms visible de una maquinaria mucho ms compleja. Para que un pas se mueva en la direccin

correcta, adems de poseer una clase poltica bien orientada, necesita que los acadmicos es decir, los universitarios, los militares, los empresarios, los sindicatos y las instituciones religiosas (por slo citar los grupos ms conspicuos) acten dentro de una mnima coincidencia de propsitos, pues de lo contrario devienen la parlisis y en pocas de crisis la involucin. Si los empresarios creen como aseguran en el mercado, no deben pedir privilegios, prebendas ni medidas proteccionistas que acaban perjudicando a los consumidores, envilecen la calidad de los bienes y servicios y entorpecen la competencia. Asimismo, es vital que cumplan con sus obligaciones fiscales y realicen sus transacciones comerciales con total transparencia. Contrario a lo que dicen sus enemigos, el denostado capitalismo es (o debe ser) un transparente sistema de intercambios econmicos basado en la verdad, la confianza y los buenos hbitos comerciales. Nada de eso est reido con la posibilidad de ganar dinero, y si algo demuestra la experiencia es que las sociedades que ms dinero ganan la suiza, la holandesa, la alemana, la norteamericana son aquellas en las que menos trampas se hacen. La Iglesia Catlica, que tiene una extraordinaria importancia en Amrica Latina como gua moral y como formadora de opinin pblica, debe tambin, como quera San Ignacio, hacerse su composicin de lugar y reexaminar algunas ideas perniciosas que, lejos de

contribuir a sacar de la miseria a nuestros indigentes, suele operar en sentido contrario. Debe abandonar totalmente el obsceno lenguaje de la Teologa de la Liberacin, con todo lo que contiene de no tan solapada apologa de la violencia, y debe admitir que las sociedades que con mayor xito han combatido la miseria, son aquellas en las que se han abierto paso el mercado, la globalizacin y la competencia. Cada vez que se condena el espritu de competencia como algo sucio que ofende a Dios; cada vez que se censura el mercado como si fuera una prctica pecaminosa; cada vez que se descalifica a los que han triunfado en el orden econmico desconociendo que sin desniveles no son posibles la inversin y el crecimiento, lejos de ayudar a los desposedos, se les hunde con mayor irresponsabilidad en su miseria. La caridad, qu duda cabe, es una actitud que debe despertar gozo y admiracin por quienes la practican, pero dos mil aos de experiencia con el Sermn de la Montaa deberan ensearnos que no basta con dar de comer al hambriento, de beber al sediento y de vestir al desnudo. Hay que crear las condiciones laborales para que las personas puedan valerse por s mismas. Es hora de que la Iglesia, madre y maestra en tantas cosas tiles, aprenda por ejemplo de la experiencia bengal del Banco de los Pobres, una institucin muy exitosamente dedicada a fomentar las microempresas entre la gente ms desdichada del planeta. Una institucin que, en lugar de condenar el ambicioso espritu de empresa, lo

fomenta; y, en vez de censurar a los que limpiamente se enriquecen, los aplaude. Afortunadamente, la Iglesia Catlica ni siquiera tiene que buscar fuera de sus propios textos la inspiracin para esta conducta constructiva, porque eso aparece en San Agustn y en Santo Toms o puede leerse en la encclica Rerum Novarum y en Centesimus Annus, la que Juan Pablo II promulgara a los cien aos exactos de la primera. Pero eso no est en el anlisis de Medelln o Puebla llevado a cabo por el Consejo Episcopal de Amrica Latina, ni tampoco comparece admitmoslo en Populorum Progressio o en el espritu mismo de las conclusiones sobre temas econmicos a que lleg la Iglesia en el Concilio Vaticano II. La intelligentsia latinoamericana, por supuesto, tampoco puede quedar al margen de su mea culpa y de su aggiornamento. Los intelectuales, si aspiramos a un futuro m ejor, deben olvidar sus rencores antioccidentales y sus constantes lamentos contra los supuestos centros imperiales, cruelmente explotadores, y advertir que son otros los tiempos y otras las actitudes que exhiben las naciones poderosas. El signo de nuestra poca es la colaboracin y la integracin en grandes bloques que, lejos de apresurarse a saquear a las naciones en crisis, acuden a socorrerlas, como le sucediera recientemente a Mxico. Es la hora de los Tratados de Libre Comercio, de Mercosur, de juntarse para hacer buenos negocios para

todos, porque, salvo las personas peor informadas, ya nadie cree en que nos beneficia la pobreza del vecino. Todos saben que lo conveniente es tener en el vecindario naciones prsperas y fiables con las cuales realizar muchas y mutuamente satisfactorias transacciones comerciales. Nuestras universidades, en el siglo que se avecina, tambin deben afinar sus objetivos, sus mtodos y su filosofa de trabajo, hasta que cumplan la funcin para la cual fueron creadas. Las universidades no deben seguir siendo cmaras mortuorias en las que se mantienen artificialmente vivas ciertas momias ideolgicas, como el marxismo, pulverizadas por la realidad, y mucho menos, deben insistir en el rol de incubadoras de sangrientas y absurdas rebeldas, como Sendero Luminoso en Per, producto de la Universidad de Ayacucho, o esa pintoresca aventura chiapaneca del subcomandante Marcos, el joven Rafael Guilln, intoxicado por el comunismo en las universidades mexicanas. Es estremecedor saber que contamos desde hace siglos con universidades que no investigan, que no piensan con originalidad, que apenas tienen conexin con el entorno social en el que existen, y que ni siquiera alcanzan una calidad media aceptable. Es tremendo que, como regla general, adems de prestar tan pocos y tan malos servicios, exijan autonoma para no rendir cuentas a quienes sufragan sus gastos y cultiven una especie de aislamiento corporativo que las separa an

ms de la sociedad. Y qu decir de nuestras fuerzas sindicales? Atrapadas en la antigua visin de la lucha de clases, no han descubierto que esa hostil divisin entre capital y trabajo no se corresponde con el mundo en que vivimos y con las inmensas posibilidades que hoy todos tenemos de acceder a la propiedad y mejorar sensiblemente nuestra calidad de vida. En Estados Unidos hay cuarenta y tres millones de personas que poseen acciones en la Bolsa, y de esa cifra cuarenta millones son asalariados. Es decir, personas que con el viejo y rencoroso ojo de la lucha de clases sera posible adscribirlas a la franja de trabajadores. Pero sucede que estas personas son, simultneamente, capitalistas y trabajadores. Devengan un sueldo, pero invierten una parte en adquirir porciones de diferentes empresas, generalmente mediante inversiones en fondos mutuos, que paulatinamente aumentan de valor a un ritmo que en los ltimos setenta aos, ha crecido en torno al 11 por ciento anual. Pudiera alegarse que ste es un fenmeno propio de un pas rico, en el que los asalariados cuentan con excedentes para invertir en Bolsa, pero esa afirmacin se da de bruces con el ejemplo chileno. En Chile, gracias al modelo de previsin social creado por Jos Piera, los asalariados cuentan con un sistema de jubilacin basado en fondos de inversin en el tejido industrial y financiero del pas, con lo cual las personas son todas, al mismo tiempo, trabajadoras y capitalistas,

interesadas, por tanto, en la solucin pacfica de los conflictos y en la buena marcha de los negocios. Un sindicalismo latinoamericano moderno y verdaderamente alejado de la vieja y revoltosa supersticin de la lucha de clases, no debera estar batallando por elevar la temperatura de los conflictos, sino por convertir a las masas obreras en propietarias de capital, ya fuera por la posesin de acciones en empresas rentables, como por el acceso a propiedades inmuebles que les den seguridad sicolgica y acceso al crdito a sus afiliados. De la misma manera que se ha desvanecido la falaz idea de que las naciones compiten en un sistema de suma-cero,donde lo que una gana la otra lo pierde, tambin se ha disipado el error de que lo que le conviene al capital es lo que perjudica al obrero y viceversa. Este cambio en las percepciones es, claro est, vertical, y las Fuerzas Armadas Latinoamericanas no pueden estar exentas de su influencia. El siglo XX ha sido prolijo entre nosotros en la intromisin de los militares en los asuntos de los civiles, pero sa es slo una parte de la verdad. Con frecuencia fueron los civiles los que llamaron a las puertas de los cuarteles, y muchsimas veces los golpes militares contaron con el respaldo o la indiferencia de unas multitudes hastiadas de los errores y la ineptitud de la clase poltica. Es ms: prcticamente en ningn caso esos golpes fueron el producto de la voluntad aislada de unos militares que se

enfrentaban a la totalidad de la poblacin, y no faltaron espadones a los que se recibi con vtores y entusiasmo por la mayora del pueblo, aunque despus se produjera un profundo rechazo a la tirana implantada. Pensamos en Pern, en Videla, en Torrijos, probablemente en el Pinochet de los primeros tiempos. Seguramente se pueden citar otros casos. Esto forma parte del pasado. Ya no hay simpatas ni paciencia internacionales con la toma del poder por los militares. En 1992, en el momento en que el teniente coronel Chvez intent derrocar a Carlos Andrs Prez, aun cuando el militar contaba con el respaldo de una parte sustancial del pas como luego revelaron las encuestas se produjo un rechazo internacional unnime a la intentona golpista. Poco despus, cuando el general Oviedo intent un cuartelazo similar en Paraguay, Argentina y Brasil le hicieron saber a los militares paraguayos que si interrumpan el frgil proceso democrtico paraguayo, inmediatamente tendran que abandonar el Mercosur. Eso, exactamente, es lo que le espera a cualquier rgimen de fuerza que surja en Amrica Latina: el aislamiento, el rechazo. El Parlamento Europeo incorpora la clusula democrtica a todos los acuerdos internacionales a que se obliga. Slo recibirn trato especialmente favorable aquellos pases que cumplan con las formalidades democrticas. Y lo mismo puede decirse de Estados Unidos. Terminada la Guerra Fra, Washington no siente la cnica necesidad de pactar

con sus hijos de perra. Ya puede darse el lujo de excluir de la nmina de sus amigos a los regmenes surgidos por medio de la violencia. Pero hay ms. Aunque algunos gobiernos militares pueden reclamar xitos parciales, especialmente en la lucha contra la subversin, el balance continental a lo largo del siglo que termina es espantoso. Las violaciones masivas de derechos humanos, la corrupcin de algunas cpulas militares y el fracaso econmico de los ensayos empresariales que algunos ejrcitos acometieron revelan que para el mejor futuro de Amrica Latina sera muy conveniente que los militares, como el resto de los ciudadanos, se limitaran a cumplir la ley y a realizar obedientemente las funciones que la sociedad les asigne. Cules son esas funciones? Es probable que esas tareas las haya definido, por encima de todo, el desarrollo tecnolgico. Cuando comenz el siglo era posible hablar de ejrcitos que se diferenciaban cuantitativamente. Era, en esencia, un contraste numrico. Cuando termina, las distancias son de otra ndole, y resultan prcticamente insuperables. A principios de siglo se poda pensar en ejrcitos latinoamericanos de corte prusiano, britnico o francs; a partir de la Primera Guerra Mundial el modelo fue el de Estados Unidos, pero hoy cualquier parecido entre un ejrcito latinoamericano y el de Norteamrica o las Fuerzas Multinacionales de la OTAN es pura coincidencia.

Este humilde reconocimiento de nuestras limitaciones no hay que verlo como una tragedia, sino com o una paradjica ventaja com parativa. Centroamrica, por ejemplo, es una regin en la que cada vez con mayor insistencia se recoge la idea del ex presidente costarricense Oscar Arias de crear una zona de pases desmilitarizados en el sentido convencional del trmino. Lo que no quiere decir que se prescinda de una institucin capaz de mantener el orden pblico, sino que se reoriente la labor de esos cuerpos hacia sus reales posibilidades de actuacin y haca los reales peligros que azotan a nuestros pueblos: la actuacin de las mafias, el narcotrfico, la delincuencia comn y la subversin poltica de quienes no renuncian a la utopa totalitaria y persisten en actuar al margen de los mecanismos democrticos.

El futuro no existe Qu nos deparar el siglo venidero? No es posible predecir el futuro de Amrica Latina, porque el futuro, sencillamente, no existe. Hay muchos futuros posibles. Hay tantos como cursos de accin. Son tantos como el comportamiento que adopten nuestros polticos, nuestros religiosos, nuestros sindicalistas, nuestros centros docentes, nuestros militares, nuestros empresarios: todos los estamentos, en suma, que perfilan el signo de nuestras sociedades.

Si prevalece entre nosotros la sensatez, si somos capaces de aprender de las dolorosas experiencias propias y de las ricas experiencias ajenas, nos espera un futuro brillante. Si persistimos en los viejos errores, si repetimos fallidas estrategias del pasado, si no renunciamos al estril pensamiento antiguo, continuaremos siendo un fallido segmento de ese vasto y vibrante universo al que llamamos Occidente. La decisin es nuestra, el futuro ser el que nosotros elijamos.

Vamos al grano: de qu trata este libro? Trata de las ideas y de las actitudes que mantienen en la miseria a grandes muchedumbres latinoamericanas y a algunos bolsones de espa...

Vamos al grano: de qu trata este libro? Trata de las ideas y de las actitudes que mantienen en la miseria a grandes muchedumbres latinoamericanas y a algunos bolsones de espaoles y de otros europeos de la zona mediterrnea. Trata de los gobiernos que con sus prcticas antieconmicas ahogan las posibilidades de generar riquezas. Trata de las rdenes religiosas que, encomendndose a Dios, pero con resultados diablicos, difunden nocivos disparates desde los plpitos y los planteles educativos. Trata de los sindicatos que, enfrascados en una permanente batalla campal contra las empresas, acaban por yugular la creacin de empleo, impiden la formacin de capital, o lo ahuyentan hacia otras latitudes. Trata de los intelectuales que desprecian y maldicen los hbitos de consumo en los que suelen vivir, prescribiendo con ello una receta que hunde an ms a los analfabetos y desposedos. Trata de las universidades en las que estos errores se incuban y difunden con una pasmosa indiferencia ante la realidad. Trata de los polticos que practican el clientelismo y la corrupcin. Trata de los militares que, convertidos en sector econmico autnomo, consumen parasitariamente una buena parte del presupuesto, y han gobernado o an amenazan con gobernar nuestras naciones como si fueran cuarteles. Trata de los empresarios que no buscan su prosperidad en la imaginacin, el trabajo intenso y en los riesgos del mercado, sino en los enchufes, la coima y el privilegio tarifado. Trata de los polticos que creen, errneamente, que los salarios bajos son una ventaja comparativa, sin entender que de la pobreza se sale aumentando la produccin y la productividad, no pagando sueldos de hambre. Trata tambin de quienes enfrascados en el discurso de una pretendida solidaridad con los humildes, ponen en prctica medidas antieconmicas que provocan males mayores que los que pretenden corregir. Trata, en fin, de los que llamamos fabricantes de miseria: esos grupos que, unas veces de buena fe, y otras por puro inters, mantienen a millones de personas viviendo, a veces, peor que las bestias. Ojal que este libro contribuya a sacar del error a los equivocados y a desenmascarar a quienes actan movidos por la demagogia, la mala fe o la ms devastadora ambicin personal.

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